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sábado, 27 de octubre de 2012

Te irás y no volverás


Hoy quisiera reproducir los sentimientos que experimenté la primera vez que volví a Guatemala, después de once años, siete meses y 26 días de exilio. Me fui otra vez, muy a mi pesar pero segura, porque esa decisión no la tomé por mí sino por mis hijos. Estoy tranquila porque el camino tiene vuelta.

Te irás y no volverás

Desfallecida. Venía por el aire contando hacia atrás el tiempo transcurrido. Temerosa de la ola de dolor que amenazaba con ahogarme el pecho. Dichosa de recoger mis pasos y de borrar el rastro angustioso que había dejado en cada recodo del camino que me llevó tan lejos.

Empezar a buscar rostros conocidos y tratar de reconocer el miedo de otros tiempos, todo a una, arrastrar la maleta y enfrentarme a mi primer policía: uno de hacienda. Una caja de libros. Otra caja de libros. Ropa para catorce días. Y no hay miedo. Salir. ¿Qué era? Un aire frío y un abrazo. Un cielo de nubes que no quiso mostrarme el añorado azul de mis recuerdos.

(Llegué. Por fin. Con polvo en los zapatos y telarañas en los ojos. El peso del corazón no me dejaba remontar el alma al cielo. Encontré nuevamente los sitios recordados, poblados de visiones amargas, de abismos y distancias, de vacío. Las mismas calles y sin embargo otras, borradas por el tiempo y por las lágrimas.)

Una honda sensación de irrealidad acompañó mi recorrido por calles y avenidas. Se cerró la brecha en mi cabeza. Volví a ser una joven de diecisiete años descubriendo injusticias y temores, con las mismas ganas infinitas de tener un pie en la Verapaz y otro en Escuintla, de ser enorme y poderosa, para vencer al mal.

(Camino para atrás, a tientas, con los ojos cerrados, con una interrogación en las pestañas, con un ¿dónde está Marco Antonio? que emerge de mi pecho con la fuerza de una isla volcánica surgiendo en el centro del océano.)

Me trago la ciudad de una mirada. Me trago las cenizas, el polvo, los borrachos durmiendo en las banquetas y una plaza sin flores, estéril y arrasada. Cruzo una calle poblada de fantasmas y resuenan otra vez en mis oídos las balas que mataron un poquito de mí con Oliverio.

Voces viejas vuelven a mi memoria. Todo parece igual y no es lo mismo. Hay un vacío grande y transparente que pesa sobre mí y que lo cubre todo. Camino como autómata y el ¿dónde está mi hermano? sigue creciendo.

(He vuelto. Me introduzco en tu entraña. Entro en tu corazón y en tus arterias. Viajo rápidamente por tu sangre. Vuelvo a ser una más entre millones.)

Y quise verlo entero. Sonriente. Caminando. Contar cada uno de sus dedos. Recorrer con mis ojos su rostro y su figura y llevarlo conmigo para siempre. Quise sentir mi pecho inundado de ternura y correr a abrazarlo, lavarle las heridas de la ausencia, del "creí no volver a verlo nunca más en la vida, y sin embargo...", a pesar de la espera, la esperanza, la búsqueda, el agujero que ha llenado mi vida, que logré desterrar y ahora es vida de nuevo.

Este aire transparente. Este regreso. Este sentimiento que aflojó mis rodillas, este irrepetible "te veo nuevamente" y un Atitlán glorioso en el que jamás supe si eran sus aguas o mis lágrimas, al fin, las que inundaron mis ojos.

(He llegado al altar de tus profundidades azules y verdes. Transparentes, líquidas y volcánicas. Y dejé mis ofrendas. Una, el miedo, que circulaba espeso por mis venas, oscureciendo en mis ojos la mirada. Otra, la ausencia de años y años que me llenó las pupilas de cenizas. La última, el dolor, que tomó mi figura. Me plasmó. Me hizo concreta. Respiraba, comía y exudaba dolor, oscuro y salado, por los ojos, los poros, la palabra. Yo era el dolor. Dolor corporizado. Desazón. Tengo y no tengo nada. Vivir y no vivir. Existir solamente. Sin raíz ni futuro. Sin nada. Solo con un momento eternamente huyendo, inútil para planear espacios azules en donde plantar árboles y pasearme algún día, descalza sobre el césped, tranquila.)

Y en mi pecho estalló tu presencia. En ese "estoy aquí" y en el "has vuelto" cien veces repetido, soñado, irrealizable, imposible, inalcanzable como vivir eternamente o viajar hasta Andrómeda. Cien rostros, cien perfiles, cien voces, cien abrazos. "Yo te estaba esperando". Y yo que jamás supe si algún día viviría este sueño.

(Mis calles y mis árboles. Mis aceras gastadas. Mis paredes envejecidas por el tedio y la pobreza. La totalidad de mis recuerdos reunida en un solo momento. Y todas mis angustias llegando por fin al equilibrio).

¿Cómo no amar este trozo de azul poblado de volcanes si él –mi hermano- está en cualquier parte?

De tu hondura de azules y de flores he vuelto a renacer. El ¿dónde está? tiene millones de respuestas: en una gota de agua, una flor, un camino, aquella piedra. Su cuerpo perdido para siempre le dio vida a otros cuerpos.

domingo, 8 de julio de 2012

Tlatelolco 1984


¿De qué me sirve un nombre cuando nadie lo sabe y a nadie le importa? ¿De qué me sirve ser yo si nadie me conoce? Voy caminando por una calle inmensa de una ciudad enorme, marcando el paso junto a miles de personas con unas sandalias plásticas que fueron las únicas –por baratas- que pude comprarme. Si no me sirve el nombre, tampoco me sirve tener cara ni cuerpo, aunque estén siempre allí, estorbándome, por lo tanto, no me van a dar nunca en la vida ese empleo por el que le rogué a un hombre al que jamás le vi el rostro simple y sencillamente porque él ni siquiera me miró cuando no pude darle “los papeles”. Tampoco me escuchó, ni me miró, ni vio al niño que llevaba en los brazos el otro que me dijo “su identificación”, irguiéndose en su uniforme en el que ostentaba un gafete donde claramente leí “policía de migración”. 

Invisibilizadxs, sin rostro ni cuerpo, ni empleo, ni casa, ni nada, formamos parte de los seres sin nombres, inexistentes en los censos nacionales y en las estadísticas, sin presencia en registros de nacimiento, de estudio, los que sean. Nos robábamos el aire que debía ir a otros pulmones, un poco de sol y de calor que tomábamos al salir de las madrigueras donde nos apiñábamos con otros y otras en nuestra condición –exiliadxs, desarraigadxs, expatriadxs, parias- como la vecindad de la calle de Santa Ana, en la colonia Martín Carrera, cercana a la Villa de Guadalupe.

Para alguien sí existíamos, el coronel José Antonio Zorrilla Pérez*, un asesino posteriormente condenado por la justicia mexicana por la ejecución del periodista Manuel Buendía el 30 de mayo de 1984, el año que llegamos a México tras la huída de Guatemala, donde nos estaban matando vertiginosamente. Zorrilla, un torturador, era el jefe de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y un mal día nos tuvo en sus manos.

El 3 de julio de 1984, un lunes, a pocos meses de haber arribado a esa ciudad gigantesca y habernos perdido con mi hijo en su maraña de calles y avenidas, vías del metro, peseros, pasos a desnivel, edificios, barriadas, entre sus millones de peatones, cuatro agentes de la DFS llegaron de mañana, armados y estridentes, y ocuparon el pequeño departamento de Tlatelolco donde gente solidaria nos había dado alojamiento mientras nos establecíamos en México. Éramos agujas en un pajar y nos hallaron. Nos sucedió lo que no nos había pasado en Guatemala con los judiciales y G2 más malditos, más asesinos y peor vestidos del mundo, con los que había jugado al gato y al ratón durante algunos años: nos agarraron.

Tres días antes, se había anunciado la catástrofe con la visita de dos policías disfrazados de empleados de la empresa telefónica. A eso de las nueve de la mañana, con el bolso y mi hijo listos, a punto de salir, alguien golpeó a la puerta. Al asomarme a la mirilla, se vislumbraban, abombadas, las figuras de dos tipos muy grandes que instintivamente catalogué como militares o policías y, por supuesto, no quería abrirles. No aceptaron mi negativa y con desconfianza los dejé pasar. El que llevaba la voz cantante -un hombre delgado, alto, de tez, ojos y cabellos claros- me interrogó mientras husmeaba dizque buscando otra extensión telefónica aunque yo le había dicho que no había. A todas sus preguntas respondí con mentiras, en un inútil juego de engaños; ambos sabíamos quiénes éramos. El otro -moreno, corpulento, callado- con un limpio movimiento de manos intervino el teléfono. Se fueron, pero me dejaron con la desagradable sensación de que algo iba a pasarnos. Me llevé a mi hijo. Más tarde, sola, haciéndole caso a la corazonada, limpié el departamento llevándome una pesada maleta cargada de libros y papeles. Esa noche, en la casa que mi hermana compartía con otros compañeros –a donde también habían llegado dos tipos iguales, haciendo las mismas preguntas y maniobras- sumergida en el sueño me vi caminando en una calle oscura dejando tras de mí una estela de sangre. Pese al presentimiento, volvimos al departamento; no solo no teníamos otro lugar a donde ir; el domingo se esperaba el arribo de un grupo de gente que, como yo, huía de Guatemala.

La mañana del 3 de julio, salí a hacer una llamada. Cuando volví al departamento, ya era un calabozo. Toqué la puerta; al abrirse me encontré frente a un desconocido con una pistola en su mano derecha que apuntó al suelo cuando vio que no era Rambo quien llamaba, sino una mujer que con una mano tomaba la de su hijo y en la otra llevaba una bolsa de pan. Confundida, sentí su furia y su mirada prepotente me hizo saber que mi voluntad ya no era mía. Al lado y detrás de mí, tres puertas más, cerradas, ciegas a lo que sucedía, nadie vio nada. Entramos a lo desconocido. Por la ventana del departamento del cuarto piso asomaba un sol que apenas entibiaba el aire.

En esa atmósfera pesada, saturada por nuestro desaliento y el alarde abusivo de poder de los enviados del coronel Zorrilla, te vi a los ojos. Colérico, vencido, inerme, habían colocado tus despojos –eso fuiste en ese momento- en uno de los sillones de la pequeña sala. Ya no dijiste nada. No pudiste. Por un momento –y fueron muchos de esos a lo largo de nuestras vidas- alguien ajeno, hostil, con fuerza desmedida, se adueñó de nosotros cargado de preguntas.

Además del que me abrió la puerta, entre los captores estaban el rubio y dos más que se llevaron a la Colocha y otros dos compañeros “con rumbo desconocido”, como suele leerse en las noticias de sucesos. En mi cartera encontraron la carta en la que el ACNUR me acreditaba como refugiada y por eso y por mi hijo, quizá, me mantuvieron prisionera en ese sitio. ¿Tenía miedo? No sé. Talvez era un miedo contenido, ignorante de lo que iban a hacerle a quienes se habían llevado. No me sentía en peligro de ninguna manera, borré de mi cabeza la palabra; todavía estaba encandilada con la histórica tradición de asilo del México que acoge al perseguido; pero, muy cerca de allí, la Plaza de las Tres Culturas me advertía de lo que son capaces los hombres perversos con armas en sus manos.

Durante los nueve días que duró la detención ilegal de la que fui objeto junto con mi niño, de un año y tres meses de edad, estuvimos bajo el mismo techo del departamento calabozo con tres militares. Un gigante tarahumara –según los otros dos-, un hombre obeso que decía que era economista y otro más joven; por las noches, llegaba uno más “a cuidarnos”. Ellos nos iban a “defender” cuando los compas guatemaltecos llegaran a “rescatarnos”; si eso sucedía, debíamos resguardarnos en la cocina, “para alejarnos de la línea de fuego”. Si todo salía bien, decían, de allí nos iban a llevar “directo al aeropuerto”. Mi fantasía de libertad era un avión enorme que nos llevaba a alguna parte donde podríamos ser nosotros sin riesgos ni peligros.

Durante ese tiempo casi no dormí. Me acostaba vestida con mi niño al lado, como si fuera un escudo. El “gueycito”, como lo apodaron los guaruras, había empezado a caminar apenas hacía dos meses y aún no sabía hablar. Las puertas del dormitorio y el baño debían permanecer abiertas, no teníamos ninguna privacidad. Desde la cama, a pocos metros, los oía parlotear toda la noche, discutir entre sí, sobre todo con el enorme tarahumara al que le gustaba brincotear, tirar patadas y apuntarles con su arma. “Está loco” decían los otros, impasibles. Corpulentos, atiborraban la sala comedor del diminuto departamento. Llenaban la mesa de comida y nos invitaban a compartirla con ellos. Sin forma de evitarlo, me sentaba, tragaba más que comía, silenciosa. Oyéndolos hablar, imprudentes, supe sus nombres y detalles de sus vidas y, al ser liberada, se los di a la revista Proceso que publicó un reportaje sobre lo sucedido. A diferencia de ellos, los captores de mi hermana y su bebita se hacían nombrar con colores.

Sin poder salir, me asomaba a la ventana del dormitorio, del ancho de la pared, por donde entraban la silueta de los edificios cercanos, con sus ventanas cerradas a lo que nos estaba sucediendo, la luz del día o la del alumbrado nocturno, esperando ver a alguien conocido muy abajo para hacerle una seña, llamarle a gritos o tirarle un papel avisando “aquí estamos”, “nos tienen prisioneros”. Náufraga en la balsa departamento, queriendo lanzar un SOS al océano de aire que rodeaba el edificio, veía pasar las horas, los días y las nubes, el trajín de la gente, sus figuras curiosas miradas desde arriba.

Otro mal día, ¿el cuarto? ¿El quinto? No recuerdo cuál, llegaron con una de las compañeras detenidas para que cuidara a mi hijo mientras me llevaban a interrogatorio. Sin saber a dónde iba ni cuánto tiempo me iban a retener, tras mascullar unas breves instrucciones a la Colocha sobre los cuidados del niño, sin temor (¿estaba muerta?), me dejé llevar por ellos hasta el estacionamiento. En ese momento era incapaz de huir ni de hacer algo que pusiera en peligro a mi hijo, que había quedado en manos de los otros. Atrapada por la resaca, una ola gigante me arrastraba hasta el fondo.

Me introdujeron al asiento trasero de un auto sin identificación, largo, de amplios asientos, con un guarura a cada lado y mi suéter cubriéndome la cara. Desobediente, no cerré los ojos. Por la trama del tejido pude percatarme de que íbamos hacia el norte, por Reforma. En algún lugar, dieron la vuelta y tomamos hacia el sur, pasamos por el Monumento a la Revolución, cercano a Gobernación y la embajada guatemalteca, y entramos a un edificio. La embajada era un lugar siniestro, aterrador, como todo lo que me trasladara a la posibilidad del regreso a Guatemala. Por un instante sentí miedo. ¿Iban a entregarme? Hice clic en el botón de cancelar los pensamientos y las sensaciones y continué inmóvil e insensible registrando todo lo que sucedía.

Me bajaron del auto. Me llevaron con el suéter cubriendo mi cabeza –que en algún momento fue sustituido por una venda en los ojos- por un corredor estrecho en el que oía voces, timbres de teléfonos, el tecleo de máquinas de escribir. No lo vi, pero imaginé un edificio viejo, de esos del centro de la ciudad de México, con un largo pasillo bordeado de oficinas. Adentro, una multitud de mujeres morenas con los pelos teñidos de rubios estrambóticos, cobrizos y castaños incongruentes, uñas largas pintadas y pulidas, las faldas cortas y muy apretadas dibujando sus traseros y altos zapatos de tacón, como las que veía en el metro. Los hombres, muy parecidos a los judiciales de Guatemala, encorbatados, con trajes mal tallados, iban y venían apresurados.

Al final del pasillo, estaba la oficina del torturador y corrupto coronel Zorrilla Pérez. Al escuchar su orden de sentarme, obedecí mecánicamente; cuando me habló supe que estaba a mi izquierda. Con voz melosa y mal disimulada furia, me interrogó sobre el pasado, el presente y el futuro. “Quiero saberlo todo”. Su mano apretaba mi antebrazo izquierdo cada vez que le decía “no sé”, “no lo conozco”. Me ordenó que levantara la venda unos milímetros mientras me mostraba las fotos de frente y de perfil de los compañeros y compañeras detenidos en el mismo operativo. “No los conozco” decía, estremecida, dándome cuenta, quizá por primera vez desde la mañana del 3 de julio cuando irrumpieron en mi vida, de que era lo que nos estaba sucediendo. Nada pude decirle, nada quise decirle, aunque después fuera acusada injustamente de todo lo contrario.

“Quítese la venda y no voltee hacia mí”. Rebelde, nunca me gustaron las órdenes y menos si eran proferidas por un coronel, volví el rostro hacia el lugar de donde venía la voz y lo miré a la cara. Me apretó muy duro el brazo. Ese fue el mayor dolor físico que me infligió el asesino. Sus rasgos se quedaron grabados en mis retinas que se alegraron cuando, en noviembre de ese mismo año, la vi de nuevo ilustrando las noticias en las que se informaba que había evadido su captura huyendo a España. Estaba acusado de vínculos con el narcotráfico, asesinatos y otros graves delitos.

En un momento de esos en los que confundimos el día, la hora, el lugar, los nombres, los sucesos, al obedecer la voz del coronel, “vuelva la cabeza”, te vi. Silenciosos los dos, yo en el sillón, al lado de Zorrilla, el jefe de la seguridad del Estado, vos de pie en el centro de esa habitación con altos ventanales y pisos alfombrados. Estabas con los ojos vendados, frente a mí que no podía decir nada, sentir nada, ni miedo, ni dolor ni angustia, esos que siento ahora al recordarte con tu camisa a cuadros, las manos engrilletadas hacia adelante, ciego y mudo. Si hubiera podido verte como te veo ahora en mi recuerdo, con terror, talvez hubiese gritado, a lo mejor me hubiera levantado del sillón en el que estaba sentada al lado tu de torturador, tu verdugo, el criminal que me apretaba el brazo y me hablaba con voz lenta, pausada, tratándome como a una estúpida. A lo mejor me le hubiera ido encima y lo hubiese golpeado. O hubiese caminado los tres o cuatro pasos que te separaban de mí, qué importa cuántos, para abrazarte y quitarte la venda, la mordaza, los grilletes, y salir de allí libres, caminando, para sacar a Julio del departamento cárcel de Tlatelolco y llevárnoslo lejos, a la tibieza de algún lugar seguro que no existía para nosotros bajo el cielo de México, oscurecido por la porquería que flotaba en el aire.

No dije nada, nada hice tampoco. Te contemplé atónita. Quizá me dije “está bien”. En ese momento no supe de tus costillas rotas, del golpe en la nariz que te torció el tabique, de las patadas en la rodilla y en la espalda. Tampoco supe del calabozo oscuro en el que te encerraron durante más de dos semanas obligándote a comer bazofia, porque estabas dispuesto a morirte desafiante, furioso, antes que permanecer prisionero, o que tu voz, que había alumbrado consignas y formado palabras amorosas, liberadoras, rebeldes, le trajera la cárcel, la tortura y la muerte a otros compañeros y compañeras.

Ese mismo día me regresaron al departamento y se llevaron a la compañera. El coronel me ordenó que escribiera un informe de mis actividades políticas y lo hice, no tenía opción, mezclando hechos reales con otros inventados. Supongo que entre los millares de folios desclasificados de las relaciones entre los ejércitos guatemalteco y mexicano, están esos papeles junto con las fotos que le tomaron a mi hijo.

Mientras tanto, el abogado Ernesto Capuano había presentado varios hábeas corpus sin resultados positivos. El ACNUR extendió la protección a las personas detenidas. Se iniciaron las denuncias y se tocaron puertas de personalidades influyentes. Nada dio resultado. No fue sino hasta que los diputados del Partido Socialista Unificado de México hablaron en el Senado, durante la visita del canciller alemán Helmut Kohl, sobre la detención ilegal y desaparición forzada de alrededor de 35 guatemaltecos y guatemaltecas, niños y niñas incluidos, que las cosas cambiaron. Fui liberada al día siguiente, al igual que mi hermana y su hija de la misma edad que el mío.

Cuando los policías me dejaron sola sin darme ninguna explicación, me percaté de que habían saqueado el departamento. Se habían robado hasta los zapatos, amén de que cargaron con todos los pequeños aparatos de uso cotidiano (el televisor, la plancha, la licuadora…). Tenía mucho miedo de irme, me habían advertido tantas veces que mis compañeros iban a llegar a rescatarnos, que supuse que si intentaba salir me iban a aplicar la “ley fuga”. Durante muchas horas esperé que volvieran o que llamaran por teléfono. Se adueñó de mí una especie de síndrome de Estocolmo, me sentía insegura sin los captores a mi lado.

Pasado el mediodía, alisté una bolsa con lo indispensable (pañales, leche, biberones, un cepillo de dientes) y empecé a ensayar la salida. Subí y bajé las escaleras varias veces, no me atrevía a usar el ascensor. Cuando al fin salí del edificio, había mucha gente en lo que parecía ser un punto de encuentro. Me mezclé con ella mientras escudriñaba los rostros de cada hombre en el lugar, tratando de adivinar si era el guarura que llegaba a matarnos. Con los ojos, busqué su vehículo en el estacionamiento. No estaba. Después de unos minutos angustiosos, en los que llegué a la conclusión de que ninguno de los que estaba allí era un asesino potencial, me puse a dar vueltas alrededor del edificio sin dejar de voltear hacia atrás, esperando aún verlos aparecer por algún lado. Cuando me percaté de que realmente estaba sola, de que verdaderamente me habían liberado, fui tomando valor y empecé a deslizarme entre los edificios, los carros, los jardines, los tarros de basura, la gente que pasaba sin verme, sin saber quién era yo ni qué hacía allí., que no adivinaba en mi gesto la angustia de otra huida.

Sin pensarlo dos veces, tratando de no sentir, vencí el temor de que nos alcanzaran con sus balas, con sus manos torturadoras y asesinas, y me fui alejando despacio, luego más y más rápido, hasta que corrí con todas mis fuerzas, acezante, llevando a mi hijo en brazos hacia ninguna parte, lejos de ellos, lo más que pudiera, confundiéndome con la multitud, con las piedras, las paredes, deseando ser invisibles para que no nos hallaran nuevamente. Otra vez, la aguja en el pajar. Llegamos a una calle muy transitada, la crucé, paré un taxi y, sin saber a dónde ir, nos dirigimos a las oficinas del ACNUR.

Los detenidos y detenidas por la DFS, con excepción de las mujeres con hijxs, como yo, fueron trasladados a una cárcel migratoria, Las Agujas, en Tulyehualco, en el sur del DF, donde permanecieron hasta el 1º. de septiembre, fecha en la que fueron expulsadxs del país, mientras el presidente Miguel de la Madrid rendía su informe en el Senado.

* En febrero de 2009, Zorrilla Pérez fue liberado quince años antes de cumplir su condena por el asesinato de M. Buendía. La decisión fue revocada en junio de ese mismo año porque incumplió con la entrega de una oferta laboral y un aval moral para permanecer fuera de prisión.

José Antonio Zorrilla, artículo de Miguel Angel Granados Chapa

sábado, 31 de marzo de 2012

La huida

26 de marzo de 2012. Desayuno con gorjeos de pájaros. Leyendo, me hundí de pronto en marzo del 84, en el día 26, ese que hoy queda a 28 años de distancia. Con una cosa acuosa colgando de las pestañas, volví a lo que la noche me había hecho olvidar por un momento. La huida. Y fui cayendo, pese a mi afán de sostenerme en el ahora aferrándome con fuerza a la silla. Un ahora en el que, además de mis hijos, mi familia, tengo 25 agapantos lilas en mi patio, azaleas rojas florecidas, margaritas, gardenias perfumadas y claveles sencillos, una explosión de fucsias al lado de un arbusto silvestre vestido de amarillo, mariposas, gorriones… Primavera.



Ocho de la mañana, corro, no quiero llegar tarde. A esa misma hora, 28 años atrás, estaba con mi niño, el mayor, el único entonces, tocando la puerta del consulado de México en Retalhuleu. Desperté muy temprano. Borré cualquier pretexto para seguir en donde estaba, porque el cerco estaba cada vez más cerrado. Ya no teníamos lugar dónde meternos. No quería tocar puertas amigas. Muchas se nos habían cerrado, a otras no debía acercarme porque ellos podrían haber llegado antes; y las que aún no estaban ubicadas, debían permanecer lejos del punto de mira de los perseguidores.

Ese fue el día en que, por fin, salí de Guatemala pensando que volvería en tres meses. Fue un lunes, como este, el calendario se repite exactamente cada 28 años. El viernes 23 habíamos asilado a mi familia (padre, madre, hermana recién viuda y dos pequeñas niñas) y a la familia de mi cuñado (padre, madre y hermano) en la embajada de Ecuador, la única que no tenía una docena de policías en las puertas. Habían salido de la casa – refugio una semana antes, con lo puesto; a mi papá fue al único que se le ocurrió ponerse dos de todo, excepto los zapatos. La pánel blanca en la esquina fue el aviso de que la trampa estaba a punto de cerrarse. Los movimos a tiempo, en una noche muy larga y angustiosa de esperas prolongadas y miedo, mucho miedo, por su seguridad.

Ese viernes 23, sintiéndolos seguros volví a “mi casa”. Sabiendo que también tenía que irme a alguna parte, limpié, lavé la ropa, ordené los libros, y volví a limpiar y ordenar y lavar y otra vez a lo mismo. No hallaba la salida, no encontraba el impulso necesario para salir volando. Empaqué mis escasas pertenencias en una maleta prestada, no era mucho lo que llevaría si me iba tres meses (en una bolsa grande, las pachas de mi hijo, su comida, unos cuantos pañales, la pañalera, los talcos de bebé, la colcha amarilla tejida por mi madre; aparte, mi libro de recetas, la plancha, el radio de onda corta, mi ropa más buena, la sábana de Juan, la otra bordada por la Mami, dos pares de zapatos, dos suéteres, el mantel de cuadritos de Santa Cruz del Quiché, las cosas más absurdas con las indispensables).

En ese ir y venir se fue un día y luego otro. Mientras tanto, la noticia del asilo de mi familia ya era pública. Había sido trasladada a la casa del embajador, que se moría de miedo recordando el asalto a la embajada española, en el ochenta. Afuera, para acrecentar el temor, la policía vigilaba desde el carro en que habían abandonado el cuerpo de Héctor, mi cuñado, asesinado unas semanas antes. Y yo, seguía limpiando y arreglando la casa, mientras me despedía de escasísimas personas, la querida Mami, la Tía, R., prometiendo volver.

Pero ese lunes 26 ya era insostenible mi indecisión. Después del ultimátum, esa madrugada, a tientas, buscando el sendero de la huida con mi hijo en los brazos, salí, cerré la puerta como si fuera a volver el mismo día (¿ya dije que no sentía nada? Solo miedo…), me subí al carro y dije adiós a todo (la cama de mi abuela con el colchón de paja, sus sábanas y almohadas, la cuna blanca, la estufa de Andrés, la tele blanco y negro de cien quetzales, los trastos, la ropa, los zapatos, los juguetes escasos de mi niño, mis libros, la mesa embetunada de Nahualá con cuatro sillas, los muebles de pita de San Juan Ostuncalco, la mecedora, la bañera, las tazas y los platos, las ollas, los sartenes, la vida que dejaba botada).

Tenía un solo propósito: conseguir la visa para cruzar a México. Nos dirigimos hacia la costa, al consulado mexicano en Retalhuleu donde, tres horas después, un hosco finquero –ese era el cónsul- nos dijo que volviéramos a las cuatro de la tarde. Si regresaba a la capital, probablemente no encontraría nuevamente el impulso de abandonarlo todo. Por otra parte, con la noticia del asilo, posiblemente me buscaban. ¿Y si abría la puerta y ya estaban adentro, esperándonos?

Recordé que había un consulado en Xela y para allá nos fuimos. Cruzamos el túnel de Santa Cruz Muluá. El día estaba soleado y hermoso, el cielo azul, sin una nube, no me veía correr desesperada por conseguir la visa. En el trayecto, el paisaje y la vegetación cambian en la medida en que se va subiendo al altiplano. Sin sentirlo, ya estaba de pie frente a la puerta del otro consulado y, sin creer mi mala suerte, leía el aviso que decía “cerrado por diligencias en la capital”.

Me despedí de Xela, de sus calles estrechas y empinadas, su chocolate espeso, delicioso, con shecas, del cuartel donde habían violado y torturado a mi hermana, de su luna y su sol, de sus mercados y de sus gentes que no sabían nada de lo que me pasaba. Subí al cerro del Baúl y vi la ciudad desde lo alto. Les dije adiós a la Cuesta Blanca y a la silueta grácil del volcán Santa María, prometiendo volver.

Y de nuevo a la costa. A las cuatro en punto era la primera de la fila. El cónsul me dijo “no” dos veces. Me faltaban papeles: las cuentas bancarias, la constancia de empleo, la escritura de la casa. ¿Volver a la capital? Pero me dije “la tercera es la vencida”. No sé que oyó en mi súplica, porque no dije nada que me comprometiera, o quizá vio en mis ojos que en su negativa podría irnos la vida. O fue mi aspecto desvalido, con mi niño, lo que lo convenció. El caso es que me dio la visa. Me temblaban las manos cuando llené el formulario con los datos de mi hijo, quise llorar cuando metí la pata y con él en los brazos, corrí a buscar un corrector en la gasolinera de la esquina.

Con la visa en la mano, retomamos la carrera de obstáculos. Anochecía. Pasamos no sé cuántos retenes del ejército. Había que llegar a Tecún Umán sin importar la hora y cruzar la frontera hasta llegar a Tapachula. Cecina con frijoles parados, tortillas y un café ralo. En eso consistió mi última cena en un comedor situado a la orilla de la carretera, en Pajapita, San Marcos, en una casa de madera pobremente alumbrada que llamaba a comer con su sencillo rótulo. 

Y seguimos huyendo. Recordé la historia de un hombre y de su niña con los que me encontré en agosto del 81, en San Marcos, una noche que me quedé a dormir en algún lado. Vecino de la aldea El Desengaño, en Quiché, también huía a México, a pie. ¿La razón? Había ido a la capital con su hija para hacer trámites relacionados con las tierras y al volver a su casa, no había casa, no había aldea, toda la gente había sido asesinada, eran los únicos sobrevivientes de una operación de tierra arrasada. Lo escuché impávida hablando de casas quemadas y de personas muertas, dibujé en mi cabeza el paisaje desolado. No supe qué decirle. Creo que en ningún idioma hubiera encontrado las palabras precisas para pronunciarlas con el tono adecuado y sin la voz quebrada. Quizá lo que cabía era un abrazo y llorar con él y su hija, pero ellos no lloraban y yo también había olvidado cómo hacerlo. El hombre tan solo repetía con una voz monótona, muy triste, que se habían quedado solos, sin nada y sin nadie, se tenían nada más el uno al otro. Esa noche, en la que yo también huía, lo recordé y pensaba que ese no era mi caso. Dentro de todo, debía sentirme afortunada.

En esa oscuridad –noche sin estrellas ni luna ni dioses en los cielos, con sobresaltos de retenes militares, que crucé sonriente y amable- le dije adiós a todo, a cada piedra, árbol, flor y mariposa, a cada vuelta del camino. A mi hermano también, y le juré que pronto volvería a encontrarlo, aún no consigo ni una cosa ni otra.

Finalmente, crucé la frontera con mi hijo. Con las piernas flojas me acerqué al mostrador con los papeles. En un momento que se hizo interminable, un hombre buscó en un tarjetero si había un motivo para impedirme el paso. Al no hallar nada, me puso los sellos de salida. Busqué la puerta y crucé el puente caminando. Por debajo, el Suchiate corría mansamente, ignorante de que es el punto en el que se separan dos países. Me detuve un segundo para mirar la placa que indica el punto exacto en el que se divide el territorio. Un paso más y no podrían alcanzarnos.

Tapachula nos recibió con un calor intenso. Pasamos la noche en un hotel, yo no pegué los ojos, me ardía el alma y me dolía el cuerpo. Mi niño estaba incómodo. Seguramente había percibido la tensión de esos días. Al día siguiente, nos fuimos en avión al DF, tras sufrir otra vez el escrutinio espeluznante de la migra que me quiso quitar el radio de onda corta porque no llevaba la factura.

Salir de Guatemala fue una decisión muy difícil, una de las más duras que he tomado en mi vida, de esas de las que uno no se recupera jamás. Seré una desarraigada para siempre, aquí o allá. Significó no solamente dejar de ser quien era, vaciarme de significados y volver a inventarme en un proceso que llevó muchos años, sino también abandonar a Marco Antonio, su búsqueda, que hasta hoy día se prolonga infructuosa. Sin embargo, había que hacerlo, de eso dependió seguir con vida. Volver no ha sido posible todavía. Los tres meses se multiplicaron hasta convertirse en 28 años.

Vuelvo a mi ahora de agapantos, lantanas, margaritas. Sumerjo la mirada en sus colores. Podría aficionarme a esta belleza y olvidar que hay inviernos (e infiernos, como ese al que me deslicé suavemente, cayendo en el pozo del alma en el que se guardan los secretos oscuros y los recuerdos más amargos).

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Letras de ciega

Perdida en el laberinto de mis sueños y de las pesadillas, cada noche me lanzo a recorrer un país que existe solamente en mi fantasía. Esta madrugada, la del lunes 12 de septiembre, con un cielo hecho de pesadas nubes que me ocultaron una luna hermosa, era una casa enorme, llena de recovecos donde se respiraban la oscuridad y la tristeza.

En esa casa de humo y telarañas, llena de ventanas cegadas por el odio, cabía un pueblo entero. A lo largo de sus interminables corredores que terminaban frente a paredes mudas, sin salidas, había casas blancas. Sus techos altos nos cubrían los miedos y por todos lados se elevaban graderíos que subían a ninguna parte. Muebles y cosas viejas se amontonaban al lado de las cortinas raídas, de los trajes brillantes que colgaban del techo, de las camas enormes y los orinales empolvados dispersos aquí y allá.

En esta casa enorme de gruesas paredes agrietadas, de las que rezumaban helados, malolientes, el olvido, los intentos de lo que pudo ser y la miseria con las uñas largas y sucias, se extienden largas las aceras sinuosas y plagadas de obstáculos, desiguales. Por ellas corren veloces los trenes. Me alejé en uno de ellos, sin poder encontrar en la casa imposible el equipaje que llevaba al llegar, sin bolsa ni papeles, sin todas las cosas que compré (sábanas amarillas y dulces de todos los colores).

En los prostíbulos que están en cada esquina de esta larguísima calle empedrada, hay mujeres desnudas que anuncian sus carnes frescas a sus puertas. Son mujeres morenas, de pechos pequeños, cuerpos macizos y ojos duros que me ven alejarme hacia ninguna parte. 

Sola, con el corazón encogido, preguntándome dónde está la salida y hacia donde me lleva este camino, veo por la ventana de ese tren que corre hacia ningún lado, como pasan las horas, los días, los meses y los años de este exilio que no termina nunca.

sábado, 20 de agosto de 2011

Pesadilla kafkiana o a cuál país volver


Acabo de despertarme de un lugar que ni siquiera sé si existe en una ciudad plagada de peligros. Nadie sabe donde estoy, ni siquiera yo misma. Tampoco sé a dónde ir ni cómo trasladarme de un lugar a otro. Hace un rato caminaba por la avenida Bolívar, cerca de la 40 calle, pero no sé cómo vine a dar a esta otra parte, que me parece que puede estar en algún punto entre las zonas 1 y 6. Yo –falda, medias, zapatos de tacón y libros en las manos- bajé de un carro en algún lado y llegué de otro que no sé cuál es. Y me volví a perder en este laberinto de pesadilla auténtica.

Trato de decidir a donde ir. ¿Marta o la Mami? Pero, ¿habrá alguien preocupado porque no aparezco? Me sacudo esta idea, porque nadie me espera, pero con horror compruebo que en realidad lo que sucede es que no tengo donde pasar la noche que ya me cae encima.

¿Por qué no me subí a la 18, la camioneta amarilla, que pasó hace un rato? Me hubiera llevado donde la Mami y la Tía. Ya estuviera metida en la cama, segura. Sigo deambulando por calles asquerosas. Me percato de que estoy en una terminal de autobuses, pero no encuentro el sitio donde se compran los boletos ni veo de dónde salen estos ni hacia donde se dirigen. Hay una oficina, quizá allí puedo preguntar. ¡Qué miedo y qué angustia subirme a un taxi! En una esquina oscura, me uno a un grupo de personas, pero el recuerdo de la pesadilla se borra aceleradamente y ya no sé quiénes eran. Dos hombres pasan con una enorme carga de pan a sus espaldas. Franceses y pirujos. Sin que se den cuenta, se les caen dos bolsas al suelo y en un instante, aparecen otros que las toman y huyen en sentido contrario. Estúpidamente aúllo ¡¡¡ladrones!!! (aún escucho mi grito). De repente me asalta otro temor, ¿y si los linchan?

Por fin encuentro la oficina. Por la boca de un hombre que se parece al Billy de “Easy Rider”, me entero con tristeza de que mi bus ya se fue, que deberé esperar por muchas horas el siguiente y que, de allí donde estamos, sale cualquier bus, a cualquier hora y va para cualquier parte.

Me despierto confusa. Me siento en la cama y pongo los pies sobre el suelo frío de mi cuarto, aún a oscuras. Otro sueño de estos… ¿Es que acaso no tengo país a donde volver? ¿No hay camino de vuelta o no lo encuentro? ¿O es que sencillamente no tengo valor para volver a eso en que se ha convertido Guatemala? Mi país, uno de los tres (o cuatro, con México) más violentos del mundo. Con tristeza recuerdo que hay más muertes ahora, cada día, que en los años terribles del conflicto y el terrorismo estatal. Guatemala está tan cerca de los Estados Unidos, el gran mercado y el gran proveedor de máquinas mortales, que con mis conocimientos de geografía matemática (¿?) podría deducir que a mayor cercanía con esa larga frontera amurallada, son más altas las tasas de violencia y criminalidad y más crueles y atroces las formas de matar.

Guatemala es muchos países, algunos imaginarios y otros tremendamente reales. El que yo dejé en 1984 ya no existe, ni siquiera en su fisonomía. Muchas cosas cambiaron desde entonces, empezando por la calzada Roosevelt o la Interamericana, ahora tan poblada en sus dos márgenes. Otras mutaron, como por ejemplo los altos jefes militares ahora reciclados en capos del crimen organizado o los kaibiles en zetas; ellos reconvirtieron las estructuras que crearon para garantizarse la impunidad por sus actuaciones ilegales en los años del terrorismo estatal, para encubrir hoy sus florecientes negocios, ilegales también. Otras siguen iguales, como la alta concentración de la tierra, la miseria de las mayorías, la desigualdad abismal (Guatemala es uno de los países más desiguales del mundo) y el permanente despojo de los pueblos indígenas. Un ejemplo de ello son los desalojos violentos en el valle del Polochic, Panzós que se reedita 36 años después de la masacre, donde descarnadamente se manifiesta, con toda su podredumbre, la insaciable codicia de la oligarquía terrateniente, que sigue acumulando enormes riquezas y poder sobre la base de la injusticia, el odio, el racismo, la miseria y la muerte. En el país que amo, siguen iguales, también, su belleza y su magia, sus volcanes eternos, sus lagos magníficos y su gente buena.

Así las cosas, me pregunto de nuevo ¿a qué país volver? Si es imposible hacerlo a aquel que dejé hace 27 años, abandonando a Marco Antonio, y del que solo me quedan los recuerdos de calles recorridas bajo el acecho de ojos enemigos, ¿me devuelvo a ese otro, en el que la violencia generalizada es de las pocas cosas que se “democratizaron”? ¿O al de la mara verdeolivo que apuesta por un general genocida? ¿Al de la eterna primavera? ¿A Guatebala, a Guatemaya o a Guatebolas? 

Creo que lo que me están diciendo mis kafkianas y recurrentes pesadillas es que primero debo encontrar el camino de regreso adentro de mí misma.