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lunes, 12 de mayo de 2014

La breve primavera de la justicia



Llueve a torrentes. Es mayo nuevamente. El 10 celebramos la breve primavera de la justicia iniciada por la sentencia del juicio por genocidio que condenó al general Efraín Ríos Montt a ochenta años de prisión por este crimen de lesa humanidad. Como no podíamos dejar pasar la fecha sin hacer algo, tras un rápido intercambio de correos, un grupo de compatriotas acordamos reunirnos en la plaza de La Cultura y participar de la iniciativa que se desarrolló en muchas otras ciudades.

A las 9:30 de la mañana de este especial Día de la Madre, el aire estaba cuajado de palomas oscuras. Mientras J. estacionaba el carro, me quedé en la acera con dos sillas, dos bancos, una caja con las camisetas conmemorativas y volantes, una pancarta de 2 x 2 del “Ángel que Grita” cedido por su autor (¡gracias, Daniel!), un megáfono colgando de mi hombro y un bolsito de tela diminuto con la cédula de residente por si las moscas.


Mientras pensaba cómo íbamos a llevar todo hasta el otro lado de la plaza, un joven se acercó a curiosear. Desconfiadota, guatemalteca al fin, me apreté el megáfono a la cintura mientras le explicaba que nos aprestábamos a celebrar un año de la sentencia que condenó al genocida a 80 años de prisión y, orgullosa, desplegué la pancarta ante sus ojos. Con su ayuda trasladamos las cosas.

No teníamos ni cinco minutos de estar en la plaza cuando llegó la policía. Sin el permiso de la Municipalidad (¿cuál permiso?) no podríamos poner el ángel ni usar el megáfono. Al igual que el día del plantón frente a la embajada de Guatemala, les explicamos nuestros motivos y uno de los polis le comunicó a su comandanta que “dos femeninas, guatemaltecas, etc.” Guardamos el aparato y, mientras esperábamos la autorización de la señora, enarbolamos el ángel. La gente que pasaba curioseando quizá trataba de descifrar la imagen, adivinar el significado de la palabra genocidio –tan ajeno a esta realidad- o averiguar qué hacía allí la policía.

La comandanta no solamente nos autorizó a quedarnos, también les pidió a los policías que colgaran la pancarta entre el árbol y un poste del alumbrado, en un lugar que no estorbara el paso. Así, nos instalamos, dueñas y señoras de la esquina sombreada, al noroeste de la plaza, donde se nos unieron Ale, Sebastián, Marce, Nacho, Laura, T., S., Ovidio, Juanca y su hijo.

La plaza fue llenándose de gente. Un grupo numeroso rodeó a unos predicadores anti ateos, el vendedor de lotería (en tico, el “chancero”) llamaba desde su silla de ruedas a comprar tal o cual número mientras unas jóvenes payasas y unos inmensos ratones Mickey y Minnie se tomaban fotos con niños y niñas de todas las edades y tamaños. Para hacer más surreal la escena, llegó un payaso del circo Navarro que, cuando vio el nombre de Guatemala, se acercó a contarnos que estaba en la Antigua cuando el terremoto del 76. El maquillaje –la cara pintada de rojo y blanco, las cejas delineadas con gruesos trazos negros- no alcanzaba a ocultar sus arrugas, mientras hablaba no dejaba de mover un títere que colgaba de su mano derecha, en la otra llevaba un montón de rústicos muñecos coloridos que brincoteaban cada vez que el hombre caminaba. La atmósfera carnavalesca se completaba con las estridencias de las trompetas que se vendían como pan caliente para amenizar el clásico del fútbol tico de la noche.

Nuestra puesta en escena fue tomando forma. Como sacados de la chistera de un mago fueron apareciendo una gran bandera de Guatemala que se puso al lado del ángel, un mantel para cubrir la mesa, las camisetas y las tizas con las que llenamos el suelo irregular de la plaza con datos del genocidio, demandas de justicia y un colorido “Mi corazón es ixil”.


A lo largo de la mañana continuó el desfile en ese lugar por el que pasan cada día millares de personas. Muchas siguieron apresuradas su camino sin siquiera voltear, pero otras se detuvieron, nos preguntaron y se fueron con una verdad indigerible que les era absolutamente desconocida: que a unos mil kilómetros de su pacífico territorio había ocurrido el genocidio más grande del hemisferio occidental en la época contemporánea. Algunxs repetían “Ríos Montt”, el nombre y la cara les sonaban cuando leían 

Ríos Montt = Adolfo Hitler

Nuestra celebración de la sentencia también fue una protesta y una denuncia por su anulación el 20 de mayo mediante una resolución ilegal de la Corte de Constitucionalidad. Hace un año, cuando la jueza Barrios leía la sentencia, también me acompañó la lluvia. La escuché incrédula y perpleja, y, como he dicho tantas veces, creí que debía vivir cien años por lo menos para ver uno de mis sueños realizado durante la brevísima primavera de la justicia de mayo de 2013.

Me invadió un sentimiento desconocido respecto de estos asuntos: la satisfacción. Sin embargo, la experimenté con cautela y hasta con cierta angustia que reprimí para intentar que se desbocara mi alegría, porque más que leguleyadas esperaba balazos. Temí que la reacción del criminal y sus cómplices fuera violenta y que intentaran acabar con las vidas de quienes han sido configurados en el imaginario del poder como sus sempiternas víctimas y enemigas: los hombres y mujeres ixiles a quienes, tras el juicio, les sumaron a sus abogados, las juezas Barrios y Bustamante y el juez Xitumul, los fiscales y todas las personas que habían tenido alguna participación en el proceso.

Hasta donde sé, no hubo balazos, pero en un ambiente de honda crispación que empezó a sentirse desde noviembre de 2011, el Cacif se declaró en sesión permanente y le ordenó a la Corte de Impunidad anular el juicio. El resto es historia conocida, el 20 de mayo la CC gustosamente emitió una resolución que rompió con la legalidad del país y se inició el proceso que terminó por traerse abajo todo lo actuado en ese caso.

Pese a su anulación la sentencia fue esperanzadora para nuestra demanda por la desaparición de Marco Antonio presentada ante los tribunales en septiembre de 1998. Sin embargo, fue ignorada o vista con indiferencia y temor por la mayoría de compatriotas. Este es un temor fundado en doscientas mil razones, que se transmite de generación en generación y que continúa paralizando aún a quienes simpatizaron con el juicio y aplaudieron la resolución de las puertas de su casa para adentro y sin decir palabra alguna.

Pasado el mediodía, a 31 grados Celsius, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, el cielo, antes azul y transparente, se cerró con nubarrones oscuros. Además del calor, el 10 de mayo compartí con una docena de compatriotas la empatía, el apoyo mutuo, la solidaridad, la hermandad, el cariño y todo lo que nos hace humanxs.

Con nuestro estar allí, con los abrazos y palabras sencillas, hablamos de resistencia, dignidad y amor a la tierra, de nuestra larga lucha por la verdad y la justicia y por construir un país sin discriminación, con paz, bienestar y derechos para todos y todas sin discriminación. Es una lucha interminable, en la que pareciera que solo acumulamos derrotas; sin importar el camino que ensayemos, no tenemos el poder suficiente y somos los que seguimos poniendo los muertxs y, antes, lxs desaparecidxs.

Sin embargo, quizá en nuestra Guate-mala, tan dura, el sentido de nuestras vidas no esté en alcanzar los objetivos de cambio sino en la lucha misma. En resistencia siempre, no podemos darnos por vencidxs. Debemos continuar llevando en alto las banderas y, sin agachar la cabeza, desafiar el mandato de silencio, mantener la memoria de las atrocidades, recordar a las víctimas de los terroristas y criminales de Estado y de la oligarquía y exigir  justicia para que nunca más sucedan estos hechos atroces.

lunes, 13 de enero de 2014

Anularon el juicio pero no la culpa



Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro.
Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor.
En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz.
Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres.
Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, 
que es robarles a los hombres su decoro.
En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.
José Martí


Con una mueca, congelada sonrisa, perpleja me enteré de la anulación del juicio por el genocidio contra el pueblo ixil. ¿Me sorprendió? Pues sí, creí que no necesitaban hacer más de lo que ya hicieron para detener el proceso si al cabo Ríos Montt ya no tarda en morirse. Me desmoroné cinco segundos.

Aparentemente, ganaron. ¡Bravo por los maestros del cinismo, las güizachadas y la desvergüenza! Traspasada por la noticia, por un instante no supe qué hacer ni dónde meterme para escabullir el golpe.

Entonces, llegaron a mi cabeza los colores, los gritos, los ayes, los suspiros, las lágrimas no lloradas. Rojo huipil, verde bosque, amarillo flor, naranja mariposa, celeste cielo; montaña adolorida, enrojecidos caminos de barro, quebradas teñidas con la sangre de los niños y niñas que estrellaron contra las piedras; las luces, el incienso y los ramos portados por las manos callosas de las mujeres ixiles, las violadas; los pies descalzos, endurecidos en los surcos de los maizales, de los hombres que huyeron por los montes, las hondonadas, las cuevas, los ríos, los barrancos; su dignidad que recorrió un camino muy largo que no se mide en kilómetros sino en años, fueron treinta, para llegar hasta donde llegaron: a un tribunal para enjuiciar al genocida.


Recordé las lecciones de ética y de historia recibidas en las voces de las y los testigos y las personas que presentaron sus peritajes junto con el espíritu de la justicia plasmado en la sentencia leída por la jueza Barrios. Reviví la esperanza que me quieren matar, esa que ha empezado a echar raíces en el suelo duro y reseco de la impunidad, y me sequé las lágrimas.

Hoy, su victoria es jurídica, si me permiten el calificativo para una resolución que salió de las cloacas del sistema de impunidad, un albañal, pero su derrota es moral aunque no les importe y su mezquindad y pequeñez no les deje enterarse. Con ella, se sitúan por encima de la justicia y de las leyes humanas y divinas –“no matarás”- y me pregunto si es por su enorme cobardía o soberbia, quizá ambas, que se niegan a dar la cara y asumir las consecuencias.

Esta resolución, que se agrega al rosario de maniobras a favor de los impunes criminales, anula el juicio pero no la culpa; es obvio, pero hay que repetirlo: los hechos no desaparecen, tampoco las pruebas presentadas y menos los testimonios de las víctimas, tampoco la sentencia, un texto que ya forma parte del acervo de la humanidad en la lucha contra el oscurantismo. Después de lo acontecido en 2013, es más, después de los informes del REMHI y la CEH, Ríos Montt no podrá escapar al juicio de la historia y tampoco sus cómplices, con uniforme o sin él, los que le antecedieron y los que le precedieron. El mundo entero los conoce como los perpetradores del genocidio y los crímenes más horrendos del hemisferio occidental. Lo sucedido tampoco se borrará de la memoria de muchos guatemaltecos y guatemaltecas justos y decentes que asistieron al juicio y acompañaron a las y los sobrevivientes.


Antes de que la historia los alcance, que celebren este nuevo triunfo para los genocidas que siguen escondiendo las manos después de que dispararon balas de grueso calibre, tiraron bombas, napalm y gases lacrimógenos, y ordenaron –lo que los implica como si lo hubieran hecho- degollar a niños y niñas indefensos, violar a las mujeres como un arma de guerra, torturar y asesinar a los hombres. La anulación de un juicio justo es un logro ignominioso para los que aniquilaron las vidas de doscientas mil personas y destruyeron un país que ni siquiera conciben más allá de un negocio, Guatemala S.A.

Los investigables y enjuiciables de uniforme y de saco, ¿acaso pensaron en las consecuencias de sus actos cuando organizaron, fueron parte o financiaron los escuadrones de la muerte, instalaron campos de concentración y prestaron o pilotaron sus aviones privados para ir a bombardear poblados indefensos, repletos de “enemigos” desarmados de cero a quince años?

El temor de los poderosos a la justicia es tan grande como su responsabilidad en los hechos. ¡Cuánto miedo le tienen a que se evidencie su mala entraña, su odio, su racismo, sus crímenes, y que con ello se resquebraje su imagen de gente “bien” enfundada en armanis y se deslustren sus rancios apellidos! Por eso hay que reírse de su miedo y les digo ¡no gracias! por este nuevo clavo en el ataúd en el que ya quisieran enterrar la justicia, al igual que a sus víctimas, o, como a mi hermano, desaparecerla para siempre.

No es poca cosa lo que hicieron y la costra no se la quitan de encima ni bañándose con agua bendita. Pero en Guatemala para los grandes males pareciera no haber grandes remedios por ahora, porque los aparentes ganadores han estado y siguen estando en contra de la verdad y de la ley; porque tendrían que borrar no sé cuántos artículos del código penal y aislarse de la comunidad internacional revocando los tratados de derechos humanos para librarse de la acción de la justicia; porque lo que hicieron aquí y en la luna, aunque se nieguen a reconocerlo, fue cometer delitos muy graves que seguirán ofendiendo la conciencia de la humanidad.

No obstante su prepotencia y amenazas, los petates del muerto que sacuden (tienen doscientos mil) y el miedo y la desmemoria que quieren infundirnos, fueron muchas las personas que conocieron la verdad histórica pronunciada por los labios de las mujeres y hombres ixiles en esos días imborrables de 2013; hoy se suman a quienes mantenemos la memoria de nuestros seres queridos asesinados o desaparecidos. 

Por ellos y por ellas, por dignidad, por amor y lealtad a la sangre, nuestro dedo acusador señalará los crímenes y a los criminales. Que se vayan acostumbrando y, por si acaso, aclaro que la mía, al igual que la de tantas otras y otros, es una decisión política tomada en pleno uso de mis facultades. No estoy loca y no quiero vengarme, lo que exijo es justicia; tampoco se trata de victimización, incapacidad de “ver hacia adelante” ni del masoquismo barato que emplean sus cómplices y simpatizantes para manipular a la población y a sus serviles formadores de “opinión pública”. 

No voy a lamentarme. Está demostrado que lograr la justicia para las víctimas de los crímenes de lesa humanidad en Guatemala, no es tarea de años sino de décadas. Nadie me prometió que iba a ser fácil conseguirla ni espero que sea así porque, repito, su culpa es tan grande como su miedo a enfrentarla. Su falta absoluta de dignidad, decoro, decencia y escrúpulos, les llevará a erigir todos los obstáculos inventados o por inventar para impedir que accedamos a ella.


Hay que seguir caminando. Para eso, le pido al universo que a mí acuda la rabia ante este nuevo acto de injusticia, que me sature la indignación por este insulto y, a la par, que me llene de la fuerza del tenaz e indoblegable pueblo ixil y la de todos los hombres y mujeres que, en las condiciones más adversas, continúan luchando y levantándose después de cada golpe recibido, árboles majestuosos que encarnan el decoro, la dignidad, la memoria y el anhelo de la justicia para hacer del nuestro no un país mejor, sino otro país.

lunes, 5 de agosto de 2013

“Vamos a matar pero no a asesinar” Los tribunales de fuero especial (II)


Era 1983. Potencial carne de tormento, sobrevivía como una incontrolable partícula social que mantenía, junto a otras, el sueño de un país diferente. Con nuestro aliento sosteníamos la esperanza –que pretendían ahogarla en sangre- de mejorar las condiciones de existencia de las mayorías empobrecidas y explotadas. Resistíamos contracorriente, éramos vida contra la muerte, voces contra el silencio.

En mi agujero, apretando los dientes, sobrellevaba las pavorosas noticias que escupían un pequeño radio de onda corta, que se robó la policía mexicana tras detenerme un año y meses después, y un televisor usado, blanco y negro. Este lo había comprado en cien quetzales en la avenida Bolívar, junto con el camastro plegable de metal con colchón a rayas y el amueblado de cartón piedra forrado de telas baratas de colores chillones con el que se completaba el decorado del caparazón que se habitaba. Eso eran las casas en las que viví en aquel tiempo. Más que hogares o viviendas, ilusorios refugios, fantásticos escudos protectores, cotas de malla impenetrables, endebles fortalezas en las que me resguardaba de las balas, las miradas y los oídos de los “orejas” y delatores gratuitos que plagaban la ciudad –telaraña de cemento, ciudad - campo minado por la que me movía escabullendo el cuerpo, ocultando las ideas, los pensamientos y las acciones para afrontar la opresión. La existencia se balanceaba vertiginosamente sobre un abismo de total incertidumbre no solo sobre un futuro que me parecía inasible sino sobre el día, la hora y el minuto siguientes, en un perverso juego del que apenas me sabía las reglas.

Repito: sobrevivía. Otros no tuvieron tanta suerte. Por el televisor y el radio, cordones umbilicales que me ataban a ese otro mundo que discurría paralelamente al mío, el de la “legalidad” construida a la medida por un poder impuesto a manotazos sangrientos, en enero se dio a conocer la inminencia de otro fusilamiento como el de la madrugada del 17 de septiembre de 1982. Entonces, Marcelino Marroquín, Julio Hernández Perdomo, Jaime de la Rosa Rodríguez y Julio César Vásquez Juárez fueron pasados por las armas en el Cementerio General.

Dos condenas a muerte fueron dictadas en 1983 por los tribunales de fuero especial, unos esperpentos jurídicos contrainsurgentes con los que se pretendió dar visos de legalidad a los asesinatos de personas presuntamente subversivas. Los procedimientos de los fantasmagóricos TFE violaban los derechos de los condenados al debido proceso y a la legítima defensa, así como las obligaciones derivadas de la firma de la Declaración Universal de Derechos Humanos y la Convención Americana sobre Derechos Humanos que, en su artículo 4º., prohíbe la imposición de la pena de muerte por delitos políticos y comunes conexos.

Casi junto con el anuncio de los fusilamientos del 3 de marzo, se dio a conocer la visita del papa Juan Pablo II, alguien que, para mí, más que un guía espiritual era un dirigente político anticomunista. El entusiasmo y el fervor que despertó su inminente llegada me pasaron a un lado sin rozarme; la Iglesia guatemalteca y sus feligreses lo percibieron como un consuelo en tiempos difíciles. Yo, gran cosa, no quería que llegara para no ver a tan importante personaje al lado de esos criminales vestidos con uniformes enrojecidos por la sangre de sus víctimas inermes e indefensas. En mi cabeza no cabía que un Papa, un hombre con una enorme cuota de poder, se fotografiara a la par de esa partida de asesinos sin alma, despiadados. A mis ojos, su presencia en Guatemala era la legitimación y el reconocimiento al gobierno de un país que sufría su embestida mortal por los cuatro costados.

¿Quiénes eran los condenados? ¿Eran delincuentes? ¿Estaban vinculados a las organizaciones revolucionarias? ¿A qué se dedicaban? ¿A quiénes amaban? No sé qué edades tenían, si tenían hijos/as, dónde vivían, en qué creían, ni si eran buenas personas. Más allá de sus nombres (Walter Vinicio Marroquín González, Sergio Roberto Marroquín González, Héctor Haroldo Morales López, Marco Antonio González, Carlos Subuyuj Cuc y Pedro Raxon Tepet) y unas palabras escasas, no encuentro más rastros de su humanidad.

El 22 de febrero, el telenoticiero “Aquí el Mundo”, transmitió estas declaraciones de uno de los condenados, que fueron transcritas y publicadas por el periódico mexicano El Día con el título “Habla Walter Vinicio Marroquín González”:

“Mi nombre es Walter Vinicio Marroquín González y primeramente quiero dar las gracias a ustedes de darme la oportunidad de poder dirigirme, es una oportunidad que antes no tuve según el juicio que se me llevó. Y quiero manifestar que juntamente con mi hermano Sergio Roberto, aquí presente, y nuestro compañero Héctor Rodolfo Morales López, hemos sido víctimas de uno de los más tristemente juicios que se hayan llevado en Guatemala, caracterizado principalmente por una muy … violación a los derechos, al derecho de defensa que debimos haber tenido. Como es de conocimiento público, nunca conocimos a nuestro juez en el Tribunal de Fuero Especial.
Yo fui secuestrado el día 4 de septiembre de 1982, en el edificio Seguros Universales, por fuerzas de seguridad pública que no se identificaron nunca como tal, sino por el contrario, se identificaron como pertenecientes al grupo clandestino. Me tiraron en el piso de un carro, me tuvieron con los ojos vendados por varios días y sometido a torturas para obligarme a aceptar hechos sobre una persona que era conocida mía y tenía que aceptar desde el punto de vista de ellos si quería que no fuera afectada mi familia. En ese tiempo, en ese momento, yo no sabía en dónde estaba ni que era lo que estaba pasando conmigo. Posteriormente de una manera oportuna, mi padre hizo una denuncia ante las autoridades de mi secuestro y es interesante el hecho de que todas mis características, las circunstancias, los hechos que en ella se concentran, son totalmente congruentes con las de mi declaración indagatoria que se hizo 52 días después de estar incomunicado el día 25 de octubre de 1982.
Vale la pena hacer notar que en la indagatoria no se me permitió tener ningún profesional en derecho. El día 10 de septiembre nos dijeron que nos habían capturado en un lugar inventado por ellos y en condiciones también inventadas y ese día fuimos llevados por primera vez sin poder hacer uno de la palabra al ser presentado al acusador. Fuimos presentados como culpables. Posteriormente esa misma tarde se me dijo que llegara a hacer la denuncia a la policía, a la dirección general, y en los momentos que llegué se me puso nuevamente enfrente sin poder dirigir ni una sola palabra para defenderme o para hacer ver que éramos inocentes. El día 19 de octubre de 1982, se nos llevó a todos juntos al cuartel general Justo Rufino Barrios… y fuimos regresados nuevamente al centro del Segundo Cuerpo.
Quiero hacer notar que cuando fuimos consignados sin decirnos por qué, determinaron acusarnos de fraude y extorsión, al Tribunal de Fuero Especial. Posteriormente, el 26 de enero de 1983, nuestro compañero Morales López tuvo la visita de funcionarios y autoridades de fuero especial y le hicieron firmar un documento prefabricado en el que confesaba que nos hacía responsables a mi hermano y a mí de haber sido los autores intelectuales de delitos contra personas que en efecto no conozco. La causa de dicha confesión se puede ver fácilmente por el hecho de que él mismo se negó a firmar y, más aún, en correspondencia con su negativa, ese mismo día él fue regresado a donde estábamos detenidos y fuimos encerrados en condiciones realmente infrahumanas”.
La férrea censura impuesta por el régimen impidió que se conocieran las gestiones realizadas ante Ríos Montt por diversas instancias de la Santa Sede que le solicitaron el indulto como un gesto de buena voluntad hacia el Papa. El 15 de marzo el embajador guatemalteco ante El Vaticano, Luis Valladares y Aycinena, dio a conocer los siguientes hechos:
  • El 21 de febrero le envió una misiva al ministro de Relaciones Exteriores Eduardo Castillo Arriola (número de protocolo 41/2/83) que fue depositada en el Ministerio el 2 de marzo. En ella le informaba que el arzobispo Achille Silvestrini le había mostrado “una carta escrita a mano por el Pontífice” en la que pedía el indulto para los seis fusilados.
  • El 24 de febrero había intentado hablar con el Ministro infructuosamente; ese mismo día, su secretario le informó sobre el pedido papal al Viceministro, quien le comentó que la noche anterior había cenado con el Nuncio y también se lo había transmitido. Todo esto fue posterior a un mensaje en clave del embajador Valladares y que el Ministerio adujo no haber podido descifrar.

Pese a los esfuerzos descritos, el embajador Valladares se convirtió en el chivo expiatorio en el intento del Ministerio de Relaciones Exteriores para lavarle la cara al gobierno, quien le achacó no haber trasladado a tiempo el pedido de gracia de Juan Pablo II. Por ese motivo, fue echado de su cargo acusado por Castillo Arriola de “haber causado un profundo disgusto y numerosos problemas al gobierno”. (Recuento hecho por AFP y SIAG, publicado en El Día el 16 de marzo de 1983).

Ríos Montt también le negó una audiencia al embajador de El Vaticano, Oriano Quilicci, quien se enteró de su negativa a recibirlo al mismo tiempo que supo de la ejecución efectuada el 3 de marzo, al alba. Por su parte, el Papa, como rememora el jesuita Juan Hernández Pico[i]:

(…) desde Costa Rica pidió al entonces jefe de Estado golpista de Guatemala, general Efraín Ríos Montt, convertido al neopentecostalismo, que no ejecutara a unos sentenciados a muerte por tribunales y jueces sin rostro en aquellos días. Ríos Montt, estratega de una guerra total contra campesinos indígenas que terminó en 600 masacres y tierra arrasada, no escuchó a Juan Pablo II y los ejecutó antes de la llegada del Papa. Contra estas barbaries y a favor del pueblo indígena el Papa dejó oír su voz clara y poderosa en Guatemala.
Sin fundamentos legales, sin otra cosa que la voluntad exterminadora convertida en ley, se ejecutó la sentencia emitida por unos tribunales inubicables conformados por jueces desconocidos, cuya conexión con el mundo era una ventanilla del ministerio de la defensa en el Palacio Nacional. El 3 de marzo de 1983, cinco hombres, entre ellos dos hermanos, fueron asesinados. Sus vidas fueron arrebatadas en un acto del poder que, en su momento, fue calificado como un sacrilegio, como el desaire de un loco o la provocación de un fanático, pero eso no fue así. Los tribunales de fuero especial, instancias conformadas sobre la base de leyes ilegales, formaron parte de la maquinaria terrorista gubernamental dirigida a sembrar el miedo en la sociedad guatemalteca y a aniquilar a la disidencia política de cualquier signo.

Al más alto dignatario de la Iglesia Católica no le quedó más que expresar “toda su más profunda tristeza” por este hecho deleznable.

Mientras Ríos Montt, a pocas horas de perpetrados los asesinatos, se comprometía demagógicamente a “hacer que la ley se cumpla” y expresaba que “es positivo que todo lo realizado por los Tribunales del Fuero Especial estuviera apegado a la ley, además de ser corroborado por el fallo de la Suprema Corte de Justicia”, el hecho era repudiado en el mundo entero. El portavoz de El Vaticano lo calificó como “una dramática, inesperada e increíble noticia” y la Comisión de Derechos Humanos de Guatemala lo consideró una afrenta del gobierno ríosmonttista a la máxima autoridad de la Iglesia Católica; en una columna de un medio extranjero se afirmaba que era una estupidez y una provocación de “una dictadura que se siente acorralada”, tanto como para arrojar “los cadáveres de seis fusilados” en el camino del Papa; y, por su parte, la Asociación de Estudiantes Universitarios sección de México lo conceptuó como “un simulacro de legalidad” y “un asesinato perfectamente calificado”. Hasta el Departamento de Estado declaró estar “naturalmente confundido por estas ejecuciones que tuvieron lugar luego de juicios secretos”. Con “consternación” el gobierno de Ronald Reagan –que dos meses antes había avalado personalmente al régimen por su respeto a los derechos humanos- señaló que se echaban por tierra “las posibilidades de normalización de las relaciones entre Guatemala y Estados Unidos”.[ii]

En esos días me fui a México por asuntos familiares. En el DF, seguí las noticias de la estadía de Juan Pablo II en Guatemala y juro que cuando besó la tierra, un gesto repetido en cada país que visitaba, vi caer gotas de sangre de sus labios. Sin soslayar lo ocurrido, en una de sus homilías aludió a los fusilamientos diciendo que “cuando se atropella al hombre, cuando se violan sus derechos, cuando se cometen contra él flagrantes injusticias, cuando se le somete a torturas, se le violenta con el secuestro, o se viola su derecho a la vida, se comete un crimen y una gravísima ofensa a Dios; entonces Cristo vuelve a recorrer el camino de la pasión y sufre los horrores de la crucifixión en el desvalido en el oprimido."[iii]

Sin embargo, sus palabras me sonaron tibias y no me convencieron las justificaciones de que su presencia había llevado consuelo a un país en guerra, que había sido un apoyo espiritual, que era su deber como pastor… Desde mi necesidad de que algo o alguien hiciera un contrapeso a la opresión y al autoritarismo criminal que dominaba el país en ese entonces, hubiese querido que el Papa no llegara o que condicionara su visita a que no fusilaran a los seis condenados por esos aberrantes tribunales. Y si llegaba, por lo menos que hiciera público su pésame a las familias de los fusilados y fuera más firme expresando su rechazo al desaire de Ríos Montt con un regaño parecido al que le dio posteriormente al padre Ernesto Cardenal, en Nicaragua, por su postura política afín al gobierno sandinista.

Cuánto me hubiese gustado escucharle decir que se sentía burlado e insultado porque asesinaron a seis hombres pese a su pedido de clemencia o que se refiriera más abiertamente al conflicto existente entre la Iglesia del Verbo y la Iglesia Católica. Al respecto, en una nota al pie en el citado informe de la CIDH, se lee lo siguiente:

5o.  Un hecho evidente del enfrentamiento entre la Iglesia Católica y la Iglesia del Verbo, fue la actitud asumida con ocasión del fusilamiento el 3 de marzo de 1983 de las seis personas condenadas por los Tribunales de Fuero Especial que se analizó en el capítulo sobre el derecho a la vida. Mientras la Iglesia Católica presentó a través del Nuncio Apostólico su protesta y señaló este acto como increíble, la secta protestante del Verbo anunció su respaldo al fusilamiento y manifestó también que las ejecuciones llevadas a cabo unos días antes de la visita papal, fueron una infortunada coincidencia.
Nada de eso pasó. En un mensaje ambivalente, que no dejó dudas de por dónde se movían sus preferencias políticas al interior de la Iglesia dijo “Que nadie pretenda confundir nunca más evangelización con subversión”, mientras a la par aclaraba que la “promoción humana es parte integrante de la evangelización y de la fe”.

Sobre el discurso y postura papales, Hernández Pico recuerda:

El dedo acusador de Juan Pablo II sobre el rostro del padre Ernesto Cardenal quedó en fuerte contraste con el apretón de manos que cruzó al día siguiente en San Salvador con el Mayor Roberto D’Aubuisson, presidente del Parlamento salvadoreño y principal sospechoso de ser el asesino intelectual de Monseñor Romero. Con todo, el papa se arrodilló en la Catedral al pie de la tumba de Monseñor Romero y oró allí largamente.
Menos de tres semanas después, este acto criminal fue seguido por el fusilamiento de otros cinco hombres. En el segundo informe sobre la situación de los derechos humanos en Guatemala[iv], publicado por la Comisión Interamericana de Derechos humanos después de su visita in loco de septiembre de 1982, se lee lo siguiente:

3. El 22 del mismo mes de marzo de 1983 tuvo lugar el tercero de los fusilamientos dispuestos por tales Tribunales de Fuero Especial, ejecutándose a los señores: Mario Ramiro Martínez González, Rony Alfredo Martínez González [hondureño], Otto Virula Ayala, Jesús Enrique Velásquez Gutiérrez y Julio César Herrera Cardona (…)
Estos hechos contribuyeron al aislamiento nacional e internacional de un régimen que hacía aguas por diversos factores en un proceso que desembocó con un nuevo golpe de Estado que derrocó a Ríos Montt el 8 de agosto de 1983.

Pese a lo borroso de la fotografía que conservo de esos momentos tan duros, atesoro las imágenes de los abogados que se enfrentaron a los tribunales de fuero especial, que no vacilaron para denunciar públicamente la ilegalidad de los procesos. Entre ellos, Eduardo Fernández López y Conrado Alonso valientemente defendieron a los hombres y mujeres atrapados en ese laberinto y lograron salvar algunas vidas. Alonso, defensor del hondureño, escribió el libro 15 fusilados al alba en el que narra y denuncia lo ocurrido.[v]

En ese tiempo, a balazos me arrebataron los sueños y los anhelos románticos de contribuir a cambiar a Guatemala. Solo me quedó la dureza de un país en el que un grupúsculo aniquiló a las personas por ser lo que eran: revolucionarios/as, indígenas, gente contestataria y rebelde ante un poder casi omnipotente.

Contra todo ello, contra el profundo daño que le hicieron a tantísima gente, contra la destrucción y el miedo que sembraron, seguimos resistiendo y alzando nuestras voces para exigir justicia. Desearles el infierno es redundante. Ellos son el infierno. Son las llamas que arrasaron la tierra, que abrasaron los campos de cultivo y los ranchos humildes. Son las balas que horadaron los cuerpos de las víctimas, los machetes afilados que cercenaron millares de vidas. Son el hielo que congela las almas. Son el terror que hizo cerrar los ojos para que nadie viera lo que hacían y que selló los labios sumiendo al país en un silencio cómplice.



[i] De Juan Pablo II a Benedicto XVI: un balance, temores y esperanzas, , de Juan Hernández Pico, artículo publicado en la revista “Envío”, http://www.envio.org.ni/articulo/2890
[ii] Citas extraídas de Comité Guatemalteco de Unidad Patriótica, Paredón y plomo: la aurora que Ríos Montt ofrece a los guatemaltecos. Documento sobre los Tribunales de Fuero Especial. San José, Asociación de Periodistas Democráticos de Guatemala, 1983.
[iii] Juan Pablo II llegó a Guatemala, dejó ver su sufrimiento, nos heredó un santo, el Hermano Pedro. Y se fue. ¿A qué país llegó el Papa? ¿Quiénes le recibieron? ¿Qué quedará de su visita?, de Juan Hernández Pico, artículo publicado en la revista “Envío”, http://www.envio.org.ni/articulo/1173
[iv] Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Segundo informe sobre la situación de los derechos humanos en Guatemala. Washington, D.C., CIDH, 1983.
[v] Citado en La justicia que fue de los generales, en http://www.plazapublica.com.gt/content/la-justicia-que-fue-de-los-generales

sábado, 29 de junio de 2013

De víctimas a ciudadanas/os: las mujeres y los hombres maya ixiles a la hora de la justicia

En Guatemala, donde el calendario está inmóvil desde hace 500 años en asuntos estructurales, en los primeros meses de 2013 fuimos testigos de hechos imposibles. La Asociación Justicia y Reconciliación ejerciendo su derecho a la justicia sentó en el banquillo de los acusados a dos integrantes de la cúpula militar que sometió a Guatemala tras el golpe de Estado de 1982. Con firmeza, paciencia y lealtad a la sangre derramada, las mujeres y hombres sobrevivientes de la persecución contra el pueblo maya ixil reafirmaron sus derechos como víctimas en términos jurídicos frente a las graves violaciones a los derechos humanos de las que fueron objeto, tal como lo establecen las Naciones Unidas en los Principios y directrices básicos sobre el derecho de las víctimas de violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos y de violaciones graves del derecho internacional humanitario a interponer recursos y obtener reparaciones:

8. A los efectos del presente documento, se entenderá por víctima a toda persona que haya sufrido daños, individual o colectivamente, incluidas lesiones físicas o mentales, sufrimiento emocional, pérdidas económicas o menoscabo sustancial de sus derechos fundamentales, como consecuencia de acciones u omisiones que constituyan una violación manifiesta de las normas internacionales de derechos humanos o una violación grave del derecho internacional humanitario. Cuando corresponda, y en conformidad con el derecho interno, el término “víctima” también comprenderá a la familia inmediata o las personas a cargo de la víctima directa y a las personas que hayan sufrido daños al intervenir para prestar asistencia a víctimas en peligro o para impedir la victimización.

Asumiéndose como ciudadanos y ciudadanas con iguales derechos, junto con un Ministerio Público dirigido por una valerosa mujer, lograron lo que el Estado guatemalteco no hizo durante tres décadas al incumplir con su obligación internacional y constitucional (art. 2 de la Constitución guatemalteca) de garantizarles el acceso a la justicia:

4. En los casos de violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos y de violaciones graves del derecho internacional humanitario que constituyen crímenes en virtud del derecho internacional, los Estados tienen la obligación de investigar y, si hay pruebas suficientes, enjuiciar a las personas presuntamente responsables de las violaciones y, si se las declara culpables, la obligación de castigarlas. Además, en estos casos los Estados deberán, en conformidad con el derecho internacional, cooperar mutuamente y ayudar a los órganos judiciales internacionales competentes a investigar tales violaciones y enjuiciar a los responsables.
Ajpú Cerbatanera, cautelosa, tratando de mantener el corazón lastimado bajo siete candados de escepticismo y desconfianza, me mantuve pendiente de los acontecimientos que ocurrieron en ese agujero que se abrió en el tiempo y el espacio para romper la impunidad que habitualmente se vive en mi país. Pero, a medida que avanzaba el juicio, no pude evitar que se elevara mi alma, un globo colorido inflado de ilusiones y sueños de un país diferente, con justicia.

Como nunca antes, durante una treintena de días luminosos, el pueblo perseguido y discriminado, los vencidos, las mujeres violadas, se adueñaron del escenario y pronunciaron la verdad histórica, la que narra lo vivido en sus propios espíritus y cuerpos. Hasta el último rincón del planeta resonaron las declaraciones vertidas ante el Tribunal A de Mayor Riesgo por varias decenas de hombres y mujeres ixiles sobrevivientes a las operaciones de tierra arrasada de 1982 y 1983, ejecutadas por el ejército comandado por Efraín Ríos Montt, ex jefe de Estado. Junto con él, compareció Mauricio Rodríguez Sánchez, ex jefe de inteligencia.

El 10 de mayo, el proceso emprendido hace más de una década parecía haber concluido con la victoria de la justicia, un acontecimiento insólito en el país de la eterna impunidad. Según sus partidarios, los delitos de genocidio e incumplimiento de deberes de humanidad por los que fue condenado el ex dictador Ríos Montt fueron “actos heroicos necesarios para salvar a Guatemala”. Sin embargo, a los 1 771 hombres y mujeres, niñas y niños que fueron asesinados (aún los no nacidos, lo que parece no importar a quienes desde la hipocresía y la doble moral se oponen al derecho de las mujeres a decidir sobre los hijos que quieren tener o los/las defensores/as a ultranza de los presuntos delincuentes uniformados), nadie los salvó de la calificación de enemigos ni de sufrir los actos letales, desquiciados, descritos por las y los testigos ixiles a quienes apenas pude escuchar en el juicio sin ahogarme de pena. A las mujeres violadas, torturadas, aprisionadas en los cuarteles militares, nadie las protegió ni evitó las atrocidades que atravesaron sus cuerpos y espíritus ni las liberó de la esclavitud y la degradación a las que fueron sometidas. No les dieron de comer a los niños y niñas que murieron en la huida permanente en que se convirtió su existencia tras haber perdido todo, menos la vida. Se las arrebató después el hambre, las enfermedades, la dureza del clima, las bombas y las balas que caían de un cielo que no supo apiadarse de los más necesitados. 

No puedo dejar de preguntarme ¿cómo pudieron matar a tanta gente sin sentir remordimientos? ¿Qué les hizo creer que eran los dueños del horrible momento de la muerte inhumana y atroz de millares de personas, seres humanos con derecho a vivir y a ser felices, a ver otros momentos, como dijera uno de los testigos? Y él, el condenado, ¿cómo pudo permanecer imperturbable, casi petrificado, sin caer de rodillas frente a sus acusadores/as, sin asumir su responsabilidad, sin pedirles perdón?

La única posible explicación para estas actitudes inhumanas es que ellos siguen viendo a sus "presuntos enemigos" como cosas, seres distintos e inferiores. Es una visión calada por el miedo a perder sus riquezas malhabidas, sobre todo la tierra de la que les han despojado por siglos. Desde su punto de vista –tan estrecho, tan limitado por la lógica de la acumulación de riqueza a costa de lo que sea, tan racista y excluyente, tan autoritario, tan egoísta, tan codicioso- las y los ixiles no son personas iguales, con derechos, no son seres humanos, por lo tanto se les puede –y se les debe- aniquilar. 

Algo tiene que estar muy mal en Guatemala para que se consideren como hechos necesarios y heroicos los más graves crímenes contra la humanidad. Eso que está muy mal hizo posible que el 20 de mayo el proceso y la sentencia se vinieran abajo. Para vergüenza ajena, la CC avaló la conducta antiética de uno de los defensores y decidió sobre asuntos de procedimiento que no son parte de su jurisdicción, los que, además, podían resolverse en el sistema de la justicia ordinaria. Puesto a prueba, el sistema de justicia mostró en toda su crudeza su falta de independencia, sus taras, sus carencias en una decisión política revictimizadora que mantiene la impunidad no solo del criminal convicto, sino también la de todos aquellos que resultaran responsables al desarrollarse la investigación ordenada por el fallo del Tribunal A de Mayor Riesgo.Desnudo, se arrodilló ante la arrogancia de los poderes económico y fáctico y, mediante una decisión ilegal, anuló la sentencia que condenó al ex dictador a ochenta años de prisión por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad.

Durante muchos días, cada mañana al despertar lo primero que venía a mi cabeza era el proceso intrincado contra Ríos Montt y sus secuaces. El júbilo truncado. La esperanza reverdecida nuevamente reseca. Enmudecí. Dejé de pensar, de escribir. Un tarugo amargo me bloqueó la garganta. Una gruesa cadena me aherrojó las ideas. Un cuchillo de sal se me clavó en el pecho. Un cielo nublado se me instaló en los ojos y no quise ver más. 

Pero, pese a la ilegal anulación de la sentencia del Tribunal A de Mayor Riesgo -que ha sido recibida por la comunidad jurídica internacional como un invaluable aporte, sobre todo porque se recogen los abusos sexuales contra las mujeres- tengo motivos para sentir orgullo por la dignidad con la que las víctimas, ahora ciudadanas y ciudadanos que reclaman derechos como iguales, se pusieron de pie frente al tribunal para dar sus testimonios y demandar justicia.

Nadie me quita lo bailado. Guardaré hasta los últimos días de mi vida la imagen del otrora poderoso dictador sentado frente al tribunal, respondiendo por crímenes inimaginables. Todos los miedos juntos se conjugaban en sus ojos inertes que, aún desde una pantalla fría, parecía que me miraban. En ellos persiste la locura de otro tiempo de muerte en el que el río del odio desbordado anegó Guatemala con la sangre de tantísima gente asesinada o desaparecida, las contadas -200 000- y las incontables, aquellas que ya no tuvieron quien dijera sus nombres.

Para fortalecer la esperanza que despuntó en mi horizonte, me alimento del orgullo y la dignidad de las mujeres y hombres ixiles y de todas las personas que reclaman los derechos a la memoria, la verdad y la justicia, que siguen en pie pese a los actos de amedrentamiento desplegados por los partidarios del oscurantismo. Sobreviviente memoriosa, historia de tormentos encarnada, marcada por el dolor, me reconozco piedra en el río de la resistencia que recorre la historia, un granito de arena, la huella de la ola que ha barrido la playa con su furia, una gota de la llovizna que cae imparable sobre el techo de la impunidad, un hilo más en el tapiz de la dignidad y la resistencia. Persistente araña que teje su tela con paciencia y la rehace cada vez que un golpe de viento la destruye. No nos dejamos ni nos arrodillamos, eso es lo que les arde.

Amo a mi tierra y a mi gente con un amor triste y sufrido que dura lo que tengo de vida y que se terminará cuando me entierren. O quizá no. Convertida en hormiga, en gata o en estrella, desde donde quiera que esté, seguramente continuaré cantándole a un país distinto con palabras soleadas, arboladas, en flor, coloridas y hermosas. Un país de justicia en el que quepamos todxs.