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lunes, 13 de enero de 2014

Anularon el juicio pero no la culpa



Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro.
Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor.
En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz.
Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres.
Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, 
que es robarles a los hombres su decoro.
En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.
José Martí


Con una mueca, congelada sonrisa, perpleja me enteré de la anulación del juicio por el genocidio contra el pueblo ixil. ¿Me sorprendió? Pues sí, creí que no necesitaban hacer más de lo que ya hicieron para detener el proceso si al cabo Ríos Montt ya no tarda en morirse. Me desmoroné cinco segundos.

Aparentemente, ganaron. ¡Bravo por los maestros del cinismo, las güizachadas y la desvergüenza! Traspasada por la noticia, por un instante no supe qué hacer ni dónde meterme para escabullir el golpe.

Entonces, llegaron a mi cabeza los colores, los gritos, los ayes, los suspiros, las lágrimas no lloradas. Rojo huipil, verde bosque, amarillo flor, naranja mariposa, celeste cielo; montaña adolorida, enrojecidos caminos de barro, quebradas teñidas con la sangre de los niños y niñas que estrellaron contra las piedras; las luces, el incienso y los ramos portados por las manos callosas de las mujeres ixiles, las violadas; los pies descalzos, endurecidos en los surcos de los maizales, de los hombres que huyeron por los montes, las hondonadas, las cuevas, los ríos, los barrancos; su dignidad que recorrió un camino muy largo que no se mide en kilómetros sino en años, fueron treinta, para llegar hasta donde llegaron: a un tribunal para enjuiciar al genocida.


Recordé las lecciones de ética y de historia recibidas en las voces de las y los testigos y las personas que presentaron sus peritajes junto con el espíritu de la justicia plasmado en la sentencia leída por la jueza Barrios. Reviví la esperanza que me quieren matar, esa que ha empezado a echar raíces en el suelo duro y reseco de la impunidad, y me sequé las lágrimas.

Hoy, su victoria es jurídica, si me permiten el calificativo para una resolución que salió de las cloacas del sistema de impunidad, un albañal, pero su derrota es moral aunque no les importe y su mezquindad y pequeñez no les deje enterarse. Con ella, se sitúan por encima de la justicia y de las leyes humanas y divinas –“no matarás”- y me pregunto si es por su enorme cobardía o soberbia, quizá ambas, que se niegan a dar la cara y asumir las consecuencias.

Esta resolución, que se agrega al rosario de maniobras a favor de los impunes criminales, anula el juicio pero no la culpa; es obvio, pero hay que repetirlo: los hechos no desaparecen, tampoco las pruebas presentadas y menos los testimonios de las víctimas, tampoco la sentencia, un texto que ya forma parte del acervo de la humanidad en la lucha contra el oscurantismo. Después de lo acontecido en 2013, es más, después de los informes del REMHI y la CEH, Ríos Montt no podrá escapar al juicio de la historia y tampoco sus cómplices, con uniforme o sin él, los que le antecedieron y los que le precedieron. El mundo entero los conoce como los perpetradores del genocidio y los crímenes más horrendos del hemisferio occidental. Lo sucedido tampoco se borrará de la memoria de muchos guatemaltecos y guatemaltecas justos y decentes que asistieron al juicio y acompañaron a las y los sobrevivientes.


Antes de que la historia los alcance, que celebren este nuevo triunfo para los genocidas que siguen escondiendo las manos después de que dispararon balas de grueso calibre, tiraron bombas, napalm y gases lacrimógenos, y ordenaron –lo que los implica como si lo hubieran hecho- degollar a niños y niñas indefensos, violar a las mujeres como un arma de guerra, torturar y asesinar a los hombres. La anulación de un juicio justo es un logro ignominioso para los que aniquilaron las vidas de doscientas mil personas y destruyeron un país que ni siquiera conciben más allá de un negocio, Guatemala S.A.

Los investigables y enjuiciables de uniforme y de saco, ¿acaso pensaron en las consecuencias de sus actos cuando organizaron, fueron parte o financiaron los escuadrones de la muerte, instalaron campos de concentración y prestaron o pilotaron sus aviones privados para ir a bombardear poblados indefensos, repletos de “enemigos” desarmados de cero a quince años?

El temor de los poderosos a la justicia es tan grande como su responsabilidad en los hechos. ¡Cuánto miedo le tienen a que se evidencie su mala entraña, su odio, su racismo, sus crímenes, y que con ello se resquebraje su imagen de gente “bien” enfundada en armanis y se deslustren sus rancios apellidos! Por eso hay que reírse de su miedo y les digo ¡no gracias! por este nuevo clavo en el ataúd en el que ya quisieran enterrar la justicia, al igual que a sus víctimas, o, como a mi hermano, desaparecerla para siempre.

No es poca cosa lo que hicieron y la costra no se la quitan de encima ni bañándose con agua bendita. Pero en Guatemala para los grandes males pareciera no haber grandes remedios por ahora, porque los aparentes ganadores han estado y siguen estando en contra de la verdad y de la ley; porque tendrían que borrar no sé cuántos artículos del código penal y aislarse de la comunidad internacional revocando los tratados de derechos humanos para librarse de la acción de la justicia; porque lo que hicieron aquí y en la luna, aunque se nieguen a reconocerlo, fue cometer delitos muy graves que seguirán ofendiendo la conciencia de la humanidad.

No obstante su prepotencia y amenazas, los petates del muerto que sacuden (tienen doscientos mil) y el miedo y la desmemoria que quieren infundirnos, fueron muchas las personas que conocieron la verdad histórica pronunciada por los labios de las mujeres y hombres ixiles en esos días imborrables de 2013; hoy se suman a quienes mantenemos la memoria de nuestros seres queridos asesinados o desaparecidos. 

Por ellos y por ellas, por dignidad, por amor y lealtad a la sangre, nuestro dedo acusador señalará los crímenes y a los criminales. Que se vayan acostumbrando y, por si acaso, aclaro que la mía, al igual que la de tantas otras y otros, es una decisión política tomada en pleno uso de mis facultades. No estoy loca y no quiero vengarme, lo que exijo es justicia; tampoco se trata de victimización, incapacidad de “ver hacia adelante” ni del masoquismo barato que emplean sus cómplices y simpatizantes para manipular a la población y a sus serviles formadores de “opinión pública”. 

No voy a lamentarme. Está demostrado que lograr la justicia para las víctimas de los crímenes de lesa humanidad en Guatemala, no es tarea de años sino de décadas. Nadie me prometió que iba a ser fácil conseguirla ni espero que sea así porque, repito, su culpa es tan grande como su miedo a enfrentarla. Su falta absoluta de dignidad, decoro, decencia y escrúpulos, les llevará a erigir todos los obstáculos inventados o por inventar para impedir que accedamos a ella.


Hay que seguir caminando. Para eso, le pido al universo que a mí acuda la rabia ante este nuevo acto de injusticia, que me sature la indignación por este insulto y, a la par, que me llene de la fuerza del tenaz e indoblegable pueblo ixil y la de todos los hombres y mujeres que, en las condiciones más adversas, continúan luchando y levantándose después de cada golpe recibido, árboles majestuosos que encarnan el decoro, la dignidad, la memoria y el anhelo de la justicia para hacer del nuestro no un país mejor, sino otro país.

sábado, 8 de junio de 2013

En 8 Ajpú demandamos justicia

El 30 de mayo, un grupo de guatemaltecos y guatemaltecas acompañados por personas solidarias de distintas nacionalidades, entre las que por supuesto había costarricenses, nos reunimos en un plantón frente a la embajada de Guatemala. El propósito fue expresar públicamente nuestra solidaridad con el pueblo maya ixil y el descontento por la resolución ilegal de la Corte de Constitucionalidad que anuló la sentencia que condenó a ochenta años de prisión -dictada el 10 de mayo por el Tribunal A de Mayor Riesgo- al ex jefe de Estado de facto Efraín Ríos Montt.


Han pasado muchos, demasiados, años desde la última vez que salí a la calle a protestar contra las cotidianas injusticias que se viven en mi país. Sintiendo que había perdido la práctica, los días previos fueron tensos, cargados de preguntas. No sabía si los esfuerzos realizados junto a Alejandra, Julia, Rosario y Ca darían frutos.

La mañana estaba soleada y bochornosa y sobre las montañas ya empezaban a levantarse nubarrones oscuros. Lluvia segura, pensé, deseando que fallara el pronóstico meteorológico. Tenía que irnos bien. Ese jueves era 8 Ajpú en el calendario maya, un día propicio para pedir por el triunfo de las fuerzas del bien contra el mal, para servir a los demás, recordar e invocar a los abuelos y abuelas para que nos ayuden en este objetivo de lucha y pedir por la vida, la fuerza y la claridad. Sin embargo, cuando vi las figuras oscuras que nos esperaban frente a la embajada, con un agujerito en el estómago pensé que nos iban a impedir manifestar.

La embajada de Guatemala en Costa Rica está situada en una zona residencial con parques y árboles en las aceras. Entre el conjunto de casas coloridas, con jardines al frente salpicados de flores, ubicamos la sede: un edificio chato, de dos plantas, pintado de gris, todo cemento, vidrio y hierro, con una bandera azul y blanco clavada en el suelo. Al aproximarnos, conté once “elementos” de la Fuerza Pública y una patrulla que, desde un día antes, habían custodiado la embajada. ¿A qué le temía el embajador para solicitar semejante despliegue? ¿A un puñado de mujeres con flores en las manos? ¿Al ángel que despliega sus alas – huesos encontrados en una fosa común? ¿A la música? ¿A nuestras palabras y a las de lxs poetas que destilan belleza de las hondas tragedias? ¿Al dolor de quienes seguimos sufriendo la desaparición forzada de un ser amado? ¿A nuestra indignación, solidaridad y radical exigencia de verdad y justicia?

Tras un rápido diálogo con el jefe del contingente policial en el que le explicamos nuestra actitud pacífica y nuestros propósitos, despacito, cautelosamente, nos fuimos apropiando del espacio. Ningún vecino abrió la puerta ni se acercó a preguntar qué hacíamos allí y a nadie pareció molestarle que nos colocáramos al frente de sus casas, ocupáramos buena parte de la vía ni desplegáramos nuestro estandarte, el del ángel que grita que en Guatemala sí hubo genocidio. Ángel entre los árboles a cuyos troncos tuvimos que atarlo porque ponerlo más cerca de la embajada era algo así como “invasión del territorio guatemalteco”, según nos dijo una de las jefas que encabezaban a los policías.


A medida que nos aposentábamos, íbamos tomando confianza. Allí estábamos, para indignarnos juntxs, para acompañarnos y fortalecernos, para llevar nuestro mensaje. Éramos un grupo de gente citadina que no pone los pies en la calle por demasiado tiempo y que, en solitario, se deja morder el corazón y protesta día a día frente a una pantalla que recita las injusticias que se siguen perpetrando en Guatemala. No fue un sacrificio, de ninguna manera; lo menciono porque, expuesta al sol y la lluvia, la idea que llegaba con frecuencia a mi cabeza fue todo lo que debieron soportar en su huída las mujeres, hombres, niñas y niños ixiles y todas las comunidades que sobrevivieron a las matanzas. Perseguidxs durante años, quienes resistieron en el interior del país no pudieron asentarse ni cultivar en ningún lado. Al ser detectados sus precarios campamentos, eran obligados a moverse por los bombardeos de un ejército implacable que los seguía considerando “el enemigo” a exterminar. En esa huída permanente por territorios inhóspitos con climas inclementes, sufrieron frío y calor extremos, hambre y enfermedades. Muchxs murieron, sobre todo los más pequeños y las personas mayores.

A las once, con un toldo literalmente parqueado al lado de nuestro magnífico estandarte, megáfono en mano nos situamos frente al edificio. Mi madre y yo con las fotos de Marco Antonio sobre nuestros pechos, nos unimos al grupo de mujeres que enarbolábamos la imagen del “genocida suelto”. Rosario les explicó a los policías como mató el ejército –comandado por Ríos Montt y otros de su calaña- a las personas que debió proteger y, después, le dijo a la delegación diplomática porqué estábamos allí. El edificio permaneció ciego, sordo y mudo a nuestra presencia.


Don Ovidio encendió el fuego con ocote y en un pequeño incensario de Chinautla ardía el incienso saturando el ambiente con su olor delicioso. 


Ale, ataviada con una falda y una blusa confeccionadas con textiles indígenas y unas pesadas alas de madera atadas al torso, leyó los testimonios de los crímenes estatales cometidos en Quiché en 1982 – 83 que había copiado del informe Guatemala Nunca Más, de monseñor Gerardi. Después de leer cada testimonio, el pequeño ángel envolvió las flores saturadas de incienso con el papel en el que los había transcrito con su letra menuda y clara, les dio un beso y las fue entregando a quienes escuchábamos, incluyendo a los policías que para entonces nos habían rodeado.


Con el alma encogida, sintiendo como nuestro el sufrimiento de las mujeres y hombres que padecieron los horrores y el odio racista de los exterminadores, la voz de Alejandra nos trasladó a otro tiempo, a otros lugares, a una Guatemala bellísima empapada de sangre de inocentes, en donde los impunes crímenes de lesa humanidad perpetrados hace 50, 40, 30, 20 años, continúan atravesando la memoria del cuerpo y la del alma. El genocidio, los asesinatos políticos, la tortura, las desapariciones forzadas y otros crímenes de Estado siguen ocasionando un profundo dolor en las víctimas, lxs sobrevivientes y en toda la sociedad. Sin embargo esta, irreflexivamente, es incapaz de reconocer la huella de un pasado que nunca se fue, que está presente en la estela de sangre dejada por las violencias que se observan en todos los ámbitos de la vida social. Por eso, la verdad histórica, empezando por la que brotó de los labios de las testigas y testigos ixiles, debe asumirse colectivamente y convertirla en la base de la justicia. Solamente así se empezarían a sanar las heridas que permanecen abiertas al igual que los ojos de los enterrados que solo se cerrarán el día de la justicia.

Mientras Alejandra efectuaba su performance, cayeron las primeras gotas de la anunciada lluvia que se desató del pañuelo con el que intentamos amarrarla. Suave y pertinaz, sin rayos ni truenos amenazantes nos acompañó toda la tarde. Con ella, llegaron los poemas y escritos de Luis de Lión, Carolina, Fredy Leonel, Eida y otros poetas. También hubo risas, marimba, baile y canciones en el refugio improvisado en el que nos resguardábamos del agua.


Con el corazón tibio, satisfechxs, esperábamos el fin de la jornada, cuando de pronto se instaló la violencia verbal que escupieron los labios de una mujer que salió de la embajada. Cuenta Julia: “…una mujer entró y salió de la embajada dos veces. Su carro no llevaba placas diplomáticas. La primera vez [agrego, al mediodía y pasando lentamente frente a nosotros] nos tomó fotos y salió volada. La segunda se nos quedó viendo antes de subirse al carro... Llovía y yo caminé en dirección a ella; iba a invitarla al toldo, a escuchar poesía.” De pie, al lado de su vehículo, en actitud retadora dijo "no hubo genocidio". Julia la interpeló "¿esa es la versión oficial de la embajada?", a lo que replicó que la suya era "la versión de una guatemalteca que lo vivió". Julia, de nuevo interrogando, le dijo "¿quién nos explica 200 mil indígenas muertos?", a lo que ella replicó que "en todos los países hay violencia". "¿Nos conformamos entonces con ser segundos después de los nazis?". Cuando ya todo había pasado –fueron segundos- nos enteramos que entonces “la mujer se echó un rollo sobre un tío de ella que fue secuestrado por guerrilleros y, hecho prisionero en un hoyo cavado en la tierra, sólo comió bananos y que, como lo violaron, le contagiaron sida y se murió. Le dije que sentía mucho su dolor y que, por la violencia, para quienes estábamos allí era una causa para reivindicar, pero al cerrar la puerta de su carro replicó "todo por unos inditos de mierda". Entonces se la abrí y le dije "venga RACISTA y repita eso en nuestro megáfono"... Allí termino la cosa”.

Lo narrado podría minimizarse encogiendo los hombros o diciendo “hay que tomar las cosas de quién vienen”. Pero sucede que la frase de odio de la desconocida concentró en un instante la intención genocida de una sociedad brutal que ha permanecido de espaldas a una realidad insoslayable. Como el edificio de la embajada, con las ventanas veladas, ciego y sordo a nuestra presencia, consignas, canciones y poemas, los estamentos de poder, formados por gente como ella, se niegan a ver, escuchar y percibir como iguales, como seres humanos con derechos, a las personas indígenas que siguen llenando sus platos, sus bolsillos.

La incesante llovizna, a ratos imperceptible, a ratos un torrente, nos caló hasta los huesos. Así es el racismo en Guatemala, como una lluvia leve y permanente o un diluvio arrasador que empapa a los guatemaltecxs que comparten una visión de mundo construida por los sectores hegemónicos en la que los pueblos mayas son “inditos de mierda”. Esa frase, que no llegó a horadar mis oídos pero ahora, desolada, me agujerea el alma, es una muestra de este fenómeno tenaz que está en la base de las discriminaciones, la exclusión, la invisibilización y la negación de la humanidad y los derechos de los pueblos indígenas. También forma parte del discurso con el que se pretende negar y justificar el genocidio y pronunciada por labios oligárquicos –como los de la violenta desconocida- delata una postura repudiable, a la vez paternalista y de rechazo. Me resulta muy duro repetirla, pero lo hago porque hay que denunciarla.

Contra ese racismo y contra la injusticia, unas setenta personas, sobre todo mujeres, entre guatemaltecas, costarricenses y de otras nacionalidades, nos congregamos a lo largo del 8 Ajpú. Éramos demasiadas para un lluvioso día de trabajo en el que me había dicho a mí misma que bastaba con que llegáramos cinco para expresar nuestro descontento. Con nosotrxs también estuvieron lxs caídxs, lxs cercanxs y lxs que no conocimos. La calle no hubiese dado abasto para el desfile interminable de fechas y de nombres que son parte de la historia de la resistencia y la respuesta represiva y terrorista del Estado guatemalteco. Trajimos con nosotrxs la memoria amorosa de los compañeros y compañeras que dieron sus vidas generosamente con la convicción de que ese era el precio a pagar para construir un país nuevo. Son ellos/as quienes guían nuestros pasos, nuestro dolor por sus injustas muertes o desapariciones tampoco cupo enfrente de la embajada como tampoco fue suficiente el día para que cupiera en él nuestra indignación por las maniobras sucias del poder que, finalmente, logró anular una sentencia parida dificultosamente, con tres décadas de retraso y tras remontar los mil y un obstáculos de un defensa antiética e inmoral.

Con nuestra presencia en esa calle estrecha, con los ramos de flores, con toda nuestra alma, también saturamos la jornada de amor a nuestra gente, a las víctimas del genocidio del pueblo ixil y otros pueblos mayas y de todos los crímenes perpetrados por las dictaduras terroristas. Con palabras y canciones, con la música de marimba y los poemas de amor e indignación, con esperanza y rabia, con dignidad y orgullo, con dolor y alegría, con los árboles, el sol y los nubarrones cargados de lluvia, con los claveles rojos y la voz de Alejandra, con las lágrimas que no llegaron a brotar de los ojos pero que nos anudaron la garganta, con el ángel que grita, tejimos un tapiz saturado de fuego e incienso para decir que en Guatemala sí hubo genocidio y que exigimos justicia, el reconocimiento a la verdad histórica y respeto a las víctimas.

miércoles, 24 de abril de 2013

Hoy en mi alfabeto solo hay siete letras y con ellas escribo tan solo una palabra: JUSTICIA



Atontada. Aún no entiendo los efectos de la resolución dictada por la Corte Constitucional de Guatemala el 23 de abril en el proceso de genocidio seguido contra el ex dictador Efraín Ríos Montt y el ex jefe de la inteligencia militar Mauricio Rodríguez Sánchez, ambos generales retirados. Leí algunas interpretaciones contradictorias y me perdí en una catarata de palabras. Después de un día muy largo y muy difícil, salí a la calle y, como siempre en esta región del planeta, me recibió una tarde esplendorosa. Sorprendida de que el mundo no se hubiese derrumbado, constaté que todo seguía en su lugar: el cielo de un azul desvaído en el que colgaba una alta luna pálida opacada por la luz de un sol agonizante, las vías repletas de vehículos, la gente corriendo hacia la noche. En mi cabeza, separada de mi cuerpo por más de mil kilómetros, seguían resonando las palabras tóxicas vomitadas por las bocas de abogadillos de cuartel.

Sin certezas de qué va a pasar con el proceso, una cosa sí sé. Todas las maniobras jurídicas que entorpecen el juicio y las decisiones que obstaculizan el derecho de acceso a la justicia son revictimizadoras. A estas se une la millonaria campaña mediática de los militares retirados y sus aliados de corbata y chanel, orquestada para atacar inescrupulosamente a las víctimas constituidas en querellantes, sus abogados, el propio tribunal de juicio y a toda la gente que las acompaña. Lo hicieron como lo saben hacer, recurriendo a toda clase de bajezas, insultos, mentiras y amenazas, en tono escuadronero, a la moda de los setentas y ochentas, o en tono ilustrado, pulcro con palabras de salón. En cualquiera de sus modalidades, sus efectos revictimizadores son los mismos.

Y eso es lo que se sabe. Por debajo de la mesa, quizá se intercambiaron favores y escamoteos por dinero y resoluciones por cheques millonarios. Todo es posible en ese mundo incierto en el que, sin referentes éticos democráticos, humanos y civilizados, se sobreponen realidades y personas. Un mundo sin sentido, en el que se pierden los significados y lo que es, no es, y si es, se aparenta lo contrario. De pronto, palabras como derechos humanos, garantías procesales, legalidad, se vaciaron de contenido en un contexto en el que lo que se busca es precisamente violar todas las disposiciones y derechos de las víctimas –así como antes violaron los cuerpos de las mujeres- y salvaguardar la impunidad de los criminales.

8. Se considerará " víctima" a la persona que, individual o colectivamente, como resultado de actos u omisiones que violan las normas internacionales de derechos humanos o el derecho internacional humanitario, haya sufrido daños, inclusive lesiones físicas o mentales, sufrimiento emocional, pérdida financiera o menoscabo sustancial de los derechos fundamentales. Se podrá considerar también “víctimas” a los miembros de la familia directa o personas a cargo de la víctima directa, así como a las personas que, al intervenir para asistir a la víctima o impedir que se produzcan otras violaciones, hayan sufrido daños físicos, mentales o económicos.

En el contexto del juicio por genocidio, las víctimas son aquellas personas que sufrieron los efectos atroces del abuso desmedido del poder por parte de agentes del Estado, los que actuaron en su nombre con su consentimiento o encubrimiento. De esta forma, el Estado guatemalteco violó las obligaciones internacionales de derechos humanos y derecho internacional humanitario e incurrió en responsabilidad internacional. Para subsanar el daño infligido, debe investigar, enjuiciar y castigar a los responsables.

Por otra parte, resulta que las víctimas tienen derechos. El documento citado reconoce en su artículo VII, entre otros, la justicia y las reparaciones:

a) Acceso igual y efectivo a la justicia;

b) Reparación adecuada, efectiva y rápida del daño sufrido;

c) Acceso a información pertinente sobre las violaciones y los mecanismos de reparación.

Sobre el acceso a la justicia, en el art. VIII se estipula que,

12. La víctima de una violación manifiesta de las normas internacionales de derechos humanos o de una violación grave del derecho internacional humanitario tendrá un acceso igual a un recurso judicial efectivo, conforme a lo previsto en el derecho internacional. Otros recursos de que dispone la víctima son el acceso a órganos administrativos y de otra índole, así como a mecanismos, modalidades y procedimientos utilizados conforme al derecho interno. Las obligaciones resultantes del derecho internacional para asegurar el derecho al acceso a la justicia y a un procedimiento justo e imparcial deberán reflejarse en el derecho interno.

Para asegurar el acceso a la justicia por parte de las víctimas del genocidio del pueblo ixil, el Estado guatemalteco debería hacer exactamente lo contrario de lo que hasta hoy hemos visto: garantizar el acceso a la información sobre las violaciones a los DDHH y el DIH por todos los medios posibles; proteger la intimidad y seguridad frente a los “actos de intimidación y represalia”, tanto a las víctimas como a sus familias y testigos; y, apoyarlas apropiadamente, de acuerdo con sus requerimientos y necesidades.

En cuanto a las reparaciones, la primordial es precisamente la justicia (art. IX):

15. Una reparación adecuada, efectiva y rápida tiene por finalidad promover la justicia, remediando las violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos o las violaciones graves del derecho internacional humanitario. La reparación ha de ser proporcional a la gravedad de las violaciones y al daño sufrido. Conforme a su derecho interno y a sus obligaciones jurídicas internacionales, los Estados concederán reparación a las víctimas por las acciones u omisiones que puedan atribuirse al Estado y constituyan violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos o violaciones graves del derecho internacional humanitario.

Con base en lo anterior, no caben las visiones estigmatizadoras ni las construcciones estereotipadas de las víctimas que son, desde este punto de vista, personas con derechos. En ese sentido, su ejercicio pleno de ciudadanía pasa por el reconocimiento social, político, cultural, judicial y en todos los ámbitos de que esta indeseable condición es el producto de procesos políticos históricos en los que se dio el abuso desmedido de poder en contra de personas y contingentes humanos, algo que en Guatemala alcanzó proporciones descomunales y un elevado costo social y humano. Pero pasa, sobre todo, por el acceso pleno a la justicia con todas las garantías procesales y con algo más, solidaridad, sensibilidad y humanidad:

10. Las víctimas deben ser tratadas con humanidad y respeto de su dignidad y sus derechos humanos, y han de adoptarse las medidas apropiadas para garantizar su seguridad, su bienestar físico y psicológico y su intimidad, así como los de sus familias. El Estado debe velar por que, en la medida de lo posible, su derecho interno disponga que las víctimas de violencia o traumas gocen de una consideración y atención especiales para que los procedimientos jurídicos y administrativos destinados a hacer justicia y conceder una reparación no den lugar a un nuevo trauma.

Como lo que se ha dado en el juicio por genocidio niega lo anterior, se observan procesos de revictimización que seguramente rebasan a las mujeres y hombres ixiles, que son quienes los sufren en primer lugar:

La revictimización hace referencia directamente a un sujeto puesto en una condición no libre ni voluntaria sino dada por el ejercicio de otro poder, que ejerce fuerza o presión. Se trata de un alguien que ha sido víctima, pero el prefijo re, nos dice de la característica de esa condición su repetición. Por lo tanto, la revictimización es una palabra derivada que hace referencia a la experiencia que victimiza a una persona en dos o más momentos de su vida. En: Los efectos psicosociales de la revictimización http://justiciaypazcolombia.com/Los-efectos-psicosociales-de-la

O sea, victimizados en 1982 y 1983 a punta de bala, machete y fuego; revictimizados en 2003-2013 en un proceso dilatado y obstaculizado de todas las formas y por todos los medios posibles.

En términos humanos, la revictimización significa revivir el hecho y el sufrimiento que este provocó, lo que resulta inevitable cuando se debe declarar ante un tribunal y que hace necesario el apoyo de profesionales de la psicología. En el caso del genocidio del pueblo ixil, la revictimización se ahonda con el retardo, la denegación de justicia y, ahora, un proceso judicial tan prolongado, plagado de maniobras dilatorias y propaganda mentirosa, por decir lo menos; la confrontación con los perpetradores; las declaraciones negacionistas del presidente y sus corifeos; y la probable repetición de todo lo actuado, si la CC no sale con una amnistía para rematar el caso.

(Hoy, como tantas veces a lo largo de mi vida, no puedo, no debo, dejarme llevar por las emociones. Hago a un lado el desaliento y el dolor renovados. No dejo que el torbellino de la rabia me atrape. Permanezco de pie y alzo mi voz para que aparezca la justicia sana y salva para aliviar dolores y pinchar las conciencias. Hoy en mi alfabeto solo hay siete letras y con ellas escribo tan solo una palabra: JUSTICIA. La verdad ya se dijo. La historia fue escrita con palabras ixiles.)

sábado, 6 de abril de 2013

Tengo un dolor enorme, que no me cabe en el corazón ni en las palabras


En 1982 teníamos miedo porque había muchos muertos en la aldea. (…)
No teníamos nada,
habían quemado nuestras cosas y no teníamos comida. (…)  
Nos estaban disparando y cabal me dieron en la cabeza.
El soldado se llevó a mi esposo,
me quedé con mi hijo como de seis meses.
Me agarró y me acuchilló y tengo las cicatrices todavía. (…)
Una noche me violo, yo ya no podía moverme, ni caminar.
Me tiraron como si fuera una pelota y eso me da pena,
me hicieron sufrir.
El tapó la boca de mi hijo y se lo echó encima a mi hijo,
le salió sangre por la nariz, por la boca, por las por los ojos.
Murió mi hijo. (…)
Me violo y después me acuchilló, todavía tengo cicatrices.
No vengo a mentir.
No tengo un delito, no he hecho nada.
Tal vez va a haber un cambio en mi vida por venir a hablar aquí,
porque aquí me estoy desahogando.
Vengo a dar mi declaración para que no vuelva a pasar otra vez,
porque por nosotras las mujeres da pena.
Muchos soldados me violaron.
Casi quedé inválida.[i]

Testiga diez


Mi cabeza es un torbellino. El aire no me alcanza. En estos días, desbordada de angustia, con mi propio dolor a flor de piel por la desaparición forzada de mi hermano Marco Antonio y las abominables vejaciones sufridas por mi hermana a manos del ejército guatemalteco en 1981, he seguido los testimonios de los valerosos hombres y mujeres ixiles que han declarado en el juicio por genocidio que se desarrolla contra los generales Efraín Ríos Montt, ex jefe de Estado de facto en 1982-83, y su ex jefe de inteligencia, Mauricio Rodríguez Sánchez.

Yo sé de lo que fueron capaces. Mataron a población civil desarmada e indefensa, a personas que no cayeron en combate. No les importó que fueran niños, niñas o personas ancianas. No tuvieron límite alguno para ejecutar las órdenes de muerte. Pero ahora es distinto. Ahora sé porque ellas y ellos guardaron el dolor y la memoria para siempre, juntaron sus pasos en el tiempo hasta llegar al tribunal en donde nos contaron del horror escarbando en sus pechos y volviendo a sentirlo como si lo atroz estuviera pasando en este instante.

Por eso, gracias a la persistencia de los hombres y mujeres ixiles, gracias a su valentía y coraje, gracias a su dignidad, ahora sé con, mis oídos y mis ojos, con mi corazón y mi razón, qué pasó con la niña de don Francisco Velasco a quien le escuché decir "a mi hija, le abrieron el pecho, le sacaron el corazón... ¿Qué culpa tenía mi niña?”[ii] Sé con mis lágrimas que le cortaron la cabeza a una anciana de 68 años, una señora que tenía el pelo muy largo, y la pusieron en la cocina de un destacamento militar, como declaró el ex mecánico del ejército Hugo Ramiro Leonardo Reyes; él estaba con el rostro cubierto porque sabe de lo que son capaces[iii]. Sé con rabia y con indignación lo que dijo una de las diez valientes mujeres que declaró el 2 de abril: “Ellos querían que fuera su mujer pero yo no me dejaba, pero ellos me cortaron la cabeza y así fue cuando me dejé…. Yo tenía seis meses de embarazo y a los quince días nació mi bebe muerto…”[iv] Ahora también sé y me duele profundamente que, cuando huían, a la niña de cuatro años de doña Cecilia Ramírez Raymundo la mató una rama que se cayó de un árbol por el peso de la lluvia y que todavía llora por la muerte de su hijito de dos años y su madre.

Sabía y no sabía. No es lo mismo enterarme de estas infamias en un libro que puedo esconder por un momento cuando de pronto se convierte en un doliente corazón empapado de sangre o me quema las manos como una brasa ardiente, que oírlo de las propias víctimas en su idioma ancestral, gente de carne y hueso que sobrevivió a las atrocidades. Ahora sé y también siento en el alma su tristeza y su miedo, el peso de su tragedia inmensa, su profunda angustia pero también su resistencia heroica, su necesidad de justicia nacida de los más grandes oprobios y su indoblegable convicción de obtenerla.

Respirando el mismo aire que respiran las víctimas –que reescriben la historia con grandes letras de valor y dignidad- están los generales y sus abogados. ¿Cómo harán para no derrumbarse, para no morirse de una vez por todas, agobiados por los remordimientos? ¿Estarán hechos de las mismas sustancias que yo, que sus víctimas? ¿Cómo pueden permanecer imperturbables oyendo lo que oímos, sin llorar, sin sentir repulsión contra sí mismos, sin salir corriendo o caer de rodillas y pedirles perdón por lo que hicieron?

Podría pensar que los dos acusados son indignos, que están locos, que son monstruos, que pertenecen a otra especie o que seguramente están drogados y por eso se les ve tan serenos ante tantos horrores. Pero no. Por más que lo dude, estos especímenes son humanos como todos/as los/as que están en esa sala, al igual que yo, que los oficiales que estuvieron en el terreno y sus soldados, aunque actuaran como insensibles máquinas de odiar y de matar, incapaces de percibir –y menos de sentir- el dolor que infligieron despiadadamente. En un intento de entender qué sucede, me imagino que continúan viendo al pueblo ixil y a todos/as aquellos/as que identificaron como “el enemigo”, sus víctimas, como cosas insensibles, objetos distintos de lo humano con los que podían hacer impunemente lo que hicieron, lo que ahora relatan los testigos/as.

Ciertamente, los acusados no perpetraron estos crímenes directamente, con sus manos, pero sí lo hicieron con sus órdenes, con los planes y financiamientos que aprobaron, con la enorme cuota de poder que detentaron, con su indiferencia absoluta ante la humanidad de las víctimas, con su visión de mundo en la que se amalgamaron el racismo[v] y el anticomunismo, un mundo en el que los pueblos indígenas no tienen cabida. Lo hicieron con conceptos como “cada mata de milpa es un guerrillero” y con las consignas que les hacían repetir a sus soldados en sus ejercicios matinales: “indio visto, indio muerto” o “mujer capturada, mujer violada”.

Ríos Montt y Rodríguez Sánchez y todos los militares que junto con ellos ejercieron el poder en 1982-83 en el Palacio Nacional, en los grandes cuarteles y en los reducidos destacamentos militares, son responsables no solamente de genocidio[vi], también de etnocidio, al obligar a las personas sobrevivientes a hablar en español, al quitarles sus trajes, al cortarles la lengua cuando hablaban ixil, al aniquilar a las personas ancianas que son las que conservan y transmiten la cultura, al pretender borrarlos “hasta la semilla” sacando los fetos de los vientres de sus madres, echando niños/as vivos/as a las fosas comunes, disparándoles a “guerrilleros” de tres meses de edad. Con ellos también son responsables la oligarquía parásita, que se ha lucrado históricamente con el despojo y la expoliación del trabajo de las mayorías indígenas, y los Estados Unidos, que apoyaron política y financieramente los planes contrainsurgentes ríosmonttistas[vii].

Lo que cuentan los testigos/as ixiles no pasó una vez. Fueron centenares las masacres documentadas por el Proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica y la Comisión de Esclarecimiento Histórico. Los ejecutores fueron los oficiales y, mayoritariamente, los soldados, casi todos indígenas, pero en una estructura rígida y vertical, como es el ejército, ellos obedecen órdenes. Me resulta inevitable preguntar ¿cómo los convirtieron en asesinos? ¿Qué pensamientos pusieron en sus cabezas y que sentimientos implantaron en sus corazones? ¿De qué forma estos jóvenes labriegos fueron transformados en seres capaces de arrebatar las vidas de hombres, mujeres, niños y niñas de las maneras más crueles? ¿Qué les hicieron, qué les dieron, qué les ordenaron, para que fueran capaces de cortar cabezas, rajar vientres de mujeres embarazadas, violar salvajemente a mujeres, niñas y niños incluyendo bebés, sepultar gente viva, mutilarla? Son demasiadas las preguntas. Muchas de las respuestas podrían estar en la cabeza de los hoy acusados, otras en los manuales de entrenamiento para torturar y matar, unas más en la práctica de asesinar a alguien cercano y querido con la que los endurecieron hasta el límite. El volumen II del informe “Guatemala : Nunca Más”, del REMHI, titulado “Los mecanismos del horror”, analiza estos procesos.

Ni viviendo mil vidas podría diluirse este dolor que corre espeso por las venas de los hombres y mujeres ixiles, dolor humeante como la sangre que anegó el suelo de Nebaj, Chajul y Cotzal. Ellos y ellas, los más humildes entre los humildes de mi tierra, encarnan la dignidad de las víctimas de las violaciones a los derechos humanos en Guatemala y nuestra lucha por la justicia. Soy humana y no tengo suficiente corazón para que quepa todo su sufrimiento, pero hoy quiero decirles que lo siento tanto, que me duele hasta lo más profundo todo lo que les obligaron a vivir, que me agravia su despojo, que soy una más que está a la par de ustedes exigiendo justicia y respeto a nuestra dignidad y a la memoria de los hechos, una más que permanece fiel al amor a nuestros seres queridos.

Mientras tanto, trato de vaciarme de la aflicción con estas letras, pero no es suficiente. El único remedio es la justicia.

El juicio, que durará varias semanas más, puede verse en vivo aquí: http://www.paraqueseconozca.blogspot.com/



[i] Recopilado por Periquita Pérez en la sala de audiencias de la Corte Suprema de Justicia de Guatemala el martes 2 de abril.
[ii] Testigos narran asesinato de niños en juicio por genocidio a Ríos Montt http://www.elperiodico.com.gt/es/20130403/pais/226602/
[iv] Mujeres ixiles narran atrocidades cometidas por el Ejército, en http://www.elperiodico.com.gt/es/20130403/pais/226580
[v] Sobre el racismo en Guatemala, ver Casaús Arzú, Marta Elena. Guatemala: Linaje y racismo. Guatemala: F&G Editores, noviembre de 2010, 4ta. edición, revisada y ampliada
[vi] Entre otros aportes de Ricardo Falla, ver “Negreaba de zopilotes”, en http://www.plazapublica.com.gt/sites/default/files/negreaba_de_zopilotes.pdf y ¿Cómo que no hubo genocidio?, en http://www.plazapublica.com.gt/content/como-que-no-hubo-genocidio
[vii] Al respecto, hay un amplísimo análisis en Figueroa Ibarra, Carlos. El recurso del miedo. Estado y terror en Guatemala. Guatemala: Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, BUAP / F&G Editores, julio de 2011. Segunda edición, corregida y aumentada