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lunes, 9 de mayo de 2016

Nota informativa No. 2: Otro 10 de mayo sin mi hijo Marco Antonio


Gracias a la Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (UNAMG) por la preciosa imagen.
Jamás olvidaré la sonrisa de mi hijo, Marco Antonio.   

Él estará en mi corazón por siempre… aún después de mi muerte. 
    

Con mis hijas, en las afueras de la Torre de Tribunales, esperando que se iniciara la audiencia del 19 de abril de 2016, suspendida por el recurso de uno de los acusados.

Tampoco olvidaré cómo los efectivos del ejército me lo arrancaron de los brazos y lo desaparecieron aquel mediodía del 6 de octubre de 1981. Me tortura no haber podido hacer nada por protegerlo en ese momento ni rescatarlo después.

Nunca he podido entender cómo puede haber personas capaces de causar tanto sufrimiento a un niño de tan solo 14 años. Mi hijo estaba en la alborada de su vida, era una promesa para mí, para mi familia, para Guatemala.  No logro imaginar que quienes se lo llevaron de mi casa y de mi vida, después llegaran a abrazar y besar a sus hijos o hijas sin sentirse empequeñecidos por haber cometido un crimen tan cruel y tan perverso. 

Todos estos años he llorado sin consuelo por el daño que le hicieron a mi hijo, pero también por el amor que siento hacia él en mi corazón de madre.

Por eso, por el amor y el sufrimiento que le causaron a él y a nosotros, su familia, aún esperamos… aún luchamos… Hemos transformado el dolor en fortaleza para demandar la verdad de lo que le hicieron, para que nos digan dónde está y exigir que nos entreguen sus restos para sepultarlos dignamente. Solo así, talvez logremos consolarnos aunque sea un poco de nuestro dolor y angustia.

Ahora me sostiene la esperanza de que el sistema legal de Guatemala, que capturó e inició un juicio contra los militares presuntamente responsables de haber desaparecido y matado a Marco Antonio, le dé paso a la justicia y a la verdad que merece mi niño, aunque sea 35 años después.

Emma Theissen Álvarez V. de Molina

jueves, 5 de mayo de 2016

Marco Antonio en nuestras vidas

Agradecemos la solidaridad de nuestras amigas de laCuerda por publicar este artículo en su edición 188, disponible en http://www.lacuerdaguatemala.org/
Abajo está la versión en html.




El 27 de septiembre de 1981, Emma Molina Theissen, de 21 años, fue detenida ilegalmente en un retén militar en Santa Lucía Utatlán porque portaba documentos de una organización política opositora clandestina. Prisionera en el cuartel Manuel Lisandro Barillas, de Quetzaltenango, fue interrogada y torturada salvajemente por hombres de la G2, la inteligencia militar. Huyó tras nueve días de cautiverio en los que sufrió hambre, sed y violaciones. Como represalia, al día siguiente, nuestro hijo y hermano Marco Antonio, un niño de 14 años, fue capturado ilegalmente y desaparecido hasta el día de hoy, también por agentes de la G2. Le sobrevivimos sus tres hermanas y su madre. 

Después de 34 años y tres meses de perpetrados los crímenes y a casi 17 de haber sido interpuesta la demanda penal, en 1999, el 13 de enero de 2016 la jueza quinta de primera instancia, Judith Secaida, encontró indicios suficientes para ligar a proceso a cuatro militares de alto rango por delitos contra los deberes de humanidad y desaparición forzada; además, fijó un plazo para completar la investigación. Mientras tanto, los ahora presuntos responsables guardan prisión en el cuartel Mariscal Zavala. Pronto sabremos si se va a juicio.

En esta segunda fase de la búsqueda de justicia para Marco Antonio –la primera fue entre 1981 y 1983- se interpusieron dos habeas corpus y se inició un proceso especial de averiguación. Asimismo, en 1998 elevamos una petición a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y, en 1999, nos adherimos a la demanda de Rigoberta Menchú ante la Audiencia Nacional de España. 

El proceso internacional culminó en 2004, cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió sus sentencias (fondo, 4 de mayo; y reparaciones y costas, 3 de julio) condenando al Estado por haber violado, entre otros, los derechos a la vida, la libertad y la integridad personales de Marco Antonio; entre otras reparaciones, le ordenó investigar, enjuiciar y castigar a quienes resultaran responsables. Aunque esto debió ser cumplido mucho antes, no fue sino hasta ese día de enero que se dio este primer paso efectivo hacia la justicia, lo que fue favorecido no solamente por nuestra persistencia, sino también por el compromiso de las Fiscales Generales y el trabajo de abogados y fiscales del Ministerio Público.

Acabar con la impunidad en estos casos ha estado fuera de la agenda nacional. Son escasos los procesos y demasiadas las personas muertas o desaparecidas. Por eso, a la falta de voluntad política opusimos la voluntad de justicia.

Conscientes de los riesgos, vencimos el temor afirmándonos en nuestros derechos. Sin justicia, un derecho indiscutible, básico, estos son imposibles.

Al mandato de olvido, respondimos con memoria amorosa y lealtad al recuerdo de nuestro hijo y hermano.

Desobedecimos la orden de silencio denunciando, hablando y escribiendo sobre lo sucedido. 

Contrarrestamos la frustración y la aparente inutilidad de los esfuerzos realizados con la terquedad y la convicción de que la justicia es el único remedio posible para hechos tan injustos y atroces.

Hicimos a un lado que esta deja de serlo si no es pronta. 

Al desgaste emocional y las frustraciones derivadas de los ires y venires kafkianos de un proceso entrampado durante décadas, opusimos la dignidad y nuestra decisión absoluta de que las atrocidades perpetradas en los cuerpos y en las vidas de Emma y Marco Antonio –y en las nuestras- no deben quedar impunes.

Sobrellevamos el dolor y la rabia gracias al amor a Marco Antonio, un sentimiento sepultado bajo la amargura durante un largo tiempo que no se acaba en él, se extiende a Guatemala, a su gente que lucha, a la vida.

Asumiendo las limitaciones del sistema de (in)justicia prevaleciente en Guatemala, que nuestro tiempo individual no es el tiempo social y que nuestra voluntad es ínfima frente a la del poder, hemos perseverado pacientemente en la búsqueda de la justicia porque es el único medio para hallar la verdad sobre los responsables materiales e intelectuales de lo sucedido a Emma y Marco Antonio, el paradero de nuestro niño y recuperar sus restos para sepultarlo dignamente. Somos conscientes de nuestros derechos. Seguiremos haciendo todo lo que esté en nuestras manos para conseguirlo. 

En condiciones adversas, sin más esperanza que la de no claudicar -así, cada avance es un triunfo- la presencia de nuestra madre ha sido fundamental. Ella, con su callada firmeza y su fortaleza descomunal, ha decidido cada paso. Cuando le pedí representarla como querellante adhesiva, lo es gracias a un amparo presentado en 2011 ante la Corte Suprema de Justicia, su tajante respuesta fue “no, yo quiero verlos a la cara”. 

En este difícil proceso no estamos solas, como en 1981. Nos acompañan abogados y psicólogos, el movimiento de derechos humanos nacional e internacional y la solidaridad de quienes anhelan justicia para Guatemala; contamos con un MP comprometido y la posibilidad de tener jueces/as honestos.

Volver sobre lo sucedido jamás ha sido fácil. Estar en un tribunal tampoco lo será. Pero hoy, más unidas que nunca, sabedoras de la justeza de nuestras demandas, luchamos por la justicia para Marco Antonio, Emma y todas las víctimas del pasado reciente.

Publicado en laCuerda en su edición 188, disponible en http://www.lacuerdaguatemala.org/
 


sábado, 28 de noviembre de 2015

35 noviembres sin usted



Querido Marco Antonio, amor de mi vida, amargo y duro, ausencia que corroe mis entrañas y, sin embargo, amor:

Se acerca el 30 de noviembre, una fecha agridulce en la que durante un tiempo demasiado corto festejamos su cumpleaños. Este serían 49, ¿verdad?, de una existencia muy plena y feliz si le hubieran dejado vivirla.

Quisiera celebrar sin lastres y echar el alma al vuelo porque tuve un hermano como usted, como todos los hermanos y hermanas, a quienes se les quiere porque son los nuestros. Pero, ¿a quién se recuerda en el cumpleaños de un desaparecido o desaparecida? ¿Para quién es mi abrazo? ¿A quién sigo queriendo tras los 34 años transcurridos desde que nos fuera arrebatado por el odio? ¿Celebro por trigésima quinta vez sus 14 años o los 49 del hombre que no le dejaron ser? ¿Celebro su vida o lloro una vez más por su ausencia? ¿Es una fecha feliz o es otra de esas que se me clavan en el alma cuando me acerco a mis abismos?

El 30 de noviembre es todo eso ineludiblemente. En esa fecha, en 1966, usted llegó a una familia que lo amó absoluta e incondicionalmente, de la forma en que deben ser amados todos los niñas y niñas del mundo. Guardo retazos de ese día, seguramente ventoso, soleado y fresco, como eran entonces los noviembres. Mi mamá bañándose a las cuatro de la mañana. Su amplio blusón de tela a cuadros blanco y negro con un botón grande, brillante, en el cuello. La prisa para alistar a las tres niñas y subirlas al carro de un vecino que nos dejó donde doña Julia y se la llevó a ella al “materno”, el hospital del IGSS donde nació varias semanas después de la fecha en la que era esperado (¿se negaba a venir a este mundo, a ese país donde lo hicieron víctima de uno de los crímenes más repudiables?). Después de un día o dos, el regreso a la casa, a esperarlos. Y verlo a usted por primera vez, un muñequito de carne y hueso parecido al de los juegos, excepto por el color de los ojos.

Bien recibido, bien amado, bien cuidado y consentido al inicio de su vida tan breve y durante sus años tan escasos -no llegó a cumplir los 15, al menos no con nosotros, su familia-, ese tiempo ahora se suma a los 34 de no-vida, una tortura permanente para quienes quedamos de este lado, que seguimos respirando pese a la sombra en la que se transformó cuando el tiempo de su ausencia superó al que estuvo con nosotros con el paso de los días, los años, las décadas.

Si hubiera sabido que iban a ser tan pocos, hubiera atesorado los recuerdos de cada 30 de noviembre y los de cada día que lo tuvimos con nosotros. Guardaría cada palabra dicha por usted, desde la primera hasta la última, antes de que los cobardes que se lo llevaron le sellaran la boca y lo engrilletaran al sofá. Cada gesto, cada lágrima y cada momento de alegría estarían junto con sus dientes de leche, sus dibujos, cuadernos y juguetes. Cada cosa que pasó por sus manos sería parte de esa preciosa carga.

No fue así. Esos silencios largos con los que me responde la memoria cuando la interrogo acerca de su vida me obligan a sondear bajo capas y capas de amargura y desesperanza para extraer alguna huella de su paso por mí, algún momento para endulzar este día que, como todo lo suyo, está envuelto en tristeza.

El año pasado, por primera vez en todo este tiempo, nos reunimos para su cumpleaños. Fue imposible dejar afuera la tristeza, pero logramos vernos a los ojos, decir su nombre en voz alta, cantarle el “feliz cumpleaños” y abrazarnos sin caernos a pedazos.

Este año también celebraremos su vida y nos entristecerá su no vida y, como cada día, reivindicaremos su derecho –y el nuestro- a la verdad y la justicia, que le pertenecen por entero y que siguen desaparecidas junto con sus restos.