sábado, 15 de noviembre de 2014

Granos de maíz

Como granos de maíz se desgranaron uno a uno los nombres de los 43 muchachos normalistas de Ayotzinapa la tarde del 13 de noviembre. Uno a uno fueron cayendo en el seno de la pequeña comunidad improvisada para la solidaridad con el reclamo de su devolución con vida. ¿El escenario? La acera de la embajada mexicana en Costa Rica, que fue ocupada por unas cien personas, muchas de ellas mexicanas, la mayoría jóvenes mujeres y hombres, quizá estudiantes, que han sido golpeados en sus conciencias y en su dignidad por un hecho atroz, de esos que deberían leerse en los libros de historia medieval: la desaparición forzada de 43 estudiantes de magisterio en Ayotzinapa, México.

También yo, hermana de un niño desaparecido, acudí al llamado de Natalia y Héctor apostando con todos los/las presentes a que el amor y la solidaridad los traerán de vuelta a sus vidas, a sus familias, al futuro del que forman parte y que estaban construyendo con su esfuerzo. Conmigo estuvieron, como siempre, mi niño desaparecido y los ojos cansados y tristes de mi madre tras 33 años de espera.


Una bandera mexicana cerraba el paso en la entrada principal de la embajada. Era una bandera enrarecida sin el rojo y el verde con el blanco al centro, la de siempre, sino ahora enlutada por la traición al juramento de sus autoridades que prometieron, como todos/as los/las mexicanos/as, “ser siempre fieles / a los principios de libertad y justicia / que hacen de nuestra Patria / la nación independiente, / humana y generosa / a la que entregamos nuestra existencia”.

A lo largo de la tapia se colocaron los carteles hechos a mano alzada por nosotros/as junto con las fotografías de los 43. Ellos me miraron con los ojos fijos, mudos, ausentes de la vida política, social y familiar desde que fueron arrebatados el 26 de septiembre, hace casi dos meses. En una de las pocas calles hermosas, bordeada de árboles, en esta ciudad encementada, vi caer el sol; con su luz postrera azafranó la atmósfera. Muy pronto oscureció y la calle se alumbró con velas que se alinearon a lo largo del muro que encierra la embajada.


Escuché cada nombre con la emoción colgando en las pestañas y respondí “ausente” uniendo mi voz a la de los/las reclamantes por su vida y su libertad, entre ellos, uno que otro Marco Antonio, un par de Julio César, dos Carlos y algún Héctor, nombres muy cercanos y amados, que sonaron como martillazos sobre mi corazón. La gente a pie o en carros y autobuses iba de vuelta a casa, algunos saludaban con los pitos, alguien se detenía y soportaba la presión de las de atrás que querían continuar; el chofer de un autobús detuvo el vehículo hasta que se terminó la letanía. Mientras tanto el nudo que tenía en la garganta se disolvió en mis ojos.

Hubo llamados a la acción y al cumplimiento de su deber a las autoridades mexicanas, se señaló que el hecho constituye un crimen de Estado y, por lo tanto, este deberá responder no solo ante los familiares de los desaparecidos, su escuela, su comunidad y el pueblo mexicano, sino ante la comunidad internacional que permanece vigilante de lo que allí sucede. El Embajador permaneció tras las paredes del regio edificio blanco y mandó a sus representantes a recibir la carta que firmamos; en ella se ponía por escrito lo que se reclamaba a viva voz.

Ayotzinapa es un pequeño poblado situado en el estado de Guerrero que, según la salvatandas de internet (la Wikipedia), no tiene más que 84 habitantes. Su nombre significa “lugar de calabacitas”, es la sede de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” en donde estudian los desaparecidos y con lo sucedido, parece haberse transformado en la capital de México, en el centro del mundo.

Exigiendo respuestas, demandando justicia y aparición con vida de los jóvenes estudiantes, víctimas de un crimen de Estado, las marchas solidarias hormiguean en decenas de ciudades en todo el mundo. En todas se repiten los nombres de los jóvenes, seres humanos con derechos que les han sido arrebatados mientras permanezcan indefensos en las manos de sus captores. Digámoslos en voz alta, como cuando la maestra o el maestro pasan lista en el aula, y respondamos ausente por cada uno de ellos:

- Abel García Hernández
- Abelardo Vázquez Peniten
- Adán Abrajan de la Cruz
- Alexander Mora Venancio
- Antonio Santana Maestro
- Benjamín Ascencio Bautista
- Bernardo Flores Alcaraz
- Carlos Iván Ramírez Villarreal
- Carlos Lorenzo Hernández Muñoz
- César Manuel González Hernández
- Christian Alfonso Rodríguez Telumbre
- Christian Tomas Colon Garnica
- Cutberto Ortiz Ramos
- Dorian González Parral
- Emiliano Alen Gaspar de la Cruz.
- Everardo Rodríguez Bello
- Felipe Arnulfo Rosas
- Giovanni Galindes Guerrero
- Israel Caballero Sánchez
- Israel Jacinto Lugardo
- Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa
- Jonas Trujillo González
- Jorge Álvarez Nava
- Jorge Aníbal Cruz Mendoza
- Jorge Antonio Tizapa Legideño
- Jorge Luis González Parral
- José Ángel Campos Cantor
- José Ángel Navarrete González
-José Eduardo Bartolo Tlatempa
-José Luis Luna Torres
-Jhosivani Guerrero de la Cruz
-Julio César López Patolzin
-Leonel Castro Abarca
-Luis Ángel Abarca Carrillo
-Luis Ángel Francisco Arzola
-Magdaleno Rubén Lauro Villegas
-Marcial Pablo Baranda
-Marco Antonio Gómez Molina
-Martín Getsemany Sánchez García
-Mauricio Ortega Valerio
-Miguel Ángel Hernández Martínez
-Miguel Ángel Mendoza Zacarías
 -Saúl Bruno García

Como sus familias, como México entero, como las y los jóvenes a los que acompañé el 13 de noviembre, fervientemente espero que vuelvan para que, más temprano que tarde, en lugar de que el mundo reclame su despiadada ausencia, sean ellos los que respondan presente cuando escuchen sus nombres; que la solidaridad que ha despertado este hecho terrible, como el maíz, sea sembrada en tierra fértil y que germine, eche raíces profundas y dé frutos de paz y de justicia para los 43, sus familias y el pueblo mexicano.

Más información y fotografías en https://www.facebook.com/events/726687600758179/?pnref=lhc.recent

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