domingo, 2 de noviembre de 2014

Todos/as somos #Ayotzinapa



El 2 de noviembre, un día en el que en México y Guatemala se recuerda festivamente a los muertos aunque parezca un contrasentido, recordé con tristeza a mi hermano sin tumba conocida, a las decenas de miles de desaparecidos/as en Guatemala y en el mundo, sobre todo, a los 43 muchachos desaparecidos en México, un hecho por el que solidariamente todos/as somos #Ayotzinapa.


Tratando de encontrar un hilo para desgranar los sentimientos, placas tectónicas movidas por la fuerza del magma hirviente de esa nueva tragedia, busqué “solidaridad” en el diccionario. Esperaba una definición que incluyera palabras como amor, fraternidad, sororidad, abrazo, cercanía, empatía, sentir con el otro/a y un corto etcétera que muestra lo que sesgadamente creo que es esa ¿actitud? ¿Principio ético, político, humano? ¿Sustancia interna que nos hace rev/belarnos e indignarnos ante al sufrimiento humano provocado no por los avatares de la vida, sino por las acciones perversas del(os) poder(es) de todo tipo y tamaño? (La vida me ha enseñado que hay poder con P mayúscula y poderes proporcionalmente letales). Pero no. En cambio, hay un par de frases resecas, pálidas y descarnadas que no me sirven para este comienzo.

La solidaridad es la manera en la que nos colocamos respecto de nuestros semejantes y, en general, de todo lo que respira, se mueve, reverdece, da frutos, flores, vuela, trina, ladra, muge, maúlla… Podemos situarnos arriba, abajo, por encima del hombro y arrugando la nariz frente a lo distinto o, ¡oh, maravilla! al lado, revueltos, abrazados, respirando el mismo aire, viéndonos a los ojos, sintiéndonos, tocándonos, compartiendo el espacio - tiempo, amándonos, una/o al lado del otro y de la otra defendiendo la vida porque allí está la nuestra.

Desde ese punto de vista, la solidaridad está relacionada con la forma de ser y estar en el mundo, cómo nos construimos a nosotros/as mismos/as y nuestras identidades y cómo nos vinculamos con el prójimo. ¿Somos seres humanos iguales, interdependientes, o discriminamos por alguna sinrazón (clase, género, origen nacional, etnia, definición política, edad, color)? Situadas/os al lado de seres humanos con dignidad y derechos, viéndonos, sintiéndonos como iguales, nos indignamos ante las injusticias.

Y eso, justamente, fue lo que ocurrió en Iguala: una injusticia del tamaño de la humanidad contra las vidas prometedoras de 43 jóvenes estudiantes desaparecidos forzada e involuntariamente, una tragedia para sus familias y el pueblo mexicano, hermano del mío en el refugio y el exilio.

¿Cómo es posible que se continúe desapareciendo impunemente a las personas? ¿Cómo es posible que un crimen tan horrendo se siga repitiendo en todo el mundo? ¿Qué clase de seres humanos somos? ¿Qué clase de sociedades hemos construido? No es posible continuar permitiendo que predominen la muerte, la injusticia, la impunidad para estos crímenes.

Sin embargo, hasta ahora los reclamos de aparición con vida se han estrellado contra el muro que resguarda a los desaparecedores. Así ha sido siempre, sobre todo en Guatemala, pero ahora no tiene porque serlo. El mundo entero sabe lo sucedido, ha sido inocultable. “La solidaridad es la ternura de los pueblos”, como decía el Che, y la gente, sobre todo los/las jóvenes, han colmado con ella las plazas y calles mexicanas y de muchas ciudades del planeta demandando la aparición con vida de los 43 muchachos.

El 26 de octubre se cumplió un mes de esta tragedia. Quiero creer con sus madres y padres, que les serán devueltos con vida y en poco tiempo esta será una pesadilla que se ha quedado atrás. Desde el 26 de septiembre soy Ayotzinapa, siento su pesar, el mismo que he vivido por 33 años, comparto desesperanzada su esperanza y les doy mis lágrimas enrabiadas, plenas de indignación.

Porque, como dice el preámbulo de la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas, este crimen “constituye una afrenta a la conciencia del Hemisferio y una grave ofensa de naturaleza odiosa a la dignidad intrínseca de la persona humana (…) [que ] viola múltiples derechos esenciales de la persona humana de carácter inderogable [y] la práctica sistemática de la desaparición forzada de personas constituye un crimen de lesa humanidad”, seamos todos/as #Ayotzinapa y detengamos el mundo hasta que los 43 muchachos normalistas sean devueltos con vida, como en el poema de Vallejo:
Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: “No mueras, te amo tanto!”
Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
“No nos dejes!” ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: ¡Tanto amor, y no poder nada contra
la muerte!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: ¡Quédate hermano!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

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