sábado, 24 de octubre de 2015

No al voto pro militares



Más harta y más asqueada que nunca, estoy otra vez masticando piedras mientras contemplo un panorama desolador si se quieren hacer realidad las aspiraciones de un país justo, democrático, en paz, con ciudadanos y ciudadanas considerados dignos e iguales en derechos en la diversidad, con equidad

Soñar no cuesta nada. Después de la llamada primavera democrática, con la plaza rebosante de gente semana tras semana, era de suponer que las cosas iban a ser distintas. Tendríamos elecciones legítimas, con una participación ciudadana masiva, informada, responsable, seria, no manipulada; debates de altura sobre programas de gobierno con objetivos beneficiosos para las mayorías sempiternamente relegadas; una campaña respetuosa de la inteligencia ciudadana, veraz, equilibrada, en igualdad de condiciones para los contendientes y unas candidaturas intachables. De haber sido de este modo, el dilema de hoy sería cómo escoger entre dos magníficas propuestas y no votar o no votar o cuál es el o la menos peor, sabiendo que en mayor o menor grado llevamos las de perder.

Sin embargo, Guatemala no es fácil. El movimiento ciudadano no logró romper los candados puestos por los poderosos para evitar que se pospusieran las elecciones y que se reformara la ley electoral, como mínimo, para crear condiciones propicias para la realización de un proceso limpio, con candidaturas capaces de responder a nuestras más altas aspiraciones. Por otra parte, al desnudarse la porquería en la que están inmersos los “políticos” y sus partidos - franquicias, como los clasificó la CICIG, las elecciones se constituyeron en un rito carente de sentido para muchísima gente que no participó o anuló el voto. El nefasto resultado de un proceso viciado, efectuado en las peores condiciones imaginables, está a la vista.

De modo que, a pocas horas de la segunda vuelta, estoy en el descomunal esfuerzo de digerir que en el mismo año, en el mismo país y con la misma gente, se den dos hechos aparentemente incompatibles: la defenestración de un militar corrupto, ladrón y mentiroso –además, presunto genocida, torturador y desaparecedor, lo que no se contó en este cuento- y la elección de un gracioso don nadie racista y misógino, apoyado por una pandilla de militares iguales y hasta peores que el que en mala hora ocupó la presidencia, también señalados por su participación en los crímenes de lesa humanidad que causaron incontables víctimas y dejaron una cauda de dolor que continúa afectando a buena parte de la sociedad guatemalteca.

Asumiendo que, en una sociedad acostumbrada a su violencia e impunidad, las atrocidades cometidas por estos criminales no importan ni provocan rechazo hacia sus perpetradores, después de lo vivido en 2015 es paradójico, absurdo, incoherente, que se vote por un partido fundado por ellos pese a que les vincula con la defraudación aduanera y toda clase de negocios ilícitos, justamente la razón por la que fueron echados de sus puestos la 2 y al dueño de la finca, quienes están siendo procesados junto con otros militares implicados.

¿Por qué no se pudo ir más allá de la renuncia de Pérez y Baldetti? ¿Por qué no se pospusieron las elecciones ni se cambiaron las reglas para evitar este proceso espurio y su disyuntiva perversa en la segunda vuelta? Además de los factores embajada gringa y CACIF, tras muchos años de silencio y pasividad, con la gente que salió a las calles también manifestaron la fragmentación de la sociedad guatemalteca en compartimientos estancos, la ausencia de liderazgos consolidados, aceptados y legitimados, más bien lo que se observó fue su rechazo; el distanciamiento y descalificación de lo que ese contexto se identifica como izquierda y derecha (ambas son la misma cosa, se les mete en el mismo saco y son objeto de igual repudio); y el absoluto rechazo de mucha gente a la política, cuando paradójicamente estaba participando en el proceso más político de los últimos años. Estos elementos probablemente impidieron que la fuerza cuantitativa expresada en calles y plazas se constituyera en un factor de cambio cualitativo, con presencia reconocida y legitimada en los espacios de poder y capacidad de interlocución e incidencia en las decisiones necesarias para que las cosas hoy fueran distintas.

Tratando de ver más allá de este momento aciago y de cosechar algo positivo, quiero creer que en la lucha contra la corrupción, en la que confluyeron las demandas más variadas, desde las más inmediatas hasta las que invocaron la Revolución, se depositó la simiente de un país distinto. Al no querer más “eso”, que se volvió tan pesado y repugnante, por un breve tiempo prendió en decenas de miles de cabezas la idea que ha alentado –y sigue alentando- las acciones de muchas personas históricamente en nuestro país, incluyendo a las víctimas de los terroristas uniformados: el cambio.

Pero para que el cambio tome cuerpo y se defina qué se quiere y cómo se va a lograr, es necesario pasar de la participación individualista y atomizada a la articulación de colectividades capaces de reconocerse y respetarse mutuamente en la diversidad cultural, étnica, de género, política, de clase y procedencia geográfica.

Ojalá sin exclusiones, racismo ni autoritarismo, con memoria histórica, manteniendo la guardia en alto contra la política permanente de “divide y vencerás” y sus efectos perversos en los movimientos políticos populares, hay que hacer el camino para remontar la desarticulación y construir el o los partidos políticos alternativos a las franquicias que dominan el escenario. Son desafíos ineludibles para dejar atrás la podredumbre que se reveló este año en toda su magnitud y crudeza. Afrontarlos tomará tiempo y esfuerzos de muchas personas y muchos sectores articulados, al tiempo que se deberán superar las secuelas de décadas de terrorismo estatal. Cuatro meses de lluvia ciudadana no borraron las huellas de la persecución y aniquilamiento de quienes ejercieron algún grado de oposición al poderío castrense y la destrucción de sus organizaciones, mediante la ejecución de planes dirigidos e implementados precisamente por los militares que hoy esperan mantener su impunidad gracias a la llegada de su candidato a la presidencia.

Con este proceso espurio, como tantos otros en Guatemala, los grandes decisores guardaron las formalidades de un supuesto Estado de Derecho, que les importa solo cuando se trata de contener el cambio, y mantuvieron una institucionalidad hueca basada en leyes muertas escritas sobre papeles sucios. Esto quiere decir que habrá más de los mismos criminales corruptos ocupando puestos de poder durante los próximos cuatro años. 

No obstante los razonamientos, la mirada puesta más allá de mañana, más allá del próximo período presidencial, y diciéndome a mí misma “qué esperabas, así es Guatemala, un país de bordes afilados, un manojo de espinas”, si gana el candidato, además de que los militares delincuentes seguirán gobernando, obteniendo favores y manteniendo privilegios (impunidad, por ejemplo), lo peor, lo doloroso, lo que hoy me envenena, es suponer que los desaparecedores, torturadores y asesinos de mi hermano se van a beneficiar con ello.

Por eso, con dignidad, no solo voto por la candidata, por la menos peor, sino que voto contra los militares.

domingo, 4 de octubre de 2015

Se acerca el 6 de octubre



Despierto de repente. El corazón me golpea con fuerza. Algo malo sucede; dentro de mí es nuevamente 1981.

El 4 de octubre, un domingo como este hace 34 años, dolida pero resignada ante la desaparición de Emma, con Héctor (mi cuñado, asesinado a golpes concienzudamente infligidos por el glorioso en febrero de 1984) decidimos que era el momento de avisarles a mi mamá y mi papá.

La buscamos desde el 27 de septiembre, el día que no llegó a su casa. En mis adentros, estaba segura de que había caído, pero quería alguna prueba. Esta llegó cuando la reconocieron en un yip militar pese a la peluca y los anteojos oscuros que la obligaban a ponerse. Años más tarde, de su voz rota, a tropezones y omitiendo hechos –como las repetidas violaciones y otras torturas a las que la sometieron los valientes que la tuvieron prisionera- me enteré que la sacaban maniatada para que entregara gente y casas. La imagino silenciosa, compungida, poniendo la cara para que alguien la viera en medio de los custodios -uno a cada lado, otro adelante y el chofer- que, como si llevaran a una fiera, portaban ametralladoras y granadas.

“Dolida pero resignada”. Quiero detenerme en esa expresión, sobre todo en la segunda palabra, porque estar dolida es lo que procede cuando tu hermana presuntamente desapareció a manos del ejército, lo que equivalía a la tortura y a la muerte tanto para quienes se llevaban –que lo sufrían en su propio cuerpo- como para quienes quedábamos de “este lado”, marcados para siempre por la ausencia.

Entre el repertorio de emociones humanas ante la muerte o su conjetura, el dolor es lo que sentimos después de la incredulidad. Más tarde pueden llegar, quizá tumultuosamente, la rabia, la culpa y también la resignación si el fallecimiento se debe a una larga y penosa enfermedad. El contexto y las circunstancias van dictando en cierto modo nuestras reacciones. O sea, no es fácil; cualquiera que ha sufrido una pérdida puede dar clases al respecto, como intentó hacerlo un gallardo oficial de la G2 al querer comparar su sufrimiento, porque se le había muerto el perro, con el provocado por la desaparición de Marco Antonio cuando mis papás le preguntaron por su niño.

Pero, ¿resignada ante una desaparición? La muerte o la desaparición forzada habían sido convertidas en un final lógico de las vidas de las personas opositoras, desafiantes, que se atrevían a desobedecer el mandato de sumisión dictado por los militares y todo el aparato de poder. La naturalización de la sentencia de aniquilamiento de tales objetos extraños se dio en una sociedad, manipulada por el terror, “educada” para la aceptación de las peores injusticias, mediante la eficaz didáctica de la tortura inscrita en los cuerpos mutilados, a veces irreconocibles, que aparecían a las orillas de carreteras y caminos o aparecían flotando en los ríos –el Motagua teñido de sangre.

De esta forma, perversa y brutalmente malintencionada, que quienes nos “metíamos a babosadas” sufriéramos esta clase de castigo se convirtió en una institución socialmente aceptada, un hecho normal establecido en una relación causa - efecto. La desaparición forzada llegó a admitirse socialmente como un tormento merecido y hasta propiciado por las propias víctimas “mounstrificadas” por campañas ideológicas a las que se sumaban los medios, las iglesias, la escuela y demás instancias reductoras de cabezas, uniformadoras de sentimientos, controladoras de decisiones ciudadanas, que funcionaban a la par de los letales cuerpos represivos.

Por mi parte, me sumé a ese consenso al asumirlo como un riesgo igualmente normal, un gaje del oficio. En cierto modo, caí en la trampa del dar la vida por la patria; más tarde entendí que una cosa es darla en buena lid y otra, muy distinta, que te la arrebaten con la crueldad e ilegalidad de las que hicieron gala los represores.

¿Cuánta gente pensaba de esa manera?

Desciudadanizadas, las personas opositoras eran monstruos aniquilables de las peores formas o héroes y heroínas que tenían que caer “para que no cayera la esperanza”, como cantó el poeta. No eran ni unos ni otros. Desde otra perspectiva, las víctimas fueron personas a las que se les violaron sus derechos humanos, entre estos, los políticos al verse obligadas a desarrollar su actividad opositora en circunstancias altamente peligrosas debido a la persecución desatada por los cuerpos represivos. Al ser asesinadas o desaparecidas en razón de su afiliación e ideología, fueron violados sus derechos a la vida, la libertad e integridad personales, entre otros muchos.

Asumir esa visión de la vida en sociedad, sentir, pensar y aceptar que cualquier actividad política trae consigo el riesgo de perder la vida, hizo posible no solamente que las desapariciones forzadas, los asesinatos políticos y las masacres sucedieran decenas de miles de veces en Guatemala -un genocidio que sigue siendo negado oficial y socialmente de manera pasmosa- sino también asegurar la impunidad de los perpetradores.

Pero si la desaparición forzada de Emma y la de cualquiera que estuviera “metido en babosadas”, incluyéndome, era un hecho normal que probablemente sucedería tarde o temprano, lo que le hicieron a mi hermano jamás se cruzó por mi mente porque él no estaba en nada. Después de haber quemado la embajada de España con toda la gente que había adentro, los creí capaces de cualquier cosa, entre esas cosas nunca incluí la desaparición de Marco Antonio.

Inesperado, brutal, devastador, fue entonces el impacto de lo sufrido por mi hermano. Un impacto que se ha multiplicado al infinito por la circunstancia de que él era aún un niño, por la espera tan larga, por la falta de justicia, por el cínico negacionismo revictimizador de los perpetradores.

Estos días, como cada año, re – vivo lo sucedido, me indigno y renuevo mi propósito vital: si no lo encontré, si no pude regresarlo a la vida de la que fue sustraído, si no pude volver a abrazarlo y nos impidieron cuidarlo junto con mi familia, lo mínimo que exijo con todas las fuerzas de mi alma es que se le haga justicia y que nos devuelvan sus restos para sepultarlos dignamente.

Y repito, no me canso: que nunca más lleguen los militares al poder.