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domingo, 7 de diciembre de 2014

Un abrazo universal para los desaparecidos y desaparecidas de todos los tiempos, de todos los países



Los ojos de los enterrados se cerrarán juntos
el día de la justicia, o no se cerrarán.
Miguel Ángel Asturias

No se ha inventado aún el instrumento para medir el impacto y duración de los efectos de la desaparición forzada.

Es imposible medir cuán prolongado e intenso es el dolor que causa perder de esa manera a una persona amada. Sé del paso del tiempo por los surcos en mi piel, por el cabello que emblanquece, pero los relojes y los calendarios no me han servido nunca para sentir que han pasado miles de días, casi 400 meses convertidos en los increíbles 33 años transcurridos desde que nos arrancaron a Marco Antonio. Para el dolor, es hoy. Ese dolor no sabe de presente, pasado ni futuro.

El instante en el que esto sucedió es una marca imborrable. Ser hermana de un niño desaparecido es una seña de mi identidad, una sombra pegada a mi sombra, ineludible memoria de un hecho que sigue sucediendo cada segundo que mi hermano continúa perdido.

Incrustado en mi pecho, ese instante late como otro corazón que registra su ausencia. La medida del tiempo es solo un referente inútil que delimita los linderos del territorio de las pesadillas, tortura perpetua que sueño dormida y despierta, feliz, desesperada, hambrienta, caminando bajo la lluvia helada o un sol quemante, perdida o hallada, enamorada u odiando.

La desaparición forzada es una mordiente pesadilla sufrida a ojos abiertos, en carne viva siempre. Instante multiplicado por millones de instantes anegados por la pérdida. Granos de arena fina en torbellino que se me mete en los ojos, gotas de lluvia fría deslizándose sobre mi piel estremecida, cerrada oscuridad en la que camino buscando a tientas, buscando siempre, también perdida. Sin fecha de caducidad, eso siempre está en mí. Eso soy. No tengo escapatoria.

¿Estoy loca? Desde una maraña de sentimientos huracanados que periódicamente se desbocan y hacen que surjan las eternas preguntas: ¿dónde está?, ¿qué le hicieron?, le escribo a una fotografía, a un recuerdo extendido por el cielo, por mi vida y por cada una de mis horas aunque no lo recuerde intencionadamente, aunque haya días en los que no quisiera recordarlo.

¿Estoy sola en mis evocaciones, en esta indignación que me aprieta la garganta asfixiándome? 

No estoy loca ni sola. Ahora no. Además de mi madre y hermanas, hoy son miles las personas que salen a las calles del mundo para demandar la aparición con vida de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa.

Esa irrupción de verdades largamente silenciadas, inmensas, deslumbrantes, crueles como relámpagos que en plena oscuridad alumbran la cara deforme del monstruo que nos domina y que pretende callarnos, ha dado a luz un hermoso abrazo universal. Por eso, quizá a partir del 26 de septiembre de 2014 se comprenda que la desaparición forzada no solamente arrasa con la vida de las víctimas directas y sus familias, también destruye la convivencia social al vaciar de contenido los conceptos y principios que le dan sentido y cohesión a nuestras sociedades. 

Ojalá que al dejar de ser una experiencia privada, el dolor por los jóvenes estudiantes desaparecidos se convierta en un factor empujado por las multitudes para erradicar para siempre este flagelo de México y el planeta entero.

Ojalá que la indignación y el repudio a la manera atroz en la que fue asesinado y se pretendió desaparecer a uno de los 43 también sirvan para repudiar lo sucedido en la región hace treinta y cuarenta años y robustezca y haga realidad el ¡¡nunca más!! que exigimos las familias de los desaparecidos/as.

(Que Alexander Mora Venancio descanse en paz, una paz que sin piedad le fue arrebatada junto con su vida. Este muchacho 19 años que apenas dejaba atrás sus edades infantiles, estudiante de primer año de magisterio rural en la escuela de Ayotzinapa, merece la justicia al igual que sus demás compañeros.)

Y aún pido más.

Quiero soñar que el abrazo solidario y la indignación nos alcanzarán para cobijar a los desaparecidos y desaparecidas de todos los tiempos y todos los países, que el amor que se mueve también cubrirá a aquellos/as que pesan en nuestras almas desde hace décadas, para rememorar sus nombres y alimentar su búsqueda. 

Quiero soñar que el clamor por la aparición con vida de los jóvenes de Ayotzinapa no se olvidará de que los 43 estudiantes desaparecidos no son un hecho aislado. Ellos se suman a decenas de miles de seres humanos que permanecen con los ojos abiertos aguardando justicia.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Granos de maíz

Como granos de maíz se desgranaron uno a uno los nombres de los 43 muchachos normalistas de Ayotzinapa la tarde del 13 de noviembre. Uno a uno fueron cayendo en el seno de la pequeña comunidad improvisada para la solidaridad con el reclamo de su devolución con vida. ¿El escenario? La acera de la embajada mexicana en Costa Rica, que fue ocupada por unas cien personas, muchas de ellas mexicanas, la mayoría jóvenes mujeres y hombres, quizá estudiantes, que han sido golpeados en sus conciencias y en su dignidad por un hecho atroz, de esos que deberían leerse en los libros de historia medieval: la desaparición forzada de 43 estudiantes de magisterio en Ayotzinapa, México.

También yo, hermana de un niño desaparecido, acudí al llamado de Natalia y Héctor apostando con todos los/las presentes a que el amor y la solidaridad los traerán de vuelta a sus vidas, a sus familias, al futuro del que forman parte y que estaban construyendo con su esfuerzo. Conmigo estuvieron, como siempre, mi niño desaparecido y los ojos cansados y tristes de mi madre tras 33 años de espera.


Una bandera mexicana cerraba el paso en la entrada principal de la embajada. Era una bandera enrarecida sin el rojo y el verde con el blanco al centro, la de siempre, sino ahora enlutada por la traición al juramento de sus autoridades que prometieron, como todos/as los/las mexicanos/as, “ser siempre fieles / a los principios de libertad y justicia / que hacen de nuestra Patria / la nación independiente, / humana y generosa / a la que entregamos nuestra existencia”.

A lo largo de la tapia se colocaron los carteles hechos a mano alzada por nosotros/as junto con las fotografías de los 43. Ellos me miraron con los ojos fijos, mudos, ausentes de la vida política, social y familiar desde que fueron arrebatados el 26 de septiembre, hace casi dos meses. En una de las pocas calles hermosas, bordeada de árboles, en esta ciudad encementada, vi caer el sol; con su luz postrera azafranó la atmósfera. Muy pronto oscureció y la calle se alumbró con velas que se alinearon a lo largo del muro que encierra la embajada.


Escuché cada nombre con la emoción colgando en las pestañas y respondí “ausente” uniendo mi voz a la de los/las reclamantes por su vida y su libertad, entre ellos, uno que otro Marco Antonio, un par de Julio César, dos Carlos y algún Héctor, nombres muy cercanos y amados, que sonaron como martillazos sobre mi corazón. La gente a pie o en carros y autobuses iba de vuelta a casa, algunos saludaban con los pitos, alguien se detenía y soportaba la presión de las de atrás que querían continuar; el chofer de un autobús detuvo el vehículo hasta que se terminó la letanía. Mientras tanto el nudo que tenía en la garganta se disolvió en mis ojos.

Hubo llamados a la acción y al cumplimiento de su deber a las autoridades mexicanas, se señaló que el hecho constituye un crimen de Estado y, por lo tanto, este deberá responder no solo ante los familiares de los desaparecidos, su escuela, su comunidad y el pueblo mexicano, sino ante la comunidad internacional que permanece vigilante de lo que allí sucede. El Embajador permaneció tras las paredes del regio edificio blanco y mandó a sus representantes a recibir la carta que firmamos; en ella se ponía por escrito lo que se reclamaba a viva voz.

Ayotzinapa es un pequeño poblado situado en el estado de Guerrero que, según la salvatandas de internet (la Wikipedia), no tiene más que 84 habitantes. Su nombre significa “lugar de calabacitas”, es la sede de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” en donde estudian los desaparecidos y con lo sucedido, parece haberse transformado en la capital de México, en el centro del mundo.

Exigiendo respuestas, demandando justicia y aparición con vida de los jóvenes estudiantes, víctimas de un crimen de Estado, las marchas solidarias hormiguean en decenas de ciudades en todo el mundo. En todas se repiten los nombres de los jóvenes, seres humanos con derechos que les han sido arrebatados mientras permanezcan indefensos en las manos de sus captores. Digámoslos en voz alta, como cuando la maestra o el maestro pasan lista en el aula, y respondamos ausente por cada uno de ellos:

- Abel García Hernández
- Abelardo Vázquez Peniten
- Adán Abrajan de la Cruz
- Alexander Mora Venancio
- Antonio Santana Maestro
- Benjamín Ascencio Bautista
- Bernardo Flores Alcaraz
- Carlos Iván Ramírez Villarreal
- Carlos Lorenzo Hernández Muñoz
- César Manuel González Hernández
- Christian Alfonso Rodríguez Telumbre
- Christian Tomas Colon Garnica
- Cutberto Ortiz Ramos
- Dorian González Parral
- Emiliano Alen Gaspar de la Cruz.
- Everardo Rodríguez Bello
- Felipe Arnulfo Rosas
- Giovanni Galindes Guerrero
- Israel Caballero Sánchez
- Israel Jacinto Lugardo
- Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa
- Jonas Trujillo González
- Jorge Álvarez Nava
- Jorge Aníbal Cruz Mendoza
- Jorge Antonio Tizapa Legideño
- Jorge Luis González Parral
- José Ángel Campos Cantor
- José Ángel Navarrete González
-José Eduardo Bartolo Tlatempa
-José Luis Luna Torres
-Jhosivani Guerrero de la Cruz
-Julio César López Patolzin
-Leonel Castro Abarca
-Luis Ángel Abarca Carrillo
-Luis Ángel Francisco Arzola
-Magdaleno Rubén Lauro Villegas
-Marcial Pablo Baranda
-Marco Antonio Gómez Molina
-Martín Getsemany Sánchez García
-Mauricio Ortega Valerio
-Miguel Ángel Hernández Martínez
-Miguel Ángel Mendoza Zacarías
 -Saúl Bruno García

Como sus familias, como México entero, como las y los jóvenes a los que acompañé el 13 de noviembre, fervientemente espero que vuelvan para que, más temprano que tarde, en lugar de que el mundo reclame su despiadada ausencia, sean ellos los que respondan presente cuando escuchen sus nombres; que la solidaridad que ha despertado este hecho terrible, como el maíz, sea sembrada en tierra fértil y que germine, eche raíces profundas y dé frutos de paz y de justicia para los 43, sus familias y el pueblo mexicano.

Más información y fotografías en https://www.facebook.com/events/726687600758179/?pnref=lhc.recent

sábado, 8 de noviembre de 2014

Mi hijo es un puñado de estrellas brotando de mi vientre



A los 43, a sus madres, sus padres, al pueblo mexicano, con todo el dolor y la indignación que soy capaz de sentir.


“¿Y qué encontraron?
 -Pues era carbón y pedacitos así de hueso.”[i]

Eso no es mi hijo. Un puñado de ceniza. Una uña. Despojos amontonados en un basurero. Mi hijo no es basura, no es carne quemada, no es sangre mezclada con la tierra. Eso no son sus ojos, los suyos brillaban como soles, sabían mirar más allá de este mundo de miseria, hambre y opresión.

Mi hijo no es una foto, tampoco es un papel, no es solamente un nombre, no es un número en una lista del horror. Es un ser humano. Lo sentí brotar en mi vientre, una semilla germinando en mis entrañas hace 17, 18, 19, 20 años. Le di a la vida, a mi país, un par de manos trabajadoras, una mente ansiosa de saber, conocer y enseñar, una voluntad dispuesta a romper los límites impuestos por la desigualdad, un hombre.

(asesinaron a los estudiantes, calcinaron sus cuerpos, picaron los huesos y luego los arrojaron al torrente de un río)

Fiero, cruel, inhumano. Atroz. No a él. No a mi hijo. No es cierto. No se merece un trato así, tan inhumano. Ningún ser humano lo merece. Ninguna vida debe ser tronchada de esa forma.

Estoy rota. Mis brazos están rotos, no pueden abrazarlo. Mi corazón también, ahora está anegado de dolor, de angustia, de tristeza. No es amor lo que siento, es desesperación, es rabia, indignación, incredulidad, impotencia. ¿Dónde está? ¿Acaso lo sabe algún árbol del camino? ¿Lo sabe la noche que cobijó a sus desaparecedores?

Señor Procurador, ¿Lo sabe usted? ¿Fueron hombres los que dice que les hicieron eso? ¿Los seres humanos, como usted, como yo, son capaces de triturar un cuerpo, de quemar a una persona estando viva?

¿Es la verdad o necesitan acabar su pesadilla, darle vuelta a la hoja y aquí no pasó nada?

En pocos días otra tragedia será el vórtice de sus preocupaciones. La mía está empezando.

Quiero a mi hijo de regreso, palpitante, vibrando, vivo. Me piden demasiado si esperan que acepte la idea de su muerte con palabras que describen lo que mis ojos no pudieron ver.

Mi hijo no es este vacío abismal, no es una bolsa de basura en el fondo de un río.

Él es el dueño de los pasos que oigo en el sendero cuando viene a la casa, de la voz que vibra en mis oídos diciendo palabras de futuro.

¿Esperan que sienta que está muerto hablándome de restos irreconocibles, imposibles de identificar?

¿Esperan que entierre lo que perdió su forma, lo que no tiene rostro ni identidad? ¿Dónde están sus señas más amadas?

(En el basurero, los peritos hallaron "cenizas y restos óseos que por las características que tienen corresponden a fragmentos de restos humanos".)

No lo creo. No me conformo. No quiero que le pongan su nombre a un puñado de cenizas. No quiero que me devuelvan los fragmentos de huesos diciendo que es mi muchacho, mi hermoso joven, mi estudiante, mi futuro maestro rural. Eso no es su nariz, tampoco su frente despejada, no son sus manos callosas que igual empuñaban un azadón que un lápiz. Eso no es el niño que se formó en mi vientre, el que nació de mis entrañas, el maestro rebelde que quería cambiar el mundo desde el aula llevando de la mano a los niños y niñas más pobres de México.

Mi hijo es un puñado de estrellas que brillan en mi noche cuando cierro los ojos en este sindormir que empezó el 26 de septiembre. 

A mi hijo se lo llevaron vivo. ¿Dónde está? ¿Dónde lo encuentro?




[i] México: las últimas horas de los estudiantes desaparecidos en Iguala http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/11/141108_mexico_estudiantes_desaparecidos_ultimas_horas_jcps