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domingo, 16 de marzo de 2014

El duelo dificultoso, inacabado, permanente


Este artículo tiene su antecedente en ¡Queremos a Ciani vivo!, es un intento de explicar lo que vivimos las y los familiares de las personas desaparecidas

Hoy me despertó el sonido de mi llanto por la desaparición de Marco Antonio. En el sueño, eso acababa de suceder. No era un llanto callado sino un aullido que traspasa más de la mitad de mi vida, un agujero en el alma y en el cuerpo que llevo –y que me lleva- desde hace décadas. Recrear en pesadillas que hoy, 16 de marzo de 2014, se están llevando a mi hermano para siempre, es parte de lo que me provoca ese hecho terrible, es lo que he vivido durante casi 33 años. Aunque quisiera creer que mi experiencia es única, estoy segura de que siento lo mismo que muchísima gente en Guatemala y Latinoamérica, empezando por mi propia familia, mi madre, mis hermanas.

Me levanto y veo a través de la cortina. Suelto la mirada sobre una mañana despejada. La aurora, como en las epopeyas griegas, tiñe de rosa el horizonte. El día se anuncia caluroso, pero un viento susurrante hace que me estremezca. Me acosa la duda: ¿mi madre y mis hermanas sentirán del mismo modo este dolor sepultado que a veces se desentierra en pesadillas, en tristezas rabiosas, en esas noches largas, largas, en las que no cierro los ojos?

De esto no se habla entre nosotras pero tampoco con nadie más. Es tabú. Es doloroso hacerlo y también duele lo contrario. Sin quererlo, nos ignoramos mutuamente en esta arista espinosa, quizá nos enmudece el temor a caer doblegadas por el peso de un sol oscuro y enorme y no encontrar las fuerzas para volver a levantarnos. Así, ha pasado una vida. Sobre esto he escrito muchas veces y ahora trataré de explicar de qué se trata.

A diferencia de las familias que pierden a un ser querido de modo violento o natural, en los casos de desaparición forzada el proceso psíquico de elaboración de la pérdida se desarrolla de una forma muy lenta y dificultosa, ya que hacen falta los elementos habituales del duelo: la certeza de que la persona murió; el acceso al conocimiento de las circunstancias de su fallecimiento; y, el paradero del cadáver. En consecuencia, nos está vedado desarrollar las prácticas rituales como la velación y el funeral mediante las que se recibe la respuesta social solidaria.

Esa difícil elaboración de la pérdida –que pasa por varias etapas hasta llegar a la aceptación o resignación -debida a la ausencia de la prueba de la muerte de nuestro ser querido, ni más ni menos que su propio cuerpo sin vida- hace que
Muchas personas ha(ya)n buscado en vano durante años a un allegado desaparecido. Conocemos a madres cuyos hijos han desaparecido y que, después de casi treinta años, aún siguen esperando la aparición de su hijo. Los familiares suelen resistirse a aceptar la muerte de un miembro desaparecido y, en muchos casos, sufren síntomas de duelo complicado, como imágenes intrusivas o crisis emocionales graves, o niegan los efectos de la pérdida. Como consecuencia, les suele resultar difícil efectuar las actividades habituales del trabajo y del hogar.[i]
El duelo es “la pena, el sufrimiento y el desamparo emocional causados por la muerte o la pérdida de un ser querido”. En circunstancias normales, se vive una etapa de luto en la que se dan una serie de ritos acordes con la cultura a la que pertenecemos que están marcados por nuestras creencias, religiones y costumbres; en ellos, el cuerpo de la persona fallecida ocupa el lugar preponderante. El velorio, las ceremonias religiosas, los homenajes diversos, la vestimenta, las comidas, las flores, son parte de la despedida a nuestro ser querido, también la demostración de nuestro sufrimiento, del cariño hacia él o ella y el homenaje y reconocimiento a su vida. Pero no son solamente una suerte de obligación social que nos permite recibir compañía y solidaridad, también contribuyen a que nuestra psique se empiece a acomodar ante una situación muy dura.

Cuando una persona es desaparecida de manera forzosa, no cabe ninguna ceremonia de despedida porque nuestra primera reacción es buscarla, encontrarla, devolverla a su lugar, a la casa, al seno de la familia. Es una situación profundamente inhumana para la que no se ha inventado ningún ritual de acompañamiento; es más, es tan aterradora que la respuesta social fue el aislamiento de las familias que sufrimos la desaparición de un ser querido por el miedo al “contagio”.

En este sentido, “En estudios recientes, se ha demostrado que el proceso de elaboración del duelo se vuelve particularmente difícil cuando las circunstancias de la muerte representan una amenaza para las concepciones de la persona en cuestión o cuando recibe escaso apoyo social”.

Según estudios hechos en otros países, “Muchos profesionales de la salud mental han observado que si los familiares optan por aceptar la muerte de la persona desaparecida, sienten que la están "matando"”. Exactamente eso sentí cuando decidí que no podía continuar esperando encontrar vivo a mi hermano después de una década. Si eso me había ayudado a vivir y a medio recuperarme de lo que yo llamo “mi locura”, a esas alturas ya me estaba matando y enloqueciendo, me llegué a sentir fuera de este mundo.

Otro efecto nocivo son las “fantasías de que su ser querido está viviendo en algún lugar lejano y que no vuelve a casa porque no le está permitido, o que está en prisión”. Esto lo experimentó una de nosotras la primera vez que fue a La Habana –en 2005-, donde creyó que podría encontrar a Marco Antonio porque una de las tantas “explicaciones” con las que pretendieron apaciguar los reclamos y las denuncias era que “los desaparecidos están en Cuba”.

Además, “Las personas que no cuentan con la posibilidad de llorar a su ser querido fallecido pueden no ser capaces de realizar efectivamente el duelo y pueden sufrir la detención del proceso de duelo o reacciones atípicas.” Es cierto que no se puede llorar, aún me cuesta. Llorar en aquel tiempo era hasta un problema de seguridad. Hubo que endurecerse, hacerse callos en el alma y contener las lágrimas, los gritos, los aullidos de dolor. No llorar fue parte del silencio y el aislamiento en el que sufrimos esta arrancadura del corazón.

Agregado a lo anterior, “La incredulidad continua acerca de la muerte de un ser querido impide a las personas iniciar el proceso de duelo normal e implica un riesgo elevado de duelo complicado”. Y, por si fuera poco, “Se ha observado que los familiares de personas desaparecidas tienen más ansiedad y trastornos por estrés postraumático (TEPT) que los familiares de personas fallecidas.” Entre los efectos se cuentan el “insomnio, pensamientos con imágenes de los muertos, períodos imprevisibles de ira, ansiedad, culpa del sobreviviente, paralización de emociones y retraimiento respecto de los demás. Estos síntomas son típicos del duelo crónico e irresuelto, así como del TEPT.” Sobre cada uno de ellos, podría contar tantas cosas, de lo que más he hablado en Cartas a Marco Antonio es del insomnio; la culpa definitivamente merece un capítulo aparte.

El duelo dificultoso, inacabado, permanente, el círculo abierto, el agujero en el costado, la herida sangrante, se interpretan como cuadros depresivos que, al no serlo, no reciben atención ni tratamiento eficaz ni médica ni psicológicamente.

Además de los aspectos psicológicos, hay una serie de impedimentos sociales y hasta legales que dificultan el duelo por una persona desaparecida. Las leyes del trabajo que prevén permisos por fallecimiento, no disponen lo mismo por una desaparición (mi madre tuvo que ir a trabajar al día siguiente). Y, como ya dije, los rituales de acompañamiento y solidaridad que “ayudan a la persona en duelo a entender que la vida debe continuar, así como a reintegrarse en la sociedad” son imposibles tras una desaparición forzada en contextos de persecución, terror y aislamiento social.

Pero tampoco tienen sentido tales ritos y normas de duelo y luto respecto de una desaparición forzada. A mí y a mi familia jamás se nos ocurrió vestirnos de negro por Marco Antonio ni hacer un acto religioso y, mucho menos, publicar una esquela. Fue tan brutal el golpe, tan desquiciante, que sencillamente nos cerramos a la posibilidad de su muerte. No lo buscamos nunca entre los muertos, que llegaban por montones a las morgues, ni en los botaderos de cadáveres que aparecían todos los días en cualquier parte del país. Mi madre y mi padre lo buscaron vivo; recurrieron a todos los militares que pudieron y también a sus esposas –la de Ríos Montt incluida-, parientes y amigos; hablaron con autoridades de todos los tamaños, obispos y arzobispos, con delincuentes que se acercaron a atracarlos pidiéndoles todo a cambio, hasta la vida, para devolvérselos.

Por otra parte, leyendo el artículo que he ido glosando, me enteré de que es normal “tener pensamientos intrusivos y, a veces, sentir que las visitan fuerzas sobrenaturales, sea durante el sueño, sea en vigilia”, que eso es parte del duelo crónico y del síndrome de estrés postraumático. No me da pena decir, entonces, que no puedo estar sola en mi propia casa, que me da miedo la oscuridad y que, cuando no tengo compañía, me encierro en mi cuarto y ni siquiera un temblor me sacaría de allí.

¿Qué se necesita para devolverle a esta situación horrible algún viso de humanidad? “Los familiares sólo pueden iniciar el proceso de duelo normal cuando han recibido la partida de defunción.” No tenemos la partida de defunción de Marco Antonio, pero no solo eso nos falta. Tampoco sabemos la verdad de lo ocurrido, con nombres y apellidos. No tenemos una certeza absoluta de su muerte. No hemos recuperado sus restos ni los hemos enterrado como es nuestro derecho, y también el de él. No ha habido justicia. Seguimos prisioneras en una cárcel de incertidumbre y dolor, de vacío, de duelo crónico, inacabado, quizá eterno. Por eso, el relator de tortura de la ONU consideró que “el sufrimiento que se inflige a los familiares de una persona desaparecida puede equipararse a la tortura, violación grave de los derechos humanos”[ii]. La tortura psicológica y espiritual se agrava en un contexto perverso de cinismo e impunidad caracterizado por la negación de la responsabilidad de los desaparecedores, torturadores y genocidas.

Por eso, no admitir la muerte de mi hermano sin que medie una explicación, sin saber qué le hicieron y quiénes, sin recuperar sus restos y sin que se haga justicia no es un capricho de gente estúpida que no comprende que el tiempo pasa y que para ser felices hay que perder la memoria. Mis reacciones, el trauma, todo lo vivido a lo largo de más de tres décadas son parte de la respuesta humana normal frente a hechos inhumanos y brutales.

Varias conclusiones: la mamá de Antonio Ciani no estaba loca, tampoco yo, tampoco las Madres de la Plaza de Mayo ni la mamá de Juan Luis Molina Loza, que fue internada en el hospital psiquiátrico guatemalteco después de que rompieron las cadenas con las que se había atado a las puertas del Palacio Nacional. No soy una resentida ni estoy amargada y soy fuerte y capaz de ver hacia adelante, como mi madre y mis hermanas, como las y los incontables familiares de desaparecidos/as en Guatemala y en el continente.

Pese al dificultoso duelo, que sigo elaborando, adelante lo que vi fue mi vida y la de mis hijos, logré reconstruirla y apoyarlos con todo lo que fui capaz, material e inmaterial, para que construyeran sus propias opciones. Ahora, lo que veo adelante es la justicia y un duelo pendiente cuyo cierre depende de las circunstancias. 

No obstante que la desaparición forzada sistemática y masiva es parte sustantiva de una problemática que nos atraviesa de parte a parte, que está en la base no solo de la dominación y el terror que siguen imperando en Guatemala, sino también del sufrimiento humano que se sigue viviendo en un contexto de relaciones sociales y políticas violentas y autoritarias, sigue siendo una situación ignorada. 

La desaparición forzada no se conoce socialmente, es una vivencia individual, privada, encerrada en el alma de cada persona que la sufrió en su propia carne y sangre. Tampoco ha sido suficientemente investigada por la academia y se desconoce deliberadamente por parte del poder que lo que quiere es borrarla y borrarnos, como hicieron con nuestros seres queridos/as. Por eso, y más, nuestras reacciones como familiares de personas desaparecidas han sido silenciadas, negadas y estigmatizadas.

Romper el silencio y mantener la memoria junto con la demandas de verdad y justicia es un acto de amor, un sentimiento sepultado bajo innumerables estratos de dolor que he debido exhumar en mi propia existencia. También es una postura política y ética, un acto de fortaleza y resistencia en el que racional e irracionalmente escojo no perdonar ni olvidar. Es un acto profundamente humano, que hunde sus raíces en necesidades emocionales, psíquicas y espirituales que nos hacen ser lo que somos, personas. La respuesta que obtenemos a estas demandas, describe con elocuencia cómo es nuestra sociedad.


[i] Los entrecomillados son citas de "Negación y silencio" o "reconocimiento y revelación de la información", un artículo Magriet Blaauw, Virpi Lähteenmäki publicado en la Revista Internacional de la Cruz Roja disponible en http://www.icrc.org/spa/resources/documents/misc/5ted5u.htm
[ii] Informe del Relator Especial sobre la cuestión de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, Doc. ONU A/56/156, 3 de julio de 2001.

domingo, 6 de octubre de 2013

A 32 años de la desaparición forzada de Marco Antonio Molina Theissen

40.12 la detención y posterior desaparición forzada de Marco Antonio Molina
Theissen fue ejecutada por efectivos del ejército guatemalteco,
presuntamente como represalia por la fuga de su hermana Emma Guadalupe
Molina Theissen del Cuartel Militar “Manuel Lisandro Barillas”, y como castigo
para una familia considerada por ellos como “enemiga”;[i]

6 de octubre de 2013. Despierto. Es otro 6 de octubre, el 33 contando desde el día cero. Me aplastan estos 32 años sin mi hermano, arrebatado violenta y perversamente de la vida, sin justicia. Me aplasta el regodeo de los hombres sin alma, sin remordimientos, sin conciencia de su crueldad infinita.

27 de septiembre de 1981. 7:00 am. A esa hora, hace 32 años, se había iniciado la tragedia. Mi hermana ya había sido capturada por el ejército. Al pasar por un retén militar, a la altura de Santa Lucía Utatlán fue detenido el autobús de la empresa Galgos en el que se conducía de la capital a Quetzaltenango y sucedió una cosa inusual. Al registrar a la gente, le tocaron el cuerpo, lo que casi nunca hacían con las mujeres, y le encontraron documentos de una organización opositora. La apartaron del grupo y, con dificultad, convenció a sus captores de que viajaba sola, de que no conocía al muchacho que iba sentado a su lado y logró que lo dejaran ir. A partir de ese momento, fue detenida ilegalmente por hombres que no tenían facultades legales para proceder de esa forma.

Mi hermana menor en ese tiempo era casi una niña. Pequeña y asustada, estuvo todo el día tirada sobre el piso de tierra de una choza situada a unos 100 metros de la carretera. Afuera, la vida brillaba en los maizales tostados por el sol del altiplano, sentía el olor del bosque, la rodeaba un bello paisaje que no miró más. Con un zarpazo, había sido sustraída del mundo y llevada al territorio de la muerte, un submundo de horror construido en la clandestinidad, regido por hombres desalmados que no dudaron en actuar salvajemente para atacar y destruir a gente indefensa. Aún engrilletada, buscó la forma de evadirse. Sabía que al haber caído en ese laberinto letal de intolerancia y odio, su vida ya no le pertenecía.

(Ese 27 de septiembre fue domingo. Yo no cabía en mi pellejo. Se apoderó de mí una inquietud distinta, malsana. Sin saber qué pasaba, salí a caminar en un intento vano de calmarme. Con los ojos de la memoria me veo deambulando sin rumbo por las calles de Xela, sin lograrlo.)

Por la tarde, fue trasladada a la base militar de Quetzaltenango Manuel Lisandro Barillas. Antes de encerrarla en una de las barracas que hacía las veces de prisión clandestina, fue el festín de los soldados que volvían borrachos al cuartel. Se desmayó.

Sola y desprotegida, prisionera en un lugar secreto, apartada de la vida, totalmente indefensa, ocultada de nuestra vista, lejos de todo fue colocada en un lugar completamente ajeno al mundo regido por la ley y la justicia. Lejos de nuestro amor y nuestro abrazo, muy poco pudimos hacer contra la avalancha de odio que la aplastó durante nueve días.

Afuera, impotentes, silenciadxs, perseguidxs, la buscábamos. Durante los nueve días en los que fue retenida ilegalmente en el cuartel, como animal herido olfateé el aire para encontrar su rastro, quise hallar el camino que podría haber tomado libremente para hallarla sana y salva (se enfermó y está en un hospital o en la casa de alguien era mi fantasía predilecta). Pese a que de una extraña manera estaba segura de que ellos la tenían, infructuosamente recorrimos hospitales y preguntamos por ella en las empresas de autobuses que hacían el recorrido entre la capital y Xela. La única certeza que teníamos era que había abordado alguno de ellos. Una noticia nos llevó hasta las puertas de La Verbena (botados cual basura, habían encontrado tres cuerpos de mujeres jóvenes que respondían a su descripción). Temblorosa escuché que ya las habían identificado.

De Guatemala a Quetzaltenango, el territorio era un mapa en mi cabeza y la ponía en mil lugares en los que estaba bien. Me negaba a imaginármela en sus garras. Pero la búsqueda no nos llevó a ninguna parte. Íbamos de frustración en frustración, sin tiempo para detenernos a tomar aire, sin desmayo. Nadie sabía nada. Nadie había visto nada. Nadie nos dijo nada. Como siempre.

28 de septiembre de 2013. Me detengo a las puertas de mi infierno no quisiera recordar más lo sucedido en esos días. No quisiera ni suponer cómo fueron para ella, atrapada, vejada, humillada, atacada en su dignidad como mujer y como ser humano por perversos infrahumanos que intentaron convertirla en delatora. Son días de durísimas rememoraciones. Se remueven los dolores del alma que aguijonean el cuerpo. Estoy en un cuarto oscuro. Las ráfagas de luz iluminan retazos muy tristes de mi vida. Recuerdo, rememoro, re – vivo con cada una de mis células, con cada uno de mis pensamientos, dormida o despierta repaso cada maldito día.

27, 28, 29, 30 de septiembre; 1, 2, 3, 4, 5 de octubre. Casi nueve días. 202 horas. 12 120 minutos. Casi un millón de segundos pasó mi hermana en ese lugar en el que fue sometida a las torturas y otros tratos inhumanos, crueles y degradantes, como los define la Convención Internacional Contra la Tortura. ¿Por qué, si había cometido un delito según las leyes restrictivas de los derechos ciudadanos que proscribían a las agrupaciones opositoras revolucionarias, no fue consignada ante un tribunal?

5 de octubre de 2013. Hace 32 años mi hermana escapó del cuartel. Indoblegable, su impulso vital le permitió aprovechar la insólita oportunidad que se le presentó cuando la dejaron sola y pudo zafarse los grilletes debido a que había perdido por lo menos la cuarta parte de su peso.

La alegría nos duró muy poco.

6 de octubre de 1981. 1 pm. Detención ilegal y desaparición forzada de Marco Antonio Molina Theissen, mi hermano.

Pero hoy quiero soñar, quiero suponer que todo fue distinto.

Entonces, digamos que usted no estaba allí, hermano de mi alma, dulce recuerdo amado. Estaba en otra parte, no en ese lugar y ese momento en el que usted mismo se puso una mordaza para callar lo que muy bien sabía: el paradero de su hermana. Tampoco estaba su madre. Los dos iban tomados de las manos huyendo hacia la vida, caminando sobre un prado verde donde nacían las flores más hermosas y las copas de los árboles dejaban entrever trozos del cielo más azul, como jamás lo había visto. Digamos que nunca pasó nada, que los engendros salidos del abismo nunca llegaron a la casa con sus armas de grueso calibre para enfrentar a una madre y su hijo y arrebatárselo de los brazos. Mamá no abrió la puerta, esa misma por donde nos arrojaron al infierno, porque no estaba allí incrédula, aterrada, mirando a los tres infrahumanos que irrumpieron en ese lugar sagrado, inviolable según la Constitución, y en nuestras existencias marchitándolas.

Ellos no entraron nunca en nuestra casa y no la recorrieron arrastrando a mi madre con un arma apuntándole a su cabeza buscando armas, libros y subversivos. Allí jamás hubo otra cosa que gente soñadora, flores y luz entrando a borbotones por las amplias ventanas que daban a un corredor que no conoció pasos de botas militares.

Digamos hasta el cansancio que no se lo llevaron nunca junto con mi aliento vital, que usted no fue arrojado como basura a la parte trasera de un pick up con placas oficiales, a plena luz del día, que su madre jamás corrió tras ese carro gritando sollozante, agitando los brazos, suplicando bajo un sol implacable que también cerró los ojos y que se negó a ver la inmensa tragedia que empezaba. Desde ese día, desde esa hora maldita, en que ojalá nada de esto hubiera sucedido, su mirada luminosa fue velada por el dolor.

Ojalá no estuviera aquí, 32 años después, escribiendo a empellones una verdad tan dura mientras afuera un cielo muy oscuro se deshace a torrentes. Ojalá usted y yo, nuestros padres y hermanas, estuviéramos en otro lugar, más allá de la vida y de la muerte, donde ellos no pudieran alcanzarnos. Allí Marco Antonio ya no tiene 14 años, diez meses y seis días. Es un hombre de más de cuarenta años con una vida que se bebió en tragos muy largos, en la que no hay historias tristes de cómo nos salvamos de morir acribillados ni cómo lo que quedó de nosotros pudo salvarse huyendo de la patria, una palabra que describía un profundo amor al suelo y a la gente entre la que nacimos.

Ojalá nuestras vidas estuvieran hechas tan solo de momentos hermosos, de sueños realizados, de dulces memorias. 32 años después, lo busco hermano mío y me busco a mí misma, en la vigilia y en los sueños, adentro de mí misma, en las pesadillas, en el fondo de mi alma, en cada lugar donde pongo la mirada cada vez que voy a Guatemala. Por más de tres décadas he estado dando vueltas en laberintos oscuros, interminables pasillos judiciales, tocando puertas que no abre nadie. Parece no haber salida ni respuestas.

Y aquí estoy sin usted, apenas conteniendo el ahogo que me provocan los recuerdos atroces, haciéndome preguntas para lo que jamás encontraré respuestas -¿cómo pudieron detenerlo y desaparecerlo si tan solo era un niño? ¿De qué clase de material están hechos sus captores, sus torturadores?-. Hoy no soy otra cosa que una tumba vacía que espera sus restos. La luz del sol no alcanza a iluminar el sitio en que me encuentro. Mi corazón es una hoguera de furia, un torbellino de tristeza.

Mañana seré otra vez su hermana, la que se esfuerza cada día por seguir entera para continuar exigiendo juicio y castigo para los responsables y que nos devuelvan lo que dejaron de su cuerpo para sepultarlo dignamente. Le juro que no descansaré hasta conseguirlo.




[i] Sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos del 4 de mayo de 2004 http://www.corteidh.or.cr/docs/casos/articulos/seriec_106_esp.pdf

miércoles, 13 de junio de 2012

Mario López Larrave, un ejemplo de vida y compromiso



Terminando la segunda década de mi existencia, conocí al licenciado Mario López Larrave, un comprometido abogado laboralista vinculado al movimiento sindical guatemalteco como profesional y académico. Era 1975, recién me había acercado al Frente Nacional Magisterial (FNM), organizado durante la huelga de 1973; este aglutinaba –era una de las palabras de moda- a las maestras y maestros de primaria de todo el país, aunque l.legó el momento en que esta representatividad se convirtió en una ilusión.

En ese momento no lo sabía, cuando aún era un estudiante de Derecho, el licenciado López Larrave ayudó a mi mamá a sacar a mi papá de la cárcel. Había sido detenido una noche de diciembre de 1955 cuando fue parte de un grupo de conspiradores -hombres fieles a la Revolución de Octubre- que apoyaron al aviador Francisco Cosenza; él estaba dispuesto a estrellarse con su avión sobre el Palacio Nacional si no renunciaba Castillo Armas, el militar traidor –aunque suene a redundancia-, cabecilla del mal llamado movimiento de liberación nacional, una entidad espuria, rabiosamente anticomunista, financiada por los gringos para derrocar a Jacobo Arbenz Guzmán. 

La contrarrevolución de 1954, un verdadero parteaguas en la historia de Guatemala, acabó con la esperanza democratizadora de la población guatemalteca. Los complotistas, seguramente infiltrados por agentes gobiernistas, fueron detenidos en el sector del aeropuerto cuando esperaban que les dieran armamento. Al conocer lo sucedido, mi mamá y mi tío Alfredo, desaparecido en 1966, interpusieron recursos de hábeas corpus con el auxilio del licenciado López Larrave, como lo tendría que hacer muchos años después por Marco Antonio. Cuando fueron a buscarlo a un centro de detención y le reclamaron su liberación a Bernabé Linares, jefe de la policía secreta de Ubico, un torturador que regresó a ese puesto tras la intervención. Mientras el juez revisaba las mazmorras, lo cambiaban de una celda a otra apresuradamente; por las noches, lo metían a un carro con varios matones. Tirado en el piso, sirviendo de alfombra a los sucios zapatos de los esbirros que le apuntaban con sus armas, oía repetidamente el “ahora sí te vamos a matar” mientras el vehículo se deslizaba por las calles sin gente, silenciadas por el miedo. Finalmente lograron localizaron, pero en lugar de liberarlo, Linares lo expulsó del país y estuvo exiliado cinco años aproximadamente en Honduras, México y El Salvador. Pero esa es otra historia.

Veinte años después, en 1975, la ley prohibía los derechos de sindicalización y huelga al funcionariado público, por lo que se recurría a la constitución de organizaciones que no encajaban en ningún tipo legal. En el FNM esto no fue una preocupación prioritaria, pero en otros sectores, los empleados/as de Correos por ejemplo, se recurrió a la figura de la asociación como una forma de legitimar su existencia. Al reflexionar sobre este asunto, Güicho (Luis de León) y yo, solíamos recordar al mítico STEG, el Sindicato de Trabajadores de la Educación de Guatemala de los años de la Revolución de Octubre, del que fuera secretario general el no menos mítico Víctor Manuel Gutiérrez. Maestro y opositor político, integrante del Partido Guatemalteco del Trabajo, Gutiérrez fue desaparecido en 1966. Mientras sorteábamos las estrecheces con las que realizábamos las actividades, a veces financiadas con nuestros precarios ingresos, especulábamos sobre los millones de quetzales en que se habrían convertido los fondos del STEG, confiscados por el gobierno contrarrevolucionario a los que suponíamos que se tendría acceso si se recuperaba la personería jurídica y podríamos realizar muchísimas más actividades.

Mientras hablábamos y nos imaginábamos la plata apilada en una bóveda del Banco de Guatemala y todo lo que podríamos en el FNM, el licenciado López Larrave, como hombre de acción –uno de sus rasgos distintivos- ideaba la manera de reactivar el estatuto legal del Sindicato con base en las leyes laborales que defendía con absoluta convicción, la misma con la que buscaba la plena vigencia de los derechos de trabajadores y trabajadoras plasmados en el Código de Trabajo heredado de la Revolución de Octubre. Había logrado recuperar la personería jurídica del sindicato de trabajadores de la Municipalidad capitalina, pero su gestión para descongelar la del STEG no condujo a resultados efectivos. Se recurrió entonces a tratar de organizar un sindicato de docentes de colegios privados, por lo que, motivada por él, participé en varias reuniones. Estas se hacían en la sede de la Central Nacional de Trabajadores, en la 9ª. avenida y 4ª. calle de la zona 1, en una sala desvencijada del segundo piso, con un no menos desvencijado mobiliario. El grupo nunca pasó de tres personas, cuatro contando al Licenciado. También paralizaron ese esfuerzo el miedo, la desidia, las difíciles condiciones laborales del magisterio del sector privado –en el que a la menor insubordinación o una sospecha infundada, ponían a la gente de patitas en la calle.

En marzo de 1976 se creó el Comité Nacional de Unidad Sindical (CNUS). Esa tarde calurosa, el licenciado López Larrave estuvo a la par de los obreros y obreras de las fábricas de la Avenida Petapa, el Frente Organizado de Sindicatos de Amatitlán (FOSA), los ingenios azucareros de la costa sur -organizados en la Federación de Trabajadores Unidos de la Industria Azucarera (FETULIA)-, las representaciones de los sindicatos capitalinos, la Federación Autónoma Sindical de Guatemala, la Central Nacional de Trabajadores y el Frente Nacional Magisterial, entre muchos otros. En el local abarrotado, escuché las voces indignadas de los compañeros de la Coca Cola que denunciaron que cada secretario general que elegían para su sindicato era inmediatamente asesinado. 

Los llamados a la unidad no se hicieron esperar y, así, con la creación del CNUS, se inició una nueva etapa de la resistencia obrera en Guatemala. No es casual que esta instancia llevara el mismo nombre que la establecida en diciembre de 1946 para impulsar la unidad de acción de las organizaciones laborales, en un proceso que llevó a la organización de la Confederación General de Trabajadores de Guatemala, la CGTG, en los años cincuenta, de la que también fue secretario general el maestro Víctor Manuel Gutiérrez. Pero, como en aquella época, el auge del movimiento sindical duró muy poco. En 1980, buena parte de la dirigencia había sido aniquilada o estaba en el exilio y quienes permanecieron en el país, debieron sumergirse en las sombras para resguardarse.

En esa histórica asamblea, realizada en la sede del sindicato de municipales, se cumplió con parte el sueño del licenciado López Larrave: la unidad de la clase trabajadora. En su pensamiento, esta era indispensable para enfrentar con efectividad y fortaleza la problemática laboral y buscar soluciones organizadamente. Con esas convicciones, se dedicó a asesorar al Comité de Dirección de la nueva entidad junto con un equipo de abogados y abogadas entre quienes estaban Frank Larue, Yolanda Urízar (desaparecida el 25 de marzo de 1983), Leonel Luna (fallecido recientemente) y uno de los abogados defensores de Ríos Montt en las causas por genocidio.

Mario López Larrave fue asesinado el 8 de junio de 1977. La tarde de su entierro no cabíamos en el sindicato de trabajadores municipales, desbordante de gente, como un año tres meses atrás cuando se hizo la asamblea de constitución del CNUS. A esa sede, punto de reunión de la dirigencia y bases del fugazmente vigoroso movimiento sindical, fue llevado su féretro para que los acongojados trabajadores y trabajadoras le rindiéramos honores. Ese fue uno de los primeros días tristísimos de mi vida, de esos que mi amiga A. me había anunciado. Ella, que venía de la experiencia de los sesentas, había perdido a todo el mundo. Entonces yo aún contaba uno por uno los días tristes (y los muertos); luego se convirtieron en meses y después en acallados años de amargura, de intenso sufrimiento y profunda impotencia en los que fui testigo de cómo menguaba el río de gente que había inundado las calles hasta quedar en nada.

El 9 de junio, con el corazón estrujado y los ojos llorosos le dije adiós al licenciado López Larrave. Fue un adiós adolorido a un hombre honesto, sencillo, transparente, pero también con mucha rabia por su alevoso e injusto asesinato. Creo que su muerte también hizo posible que en el movimiento sindical de ese tiempo se impusieran tendencias contrarias a la unidad. El autoritarismo, el sectarismo y el verticalismo condujeron a prácticas políticas excluyentes con las que los únicos favorecidos fueron los enemigos de la clase trabajadora. Duró tan poco tiempo el movimiento, que no fue posible dar la lucha para que privaran posiciones más inclusivas, respetuosas de las diferencias ideológicas y políticas, verdaderamente unitarias.

Al recordar a Mario López Larrave, a 35 años de su partida, me resulta inevitable reclamar justicia contra quienes perpetraron su muerte violenta, cruel e injusta. Más allá de lo dispuesto por las leyes penales en materia de prescripción de delitos, nuestra sociedad deberá establecer la forma de hacer justicia para él y las doscientas mil personas cuyos nombres figuran en informes -como mi hermano Marco Antonio- y las de las incontadas víctimas muertas o desaparecidas en los años en los que imperó el terrorismo estatal, que posiblemente permanecerán invisibilizadas porque ya no tuvieron quien se acercara a relatar su caso al REMHI o a la CEH.

En las comunidades indígenas y en las ciudades, en las montañas y los campos, en las cuatro esquinas de la patria se alargó la sombra de los uniformados ocultando la luz, segando vidas, impunemente, ofendiendo la dignidad de las víctimas y sus familias. Por eso, para restituirles la dignidad, es necesaria la justicia para todas las víctimas, las de hace cincuenta años y las que mataron el domingo, para los centenares de mujeres asesinadas brutalmente después de maltratarlas y humillarlas, para las víctimas de Plan de Sánchez, Dos Erres, Río Negro y las masacres que no tienen nombre porque no han sido registradas.

Mario López Larrave fue uno más de las víctimas inermes e indefensas de la guerra terrorista contra la inteligencia perpetrada por la oligarquía y el ejército, con la complicidad de vastos sectores políticos y sociales y el apoyo de los Estados Unidos. A lo largo de su trayectoria académica y profesional limpia y honesta en defensa y protección de los derechos de los trabajadores/as, desde la Facultad de Derecho de la Universidad de San Carlos, desde la Escuela de Orientación Sindical que formó en 1971, desde el CNUS y en todas las instancias en las que participó, desafió al poder oligárquico que, en su codicia infinita, jamás ha estado dispuesto a ceder un centavo de sus ganancias para garantizar los derechos a mejores condiciones de vida de la población guatemalteca. Por eso lo mataron, para eliminar los obstáculos que se oponían al insaciable afán de acumular posesiones materiales de quienes todo lo tienen.

Para hombres y mujeres como él, Brecht dijo “El regalo más grande que le puedes dar a los demás es el ejemplo de tu propia vida.” Mario López Larrave es un ejemplo a seguir no solamente por sus altos aportes intelectuales, su compromiso con la clase trabajadora, su estatura moral e intelectual, sino también por su accionar desinteresado y respetuoso al lado de los sectores desposeídos, a los que nunca pretendió suplantar ni hablar en su nombre.

En Guatemala se necesita construir una institucionalidad sólida, democrática, con un sistema de justicia justo -hay que decirlo, no es algo que deba darse por sentado- transparente, honesto, en el que los oficios del juez y del fiscal no sean solo para los valientes o los cínicos, sino una labor humana, sin riesgos, que no implique poner la vida en riesgo ni las resoluciones en venta, porque la justicia es un derecho y, para las víctimas pasadas y presentes y sus familias, es como el agua o como el aire, indispensable para seguir viviendo.

Sobre el movimiento sindical de esa época, se puede leer este libro: ¿Por qué ellas y ellos? En memoria de los mártires, desaparecidos y sobrevivientes del movimiento sindical de Guatemala, de Miguel Ángel Albizures y Édgar Ruano, publicado por la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala en 2009, disponible aquí:

martes, 5 de junio de 2012

“Los carnets de la AEU deberán ser impresos en champurradas”


El 22 de mayo de 1979, Día del Estudiante, en el 59 aniversario de la Asociación de Estudiantes Universitarios, fui capturada por la policía junto con un grupo de estudiantes de la Universidad de San Carlos. Esa tarde me encontraba en la escuela “Niños de Noruega”, en La Limonada, donde acababa de obtener una plaza de maestra de grado, algo que era negado a quienes no éramos afines al gobierno. Esto fue posible gracias a que la señora Marina Coronado de Noriega, integrante del Frente Unido de la Revolución, el partido de Manuel Colom Argueta, había conseguido fondos en Noruega para construir el edificio y, al entregárselo al Ministerio, puso como condición que se nombrara a las personas que ella propuso. Eso, más la asistencia del embajador del país nórdico a una reunión con el coronel Clementino Castillo, el ministro de Educación, hizo el milagro. El caso es casi no teníamos alumnado por lo avanzado del ciclo lectivo, de manera que el director me dio permiso para retirarme y agarré camino para el Cementerio General. Quería unirme al homenaje a Oliverio, secretario general de la AEU, asesinado el 20 de octubre de 1978.

Al llegar a las puertas del Cementerio, avanzada la tarde, me encontré con un nutrido grupo en el que se destacaban las compañeras y compañeros del Secretariado de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) Héctor Interiano, Hugo Morán, Iduvina Hernández, Alfredo Baiza, Iván Alfonso Bravo, Julio Estrada y Aura Marina Vides Alemán. Con mantas alusivas, coronas y ramos de flores en las manos, atravesamos la amplia entrada del Cementerio, pese a que el lugar estaba lleno de radiopatrullas de la Policía Nacional. Con un megáfono, alguno de los jefes policiales nos instaba a no entrar porque, de hacerlo, nos decía, nos iban a capturar. Sin hacer caso de las advertencias, se organizó una columna y emprendimos la caminata hacia la tumba de Oliverio, situada casi al final del Cementerio.

 
Al llegar, había dos pájaros azules – las camionetas de la PN llamadas así por el azul oscuro del que estaban pintadas- llenas de hombres de civil, posiblemente miembros de la temible policía judicial. La policía nos cercó. Iván Alfonso se subió encima de un mausoleo y se dirigió a los tipos diciéndoles algo así como “compañeros policías, nosotros venimos aquí en forma pacífica, estamos ejerciendo un derecho constitucional de manifestación, no estamos molestando a nadie ni entorpeciendo el tráfico…” No lo dejaron terminar el discurso, lo agarraron y lo metieron al pájaro azul. Inmediatamente, nos ordenaron formar una fila para subir a la camioneta, no sin antes registrar las bolsas y los maletines que portábamos.

En ese momento, a la orilla del abismo, sopesé mis opciones. Algunos compañeros se habían escondido en el barranco, pero al recordar su profundidad y su topografía cortada casi a filo, sumé esto a la posibilidad de caerme y, temerosa, me uní a la fila para subirme al vehículo policial. Otros/as lograron eludir la detención sumándose a la gente que asistía a un funeral o se metieron a los nichos vacíos y pasaron allí la noche, igual que quienes se habían escondido en el barranco. Fuimos muchas las personas capturadas; ya no recordaba el número exacto, pero Iduvina Hernández, dirigente de la AEU, publicó la cifra en su facebook: 46, cuarenta hombres y seis mujeres (Auri Vides, Iduvina, Betty, dos muchachas que nunca habíamos visto, que me parecieron muy raras, y yo). 

Además de la dirigencia de la máxima asociación estudiantil universitaria también detuvieron a directivos/as de asociaciones estudiantiles de facultades y escuelas de la Universidad de San Carlos y estudiantes comunes y corrientes, como quien esto escribe. Entre los nombres de los detenidos, viendo fotos y con la ayuda de Marylena Bustamante y Raúl Figueroa, recordé los de O. Pélaez, Eugenio Cap Yes (Shelito), Alfredo Terreaux, M. Mota, el Gordo Alvarado, el “Monstruito” y R. Quiñónez.

Iván Alfonso Bravo, semioculto por M. Mota, Iduvina, Julio Estrada y Héctor Interiano
En el trayecto, tuvimos que masticar papeles “comprometedores” -amplia categoría que podía incluir hasta el cuento de La Caperucita Roja- y quienes tenían cargos en la AEU o en las asociaciones se comieron los carnets que los acreditaban como tales. Jóvenes y bromistas, con el humor de esos tiempos en los que aún tratábamos de reírnos de la muerte, Alfredo Baiza proclamó que “de ahora en adelante, los carnets de la AEU deberán ser impresos en champurradas”, propuesta que fue celebrada con alegres carcajadas. Otro de los frecuentes chistes macabros era “¿ya le diste la foto a Mauro?”, nuestro querido Mauro Calanchina, maravilloso fotógrafo y diseñador, un revolucionario, quien hizo los afiches de denuncia y homenaje de casi todos los compañeros y compañeras que fueron asesinados o desaparecidos en ese tiempo y dejó el testimonio gráfico de esa tarde.

En los pájaros azules, nos trasladaron al Segundo Cuerpo de la Policía Nacional, situado en la 11 avenida y 4ª. calle de la zona 1, donde nos mantuvieron en el patio separadas de los varones. En el cuartel policial, pedí permiso para ir al baño y me fijé en que había un teléfono público. Algunos compañeros se acercaron con disimulo para ocultarme de la vista de los custodios y llamé a mi amiga MG para pedirle que me fuera a sacar de allí; lo que menos quería era que mis papás se dieran cuenta para no afligirlos. Estando al teléfono, les pedí a los compas que juntaran todas las monedas de cinco centavos –el costo de una llamada de tres minutos- y me fueran pasando los nombres de toda la gente detenida. Me comuniqué con alguien en la Universidad, a donde la noticia ya había llegado; se prepararon listas y se buscó auxilio legal para presentar hábeas corpus. Mientras tanto, nos ficharon. Además de llenar nuestros datos a mano, un mecanógrafo también los iba tomando, junto con las huellas y las fotos. 

La condición para soltarnos era que, pese a que éramos mayores de edad, tenía que llegar alguien de la familia (el padre, la madre, la abuela, un tío). Casi me echo a llorar cuando no quisieron liberarme a pedido de mi prima ni de MG. Logré salir hasta que llegaron mis padres y firmaron un papel en el que se hicieron responsables de mí y de mis actividades, pero hubo gente que se las vio a palitos porque sus familiares vivían en el interior o fuera del país. Además de lo que se pueda decir en cuanto al irrespeto a nuestros derechos y condición ciudadana, toda la situación era un absurdo total desde el momento en que no nos querían dejar entrar al Cementerio.

Esa noche, presa en el segundo cuerpo de la policía nacional, dirigida por el criminal Germán Chupina Barahona, no recuerdo haber tenido miedo. No estaba sola y fueron circunstancias diferentes, si se comparan con las que terminaron en asesinato y desaparición forzada, no sin antes haber pasado por el horror de la tortura.

Un año y un mes después, en junio del 80, ocurrió la detención masiva y posterior desaparición de dirigentes sindicales, hombres y mujeres, en la sede de la Central Nacional de Trabajadores, que fue seguida en agosto por la detención desaparición de sindicalistas y profesores de la Escuela de Orientación Sindical de la USAC en la finca Emaús. Ante estos hechos, alguna vez pensé que nosotros hubiéramos podido ser el primer grupo desaparecido en la oleada terrorista de los setentas y ochentas, en ese momento en escalada.

Como un cometa, que ilumina el cielo breve y fugazmente, así fue la generación de los setentas en la escena política guatemalteca. Muy pocos de los cientos de jóvenes hombres y mujeres involucrados en las luchas populares y revolucionarias de entonces lograron sobrevivir a la embestida mortal. De esa tarde, no son muchos los nombres que se quedaron retenidos en mi memoria, pese a que no quedé conforme hasta haberlos dado todos por teléfono. Del Secretariado de la AEU sobrevive Iduvina, una mujer inclaudicable, a quien admiro y respeto por sus convicciones y su postura firme y frontal contra la injusticia. Los demás fueron aniquilados/as en un lapso de cinco años, como Iván Alfonso, asesinado en marzo del 80; Auri Vides, cuyo cuerpo apareció a finales de noviembre de 1981; Alfredo Baiza y Julio Estrada, ambos desaparecidos en 1984, sus casos figuran en el Diario Militar; Hugo Morán fue asesinado. Ya en el 78, las fuerzas represivas de la dictadura luquista habían matado a Oliverio y desaparecido a su sucesor, Antonio Ciani. Algunos/as, muy pocos/as, salieron al exilio. Sentí cada pérdida hasta lo más profundo de mi ser. Con cada golpe, mi corazón fue endureciéndose. 

Héctor Interiano, Aura Marina Vides y Hugo Morán, rodeados de policías nacionales y judiciales
Hoy, evoco con admiración, lealtad y cariño a las compañeras y compañeros que fueron arrebatados de la vida inermes e indefensos. Están en la intemporalidad de mi recuerdo tan jóvenes y hermosos como entonces, la mayoría ni siquiera llegó a cumplir los 25 años. No me cabe duda de que el nuestro sería un país distinto si no se hubiera producido la matanza.

Y sobre los criminales, me pregunto, ¿habrá suficiente agua en el mundo para lavar la sangre de sus manos? Más allá de la cárcel, que aún no han conocido pero visceralmente espero que lo hagan porque no creo en el infierno, ¿habrán sido castigados por la vida? ¿Sienten culpa? ¿Cierran sus ojos y ven los rostros de estxs jóvenes que detuvieron, torturaron, desaparecieron o asesinaron sin piedad? ¿Se han arrepentido alguna vez de haber matado tanto? 

No lo sé y seguramente no lo sabré nunca, pero hoy quiero imaginarlos atormentados por la culpa y deseando, quizá, retroceder el tiempo para actuar de un modo diferente, como yo lo hago a veces cuando pienso en que, como luchadorxs ciudadanxs que éramos en ese momento, no nos defendimos más que con la palabra. 
Las fotos son de Mauro Calanchina, ¡Gracias, Ximena!

sábado, 19 de mayo de 2012

Luis de León, el maestro, y Luis de Lión, el escritor


A Tula, Mayarí e Ixbalan en un aniversario más de la desaparición
forzada de su amado esposo y padre el 15 de mayo de 1984

Imagen tomada del Diario Militar

De mi prehistoria personal atesoro el privilegio enorme de haber conocido a Luis de León, el maestro de escuela. En 1973 había participado en el movimiento huelguístico del magisterio, por lo que la organización política en la que por entonces militaba, por medio de Emilio, me delegó la tarea de acercarme al Frente Nacional Magisterial (FNM) y, de ser posible, incorporarme a su equipo. Era 1975, era muy joven y quería cambiar el mundo, una convicción que se enraizó profundamente en mí tras lo vivido y que encuentra miles de motivos para hacerse más fuerte día a día.

Una tarde de principios de ese año, un enero frío de cielos estrellados, sin nubes, dirigí mis pasos a la Casa del Maestro, la misma que está en la 4ª. avenida entre 5ª. y 6ª. calles de la zona 1, que albergaba a varias organizaciones magisteriales. Además del FNM, allí se alojaban el Colegio de Maestros, la Coordinadora Nacional de Claustros de Educación Media y dos agrupaciones de docentes de escuelas nocturnas y de párvulos. El Frente ocupaba el segundo piso de la parte que da hacia la avenida, a dónde se subía por una endeble escalera de cemento hechiza, como se dice de las cosas mal hechas.

Traspasé su vetusta entrada, un portón de madera formado por cuatro hojas, y allí estaban Luis y Mirta, sentados en una grada, muy cerquita del suelo. Fue la primera vez que vi su figura entrañable: el suéter negro, eternamente sobrepuesto sobre su espalda, con las mangas hacia adelante cruzadas sobre los hombros; su pelo también negro, liso, abundante, coronando su cabeza; los anteojos de gruesa montura y su sonora carcajada, contagiosa. Luis se reía con todo el cuerpo, entornando los ojos.

Esa noche me incorporé al reducido grupo del Frente Nacional Magisterial conformado por cinco o seis gatos y gatas: Álvaro, Luis, Mirta, Nery, Elsita y yo. Éramos el rescoldo de la hoguera del 73, el sonido del trueno que nos queda vibrando en los oídos. El FNM era una instancia gremial desestructurada, informal e ilegal –la Constitución prohibía la organización del funcionariado público- conformada durante la huelga del 73, que había movilizado a decenas de miles de maestros/as de primaria a lo largo y ancho del país. Ese fue el preludio del repunte del movimiento popular y sindical tras varios años de desmovilización ocasionada por la violencia terrorista estatal de los sesentas. Este grupúsculo, como les encantaba denominarnos a los detractores de variopintos pelajes derechosos, pretendía representar al magisterio del departamento, pero también fungía como tal en el nivel nacional a falta de otra entidad. Así, insignificante como parecía ser, no fueron pocos los dolores de cabeza que el FNM les ocasionó a los ministros de educación de turno, como a nuestra vez nos encantaba decirles, con las huelgas emprendidas entre el 73 y el 78 y las críticas y protestas que les hacíamos llover sobre sus medidas antipopulares. Para disputarle terreno, el gobierno creó la Unión Magisterial Guatemalteca.

Nos reuníamos los sábados en sesiones formales de trabajo para planificar actividades diversas, como asambleas, festejos, manifestaciones y entierros, o el análisis de alguna disposición ministerial de política educativa o que afectaba al gremio. Entre los sepelios recuerdo el del profesor Luis Ernesto de la Rosa Barrera, asesinado en 1976; y el de Andrés Gilberto Cuxil, lúcido dirigente de la huelga del 73, que falleció de leucemia. También determinábamos contenidos y representaciones en las entrevistas con autoridades gubernamentales, entre ellas Donaldo Álvarez Ruiz y el militar Leonel Vassaux Martínez, que fue ministro de la Defensa de Kjell Laugerud (1974-1978), en cuya oficina me sentí como en ese acto de circo donde alguien mete la cabeza en la boca del león.

A Donaldo lo vimos varias veces. El rechoncho abogado -apodado “Coche” (chancho, cerdo), un hombre perversamente astuto, prófugo por sus crímenes desde hace varios años- fue presidente del Congreso y ministro de gobernación durante los gobiernos militares fascistas de Laugerud y Romeo Lucas (1978-1982). Esa fue otra larga y estéril discusión en el movimiento popular y revolucionario, ¿eran o no fascistas?

Recuerdo particularmente una ocasión. En 1976, en Retalhuleu, el maestro José Víctor Yancor Rivera fue asesinado en la puerta de la escuela, frente al alumnado. Tono, dirigente magisterial de este departamento suroccidental, se refugió en la capital; estaba seguro de que esas balas iban dirigidas a él y que los criminales volverían a corregir su error.

En el FNM decidimos denunciar ambos hechos, el asesinato del profesor Yancor y las amenazas contra Tono, por lo que, entre otras acciones, solicitamos una entrevista a Álvarez Ruiz. Y henos allí, un trío de ingenuos docentes en el Palacio Nacional, Luis uno de ellos, metidos en el despacho de uno de los hombres más poderosos del régimen. Luego de las presentaciones y explicaciones del caso, con argumentos como la obligación constitucional de proteger y salvaguardar la vida de la ciudadanía, el ministro se despachó con una respuesta alucinante que se quedó grabada en mi memoria; como se verá, en ese tiempo no se empleaba el lenguaje políticamente correcto de ahora.

“Y ustedes, ¿qué creen? ¿Qué puedo ponerle un policía a todos los que temen por su vida? Solo tengo doce mil policías y somos millones de guatemaltecos. Además, no creo que a usted le gustaría que un policía lo siga a todas partes, ¿verdad?

Nosotros, apabullados, movimos la cabeza, negando.

“Por supuesto que no le gustaría”.

Y se dirigió a Tono: “¿A usté le sale barba, tiene bigote?” Tono calladamente asintió. “Cambie de aspecto, déjese la barba y el bigote para despistar, córtese el pelo de otro modo. Cambie su rutina, no duerma todas las noches en la misma casa, use diferentes rutas. Que sus amigos vigilen que no lo estén siguiendo…”

Mientras tratábamos de mantener la mandíbula inferior en su sitio, Álvarez Ruiz siguió diciéndonos “Yo lo entiendo, también me tengo que cuidar. El Mico Sandoval[i] me quiere matar, a mí también me gustaría matarlo, pero para hacerlo tendría que echarse a todos mis guardaespaldas, igual yo a los suyos. Pero usted, no tiene guardaespaldas…”

A esas alturas del “diálogo”, los tres –perplejos- nos estábamos poniendo de pie, dándole las gracias por su tiempo, caminando hacia afuera tratando de actuar despreocupadamente. Salimos de la oficina palaciega más corriendo que andando. La calle estaba oscura, había anochecido. Caminamos en silencio durante varios minutos. Al final, seguramente comentamos algo con palabras como cinismo, descaro, desparpajo. No sabíamos si reír o llorar.

No mataron a Tono, se quedó un buen tiempo en la capital y luego le perdí la pista. Vivió aún muchos años y murió de muerte natural, siendo aún joven, según supe después.

En una de las oficinas de la Casa del Maestro había un mimeógrafo del Colegio de Maestros, que dirigía el profesor Roberto Cabrera Guzmán. Era el que usábamos a escondidas Luis y yo para imprimir “mosquitos”, que no eran otra cosa que los volantes que repartíamos en la Tesorería los días de pago, cuando acudían cientos de docentes a recoger sus cheques; también los boletines y comunicados que repartíamos en las escuelas y en los medios radiofónicos y escritos; y una hoja impresa por ambos lados titulada “Durmiendo al sueño”. El nombre lo inventó Luis y lamentablemente no recuerdo cuál fue su explicación para algo tan inútil como dormir al sueño. En fin, lo que contenía nuestro modestísimo medio eran notas de no más de diez renglones en las que se comentaba sobre política educativa y se denunciaba la situación de la educación; también se incluían noticias sobre el movimiento de los trabajadores/as en otros países de la región, expresando solidaridad, y brevísimas creaciones literarias del Maestro. Ambos redactábamos las notas y a mí me tocaba “picar” los esténciles en una maquinota de escribir Olivetti, de mi papá.

Con la prepotencia de las edades jóvenes, esta que recuerda y escribe confiesa con pena que “corregía” las notas de Luis. Él, al enterarse por mí de mi osadía, solo dijo “está bueno, patoja”. Después se me cayó la cara de vergüenza cuando me enteré que estaba cometiendo un delito de leso poeta, escritor y novelista, ganador de los Juegos Florales de Quetzaltenango de 1972 con su novela “El tiempo principia en Xibalbá”. Encogida, me disculpé con él. Con una de sus sonoras carcajadas le oí decir “no te preocupés, patoja”, con lo cual me dio una lección de modestia y humildad que nunca olvidé.

Con un poco más de plata, porque todo salía de nuestros precarios bolsillos y de las contribuciones de unos pocos fieles maestros/as al Frente, publicamos algunos números impresos de un periódico que, si no recuerdo mal, llevaba el original nombre de FNM. Entre los artículos que preparamos, hubo uno sobre el 25 de junio de 1944 que escribí con base en las noticias de la prensa de la época, la que consulté en el Archivo General de Centroamérica.

Compas solidarios, en 1976 – 77 trabajamos codo a codo en “Unidad”, el periódico del Comité Nacional de Unidad Sindical, instancia de cuya Comisión de Organización éramos miembros, delegados por el Frente, hasta que nos echó un ex abogado laboralista que ahora es defensor de Ríos Montt. También del 75 al 77 fuimos parte del equipo de redacción del programa “La Voz del Magisterio”, una radiorrevista que se transmitía los domingos a las 9 pm por la radio Nuevo Mundo, de dónde también tuvimos que salir debido a la “lucha ideológica” y a la “democrática” decisión de la mayoría.

Después de haber sido expulsados Luis y yo del FNM y del CNUS en 1977, con Maco Blanco, muerto en el exilio un 1º. de octubre de 1980, formamos un grupo de estudio sobre los problemas educativos del país y el papel y demandas del magisterio. Además de nosotros lo integraban Marta G., Julio y Sergio. En ese esfuerzo, fuimos apoyados por el querido profesor Carlos González Orellana y expertos/as internacionales de la UNESCO. Desde esa trinchera, continuamos con nuestra labor difundiendo un programa de lucha gremial que recogía demandas educativas y laborales.

Fue entonces, después de una larga discusión sobre estos asuntos, que Luis transformó el lema del FNM, “El maestro no es un apóstol, es un trabajador” en “El maestro es un apóstol y es un trabajador”. De esa manera, resumió la responsabilidad del magisterio en la formación ciudadana y en la construcción de una educación liberadora con la que soñábamos y su derecho al goce de garantías laborales.

Por ese tiempo, pudo haber sido en 1979, Luis recibió una misteriosa invitación –misteriosa para mí, porque nunca supe de dónde provenía- para un encuentro magisterial en algún país de África. Se fue, volvió, y aparte de las discusiones interesantes, me contó que lo que más le había asombrado era la forma de comer (“todos metíamos las manos en el trasto de la comida”). En su paso por Nueva York, donde le tocó hacer escala, estaba aburrido y talvez temeroso de poner un pie en la calle, cuando se le acercó un empleado de la limpieza y le preguntó “¿usté es guatemalteco?”; ante su respuesta, inquirió “¿quién ganó el campeonato? ¿Los rojos o Cobán Imperial? Esto último lo relataba entre grandes carcajadas y, sorprendido, hablaba sobre la increíble coincidencia de que el muchacho no solo era guatemalteco, sino que había estudiado en la escuela Clemente Chavarría, donde él daba clases. El compatriota resultó ser un excelente guía y anfitrión, lo sacó del aeropuerto y se lo llevó a conocer la ciudad. Muchos años después, en un viaje en el que hice escala en un aeropuerto gringo, me atreví a preguntarle a un joven si podía acompañarlo a hacer compras; increíblemente, era chapín, de la zona 8 y había estudiado en esa misma escuela…

Pese a la diferencia de edades, quince años, Luis y yo nos hicimos amigos. Lo respeté y lo quise tanto que cuando pensaba que un día de aquellos seguramente nos iban a matar, me decía a mí misma que su muerte iba a dolerme mucho. Un día, conocí a su familia: Tula, su esposa, la inspiradora de su poesía amorosa; y a sus niños, Mayarí y Luis Ixbalanqué, ahora adultos. Visité su casa y me prestó sus libros. Ambos compartíamos el amor por las letras y por la docencia. Con él y por él conocí la obra de Miguel Hernández, César Vallejo, Luis Alfredo Arango, Francisco Morales Santos, Mario Roberto Morales, Juan Rulfo, José Luis Villatoro, Marco Antonio Flores y otros escritores de aquí y de allá.

Generoso, compartía conmigo sus formas de enseñar a disfrutar de la lectura y a escribir a sus pequeños alumnos de la escuela Clemente Chavarría de la zona 8, donde trabajó después de estar en el Sur, en Escuintla, y en una aldea cercana a la capital, Las Escobas, “donde el viento era tan fuerte que era capaz de levantarte del suelo y llevarte muy lejos”. Producto de sus enseñanzas fue mi breve experiencia con mis propios alumnos/as, de donde salió en el 79 “El cuento de Camilo”.

En nuestras muchísimas conversaciones de camioneta –vivíamos por el mismo rumbo, el de la ruta siete- me contaba de su obra mientras yo, secretamente, soñaba con llegar a ser la heroína de alguna de sus novelas. Muchas veces me mostró los manuscritos de sus poemas, así conocí “Acerca del venado y sus cazadores”, su homenaje a Oliverio Castañeda de León tras su asesinato el 20 de octubre de 1978. Cuando la muerte llegó para quedarse entre nosotros, escribió “Epitafio” y, con una gran sonrisa, me enseñó “Acerca del poeta y sus creaciones”, en el que en cuatro breves líneas manifestaba su vocación revolucionaria; y, así, conocí muchos otros.

Años después, probablemente en 1984, fui testigo de su sufrimiento cuando su hijo, que era aún menor de edad, fue detenido porque se encontraba en la sede de la organización Amigos del Arte Escolar (AMARES), que casualmente estaba situada al lado de una casa ocupada por una organización político militar que fue destruida por el ejército.

Ese año lo vi con alguna frecuencia. Por casualidad me fui a vivir muy cerca de San José Las Rosas, de camino a El Milagro, donde estaba su casa sencilla y modesta como él, maestro pobre, la que había construido con sus propias manos. La seña era un alto arbusto de chipilín en la entrada, vestido de mariposas amarillas. Allí llegaba con mi niño de meses a compartir preocupaciones, a componer el mundo mientras el nuestro se caía a pedazos y a escuchar sus Poemas del Volcán de Fuego, leídos despacito y con voz suave, mientras tomábamos café sentados a la mesa. Al lado, mi hijo en su carruaje, adormilado por el calor de las tardes de marzo.

Luis fue quizá la última persona a la que dije adiós cuando me fui de Guatemala el 26 de marzo de ese año desgraciado. Nos juntamos una noche por la Kodak, cerca de la escuela de Pamplona y, al despedirme le pedí que, por favor, por vida suya, saliera del país. “No puedo, no tengo medios económicos para moverme ni para dejar segura a mi familia”, esa fue su respuesta desoladora. Tampoco quería dejar solos a Tula y a Ixbalan. Mayarí había volado fuera del país y su carta para ella me acompañó en la huída. Con mucha tristeza, haciéndonos los fuertes que aquí no pasa nada, nos abrazamos. Jamás lo volví a ver.

En septiembre de ese año, en un vagón del metro mexicano me encontré a Otoniel Martínez, el poeta. Mi corazón, encallecido por la muerte reiterada, apenas tuvo un sobresalto cuando le oí decir que Luis estaba desaparecido desde el 15 de mayo. Aún guardo las lágrimas que debí haber llorado cuando me enteré de su detención; esta se dio en el marco de un operativo que acabó con el intento de mantener el trabajo político en la capital, cuando las bandas militares capturaron ilegalmente y desaparecieron a varios compañeros y los arrastraron a las cárceles clandestinas.

La foto de Luis, su nombre, filiación política y los datos de su captura y posterior asesinato están en la página 33 del Diario Militar, donde alguien escribió a mano “05-06-84: 300”, el código de la muerte. Sus restos no han aparecido aún. Quién sabe con cuántos poemas fue enterrado, como si fuera cualquier cosa en una fosa clandestina en un cuartel cualquiera. Allí yace todavía al lado de quienes corrieron su misma maldita suerte, decretada por los uniformados. ¿Cabrían en esa tumba improvisada todas las hermosas palabras que anidaban en su alma? ¿Cuántos niños más hubiesen aprendido a amar los libros y las letras y cuántos muchachos y muchachas universitarias dejaron de tenerlo como profesor?

Hurgo en mi interior. Encuentro, junto con la tristeza, todos los sentimientos, el respeto, la admiración, el cariño que le tuve y le tengo al maestro, al poeta pobre y, sin embargo, dueño de una enorme riqueza espiritual. Revivo con nostalgia nuestra camaradería, él, el profesor; yo, su discípula, que sigue atesorando todas sus enseñanzas y tratando de poner en práctica la de aprender de las demás personas y de mi propia experiencia, tanto como de los textos. Gracias a Luis, pero también a Marta, a Maco, Julio y Sergio, entendí que tengo una fracción del mundo en mi cabeza, que debía compartirla y juntarla con las demás para crear, para conocer, para tejer los sueños, las canciones, y para hacerlo todo nuevo, entre eso, un mundo de justicia.

Luis de León/Luis de Lión era un ciudadano y padre de familia, un maestro; también era un poeta, novelista, cuentista y revolucionario, un comunista. Por eso lo detuvieron y lo desaparecieron, dejando a Tula y a sus jóvenes hijo e hija en una situación de total desamparo. Lo mataron los amos de la palabra estéril, falsa, letal, los decidores de mentiras, los pronunciadores de las órdenes de muerte. Los criminales de uniforme nos privaron de sus enseñanzas y de su verbo hermosamente fértil. El alfabeto quedó huérfano de este maestro de origen kakchiquel, que puso en el mapa a su pueblo, San Juan del Obispo.

No sé si verdaderamente aprendí a ser modesta a su lado, a respetar el aporte de todas las personas en el trabajo colectivo, a escuchar con respeto y atención las voces diversas y a darle a cada una el valor que merece, pero trato. De lo que sí estoy segura es de que Luis de León, el maestro, y Luis de Lión, el poeta, escritor y novelista, fueron mis guías y mentores, los formadores espirituales que me acompañan hasta el día de hoy.

Algunos de sus poemas están en http://www.literaturaguatemalteca.org/lion4.htm
Casa Museo Luis de Lión, en San Juan del Obispo, Antigua Guatemala


[i] Mario Sandoval Alarcón, fundador del ultraderechista Movimiento de Liberación Nacional que le dio sustento político a la intervención estadounidense de 1954 y se declaró “el partido de la violencia organizada” 
(http://connuestraamerica.blogspot.com/2012/01/guatemala-el-pais-de-nunca-jamas.html)