domingo, 30 de noviembre de 2014

Palabras para Marco Antonio en su 48 cumpleaños



Unas fotos, su pequeño radio de baterías que aún funciona, sus certificados de estudios y el diploma de la primaria, la patineta anaranjada, un librito de cuentos gastado por el tiempo en el que escribió su nombre con un lápiz. No es posible que solo sea eso lo que nos quedó de usted si lo amábamos tanto. Junto con su fe de edad, es toda la evidencia material de su breve paso por el mundo.

Eso y la memoria amorosa de su vida tan corta. Eso y el enorme vacío de su ausencia que no lo llenaría ni toda el agua de los mares. En ese abismo me hundo en octubre al descender la escalera al infierno.

Hermano mío, dolor de mi alma, quiero decirle hoy que jamás lo olvidamos. Al principio, lo esperábamos. Los primeros diez años me aferré ciegamente a su regreso. Ahora lo buscamos. Nunca he dejado de preguntar qué fue de usted, a dónde lo llevaron, en qué lugar fue sepultado, si lo hicieron. ¿Alimentaría con su cuerpo la furia de un volcán o la fuerza del mar? ¿Lo hicieron navegar por algún río? 

Son preguntas absurdas para quien no conoce la horrible realidad construida en mi país por una horda de criminales profundamente crueles, desalmados, que mataron, torturaron y desaparecieron a decenas de miles de personas, incluyendo niños y niñas, como usted, mi hermano, Marco Antonio.

Me he abierto paso por la vida llevándolo conmigo siempre, amada carga, herida abierta en el costado, amor en dolor transfigurado y, sin embargo, amor.

Cada vez que pienso en usted me duele recordar tan poco de su vida tan corta. Es un dolor inagotable que me colma, que no acaba. Jamás terminará, ni aunque yo muera.

Cada vez que me acerco a mis abismos interiores quisiera sentir algo más que la tristeza infinita y este dolor interminable, profundo, que me oprime el pecho y se anuda en mi garganta. Hoy en conmemoración de su vida, ojalá sea el amor el que me tome, el que ilumine su recuerdo y no esta rabia que me ahoga.

La última vez que lo vi, minutos antes de que se lo llevaran los malditos (pude haber sido yo, debí haber sido yo y es la culpa la que habla), usted estaba feliz porque nuestra hermana se les había escapado del cuarte. 

Muy poco nos duró esa dicha. En un afán inútil, quisiera borrar de mi existencia y de la suya el minuto exacto en el que llegaron los engendros del averno a la casa y lo sacaron para siempre de su vida y la mía.

Todo se volvió oscuro y frío, se desdibujó el mundo y se impuso la muerte.

¿Podré hallarlo? He vivido para eso y para la justicia y ahora, para mi desaliento, Guatemala ha sido convertida en el cuartel mundial de la impunidad.

Pasan los años. Su vida se diluye en la mía como la tinta en el agua. Mientras más vivo, más leve me parece su huella y cuanto más me alejo de sus años tan jóvenes, su figura se agranda en mi paisaje, como una montaña que lo domina todo.

Camino por la memoria y en cada esquina encuentro cuchillos afilados, dardos amargos, impaciencia. Me cubro bajo la sombra de la desesperanza.

¿A dónde fueron su olor y su voz? ¿Dónde se apagó su mirada? ¿Dónde están sus huesos que me aguardan? ¿Podré reconocer los jirones de su ropa?

*****

Destejida camino hacia la música. Dejo un rastro de sangre. Me fundo con la luz de la mañana. Me sumerjo en la voz de la cantante… Besos, ternura, qué derroche de amor, cuánta locura. Hundo los pies en el suelo húmedo y suelto, arriba las copas de los árboles derraman su luz verde amarillenta sobre esta porción del mundo.

Quiero estar en la música, sentirla como si fuera lo único y lo último. Nada existe más allá de este minuto. Sus manos se desplazan velozmente en el aire, bajan y suben sobre los bongós siguiendo el ritmo. Trato de asirme a ese momento con todas mis fuerzas, quizá así lograría olvidar quien soy, de donde vengo y que no puedo ir hacia ninguna parte.

Casi lo consigo.

De pronto, la suave luz de la mañana se quiebra. El mundo se deshace ante mis ojos que ya no pudieron contener la catarata de las lágrimas.

No sé qué hacer y estoy desesperada.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

Elegía a Ramón Sijé
Miguel Hernández

Quisiera escarbar la tierra con los dientes, la tierra que lo guarda, ojalá. Quisiera ir a tocar las puertas de sus casas, sacarlos de sus camas. Quisiera derribarles los cuarteles, convertir sus muros y puertas en cenizas y horadar el suelo hasta encontrarlo. Ay, hermano.

Quisiera que nos vieran, que fueran capaces de sentir el dolor y la angustia que sembraron. Quisiera que sintieran horror por lo que hicieron (¿cómo pudieron, madre de mi alma?). Quisiera que se vieran a sí mismos como los ven mis ojos: criminales. Quisiera preguntarles si recuerdan al niño que le arrebataron a mi madre hace 33 años. Ella sigue esperando y abrazando al vacío.

*****

Sin embargo siempre hay un sin embargo, un contrapeso, una luz que seguir y que nos ilumina, un cabo suelto que debe ser atado, un camino cerrado que hay que sobrevolar. Seguir buscándolo es lo que nos sostiene. La justicia es la utopía que se aleja y nos define el rumbo.

Lo quiere, su hermana

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada