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sábado, 7 de noviembre de 2015

La desaparición forzada es una tortura continua


Para Rosario y Lucía, que a este han sumado otros dolores.

Dolor que me ve desde mis ojos…

Es un hecho indudable que la desaparición forzada trae consigo sufrimiento para la víctima directa.

Por los testimonios de personas que han sufrido desaparición y se reintegran a la vida, se conoce de los inenarrables tormentos físicos y psicológicos a que son sometidas las víctimas en los lugares clandestinos de detención. En este sentido, es posible afirmar sin lugar a dudas que los Estados responsables de este delito violan los artículos 1o., 2o., 12o., 13o. y 14o. de la Convención Contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos y Degradantes.[i]

Compañero dolor, forma y sustancia de mi vida, que hoy se vuelve gemido en mis entrañas, ensombrece los cielos de noviembre y cuelga en gotas que no caen de mis párpados.

En Guatemala, en los casos de desaparición forzada por motivos políticos perpetradas en los años del terrorismo estatal, para obtener la colaboración de las y los opositores, los represores se proponían quebrar a las víctimas, anular su dignidad e identidad para destruirlas como personas, lograr su aniquilamiento psicológico y vencer su resistencia mediante el sometimiento a tormentos físicos y psicológicos, entre ellos, presenciar la tortura infligida a otras personas, aún de su propia familia.

Piedra que pesa, tormenta, remolino, alfaque que me arrastra violento hasta mis pesadillas, que me cierra los ojos ante la luz del día.

No se puede entender más que como tortura que la persona desaparecida fuera

(…) sometida a una deprivación sensorial y motriz generalizada (manos atadas, ojos vendados, prohibición de hablar, limitación de todos los movimientos), en condiciones de alimentación e higiene subhumanas, sin contacto con el mundo exterior, que no sabe dónde está aunque a veces pueda adivinarlo, y que sabe que afuera no saben dónde está él [o ella], con absoluta incertidumbre sobre su futuro. 'Nadie sabe que estás acá', 'Vos estás desaparecido', 'Vos no existís, no estás ni con los vivos ni con los muertos.[ii]

¿Cómo sería mi existencia sin este dolor punzante, sin esta herida abierta en el costado, sin este agujero negro en el que caigo cada madrugada cuando, insomne, me convierto en el fantasma de mí misma?

La dimensión de la desaparición forzada como tortura fue reconocida, en primer término, por el Grupo de Trabajo sobre las desapariciones forzadas o involuntarias de la ONU, en su informe de 1983:

El hecho mismo de estar detenido como persona desaparecida, aislado de la propia familia durante un largo período, constituye ciertamente una violación del derecho a un régimen humano de detención y se ha presentado ante el Grupo como tortura.[iii]

¿Qué es mi vida sin este sufrimiento?
¿Qué sería de mí si un día como hoy, de nublazones de alma y oscurecidos, 
lentos segundos, desapareciera el ceño fruncido de mi frente 
y se abriera la mano que oprime mi garganta?
¿Sería yo la misma que ahora escribe estas palabras tristes?

Años después, este enfoque fue asumido por el relator especial sobre la cuestión de la tortura y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes, Nigel Rodley, en un informe presentado a la Asamblea General de la ONU, 2001, al afirmar que esta

(…) “constituye una violación de las normas del derecho internacional que garantizan a todo ser humano, entre otras cosas, el derecho al reconocimiento de su personalidad jurídica, el derecho a la libertad y a la seguridad de su persona y el derecho a no ser sometida a torturas ni otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes. Viola, además, el derecho a la vida, o lo pone gravemente en peligro”. (… ) Así pues, la cuestión de las desapariciones forzadas es sumamente pertinente al mandato del Relator Especial, que desea aprovechar esta oportunidad para recordar a la Asamblea General los vínculos que existen entre estas dos graves violaciones de los derechos humanos, en particular teniendo en cuenta las conclusiones a que han llegado otros mecanismos de derechos humanos.[iv]

Cuando llega el dolor, es absoluto, insondable, omnipotente, imbatible.
Entonces, de rodillas, me hunde en la desgracia.

Además, “la desaparición de un ser querido también significa tortura psicológica para su familia. Esta crea, como efecto inmediato, una situación de angustia sostenida causante de profundas transformaciones en la vida y la psique de los afectados.”[v]

Dolor sepultado bajo la piel, los años, la sonrisa,
corriente subterránea que me asalta y me sumerge en mis profundidades.

Al respecto, el GTDF en el párrafo I36 del informe citado consigna lo siguiente:

En el plano familiar, el informe describe los efectos de la desaparición como un estado de conmoción persistente, de crisis latente y prolongada, en el que la angustia y el dolor causado por la ausencia de la persona amada continúa indefinidamente. La fase del duelo y el dolor afectivo es esencial para una adaptación personal a la pérdida, y en los casos de las personas desaparecidas eso no llega a conseguirse, ya que no se tiene conocimiento de que la persona haya muerto y por tanto esos ajustes son muy difíciles.

Dolor clandestino, silenciado, que hubo que esconder de las miradas,
los abrazos y la policía, como una vergüenza o un delito.

Por su parte, Rodley afirma que la desaparición forzada:

Se trata de un acto intencional que afecta directamente a los familiares cercanos. Se dice que los funcionarios públicos, perfectamente conscientes de que sumen a la familia en la incertidumbre, el temor y la angustia con respecto a la suerte de sus seres queridos, mienten maliciosamente a esos familiares para castigarlos o intimidarlos a ellos y a otros..

Invisibilizado, incomprendido dolor.

Al inicio, uno que se alargó por diez y más años, el desconocimiento del paradero y estado de mi hermano me hizo torturarme pensando en todo lo que podría estar sufriendo. Las preguntas sin respuesta iban desde qué estaría comiendo, si tendría frío, hasta qué clase de torturas estaría sufriendo. Ese torturante “no saber” fue llenado por fantasías angustiosas, también torturadoras. Me encerró en una pesadilla aterradora que minó mis energías vitales y dio lugar a padecimientos diversos.

Dolor implacable, corpóreo e incorpóreo, dolor que se transmuta en
larga enfermedad o muerte fulminante.
Dolor agotador, despiadado dolor que me clava sus garras afiladas.
Dolor amargo.

En su sentencia del 4 de mayo de 2004 en el caso Molina Theissen Vs. Guatemala, la Corte Interamericana de Derechos Humanos concluyó que,

40.6. Entre 1979 y 1983, período que coincide con la agudización del conflicto interno guatemalteco, los niños y las niñas estuvieron expuestos a multiplicidad de violaciones a sus derechos humanos, siendo víctimas directas de desapariciones forzadas, ejecuciones arbitrarias, torturas, secuestros, violaciones sexuales y otros hechos violatorios a sus derechos fundamentales.  Las amenazas y torturas a las que los sometieron fueron utilizadas como una forma de torturar a sus familias, lo cual tuvo un carácter de terror ejemplificante para éstos;

En el art. 1 de la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes se define este delito en los siguientes términos:

Para los efectos de la presente Convención se entenderá por tortura todo acto realizado intencionalmente por el cual se inflijan a una persona penas o sufrimientos físicos o mentales, con fines de investigación criminal, como medio intimidatorio, como castigo personal, como medida preventiva, como pena o con cualquier otro fin. Se entenderá también como tortura la aplicación sobre una persona de métodos tendientes a anular la personalidad de la víctima o a disminuir su capacidad física o mental, aunque no causen dolor físico o angustia psíquica.

Dolor que no elegí.
Dolor injusto que se apropió de mí, ininteligible sufrimiento.


La tortura sufrida por la desaparición forzada de Marco Antonio se ha prolongado 34 años. Esta se debe no solamente a su ausencia y su muy probable muerte en circunstancias injustas, sino también a la impunidad de los responsables por el ocultamiento de la verdad de lo sucedido y la imposibilidad de recuperar sus restos.

Y, sin embargo,



Dolor digno que se niega a claudicar, que demanda justicia. 
Dolor memoria que busca, que no cierra los ojos.





[i] La desaparición forzada de personas en América Latina, en http://www.derechos.org/koaga/vii/molina.html#N_73_
[ii] Kordon, Diana; Edelman, Lucila. Efectos psicológicos de la represión política. Buenos Aires, Editorial Sudamericana-Planeta, 1988.
[iii] Informe del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas e Involuntarias, de 1982, párrafo 131, en http://www.ohchr.org/SP/Issues/Disappearances/Pages/Annual.aspx
[iv] Informe sobre la cuestión de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, presentado por Sir Nigel Rodley, relator especial de la antigua Comisión de Derechos Humanos, a la 55ª. Reunión de esta instancia, disponible en
[v] Supra, nota 1.

domingo, 4 de octubre de 2015

Se acerca el 6 de octubre



Despierto de repente. El corazón me golpea con fuerza. Algo malo sucede; dentro de mí es nuevamente 1981.

El 4 de octubre, un domingo como este hace 34 años, dolida pero resignada ante la desaparición de Emma, con Héctor (mi cuñado, asesinado a golpes concienzudamente infligidos por el glorioso en febrero de 1984) decidimos que era el momento de avisarles a mi mamá y mi papá.

La buscamos desde el 27 de septiembre, el día que no llegó a su casa. En mis adentros, estaba segura de que había caído, pero quería alguna prueba. Esta llegó cuando la reconocieron en un yip militar pese a la peluca y los anteojos oscuros que la obligaban a ponerse. Años más tarde, de su voz rota, a tropezones y omitiendo hechos –como las repetidas violaciones y otras torturas a las que la sometieron los valientes que la tuvieron prisionera- me enteré que la sacaban maniatada para que entregara gente y casas. La imagino silenciosa, compungida, poniendo la cara para que alguien la viera en medio de los custodios -uno a cada lado, otro adelante y el chofer- que, como si llevaran a una fiera, portaban ametralladoras y granadas.

“Dolida pero resignada”. Quiero detenerme en esa expresión, sobre todo en la segunda palabra, porque estar dolida es lo que procede cuando tu hermana presuntamente desapareció a manos del ejército, lo que equivalía a la tortura y a la muerte tanto para quienes se llevaban –que lo sufrían en su propio cuerpo- como para quienes quedábamos de “este lado”, marcados para siempre por la ausencia.

Entre el repertorio de emociones humanas ante la muerte o su conjetura, el dolor es lo que sentimos después de la incredulidad. Más tarde pueden llegar, quizá tumultuosamente, la rabia, la culpa y también la resignación si el fallecimiento se debe a una larga y penosa enfermedad. El contexto y las circunstancias van dictando en cierto modo nuestras reacciones. O sea, no es fácil; cualquiera que ha sufrido una pérdida puede dar clases al respecto, como intentó hacerlo un gallardo oficial de la G2 al querer comparar su sufrimiento, porque se le había muerto el perro, con el provocado por la desaparición de Marco Antonio cuando mis papás le preguntaron por su niño.

Pero, ¿resignada ante una desaparición? La muerte o la desaparición forzada habían sido convertidas en un final lógico de las vidas de las personas opositoras, desafiantes, que se atrevían a desobedecer el mandato de sumisión dictado por los militares y todo el aparato de poder. La naturalización de la sentencia de aniquilamiento de tales objetos extraños se dio en una sociedad, manipulada por el terror, “educada” para la aceptación de las peores injusticias, mediante la eficaz didáctica de la tortura inscrita en los cuerpos mutilados, a veces irreconocibles, que aparecían a las orillas de carreteras y caminos o aparecían flotando en los ríos –el Motagua teñido de sangre.

De esta forma, perversa y brutalmente malintencionada, que quienes nos “metíamos a babosadas” sufriéramos esta clase de castigo se convirtió en una institución socialmente aceptada, un hecho normal establecido en una relación causa - efecto. La desaparición forzada llegó a admitirse socialmente como un tormento merecido y hasta propiciado por las propias víctimas “mounstrificadas” por campañas ideológicas a las que se sumaban los medios, las iglesias, la escuela y demás instancias reductoras de cabezas, uniformadoras de sentimientos, controladoras de decisiones ciudadanas, que funcionaban a la par de los letales cuerpos represivos.

Por mi parte, me sumé a ese consenso al asumirlo como un riesgo igualmente normal, un gaje del oficio. En cierto modo, caí en la trampa del dar la vida por la patria; más tarde entendí que una cosa es darla en buena lid y otra, muy distinta, que te la arrebaten con la crueldad e ilegalidad de las que hicieron gala los represores.

¿Cuánta gente pensaba de esa manera?

Desciudadanizadas, las personas opositoras eran monstruos aniquilables de las peores formas o héroes y heroínas que tenían que caer “para que no cayera la esperanza”, como cantó el poeta. No eran ni unos ni otros. Desde otra perspectiva, las víctimas fueron personas a las que se les violaron sus derechos humanos, entre estos, los políticos al verse obligadas a desarrollar su actividad opositora en circunstancias altamente peligrosas debido a la persecución desatada por los cuerpos represivos. Al ser asesinadas o desaparecidas en razón de su afiliación e ideología, fueron violados sus derechos a la vida, la libertad e integridad personales, entre otros muchos.

Asumir esa visión de la vida en sociedad, sentir, pensar y aceptar que cualquier actividad política trae consigo el riesgo de perder la vida, hizo posible no solamente que las desapariciones forzadas, los asesinatos políticos y las masacres sucedieran decenas de miles de veces en Guatemala -un genocidio que sigue siendo negado oficial y socialmente de manera pasmosa- sino también asegurar la impunidad de los perpetradores.

Pero si la desaparición forzada de Emma y la de cualquiera que estuviera “metido en babosadas”, incluyéndome, era un hecho normal que probablemente sucedería tarde o temprano, lo que le hicieron a mi hermano jamás se cruzó por mi mente porque él no estaba en nada. Después de haber quemado la embajada de España con toda la gente que había adentro, los creí capaces de cualquier cosa, entre esas cosas nunca incluí la desaparición de Marco Antonio.

Inesperado, brutal, devastador, fue entonces el impacto de lo sufrido por mi hermano. Un impacto que se ha multiplicado al infinito por la circunstancia de que él era aún un niño, por la espera tan larga, por la falta de justicia, por el cínico negacionismo revictimizador de los perpetradores.

Estos días, como cada año, re – vivo lo sucedido, me indigno y renuevo mi propósito vital: si no lo encontré, si no pude regresarlo a la vida de la que fue sustraído, si no pude volver a abrazarlo y nos impidieron cuidarlo junto con mi familia, lo mínimo que exijo con todas las fuerzas de mi alma es que se le haga justicia y que nos devuelvan sus restos para sepultarlos dignamente.

Y repito, no me canso: que nunca más lleguen los militares al poder.