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jueves, 5 de mayo de 2016

Marco Antonio en nuestras vidas

Agradecemos la solidaridad de nuestras amigas de laCuerda por publicar este artículo en su edición 188, disponible en http://www.lacuerdaguatemala.org/
Abajo está la versión en html.




El 27 de septiembre de 1981, Emma Molina Theissen, de 21 años, fue detenida ilegalmente en un retén militar en Santa Lucía Utatlán porque portaba documentos de una organización política opositora clandestina. Prisionera en el cuartel Manuel Lisandro Barillas, de Quetzaltenango, fue interrogada y torturada salvajemente por hombres de la G2, la inteligencia militar. Huyó tras nueve días de cautiverio en los que sufrió hambre, sed y violaciones. Como represalia, al día siguiente, nuestro hijo y hermano Marco Antonio, un niño de 14 años, fue capturado ilegalmente y desaparecido hasta el día de hoy, también por agentes de la G2. Le sobrevivimos sus tres hermanas y su madre. 

Después de 34 años y tres meses de perpetrados los crímenes y a casi 17 de haber sido interpuesta la demanda penal, en 1999, el 13 de enero de 2016 la jueza quinta de primera instancia, Judith Secaida, encontró indicios suficientes para ligar a proceso a cuatro militares de alto rango por delitos contra los deberes de humanidad y desaparición forzada; además, fijó un plazo para completar la investigación. Mientras tanto, los ahora presuntos responsables guardan prisión en el cuartel Mariscal Zavala. Pronto sabremos si se va a juicio.

En esta segunda fase de la búsqueda de justicia para Marco Antonio –la primera fue entre 1981 y 1983- se interpusieron dos habeas corpus y se inició un proceso especial de averiguación. Asimismo, en 1998 elevamos una petición a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y, en 1999, nos adherimos a la demanda de Rigoberta Menchú ante la Audiencia Nacional de España. 

El proceso internacional culminó en 2004, cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió sus sentencias (fondo, 4 de mayo; y reparaciones y costas, 3 de julio) condenando al Estado por haber violado, entre otros, los derechos a la vida, la libertad y la integridad personales de Marco Antonio; entre otras reparaciones, le ordenó investigar, enjuiciar y castigar a quienes resultaran responsables. Aunque esto debió ser cumplido mucho antes, no fue sino hasta ese día de enero que se dio este primer paso efectivo hacia la justicia, lo que fue favorecido no solamente por nuestra persistencia, sino también por el compromiso de las Fiscales Generales y el trabajo de abogados y fiscales del Ministerio Público.

Acabar con la impunidad en estos casos ha estado fuera de la agenda nacional. Son escasos los procesos y demasiadas las personas muertas o desaparecidas. Por eso, a la falta de voluntad política opusimos la voluntad de justicia.

Conscientes de los riesgos, vencimos el temor afirmándonos en nuestros derechos. Sin justicia, un derecho indiscutible, básico, estos son imposibles.

Al mandato de olvido, respondimos con memoria amorosa y lealtad al recuerdo de nuestro hijo y hermano.

Desobedecimos la orden de silencio denunciando, hablando y escribiendo sobre lo sucedido. 

Contrarrestamos la frustración y la aparente inutilidad de los esfuerzos realizados con la terquedad y la convicción de que la justicia es el único remedio posible para hechos tan injustos y atroces.

Hicimos a un lado que esta deja de serlo si no es pronta. 

Al desgaste emocional y las frustraciones derivadas de los ires y venires kafkianos de un proceso entrampado durante décadas, opusimos la dignidad y nuestra decisión absoluta de que las atrocidades perpetradas en los cuerpos y en las vidas de Emma y Marco Antonio –y en las nuestras- no deben quedar impunes.

Sobrellevamos el dolor y la rabia gracias al amor a Marco Antonio, un sentimiento sepultado bajo la amargura durante un largo tiempo que no se acaba en él, se extiende a Guatemala, a su gente que lucha, a la vida.

Asumiendo las limitaciones del sistema de (in)justicia prevaleciente en Guatemala, que nuestro tiempo individual no es el tiempo social y que nuestra voluntad es ínfima frente a la del poder, hemos perseverado pacientemente en la búsqueda de la justicia porque es el único medio para hallar la verdad sobre los responsables materiales e intelectuales de lo sucedido a Emma y Marco Antonio, el paradero de nuestro niño y recuperar sus restos para sepultarlo dignamente. Somos conscientes de nuestros derechos. Seguiremos haciendo todo lo que esté en nuestras manos para conseguirlo. 

En condiciones adversas, sin más esperanza que la de no claudicar -así, cada avance es un triunfo- la presencia de nuestra madre ha sido fundamental. Ella, con su callada firmeza y su fortaleza descomunal, ha decidido cada paso. Cuando le pedí representarla como querellante adhesiva, lo es gracias a un amparo presentado en 2011 ante la Corte Suprema de Justicia, su tajante respuesta fue “no, yo quiero verlos a la cara”. 

En este difícil proceso no estamos solas, como en 1981. Nos acompañan abogados y psicólogos, el movimiento de derechos humanos nacional e internacional y la solidaridad de quienes anhelan justicia para Guatemala; contamos con un MP comprometido y la posibilidad de tener jueces/as honestos.

Volver sobre lo sucedido jamás ha sido fácil. Estar en un tribunal tampoco lo será. Pero hoy, más unidas que nunca, sabedoras de la justeza de nuestras demandas, luchamos por la justicia para Marco Antonio, Emma y todas las víctimas del pasado reciente.

Publicado en laCuerda en su edición 188, disponible en http://www.lacuerdaguatemala.org/
 


domingo, 14 de febrero de 2016

A un mes de la audiencia de primera declaración



El 13 de enero de 2016 los presuntos responsables de la detención ilegal y clandestina, las violaciones y torturas sufridas por mi hermana Emma y la desaparición forzada de Marco Antonio, fueron ligados a proceso y enviados a prisión preventiva. Se trata de los militares Manuel Antonio Callejas Callejas, G2 del Estado Mayor General del Ejército en 1981; Francisco Luis Gordillo Martínez y Edilberto Letona Linares, comandante y subcomandante respectivamente de la zona militar de Quetzaltenango “Manuel Lisandro Barillas”; y, el S2 de dicha zona, Hugo Ramiro Zaldaña Rojas. Por ahora, se les acusa de desaparición forzada, un crimen de lesa humanidad, continuado, y delitos contra los deberes de humanidad

Marco Antonio Molina Theissen, detenido ilegalmente y desaparecido el 6 de octubre de 1981
Ha sido largo el recorrido en busca de la verdad y la justicia. Hace casi 18 años, el 25 de septiembre de 1998, fue interpuesta la demanda judicial, más de un año después de presentado un hábeas corpus (9 de julio de 1997), que fue seguido por dos procedimientos especiales de averiguación (20 de enero y 5 de febrero de 1998) tramitados ante la Corte Suprema de Justicia (CSJ). Esta instancia nombró como averiguador especial al Procurador de Derechos Humanos, quien continuó con las indagaciones mediante un equipo creado para este y otros casos. En 2011, gracias a un amparo que interpusimos ante la CSJ, nuestra madre, que ha tenido un papel preponderante en las decisiones que han debido tomarse, se constituyó en averiguadora y querellante adhesiva, con lo que el peso de las pesquisas se le trasladó a ella y su representante y apoderado, con el respaldo de una entidad especializada. En el último tiempo, el Ministerio Público tomó la batuta, como debió haber sido desde el primer momento.

Las primeras diligencias ante la justicia interna (años 97 y 98) se hicieron con el apoyo del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM). En la justicia regional, hemos sido representadas por el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL) desde el primer escrito elevado a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, del 8 de septiembre de 1998. Seis años después, los días 26 y 27 de abril de 2004, se celebró la audiencia; el 4 de mayo la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió la sentencia de fondo y, en julio, la de reparaciones; entre ellas, se incluyeron dos muy importantes: la creación de un banco de datos genéticos, de enorme trascendencia en el país con el mayor número de personas desaparecidas en el hemisferio, y la investigación, juicio y castigo de los responsables de la desaparición de Marco Antonio.

Once años y medio después de emitida esta sentencia, se produjeron los hechos descritos al inicio. 

El 6 de enero, 34 años y tres meses después de la detención ilegal y desaparición de Marco Antonio y los hechos del caso, nuestra existencia fue sacudida por la detención de los presuntos responsables. De un momento a otro, debimos dejar a un lado todo y trasladarnos a Guatemala para asistir a la audiencia de primera declaración, efectuada del 11 al 13 de enero por el Juzgado de Primera Instancia Penal, Narcoactividad y Delitos contra el Ambiente, cuya titular es la jueza Judith Secaida. 

(Para no caer, debí volver la mirada hacia mi madre y su dignidad, su fortaleza, su entereza admirables. Su rostro está inmóvil. Contenida, parece imperturbable en el esfuerzo para no derrumbarse por el intenso dolor que está sintiendo. Ella quiso verlos con sus propios ojos, quiso enfrentarlos como querellante. Cuando tuvo que hablar no le tembló la voz. No derramó una lágrima. Se sostuvo hasta el final, cuando se consiguió lo que jamás creímos que llegaríamos a ver. Por fin pareciera asomarse la justicia para su niño y ella está presente y empujando. 

Emma Theissen Álvarez en la audiencia de primera declaración. La foto es de Cristina Chiquín.
A su lado, Eugenia –con su desmesurada fortaleza, con el alma tomada por su hermana y su hermano, las víctimas directas de crímenes horrendos- y yo, completamente rota. Después de escuchar por ene vez lo que sufrió mi hermana, dibujado con contornos mordientes en las palabras del fiscal, y revivir y revivir el 6 de octubre, confieso que lloré donde no me alcanzaron sus miradas. 

Volví una y otra vez a esos días oscuros y terribles a los que creí no sobrevivir. Otra vez y otra y otra y otra se llevan a mi hermana, a mi hermano… A él, no lo encontramos nunca. Perdido su rastro, no hemos escuchado jamás una palabra que nos diga dónde estuvo, donde fue asesinado, por quiénes, dónde está lo que quedó de él, de nuestro amado niño. Crueldad extrema, tortura psicológica.

Incontrolable, me recorrió por dentro un animal suelto, me oprimió los pulmones que no podían absorber el aire aunque lo aspirara a bocanadas. 

Se me desgarró el alma viéndolos, sintiéndolos tan cerca. Codo a codo con ellas, pensaba en lo que vivían las mujeres que los acompañaban: sus esposas, sus hijas, sus nietas. 

En mí arderá por mucho tiempo el fuego de lo vivido. En estos días aciagos y a la vez luminosos, quizá llegará la hora de sentirlos así, se abrieron muchas puertas en mi alma.)

Después de esa semana de una intensidad desacostumbrada, contra lo que quería –que era quedarme en Guatemala para cuidar la llama recién encendida- tuve que volver al que ha sido mi lugar los últimos treinta años. 

(Pero, ¿cómo volver a mí después de esto? ¿Dónde pongo la rabia que me quema? ¿Qué hago con este huracán en el que se convirtió mi sangre? 

El corazón es una copa desbordante de sentimientos difíciles; la cólera, la indignación, la culpa, la tristeza, se salieron completamente de su sitio, fueron olas muy altas que me sacudieron y me llevaron muy lejos.

Me da miedo llorar y no ser capaz de detenerme.)

Otra vez escindida. Estaba y no estaba. Era yo, pero no totalmente. Cerraba los ojos y veía los rostros de los acusados. En mi cabeza seguía resonando la voz del fiscal y se repetían incesantemente las preguntas que hubiese querido hacerles. Contradictoria, además de la determinación y terquedad, en mí confluyeron mil dudas y temores asociados con la complejidad del caso, sus riesgos e implicaciones. 

Tuve que ser paciente para juntar el alma con el cuerpo, sacudirme la tragedia, regresar a mi cotidianidad y despertar del sueño/pesadilla en el que estuve inmersa. 

Para sentirme entera, en el aquí y en el ahora, debí efectuar muchos regresos: al presente, porque mi tiempo interno era el de 1981; a mi vida, a mi entorno, a mí misma. También tuve que sepultar el sufrimiento en ese olvido cotidiano que me permite no morir cada vez que revivo esos momentos.

Para derrotar a todos los demonios que me tomaron por asalto, debí invocar a Marco Antonio, al amor que le tengo y le tendré siempre, y a los ya idos (debo decir sus nombres: Carlos, mi padre; Ernestina, mi abuela, Mamaíta adorada; Magalí, mi hermana; Julio y Héctor, mis cuñados, asesinados por el odio en 1980 y 1984); a mi madre y hermanas, monumentos a la dignidad y la vida, a mis hijos y a las pequeñas criaturas que retoñan en nuestros costados. 

Me reencontré con los insignificantes objetos que hacen coherente mi existencia. Me busqué en el espejo, ojerosa, reseca, con la expresión quizá un poco más triste. Las líneas de mi rostro cansado reflejaban las huellas de lo visto, lo oído, lo sufrido en esos días de sueño y pesadilla. Todo estaba en su sitio. Constaté que sigo siendo idéntica a mí misma, la que he sido y seré hasta que me muera, aunque el agua tibia no ha logrado arrancarme la costra que me envolvió en ese espacio estrecho en el que se repitió –ahora con palabras acusatorias, como parte de un proceso judicial- la tragedia en la que convirtieron nuestras vidas.

He vuelto a lugares conocidos, pero hay instantes en los que aún me siento perdida en el tiempo, en mi dolor pero, endurecida nuevamente, las lágrimas huyen de mis ojos. 

Indudablemente, lo de enero es un paso adelante que valoro en todo su significado, que aún no me cabe en el corazón, la cabeza o la garganta. Después de tanto tiempo, se activó la maquinaria de la justicia gracias a quien fue nuestro abogado durante muchos años, a un equipo de fiscales cada vez más tecnificados, capaces y comprometidos (gracias, señoras Fiscales Generales) y una familia decidida a llegar hasta donde sea necesario para que esta se realice.


Pero este no es un cuento de hadas ni una película de Hollywood con varitas mágicas y finales felices. Lo sucedido jamás será borrado, pero hoy se abre la posibilidad de que las atrocidades padecidas por mi hermana y mi hermano, injusta y desmedidamente violentados, no queden impunes.

Absolutamente racional, escéptica, solo creo en lo que puedo tocar con mis manos y eso es lo logrado en la audiencia de enero. Esta postura es un intento de no ilusionarme vanamente porque lo que va a suceder no depende de mi voluntad, son muchos los factores en juego, pero quizá al final, si hay un día después de la justicia, pueda sentir la esperanza, la satisfacción y, talvez, aunque sea un segundo, la felicidad por lo logrado, sentimientos que afloran dificultosamente en tragedias tan hondas.

Gracias a la familia, más unida que nunca, y a quienes nos envolvieron con su abrazo, su compañía, su solidaridad, cerca o lejos, seremos capaces de absorber este dolor amargo, estos momentos duros. Con todas y todos, somos uno y nuestra fuerza se multiplica para lograr el cometido: la justicia. Esto, junto con la solidaridad recibida, son lo más cercano a la alegría que puedo experimentar en estas circunstancias.

En nuestro ánimo, con más ímpetu, persiste la decisión de redoblar esfuerzos para lo que aún nos queda por hacer, por vivir y revivir. 

Hoy, a un mes de la conclusión de la audiencia de primera declaración con resultados satisfactorios, me aferro a la dulce rutina. Retomo los libros en la página que los dejé antes de “esto”. Me tiendo sobre la grama y me sumerjo en el cielo. Reconforto mi alma adolorida con árboles, flores, nubes y mariposas. Me dejo envolver por los abrazos y la tibieza del corazón del cielo y, por la noche, le sigo los pasos a la tajada de luna que se asoma a mirarme. Me preparo para lo que nos falta.