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sábado, 16 de noviembre de 2013

El caso de Cristina Siekavizza, una lección de historia viva

Un hombre ha sido acusado por el Ministerio Público (MP) de los delitos de femicidio, obstrucción a la justicia y violencia contra la mujer porque presuntamente asesinó a su esposa, desapareció su cuerpo, huyó llevándose a sus hijos y evadió a la justicia durante más de dos años. Su madre ahora está acusada de amenazas al suprimirse el delito de obstrucción a la justicia por lo que supuestamente hizo, valiéndose de sus influencias y relaciones, para evitar que su hijo fuera encarcelado, enjuiciado y castigado de resultar culpable.

A lo largo de ese tiempo, los padres, la hija e hijo y el círculo más cercano de Cristina Siekavizza han sufrido los terribles efectos de su desaparición en vista de que se desconocen su paradero y las circunstancias de su casi segura muerte. Esta es una situación de incertidumbre torturante en la que, lo sé por experiencia, seguramente oscilan entre la esperanza de que ella esté con vida y las conjeturas terribles sobre su destino final. “Solo Dios sabe” fue la respuesta del esposo a las preguntas que le hizo la prensa a este respecto.

El caso, cuyos hechos escuetamente he descrito, es uno de los miles en Guatemala en los que hay una mujer violentada en su integridad física y espiritual y despojada de su dignidad y de su vida por un hombre. Seis mil en una década (http://nomasfemicidioenguatemala.wordpress.com/), no es la primera vez y, tristemente, no será la última que algo así suceda. Lo que lo hace particular es que el presunto femicida es el hijo de Beatriz Ofelia de León Reyes de Barreda, ex presidenta de la Corte Suprema de Justicia. En el país en el que “se ven muertos acarreando basura”, no deja de asombrarme que una abogada que formó parte de las altas cortes del país haya transgredido la ley para ayudar a su misógino hijo, un presunto asesino y desaparecedor de nuevo cuño, a sustraerse de la acción de la justicia.

Esto es lo que, a mis ojos, lo convierte en un microcosmos en el que se representan las actuaciones de la precaria institucionalidad de justicia de los años del terrorismo de Estado perpetuadas en el ahora. Configurada históricamente para encubrir a genocidas, torturadores y desaparecedores, en la actualidad se utiliza para proteger a criminales de todos los pelajes y condiciones.

Para que fuera posible asesinar y desaparecer a tantas personas, fue necesario el debilitamiento de la administración de justicia y su sujeción al poderío militar. Esto se demostró, entre otros efectos nefastos, con la absoluta ineficacia del recurso de hábeas corpus o exhibición personal, plasmado en la Constitución. Esta garantía se vino abajo al desarrollarse paralelamente a la Guatemala en la que regían las leyes, un país en el que los amos absolutos de la vida y la muerte eran militares entrenados y financiados por los Estados Unidos para combatir y aniquilar a su propia gente definida como “enemiga”.

Lo de “otro país” no se queda en simple metáfora. Fue establecida una estructura clandestina, completamente fuera de la ley, en la que los integrantes de los aparatos represivos del Estado se constituyeron en jueces y verdugos de decenas de miles de guatemaltecos/as de todas las edades y procedencias, un submundo impenetrable que jamás fue hollado por un juez contra el que se hizo pedazos otra disposición legal: que las personas detenidas debían ser presentadas en un plazo determinado ante un juez competente. Otro ejemplo es el vergonzoso arrodillamiento de los integrantes de la corte suprema de justicia (con minúsculas) de 1982-83 ante las decisiones del genocida Ríos Montt de instaurar los tribunales de fuero especial, unos esperpentos jurídicos mediante los cuales se llevaron a cabo procesos judiciales también clandestinos en los que “jueces” sin rostro ni nombre ni ubicación conocida, porque una ventanilla del ministerio de la Defensa no podía ser considerada como tal, condenaron a muerte a casi una veintena de personas, sin ninguna garantía ni resguardo de su derecho a la defensa.

A la par, en un proceso muy complejo en el que se imbrican, entre otros factores, el anticomunismo, el terror -que caló muy hondo en el cuerpo social-, el conservadurismo, el machismo propio de un sistema patriarcal, la inducción de culpa sobre las propias víctimas de este crimen de lesa humanidad, imprescriptible y continuado, se reforzó una cultura favorecedora de la impunidad. Esta mantiene sus efectos no solo en la población, sino, lo más preocupante, en quienes tienen en sus manos la delicada función de impartir justicia.

Otro de sus resultados perversos es la naturalización de la violencia manifestada, entre otras cosas, en el elevado número de homicidios que se observa en la actualidad, mayor que en los tiempos del terror estatal y el llamado conflicto armado interno. Como es sabido ampliamente, muy pocos crímenes son denunciados y muchos menos terminan en condena. En este sentido, los números son contundentes, la impunidad alcanza a más del 90% de los delitos del presente y a la casi totalidad de los relativos a las violaciones a los derechos humanos.

La cultura de la impunidad y la violencia no se queda en un esquema de pensamiento, una retorcida visión del mundo y las relaciones sociales, sino que propicia y favorece una serie de prácticas legales, pero no legítimas -como el abuso del amparo, las recusaciones, la renuncia de los abogados defensores y otras maniobras dilatorias- e ilegales, entre ellas la amnistía (ilegal desde que la Corte Interamericana de Derechos Humanos sentenció en el caso “Barrios Altos” que las leyes de extinción de culpabilidad de las violaciones a los derechos humanos son violatorias de la Convención Americana sobre Derechos Humanos), las amenazas, atentados, intentos de soborno y compra de voluntades judiciales.

Estos dos últimos años, con la llegada de un militar a la presidencia, eso se ha amalgamado con una campaña mediática y otras acciones típicas de una operación de guerra psicológica que reforzó las posturas negacionistas incrustadas en la institucionalidad creada por los acuerdos de Paz, a la medida y conveniencia de los terroristas de Estado.

En ese pantano es donde hunden su raíces las Cortes Suprema y de Constitucionalidad, los tribunales y el MP, una instancia que muy recientemente ha sido sometida a un proceso de institucionalización sobre la base de principios democráticos que está seriamente amenazado de ser llevado a una vía muerta y hasta de retroceder por circunstancias conocidas.

Cuando se habla de la falta de independencia, ineficacia y debilidad de la institucionalidad de la justicia, no hay que dejar a un lado que la responsabilidad por la sujeción del sistema judicial al ejército y al poder en su conjunto no solo en aquellos años (basta con mencionar el juicio reciente de genocidio como ejemplo) tiene nombres y apellidos. Son personas de la índole de la otrora eminente abogada las que contribuyeron a instaurar en Guatemala una cultura y una práctica de impunidad y a mantenerla, misión de quienes continúan enquistados en elevados puestos de decisión, verbigracia los tres magistrados de la CC que han pasado por encima del mandato de esta institución para meterse en el quehacer de los tribunales ordinarios.

Con la impunidad prevaleciente, víctimas y victimarios conviven día a día en una relación social tóxicamente desigual. Estos siguen imponiendo decisiones y manipulando al sistema a su antojo, venga otra vez la mención del caso de genocidio a corroborar estas palabras. La garantía de impunidad también ha hecho posible que presuntos criminales sean elegidos para cargos públicos, de allí que siga siendo cierto lo que una vez dije, con pena y con vergüenza, ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos: en Guatemala a los asesinos y a los ladrones se les llama “señor presidente”, “señor diputado”, “señor ministro”.

Por eso considero que el caso de Cristina Siekavizza es una lección de historia viva [i] y de memoria de hechos, actitudes y comportamientos encarnados en personas que lamentablemente no están en el pasado. No debería de extrañarme que la antiguamente encumbrada abogada haya actuado de la manera en que lo hizo, un hecho que me parece indignante y que me lleva a reclamar ¿en manos de quiénes está la administración de justicia en Guatemala?

Este caso es un claro ejemplo de cómo la gente poderosa cruza la línea que separa la legalidad de la ilegalidad cada vez que les conviene para resguardar sus intereses, una frontera que debería estar nítidamente trazada para todos los guatemaltecos/as ya no digamos para las y los profesionales del Derecho, sobre todo los jueces/as y magistrados/as de quienes esperamos una ética distinta, de servicio y acatamiento de la ley y basada en principios democráticos y de derechos humanos.

Sin embargo, hay esperanza. En Guatemala se libra una batalla entre lo nuevo y lo viejo, entre la decencia y el cinismo, la razón y la fuerza, el abuso de poder y la igualdad en el acceso a la justicia, el imperio de la ley y la impunidad, entre el olvido por decreto y la memoria amorosa a nuestros seres queridos violentados. En un terreno, aún desnivelado, se enfrentan jueces/as y fiscales decentes, insobornables, fieles defensores de la legalidad y de la independencia judicial junto a defensoras y defensores de los derechos humanos, las familias y las agrupaciones de las víctimas contra los operadores/as de justicia y los sectores de poder –entiéndase el cacif- que siguen manteniendo que esta es como las culebras, que solo muerden los pies de quienes van descalzos.

Para nuestro orgullo, en el país de lo imposible, han surgido figuras como la de la Fiscal General, la jueza Yassmín Barrios y demás integrantes del tribunal de juicio en el caso de genocidio, junto a las de otros/as juristas que enaltecen y dignifican la administración de justicia y, con su esfuerzo y valentía, contribuyen a la construcción de la institucionalidad propia de un Estado democrático de Derecho.

Producto de ese esfuerzo mayúsculo son los procesos contra genocidas, desaparecedores y torturadores que han concluido con una condena después de superar los mil y un obstáculos interpuestos por sus abogadetes mafiosos apoyados por los partidarios de la impunidad, empeñados en mantener una situación que les favorece.

Por Cristina Siekavizza, sus hijos y todos los que han sufrido en carne propia esta tragedia, espero que este proceso sea llevado con apego a las leyes y que prevalezca la justicia por encima de las maniobras dilatorias que ya empezaron a darse. Eso contribuirá sin duda al fortalecimiento de las instituciones y abonará el terreno para que se cumpla nuestra demanda de justicia igual para todos y todas y para todos los casos, los pasados –como el de la desaparición forzada de mi hermano Marco Antonio y muchos más- y los de ahora.

Pensando en su sufrimiento y en el de las personas que la quieren, sobre todo en su madre, su hija e hijo, cuánto quisiera que Cristina jamás hubiese desaparecido y que estuviera viva y libre. Tal como lo deseé por mucho tiempo por mi hermano, cuánto quisiera que esta historia, y todas las historias similares, tuviese un final feliz.




[i] Como la concibe el académico J. C. Cambranes, la historia viva “Son los hechos históricos que en otro país pertenecen al pasado, pero que en Guatemala, después de siglos, continúan siendo el presente”. En: Ruch'ojinem qalewal: 500 años de lucha por la tierra : estudios sobre propiedad rural y reforma agraria en Guatemala. Guatemala, Cholsamaj, 2004, p. 17.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Verdad histórica vs. "verdad" contrainsurgente

En los últimos meses se ha desatado una violenta campaña de ataques contra las organizaciones y personas que, a contrapelo de los mandatos de perdón y olvido proferidos por el poder, han llevado adelante iniciativas de justicia para las víctimas de violaciones a los derechos humanos en Guatemala, pasadas y presentes. Si se parte de la magnitud de lo ocurrido de acuerdo con la información recabada y sistematizada en los informes del REMHI y la Comisión de Esclarecimiento Histórico, son demandas escasas. Puedo contar con los dedos de las manos los procesos judiciales, tanto los que están en curso como los que ya finalizaron, y me sobran. En términos numéricos, no guardan relación ni con la cantidad de atrocidades ni víctimas contabilizadas ni con la exacerbada virulencia que destilan los promotores de los enfrentamientos, quienes enarbolan el negacionismo y la violencia polarizadora para engañar y manipular a la población y aislar y atemorizar al movimiento por la justicia y los derechos humanos. 

¿Qué es lo que está en discusión? ¿Se trata de versiones de la historia que entran en colisión? ¿Se puede hablar de “versiones” de la historia? ¿Quiénes mienten? ¿Las víctimas o los victimarios?

La verdad es fidelidad a los hechos, “adecuación del pensamiento a lo real y de las palabras a las cosas”[i]. En un contexto de violaciones a los derechos humanos, la verdad histórica se conforma con los relatos de lo sufrido por las víctimas – sujetos de derechos. Las atrocidades, dice Rincón Covelli, “se representan en la víctima. Nunca olvidar los hechos significa, también, nunca olvidar a las víctimas. Nunca olvidar a las víctimas tiene, además, el sentido de nunca más, de no repetición.” Por eso, la verdad, además de dignificarlas y guardar su memoria y la de lo sucedido, nos lleva como colectividad a mirar al futuro y a impulsar acciones para evitar que se repita. De esta forma, la verdad de las víctimas –que en sus labios es denuncia, negación del engaño y la mentira, voluntad de justicia constituidas en memoria individual y colectiva, en memoria histórica- se convierte en un factor transformador de la sociedad que debe contribuir a la construcción de la democracia y de relaciones de confianza y solidaridad, elementos que continúan ausentes en la cultura y en los distintos ámbitos de convivencia en nuestro país.

En Guatemala, la dura verdad histórica está constituida por actos de genocidio, desaparición forzada, esclavitud y violaciones sexuales, tortura, asesinatos y otras atrocidades perpetradas contra hombres, mujeres, niños y niñas inermes y en total indefensión en los años del “conflicto armado interno”, que algunos autores analizan como el ejercicio desmedido del poder y el terrorismo estatal contra expresiones revolucionarias y de resistencia muchas veces desarmada. Estas graves, masivas y sistemáticas violaciones a las normas del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos configuran la responsabilidad internacional del Estado, por lo que nuestro país ya ha sido condenado en varias ocasiones por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

La verdad también es un derecho individual y social a saber lo ocurrido, que toma cuerpo en el marco de las normas internacionales de derechos humanos y la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Los Principios y directrices básicos sobre el derecho de las víctimas de violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos y de violaciones graves del derecho internacional humanitario a interponer recursos y obtener reparaciones, definen entre las “a) Medidas eficaces para conseguir que no continúen las violaciones, b ) La verificación de los hechos y la revelación pública y completa de la verdad, en la medida en que esa revelación no provoque más daños o amenace la seguridad y los intereses de la víctima, de sus familiares, de los testigos o de personas que han intervenido para ayudar a la víctima o impedir que se produzcan nuevas violaciones (…)” y,
X. Acceso a información pertinente sobre violaciones y mecanismos de reparación
24. Los Estados han de arbitrar medios de informar al público en general, y en particular a las víctimas de violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos y de violaciones graves del derecho internacional humanitario, de los derechos y recursos que se tratan en los presentes Principios y directrices básicos y de todos los servicios jurídicos, médicos, psicológicos, sociales, administrativos y de otra índole a los que pueden tener derecho las víctimas. Además, las víctimas y sus representantes han de tener derecho a solicitar y obtener información sobre las causas de su victimización y sobre las causas y condiciones de las violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos y de las violaciones graves del derecho internacional humanitario, así como a conocer la verdad acerca de esas violaciones.
Por otra parte, el ejercicio del derecho a la verdad dignifica a las víctimas al permitir que su relato se escuche y legitime socialmente mediante el reconocimiento de sus experiencias como verdaderas y su incorporación a una historia colectiva de sucesos que deben ser esclarecidos por medio de la justicia. En el momento de los señalamientos, aún con escasas pruebas en la mano debido a la falta de acceso a los archivos militares donde se oculta buena parte de la verdad, todos los dedos apuntan en la misma dirección: el ejército de Guatemala y otros cuerpos estatales y paramilitares que se subordinaron a sus órdenes letales. En los contados procesos que han concluido con condenas -los asesinatos de Myrna Mack y monseñor Gerardi; las desapariciones forzadas de Fernando García, la familia de El Jute y las cometidas por el ex comisionado militar Cusanero o el infelizmente anulado juicio y sentencia contra Ríos Montt, por ejemplo- se ha judicializado la verdad histórica.

Este es el meollo de la confrontación desatada por las fuerzas oscurantistas. Sucede que las violaciones a los derechos humanos en la jurisdicción interna se tipifican como delitos que el Estado tiene la obligación tanto de investigar y establecer no solamente lo que ocurrió, sino a determinar quiénes estuvieron involucrados en las violaciones a los derechos humanos y por qué se dieron, como de hacer justicia procesando y castigando a los individuos que resulten responsables. En ese sentido, el derecho a la verdad está unido indisolublemente al derecho a la justicia. Solo de esta manera, se garantizará que lo sucedido no vuelva a repetirse.

Además de la justicia, la no repetición exige erradicar las condiciones que llevaron a la perpetración de las violaciones a los derechos humanos, reparar los daños ocasionados y dar a conocer públicamente los hechos. Más específicamente, se deben modificar o establecer políticas, leyes, instituciones y programas de estudio, además de otras medidas simbólicas encaminadas a guardar la memoria de las violaciones a los derechos humanos y de las víctimas.

Por su parte, Louis Joinet se refiere a otras dimensiones del derecho a la verdad:

No se trata sólo del derecho individual que toda víctima o sus familiares tienen a saber lo que ocurrió, que es el derecho a la verdad. El derecho a saber es también un derecho colectivo que hunde sus raíces en la historia, para evitar que puedan reproducirse en el futuro las violaciones. Como contrapartida, al Estado le incumbe el “deber de recordar”, a fin de protegerse contra esas tergiversaciones de la historia que llevan por nombre revisionismo y negacionismo; en efecto, el conocimiento por un pueblo de la historia de su opresión forma parte de su patrimonio y debe por ello conservarse.[ii]
Joinet no se refiere a hechos banales, sino al “conocimiento por un pueblo de la historia de su opresión” a partir de lo sufrido por las víctimas entendidas como sujetos de derechos, un asunto en el que no se vale ninguna versión ni interpretación negacionista. En ese sentido, si los relatos de las víctimas recogen la verdad de los hechos atroces y constituyen la piedra angular de la historia de la opresión de nuestro pueblo, no son los opresores – victimarios quienes van a pronunciarla. 

Suficientes ejemplos tenemos de sus retorcidas versiones, sus mentiras, sus manipulaciones, su violenta forma de seguir construyendo un imaginario social militarizado en el que impera nuevamente la perversa lógica del enemigo y no se acepta la verdad histórica y mucho menos la responsabilidad moral, ya no digamos la responsabilidad penal. Por ejemplo, perpleja, escuché la intervención de Ríos Montt en el reciente juicio y mis oídos se quedaron esperando su pedido de perdón a las víctimas y su reconocimiento de responsabilidad en los horrendos acontecimientos por los que se le juzgó y condenó. Inútilmente esperé que brotara siquiera una lágrima de arrepentimiento, de remordimiento, de empatía, de conmoción, que expresara siquiera algo así como “yo era el jefe de Estado, esto sucedió bajo mis narices, fue perpetrado por hombres que actuaron bajo mi mando”. Pero no. A otros, en el colmo del cinismo, se les ha escuchado o leído diciendo que sí, que las cosas pasaron, que se trató de salvar a la patria (¿cuál? ¿De quiénes?) pero que el derecho penal no es retroactivo y los delitos no estaban tipificados cuando se perpetraron los hechos. Mientras el Estado incumple con su deber de recordar, militares retirados y en activo y un variopinto coro de voces que se adhieren a estas posturas, recitan el discurso contrainsurgente que nos divide en “amigos” y “enemigos”. Sordos, ciegos y desubicados en el tiempo, estos sectores continúan apuntalando murallas ideológicas y esgrimiendo argumentos de odio contra sus propias víctimas, abogados/as, juezas y jueces y los defensores y defensoras de derechos humanos, buscando justificarse y ocultar la verdad sobre sus terribles delitos.

Con mucha torpeza, del Presidente para abajo, mienten y continúan ocultando, negando y tergiversando la verdad histórica. Para ello han contado siempre con la complicidad de la oligarquía, la primera beneficiaria de sus acciones terroristas de las que obtuvieron incluso beneficios económicos; los medios que en aquel tiempo se autocensuraron o, con total falta de ética, se sumaron al silenciamiento de los hechos y las denuncias de las víctimas y ahora informan sesgadamente y difunden en sus páginas los discursos de odio. También contribuyó, con notables excepciones, la jerarquía eclesiástica, la comunidad internacional y vastos contingentes sociales que por convicción o por miedo, se callaron y vieron para otro lado.

Esa inamovible lógica –rabiosamente contrarrevolucionaria, racista y misógina-, con la que buscan imponer una “verdad” contrainsurgente en la que se ven a sí mismos como los héroes de la patria y no como los criminales que verdaderamente son, no es producto de la tozudez. Las mentiras, las distorsiones, la cerrada negativa a reconocer la verdad histórica, están inscritas en un esquema de salvaguarda de su impunidad, por algo las leyes de perdón que se autorrecetaron se denominan amnistía, una palabra griega que significa olvido. Además, cubrieron sus huellas con más muertes, las de sus esbirros; destruyeron u ocultaron los documentos que podrían constituirse en piezas probatorias en los procesos emprendidos en su contra; y mediante un pacto sostenido en el llamado “espíritu de cuerpo” y sustentado en la coincidencia de intereses, se aseguran el silencio de todos los involucrados en los crímenes de lesa humanidad, imprescriptibles y, en el caso de las desapariciones forzadas, continuados.

El genocidio, la desaparición forzada, la esclavitud, las violaciones sexuales, la tortura, los asesinatos, hechos violentos, graves, son la verdad que niegan, rebaten, tergiversan y justifican los defensores de la violencia y el terror pese a que dejaron una huella muy honda no solamente en las víctimas directas o indirectas sino en la sociedad entera. Cambiar las conciencias y erradicar una visión del mundo y de la convivencia social que les permitió actuar en contra de la vida, la integridad y la dignidad de centenares de miles de seres humanos, como lo narraron las mujeres y hombres ixiles en el juicio contra Ríos Montt, nos demanda asumir la verdad histórica sobre un pasado muy vivo y muy presente que nos interpela cotidianamente y que no debemos olvidar para que no se repita.

Para ello, debemos comprender que no son solamente asuntos jurídicos, delitos perseguibles nacional e internacionalmente, son actos inmorales que nos dicen a gritos quiénes somos, cómo nos comportamos y hasta dónde somos capaces de llegar como sociedad. La verdad histórica nos coloca frente a nuestros conflictos y desacuerdos históricos y la discordia que define las relaciones sociales y políticas en nuestro país. Le pone nombres y rostros al sufrimiento humano y a dolores muy hondos que no han quedado atrás, sino que continúan determinando nuestra existencia individual y colectiva; las muertes de ahora que no nos dejan vivir tanto en sentido figurado como literal, nos confirman la extraña vitalidad de la violencia y su carácter determinante en un presente que sigue estando marcado por el odio, el racismo y la codicia de unos pocos que no dudan en destruir a quienes se les oponen. 

La verdad histórica transmutada en verdad moral nos refleja en nuestra sensibilidad o insensibilidad ante las personas que sufrieron los ominosos crímenes de lesa humanidad perpetrados por el poder y nos pone frente al dilema ético de aceptar la violencia, la mentira y la opresión como un estado naturalizado de convivencia social o de reconocer la verdad y la dignidad de las víctimas y hacerles justicia para poder construir una paz verdadera.

Pese al negacionismo y el revisionismo, en los relatos de las víctimas y sus familias, las luchadoras y luchadores sociales, las defensoras/es de derechos humanos, abundan las evidencias existenciales de lo sucedido y el dolor sufrido. Lo vivido se materializa en la ausencia de millares de hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas que continúan faltándonos. La verdad está presente en nuestra lucha por la vida, en la exigencia de justicia, en el reclamo de llamar a las cosas por su nombre y de impulsar procesos reparadores viendo hacia un futuro de paz, para que nunca más...


[i] En Verdad y memoria: escribir la historia de nuestro tiempo, de Anne Pérotin-Dumon. El artículo puede leerse aquí
[ii] Naciones Unidas, Consejo Económico y Social, Informe final acerca de la cuestión de la impunidad de los autores de violaciones de los derechos humanos (derechos civiles y políticos). E/CN.4/Sub.2/1997/20, 26 de junio, 1997. Citado por Tatiana Rincón Covelli en La verdad histórica: una verdad que se establece y legitima desde el punto de vista de las víctimas, publicado en Estudios Socio-Jurídícos 7, Bogotá, pp. 331-354, agosto de 2005.

viernes, 3 de mayo de 2013

Guatemala Nunca Más


Es posible la paz, una paz que nace de la verdad de cada uno y de todos: Verdad dolorosa, memoria de las llagas profundas y sangrientas del país; verdad personificante y liberadora que posibilita que todo hombre y mujer se encuentre consigo y asuma su historia; verdad que a todos nos desafía para que reconozcamos la responsabilidad individual y colectiva y nos comprometamos a que esos abominables hechos no vuelvan a repetirse.

Monseñor Gerardi, 24 de abril de 1998

El lunes 27 de abril de 1998, a eso de las cuatro de la mañana, el timbre del teléfono me sacó de ese sueño delicioso de las madrugadas. Con un sobresalto -porque ¿quién te llama a esas horas para decirte algo bueno?- corrí a la sala y levanté el auricular. Era la voz de Maco. En escasos segundos había recorrido los mil doscientos kilómetros que me separan de la patria, de nuevo ensangrentada por un crimen de Estado, y estallaba en mi oído una verdad terrible: “mataron a Monse”. Monse no era otro que monseñor Juan Gerardi, coordinador de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala, el alma y el corazón del proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI).

Ya no supe qué más dijo Maco. Llorábamos. Aún estaba oscuro. A tientas, porque de pronto las lágrimas no me dejaron ver, busqué mi cuarto, mi cama y me derrumbé sobre la almohada agobiada por la vergüenza. Me preguntaba una y otra vez cómo era posible que tal cosa hubiera sucedido, cómo una sociedad como la mía seguía siendo incapaz de resguardar nuestro bien más valioso: la vida. No encontré las respuestas, aún no las tengo. Es la misma vergüenza y son las mismas preguntas las que ahora me hago ante la forma en que se sigue obstaculizando el proceso por genocidio contra el ex dictador Efraín Ríos Montt y el ex jefe de la G2 Mauricio Rodríguez Sánchez, ambos generales de un ejército que fue calificado como el más sanguinario del hemisferio occidental hará unos cuantos años, cuando el viento cambió de rumbo unos cuantos grados en el Departamento de Estado de los EEUU.

A Maco y a Monse los conocí en 1995, durante una breve estadía de trabajo en la ODHAG, que fue el motivo de mi regreso al país tras once años, siete meses y 25 días de exilio. Sabía poco de Monse: que había tenido que huir del Quiché en 1980 para salvar su vida; que acudió a un evento fuera de Guatemala y que al volver ni siquiera pudo bajarse del avión por lo que debió refugiarse en Costa Rica donde vivió algunos años. En el 96 volví para realizar la propuesta de trabajo formulada un año antes para la biblioteca de esta entidad. En esa ocasión, estuve allí un mes como una empleada más, sin serlo, disfrutando del frío de noviembre tras las gruesas paredes del hermoso edificio de arquitectura colonial, caminando por sus vetustos corredores y su patio central adornado de bugambilias florecidas que, sujetas a las anchas columnas, ascendían hasta el segundo piso, y de las deliciosas comidas del Mercado Central. Entonces vi de nuevo a Monse, un hombre jovial, amable, respetuoso, tal fue la impresión que dejó en mí tras un par de conversaciones. En esas ocasiones, con secreta envidia me enteraba de la labor del equipo del REMHI a lo largo y ancho del país. ¡Qué no hubiera dado por ser parte de algo tan magnífico! Iniciado en 1994, ese trabajo iba viento en popa.

En 1997 fui a dar el testimonio sobre la desaparición forzada de Marco Antonio tanto al REMHI como a la CEH. Los años anteriores me había resistido, quizá no estaba preparada todavía, pero el tiempo pasó y quedaban pocos meses para hacerlo. Algo más me lo impedía: el perdón pregonado por la Iglesia Católica en su convocatoria. Perdonar lo que el ejército les hizo a mi hermano y a mi hermana es una decisión personal, muy íntima, que no tomaré nunca si no hay justicia; aún si la hubiera, tendría que pensarlo muchísimo.


Monse era un hombre feliz, siempre estaba sonriente y pleno de vida y energía y pienso que, dado su compromiso sacerdotal y humano, en buena parte eso se debía al proyecto REMHI. La labor de recolección de testimonios, su análisis y procesamiento rigurosos y la sistematización de los datos, más otra gran cantidad de acciones investigativas que enriquecieron el esfuerzo, dieron su fruto en 1998 con la publicación del informe Guatemala: Nunca Más. Su entrega se programó para el 24 de abril, en una ceremonia en la que la alta jerarquía eclesiástica iba a pedir perdón al pueblo por no haberle acompañado en su sufrimiento.

Era una petición justa. En nuestro caso, mi madre y mi padre habían suplicado inútilmente el apoyo de algunas autoridades eclesiásticas para ubicar a mi hermano, entre ellos los obispos Ríos Montt y Quezada Toruño y los arzobispos Casariego y Penados. Tristemente lo que obtuvieron no pasó de palmaditas en la cabeza, groseros “¿qué quieren?” o palabras vacías. Tal fue su decepción que cambiaron la parroquia de toda la vida por un salón evangélico donde la gente los escuchaba y lloraba a la par suya. La alta jerarquía –con excepciones, como la de Monse- se mostraba impotente ante estos pedidos. Por su silencio e indiferencia como institución es inevitable pensar en la complicidad de algunos de sus miembros. Es el caso del arzobispo Casariego que con absoluto cinismo les dijo a mis padres que frecuentemente había visitado al desaparecido sacerdote jesuita español Carlos Pérez Alonso, en el Cuartel General, lugar en el que permanecía detenido ilegalmente desde agosto de 1981. También les dijo que se desayunaba un día a la semana con el general Lucas, entonces presidente de la república, por lo que en una segunda visita le llevaron una carta. Jamás supieron si se la entregó.

Por esas razones, motivada por la trascendencia del perdón que expresaría el Arzobispo –cosa que al final no sucedió- y por la enorme importancia del informe, decidí llevar a mi mamá al acto. El lunes 20 de abril me presenté a la ODHAG y ofrecí mis servicios para lo que fuera necesario. Había mucho trabajo previo a la presentación del informe. Así, entre varias cosas, tuve en mis manos el resumen que se entregó a la prensa y me enteré de la magnitud de las revelaciones y los señalamientos tan claros y directos sobre la responsabilidad del ejército. Inmediatamente se me prendieron todas las alarmas. Eran verdades sobre los horrores recientes que nunca antes se habían dicho de esa forma ni por una institución tan poderosa como la Iglesia Católica, por lo que Ruth y yo temimos una respuesta brutal.

El 29 de diciembre de 1996 se había firmado la paz de papel, esa paz violenta y excluyente que ahora nos amenazan con romper por el juicio de genocidio. En Guatemala todavía se creía en esa paz. Nuestro temor no tenía cabida en esas nuevas circunstancias, de manera que ante las preguntas sobre la seguridad, alguien dijo que continuábamos viviendo en el pasado. Quizá, pero no estábamos solas, ellos también estaban allí.

El 24 de abril la Catedral no dio abasto para recibir a tanta gente. Era una tarde calurosa. La atmósfera estaba saturada del aroma de las flores que adornaban los altares, mezclado con el que despedían los cirios al quemarse. Guatemala entera estaba representada en ese acto solemne que coronó los esfuerzos de toda una vida de Monse, un hombre pleno y feliz consagrado a la causa de la gente más necesitada, perseguida y victimizada de nuestro país. Como en toda misa, hubo oraciones y cantos, homilías, lecturas bíblicas y comuniones. El punto culminante fue la entrega del informe a dos personas delegadas por cada diócesis por parte de Monse. Mi madre tuvo el honor de recibirlo de sus manos junto con Rigoberta Menchú, en representación de la Diócesis de Guatemala. Conmovida, uní mi voz al coro inmenso que cantó “cambia, todo cambia…”. Ese era el espíritu que nos animaba a todxs lxs presentes. No había marcha atrás, no era posible, Guatemala sería otra. En el aire sentíamos la presencia de nuestros seres amados desaparecidos/as o asesinados/as.

En el patio hermoso de la ODHAG sirvieron tamales y café. Allí me confundí con centenares de personas que celebraban el final de un esfuerzo prolongado que había durado cuatro años. No había lugar para el temor, no había lugar para el pasado. El impulso nos debía llevar a la justicia, a un futuro de verdadera paz. Al día siguiente, 25, al levantarse, mi mamá me dijo que por primera vez en todos los años que llevaba  mi hermano desaparecido, lo había soñado sonriendo. La angustiosa pesadilla recurrente, en la que ella corre tras el carro en el que se llevaron a su niño, parecía quedar atrás.

Pero el pasado –que sigue siendo presente en Guatemala- alentó las intenciones mortales de acallar a Monse. De allí emergieron los hombres que vigilaron su puerta durante meses haciéndose pasar por indigentes. Del pasado vinieron los que planearon su muerte y dirigieron el operativo, los mismos que trajeron la piedra del infierno con la que destrozaron su rostro y su cabeza, igual que el "Siervo sufriente de Yahvé" al que aludió en su discurso del 24 de abril: “los relatos de los crímenes horrorosos son la actualización de la figura de "Siervo sufriente de Yahvé", encarnado en el pueblo de Guatemala: "Mirad a mi siervo –dice Isaías– muchos se espantaron de él, desfigurado no parecía hombre, no tenía aspecto humano… El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso y herido de Dios…" (Is. 52.13–53,4)

Dos años después, el 24 de abril de 2000, en su homilía conmemorativa monseñor Julio Cabrera Ovalle, obispo de Quiché, dijo que los asesinos de Monse “no soportaron el resplandor de la verdad con que desenmascaró la injusticia. ¡Porque en Guatemala SÍ ha habido masacres!”

Así fue. Con el asesinato de Monse, el ejército y los poderes oscurantistas sentaron posición sobre los esfuerzos por develar la verdad sobre los horrores del terrorismo de Estado y cercenaron el impulso que nos llevaba a demandar justicia. Hoy, quince años después, las “semillas de vida y dignidad” sembradas por Monse y por quienes le acompañaron en ese esfuerzo, se abren paso dificultosa pero firmemente en el juicio por genocidio y en otras causas judiciales, ya concluidas o en proceso, contra los torturadores, genocidas, asesinos y desaparecedores que asolaron Guatemala. En ellos sigue presente el temor al “resplandor de la verdad” con el que Monse evidenció la injusticia. De ese miedo nacen los ataques asquerosos a su obra divulgados en pasquines repletos de mentiras y amenazas dirigidos a perpetuar su impunidad, con los que se pretende transformar en traición a la paz y divisionismo el anhelo de justicia que anima nuestras vidas.

Que mis palabras sirvan como un homenaje humilde a monseñor Gerardi en el décimo quinto aniversario de su alevoso asesinato.

Discurso de Monseñor Juan Gerardi con ocasión de la presentación del Informe REMHI
Catedral Metropolitana, 24 de abril de 1998

El proyecto REMHI ha sido un esfuerzo que se sitúa dentro de la Pastoral de los Derechos Humanos, que a su vez es parte de la Pastoral Social de la Iglesia: es una misión de servicio al hombre y a la sociedad.

Ante los temas económicos y políticos, mucha gente reacciona diciendo: "para qué se mete en esto la Iglesia". Quisieran que nos dedicáramos únicamente a los ministerios. Pero la Iglesia tiene una misión que cumplir en el ordenamiento de la sociedad, que incluye los valores éticos, morales y evangélicos. ¿Qué nos dicen los mandamientos? "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Y precisamente hacia ese prójimo tiene que dirigir su misión la Iglesia. El Papa Juan Pablo II nos dice, hablando a los laicos: "Redescubrir la dignidad de la persona humana constituye una tarea esencial de la Iglesia". Esta también fue la labor evangelizadora de Jesús. El Señor puso la dignidad de las personas como centro del Evangelio.

El proyecto REMHI en el confluir del trabajo pastoral de la Iglesia es una denuncia, legítima, dolorosa, que debemos de escuchar con profundo respeto y espíritu solidario. Pero también es un anuncio, una alternativa para encontrar nuevos caminos de convivencia humana. Cuando emprendimos esta tarea interesaba conocer, para compartir, la verdad, reconstruir la historia de dolor y muerte, ver los móviles, entender el porqué y el cómo. Mostrar el drama humano, compartir la pena, la angustia de los miles de muertos, desaparecidos y torturados; ver la raíz de la injusticia y la ausencia de valores.

Este es un modo pastoral de hacer las cosas. Es trabajar a la luz de la fe, encontrar el rostro de Dios, la presencia del señor. En todos estos acontecimientos, es Dios quien no está hablando. Estamos llamados a reconciliar. La misión de Jesús es reconciliadora. Su presencia nos llama a ser reconciliadores en esta sociedad quebrada, tratando de ubicar víctimas y victimarios dentro de la justicia. Hay gente que murió por un ideal. Y los verdugos fueron muchas veces instrumentos. La conversión es necesaria, y nos toca abrir los espacios para estimular. No se trata de aceptar los hechos simplemente. Es menester reflexionar y recuperar los valores. Queremos contribuir a la construcción de un país distinto. Por eso recuperamos memoria del pueblo. Este camino estuvo y sigue estando lleno de riesgos, pero la construcción del Reino de Dios tiene riesgos y sólo son sus constructores aquellos que tienen fuerza para enfrentarlos.

El 23 de junio de 1994, las partes que negociaron los acuerdos de paz manifestaron su convicción del "derecho que asiste a todo el pueblo de Guatemala de conocer plenamente la verdad" sobre los acontecimientos ocurridos durante el conflicto armado, "cuyo esclarecimiento contribuirá a que no se repitan las páginas tristes y dolorosas y que se fortalezca el proceso de democratización en el país", y subrayaron que ésta es una condición indispensable para lograr la paz. Este es parte del preámbulo del Acuerdo que creó la Comisión del Esclarecimiento Histórico, que ahora también está concluyendo su importante labor.

La Iglesia se hizo eco de este anhelo y se comprometió a la búsqueda de "conocer la verdad", convencida de que, como dijo el Papa Juan Pablo II, la "verdad es la fuerza de la paz" (Jornada Mundial por la Paz, 1980). Como parte de nuestra Iglesia, asumimos responsablemente y en conjunto esta tarea de romper el silencio que durante años han mantenido miles de víctimas de la guerra, abrió la posibilidad de que hablaran y dijeran su palabra, contaran su historia de dolor y sufrimiento a fin de sentirse liberadas del peso que durante años las ha abrumado. Este ha sido esencialmente el propósito que ha animado el trabajo que durante estos tres años ha realizado el Proyecto REMHI: conocer la verdad que a todos nos hará libres (Juan 8, 32).

Nosotros, como personas de fe, descubrimos en el acuerdo del esclarecimiento histórico un llamado de Dios a nuestra misión como Iglesia: la verdad como vocación de toda la humanidad. Desde la Palabra de Dios no podemos ocultar o encubrir la realidad, no podemos tergiversar la historia ni debemos silenciar la verdad. San Pablo, hace veinte siglos, hacía una afirmación que nuestra historia reciente la ha confirmado recientemente: "Se está revelando desde el cielo la reprobación de Dios contra impiedad e injusticia humana, la de aquellos que reprimen con injusticias la verdad" (Rom, 1,18). La verdad en nuestro país ha sido torcida y acallada.

Dios se opone inflexiblemente al mal en cualquier forma que se presente. La raíz de la ruina, de las desgracias de la humanidad, nace de una oposición deliberada a la verdad, que es la realidad radical de Dios y del hombre. Y esa realidad es la que ha sido intencionalmente deformada en nuestro país a lo largo de 36 años de guerra contra la gente. De ahí que el "esclarecimiento histórico", decíamos los Obispos en la carta pastoral ¡Urge la Verdadera Paz! "no sólo es necesario, sino indispensable para que el pasado no se repita con sus graves consecuencias. Mientras no se sepa la verdad, las heridas del pasado seguirán abiertas y sin cicatrizar.

No tenemos la menor duda, como Iglesia, que el trabajo que hemos realizado en estos años ha sido una historia de gracia y de salvación, un verdadero paso hacia la paz como fruto de la injusticia, que ha ido suavemente regando semillas de vida y dignidad por todo el país, siendo gestor y partícipe el mismo pueblo sufrido. Ha sido un bello servicio de veneración a los mártires y de dignificación de las víctimas que fueron blanco de los planes de destrucción y muerte. Abrirnos a la verdad, encarar nuestra realidad personal y colectiva no es una opción que se puede aceptar o dejar, es una exigencia inapelable para todo ser humano, para toda sociedad que pretenda humanizarse y ser libre. Nos sitúa ante nuestra condición más radical como personas: somos hijos e hijas de Dios, llamados a participar de la libertad del Padre.

Años de terror y muerte han desplazado y reducido al miedo y al silencio a la mayoría de guatemaltecos. La verdad es la palabra primera, la acción seria y madura que nos posibilita romper ese ciclo de violencia y muerte, abrirnos a un futuro de esperanza y luz para todos. El trabajo de REMHI ha sido una empresa asombrosa de conocimiento, profundización y apropiación de nuestra historia personal y colectiva. Ha sido una puerta abierta para que las personas respiren y hablen en libertad, para la creación de comunidades con esperanza. Es posible la paz, una paz que nace de la verdad de cada uno y de todos: Verdad dolorosa, memoria de las llagas profundas y sangrientas del país; verdad personificante y liberadora que posibilita que todo hombre y mujer se encuentre consigo y asuma su historia; verdad que a todos nos desafía para que reconozcamos la responsabilidad individual y colectiva y nos comprometamos a que esos abominables hechos no vuelvan a repetirse.

El compromiso de este Proyecto con la gente que dio su testimonio ha sido recoger su experiencia en este Informe y apoyar globalmente las demandas de las víctimas. Pero entre las expectativas y nuestro compromiso también se encuentra la devolución de la memoria. El trabajo de búsqueda de la verdad no termina aquí, tiene que regresar a donde nació y apoyar mediante la producción de materiales, ceremonias, monumentos etc. el papel de la memoria como un instrumento de reconstrucción social.

El Papa Juan Pablo II nos dice "es preciso mantener vivo el recuerdo de lo sucedido: es un deber concreto". Lo que la Segunda Guerra Mundial significó para los europeos y para el mundo se ha podido comprender en estos 50 años transcurridos gracias a la adquisición de nuevos datos que han posibilitado un mejor conocimiento de los sufrimientos que causó (50 Aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial). Esto es lo que ha hecho el Proyecto REMHI en Guatemala.

Conocer la verdad duele pero es, sin duda, una acción altamente saludable y liberadora. Los miles de testimonios de las Víctimas, los relatos de los crímenes horrorosos son la actualización de la figura de "Siervo sufriente de Yahvé", encarnado en el pueblo de Guatemala: "Mirad a mi siervo –dice Isaías– muchos se espantaron de él, desfigurado no parecía hombre, no tenía aspecto humano… El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso y herido de Dios…" (Is. 52.13–53,4).

La actualización y memoria de estos hechos dolorosos nos confrontan con una palabra original de nuestra fe: "Caín, ¿dónde está tu hermano Abel? No sé, contestó. ¿Soy acaso el guardián de mi hermano? Replicó Yahvé: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar desde el suelo hasta mí" (Gen 4, 9–10).

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miércoles, 17 de abril de 2013

“Vamos a matar, pero no a asesinar” Los tribunales de fuero especial



Solo en este pueblo de indios existe el derecho de ser criminal.
En otras naciones se aplica la pena de muerte
Efraín Ríos Montt*

Quisiera recordar todos los acontecimientos que se dieron en los meses que viví bajo la bota ríosmonttista. Ha pasado mucho tiempo y solo quedan las grandes líneas, las sensaciones, ciertos sentimientos sofocantes, el estremecimiento que me producía escuchar al dictador y que hasta hoy me hace cambiar de canal si es su imagen la que veo en la pantalla. El aparente olvido -porque todo lo vivido me habita, junto con las personas, las que están y las que nos arrebataron o las que se han ido en condiciones humanas- ha hecho que se borren muchos de los detalles de la escena en la que me movía entonces, cuando un pequeño corazón latía junto al mío, el del niño que tuve la osadía de concebir cuando todo conspiraba contra la vida misma.

La fotografía que tengo entre mis manos es borrosa, pero el rostro del dictador se percibe con absoluta nitidez. Oigo su voz bronca, rasposa, terrorífica, que me hacía creer que si alguna vez escuchara hablar al diablo seguramente sonaría igual. También estoy en la foto. Me envuelve una aflicción profunda, triste y desesperanzada.

Era 1982. Cuando ya nos habían sumergido en el infierno y creí que no podía inventarse nada más, Ríos Montt instauró los tribunales de fuero especial, otro agujero negro en el que cayó más de medio millar de compatriotas, un absurdo kafkiano que se quiso presentar como justicia. Los TEF fueron creados mediante el Decreto Ley 46-82 -una ley “antitécnica, antijurídica y atentatoria”, como la calificó el IX Congreso Jurídico Guatemalteco (Antigua, marzo de 1983) en un pronunciamiento en el que se pidió su derogación- del 1 de julio de 1982, un día después del cese de una de las tantas amnistías decretadas para hacer volver al redil a “delincuentes terroristas y subversivos”. Fueron muy pocos los que se acogieron al perdón y olvido prometidos, por lo que una vez pasada la “oportunidad” surgieron estas aberraciones jurídicas con un sesgo discriminatorio contra la gente de izquierda, como se concluye al leer los considerandos del DL 46-82:

1. Que grupos de delincuentes, mediante actividades subversivas de naturaleza extremista, pretenden por medios violentos cambiar las instituciones jurídicas, políticas, sociales, y económicas de la Nación;
2. Que quienes realizan estas actividades hacen uso de procedimientos que perturban el orden público, alteran gravemente la tranquilidad social y destruyen vidas y bienes de los habitantes de la República.
3. Que para proteger el orden, la paz y la seguridad públicas, se hace necesario dictar la ley que garantice una rápida y ejemplar administración de justicia, en el juzgamiento de delitos que atenten contra estos valores.

Esta clase de tribunales estaba prohibida expresamente en el art. 53 de la derogada Constitución Política de 1965, un monumento a la imaginación en lo que a derechos se refiere:

Es inviolable la defensa de la persona y sus derechos. Ninguno puede ser juzgado por comisión o por Tribunales Especiales.

Los TEF, además, contradecían el art. 5 del Estatuto Fundamental de Gobierno, promulgado el 27 de abril de 1982 para sustituir a la Constitución: “en el ejercicio del poder público [el régimen] buscará hacer que la Administración Pública actúe con eficacia y probidad, velará porque la justicia sea tal, cumplida y pronta”. Utópico, materialmente imposible de realizar por un poder judicial que no era otra cosa que “una entidad todavía más dependiente, subordinada y sumisa” que la existente antes del golpe de Estado, como dice la CIDH en su informe de 1983[i].

Uno de los factores de la falta de independencia en la administración de justicia era la excesiva concentración de poder en manos del autoproclamado Presidente de la República. Ríos Montt, que no solo había cerrado el Congreso y legislaba a su antojo, designaba al presidente del organismo judicial y de la Corte Suprema de Justicia (Ricardo Sagastume Vidaurre), los magistrados de la CSJ, la Corte de Apelaciones y otros altos tribunales. Con esos nombramientos, a la medida de sus preferencias personales y las del grupo de militares allegados, tampoco se podía esperar imparcialidad en las decisiones de estos órganos.

Los TEF fueron parte de un paquete de medidas represivas que incluían la suspensión de los derechos y las garantías individuales reconocidas por el art. 2 del Estatuto Fundamental de Gobierno. Pero en la Guatemala que habitaba, la de la rebeldía y la resistencia, la del “enemigo” a exterminar, desde hacía mucho tiempo no se nos garantizaban la libertad de asociación, la libre emisión del pensamiento y difusión sin censura previa, la inviolabilidad de la correspondencia y de la posesión de libros o documentos privados, la inviolabilidad del domicilio y protección contra allanamientos ilegales, el derecho a no ser detenida sin orden escrita de autoridad competente, petición y habeas corpus (exhibición personal).

El estado de sitio decretado el 1º. de julio de 1982 se mantuvo vigente hasta el 23 de marzo de 1983. Cualquier persona “sospechosa de ser sospechosa” –un sinsentido total que expresaba de algún modo el clima instalado en la sociedad guatemalteca, tal como la incomprensible sentencia del dictador “vamos a matar pero no asesinar”- podía ser detenida, su casa allanada, su correspondencia abierta, sus libros y documentos revisados y destrozados y ella conducida a cualquier cárcel clandestina y desaparecer para siempre, o emerger de las profundidades con una condena a muerte. Todo era “legal” desde la perspectiva retorcida del poder absoluto sobre la vida, la seguridad y la integridad de los seres humanos. Así, alrededor de 500 personas que sufrieron esa clase de vejámenes, fueron puestas a disposición de los TEF. El resto, incontables, fueron desaparecidas sin dejar huella.

Establecidos mediante leyes ilegales, violatorias de las obligaciones internacionales de derechos humanos del Estado guatemalteco, los TEF eran tribunales secretos que “operaban en la clandestinidad oficial” dado que “ajustaban su actividad, se desempeñaban y funcionaban, de acuerdo con normas, regulaciones y consignas militares de carácter secreto. En consideración a ello, nadie sabía ni podía informarse quienes los integran, cuántos eran, donde funcionaban, cuándo se reunían, y tampoco se conoce si algún día se podrá llegar a saber el paradero de los expedientes que tramitaron tales Tribunales.” Esta condición contravenía “lo que disponía como regla su propia ley de creación, y los principios básicos de la seguridad jurídica y del debido proceso”.

Las personas sometidas a su jurisdicción permanecían detenidas e incomunicadas durante mucho tiempo, sin que sus familias estuvieran enteradas de su paradero; mientras tanto, eran interrogadas y torturadas para obtener una declaración o “indagatoria” con la que se iniciaba la elaboración de un expediente escrito o sumario. En esta fase, no contaban con abogado defensor “no solo porque no se lo[s] designaron, sino porque no se lo[s] permitieron”, lo que pudo comprobar la CIDH tanto mediante entrevistas como por la revisión de expedientes. Además de lo anterior, no se podían apelar sus resoluciones hasta que una petición de la CIDH llevó a establecer una segunda instancia; como no tenían domicilio conocido, los escritos de los abogados defensores eran depositados en una ventanilla del Ministerio de la Defensa.

Además de violárseles su libertad personal y otros derechos y libertades, las personas detenidas eran sometidas a torturas y tratos crueles, inhumanos y degradantes, los que han sido una práctica de las fuerzas represivas del Estado guatemalteco históricamente. Por ejemplo, en el caso de Marco Antonio González, hondureño, fusilado el 3 de marzo de 1983, durante su estadía en Guatemala la delegación de la CIDH visitó las instalaciones del Cuarto Cuerpo de la Policía Nacional y lo entrevistó en septiembre del 82, cuando tenía 25 días de haber sido capturado: “dijo haber sufrido la tortura (…), estar sometido a los Tribunales de Fuero Especial acusado de distribuir propaganda subversiva y no tener abogado defensor. González protestó su inocencia. No obstante fue fusilado junto con cinco reos más el día 3 de marzo de 1983, en cumplimiento de sentencia de muerte impuesta por el Tribunal de Fuero Especial que lo juzgó.”

La tortura fue descrita por los detenidos que, tras vencer el miedo, hablaron con la CIDH en las instalaciones del referido cuerpo policiaco:

4. Todos coincidieron en afirmar que antes de ser puestos a la orden del tribunal que lo[s] estaba juzgando habían sido objeto de tortura y que esa tortura había consistido en mantenerlos incomunicados y en interrogarlos utilizando el método llamado "capucha llanta". Este consiste en colocarles una especie de capucha de goma que les cubre toda la cabeza hasta el cuello para luego introducir alcohol mientras permanecen atados de pies y manos produciéndoles sofocación al extremo de la asfixia. La operación se repetía una y otra vez, día tras día, hasta lograr la confesión en base a lo cual se les remitía a los tribunales.

De esa forma, los captores obligaban a los detenidos a autoincriminarse, con lo que se violaba su derecho a no declarar contra sí mismos. Su confesión era con frecuencia la única “prueba” de culpabilidad y, por ende, base de la acusación y de la sentencia de muerte. La CIDH agrega que, en términos generales, la tortura no era solamente un medio para lograr una confesión o castigar a la persona detenida, sino que fue convertida en “un sistema de amedrentamiento a la población”.

En esas circunstancias, aprendí a caminar viendo sobre el hombro sin caerme, me nacieron ojos en la nuca y un par de alas en la espalda. Practicaba la invisibilidad y sabía convertirme en el ojo de una hormiga. En mi agujero me enteré con una gran indignación e impotencia de los fusilamientos de septiembre de 1982, el que fue seguido por hechos similares en marzo del 83[ii]. ¿El juzgamiento y condena a muerte de quince personas en circunstancias absolutamente anómalas, en condiciones de total indefensión era el “vamos a matar, pero no a asesinar”? “Vamos a matar, pero no a asesinar”, un juego de palabras siniestro que todavía no comprendo.

Estos fueron los hechos:

1. El 17 de septiembre de 1982 fueron fusilados en Guatemala en cumplimiento de una sentencia de los Tribunales de Fuero Especial los señores: Marcelino Marroquín, Julio Hernández Perdomo, Jaime de la Rosa Rodríguez y Julio César Vásquez Juárez;
2. El 3 de marzo de 1983, se realizó el segundo fusilamiento dispuesto por los aludidos Tribunales de Fuero Especial, como consecuencia de lo cual murieron los señores: Walter Vinicio Marroquín González, Sergio Roberto Marroquín González, Héctor Haroldo Morales López, Marco Antonio González; Carlos Subuyuj Cuc, y Pedro Raxon Tepet;
3. El 22 del mismo mes de marzo de 1983 tuvo lugar el tercero de los fusilamientos dispuesto por tales Tribunales de Fuero Especial, ejecutándose a los señores: Mario Ramiro Martínez González, Rony Alfredo Martínez González, Otto Virula Ayala, Jesús Enrique Velásquez Gutiérrez y Julio César Herrera Cardona; (…)[iii]

Mi indignación e impotencia se acrecentaron con las denuncias de valerosos abogados que se atrevieron a romper el silencio sobre los retorcidos procesos “judiciales” en los que tribunales secretos, conformados por jueces sin rostro sentenciaban a muerte a personas previamente desaparecidas. Era espantoso el hecho de que un día cualquiera detenían a alguien, el tiempo pasaba sin que sus familiares pudieran saber su paradero y volvían a escuchar su nombre junto con las palabras “condenado a muerte”. Y tras la ejecución, los cadáveres eran escamoteados. Ignoro si a la fecha, sus familias pudieron recuperar sus restos.

Las denuncias y las condenas internacionales no se hicieron esperar. Entidades como Amnistía Internacional, Pax Christi, Consejo Mundial de Iglesias, America´s Watch, el Tribunal Permanente de los Pueblos, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, el Parlamento Europeo, el Consejo Nacional de Iglesias de los Estados Unidos, entre otras muchas, se pronunciaron acusando al régimen ríosmonttista de violar los derechos humanos. 

Ante eso, tal como sucedía con la incoherencia en el sistema legal prevaleciente en el país, compuesto por leyes que reconocían y garantizaban los derechos humanos y por otras que eran su total negación, en política exterior también se observaba el doble discurso. De manera que para “lavarse la cara”, la Cancillería invitó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a visitar el país (visita in loco, una de sus facultades para supervisar la situación en los países), y esta instancia envió una delegación en septiembre de 1982, aproximadamente una semana después de los primeros fusilamientos.

Cuando la delegación de la CIDH arribó al país en septiembre de 1982 y manifestó su preocupación por los fusilamientos, Ríos Montt le respondió:

No son los últimos (los fusilamientos). Son los primeros. Antes aparecían en las calles los cadáveres de las personas ejecutadas. Cada quien mataba a quien quería matar. Los tribunales no hacían justicia. Viendo que no se hacía justicia cada cual mataba por su cuenta. Al asumir la Presidencia yo asumí la responsabilidad de los juicios. Es para sentar precedentes jurídicos…

Como producto de esta visita, la CIDH publicó su segundo Informe sobre la situación de los derechos humanos en Guatemala en 1983, que se ha venido citando. En su texto, estableció una serie de defectos procesales de los TEF, a saber:

a) Su competencia era demasiado amplia ya que abarcaba no sólo los delitos políticos y los delitos comunes conexos con los políticos, sino que se extendió a todos los delitos comunes tipificados en los Títulos VII, XI, y XII del Libro 2 del Código Penal;

b) La punibilidad era excesiva ya que no solo se duplicó la pena señalada en la ley respectiva, sino que se aplicó la pena de muerte a un gran número de delitos que anteriormente no estaban castigados en forma tan severa;

c) Nunca se supo el número de Tribunales Especiales ni su jurisdicción territorial;

d) Establecieron un Fuero Especial exclusivo desconociendo otros factores determinantes de la competencia;

e) Los miembros de los Tribunales Especiales podían ser abogados u oficiales del Ejército designados por el Presidente. Sin embargo, se desconoce si el dichos tribunales ha intervenido abogados o únicamente oficiales del Ejército;

f) El término de instrucción era muy breve y restringía la posibilidad de una defensa adecuada;

g) La sentencia se fundamentaba en muchos casos en la confesión que no siempre era libre y espontánea. Muchos detenidos comunicaron a la Comisión haber sido torturados;

h) Las sentencias se dictaron en conciencia y, por tanto, se desconocen los fundamentos jurídicos de la condena. De allí que las pruebas no se valorasen según las reglas de la sana crítica, sino según el íntimo convencimiento de los juzgadores;

i) El ejercicio de la acción estaba a cargo de Fiscales Especiales nombrados por el Presidente que podían ser abogados u oficiales, desconociéndose su identidad;

j) Los Tribunales eran secretos;

k) En general, no se observaban las garantías procesales mínimas del debido proceso, ni se permitía a los acusados defenderse en forma adecuada.

Asimismo, la CIDH fue contundente en sus apreciaciones

36. La Comisión quiere dejar expresa constancia de que tales procesos, llevados a cabo sin respetar las garantías mínimas del debido proceso, constituyeron una verdadera farsa, y que se realicen donde se realicen esa clase de juzgamientos, al desnaturalizar las instituciones jurídicas nominando jueces a quienes no lo son, defensores a quienes no defienden; Ministerio Público a quienes no persiguen obtener una pronta, cumplida y ejemplar administración de justicia; y Tribunales de Justicia a cortes marciales sin independencia ni imparcialidad que funcionan en secreto bajo consignas militares, lo que en realidad se hace es todo lo contrario, esto es, atropellar la justicia.

En ese tiempo, con el mundo de cabeza y perdidos los significados más profundos de la vida en sociedad, el dictador Ríos Montt proclamó ante la CIDH:

Yo soy el que hace las leyes. Le garantizo al pueblo un uso justo la fuerza. En vez de cadáveres en las calles, vamos fusilar a los que cometan delitos. Soy Presidente, aunque de facto; pero yo digo que soy mayordomo porque ahora mi tarea es limpiar la casa…

(Continuará)

* El epígrafe fue tomado de una noticia publicada por el periódico mexicano El Día,  del 15 de febrero de 1983, titulada Tribunales de Fuero Especial, una necesidad social, jurídica y moral. Efraín Ríos Montt, con base en información suministrada por EFE, Prensa Latina y Enfoprensa que citan su mensaje dominical.


[i] Las citas subsiguientes, a menos que se indique lo contrario, son de Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Segundo informe sobre la situación de los derechos humanos en Guatemala. Washington, D.C., CIDH, 1983.
[ii] Fusilados en Guatemala tres civiles y dos militares http://elpais.com/diario/1983/03/22/internacional/417135614_850215.html
El Papa viaja al 'volcán centroamericano' Gran tristeza de la Iglesia de Guatemala por la ejecución de seis personas en vísperas de la visita de Juan Pablo II. El nuncio asegura que el Papa había intercedido en favor de los condenados http://elpais.com/diario/1983/03/04/internacional/415580402_850215.html
[iii] Capítulo III. Resoluciones relativas a casos individuales. Resolución Nº 15/84. Casos Nº 8094, 9038 y 9080 (Guatemala) 3 de octubre de 1984, en Informe anual de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos 1984-1985. http://www.cidh.oas.org/annualrep/84.85sp/Guatemala8094.htm