sábado, 29 de junio de 2013

De víctimas a ciudadanas/os: las mujeres y los hombres maya ixiles a la hora de la justicia

En Guatemala, donde el calendario está inmóvil desde hace 500 años en asuntos estructurales, en los primeros meses de 2013 fuimos testigos de hechos imposibles. La Asociación Justicia y Reconciliación ejerciendo su derecho a la justicia sentó en el banquillo de los acusados a dos integrantes de la cúpula militar que sometió a Guatemala tras el golpe de Estado de 1982. Con firmeza, paciencia y lealtad a la sangre derramada, las mujeres y hombres sobrevivientes de la persecución contra el pueblo maya ixil reafirmaron sus derechos como víctimas en términos jurídicos frente a las graves violaciones a los derechos humanos de las que fueron objeto, tal como lo establecen las Naciones Unidas en los Principios y directrices básicos sobre el derecho de las víctimas de violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos y de violaciones graves del derecho internacional humanitario a interponer recursos y obtener reparaciones:

8. A los efectos del presente documento, se entenderá por víctima a toda persona que haya sufrido daños, individual o colectivamente, incluidas lesiones físicas o mentales, sufrimiento emocional, pérdidas económicas o menoscabo sustancial de sus derechos fundamentales, como consecuencia de acciones u omisiones que constituyan una violación manifiesta de las normas internacionales de derechos humanos o una violación grave del derecho internacional humanitario. Cuando corresponda, y en conformidad con el derecho interno, el término “víctima” también comprenderá a la familia inmediata o las personas a cargo de la víctima directa y a las personas que hayan sufrido daños al intervenir para prestar asistencia a víctimas en peligro o para impedir la victimización.

Asumiéndose como ciudadanos y ciudadanas con iguales derechos, junto con un Ministerio Público dirigido por una valerosa mujer, lograron lo que el Estado guatemalteco no hizo durante tres décadas al incumplir con su obligación internacional y constitucional (art. 2 de la Constitución guatemalteca) de garantizarles el acceso a la justicia:

4. En los casos de violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos y de violaciones graves del derecho internacional humanitario que constituyen crímenes en virtud del derecho internacional, los Estados tienen la obligación de investigar y, si hay pruebas suficientes, enjuiciar a las personas presuntamente responsables de las violaciones y, si se las declara culpables, la obligación de castigarlas. Además, en estos casos los Estados deberán, en conformidad con el derecho internacional, cooperar mutuamente y ayudar a los órganos judiciales internacionales competentes a investigar tales violaciones y enjuiciar a los responsables.
Ajpú Cerbatanera, cautelosa, tratando de mantener el corazón lastimado bajo siete candados de escepticismo y desconfianza, me mantuve pendiente de los acontecimientos que ocurrieron en ese agujero que se abrió en el tiempo y el espacio para romper la impunidad que habitualmente se vive en mi país. Pero, a medida que avanzaba el juicio, no pude evitar que se elevara mi alma, un globo colorido inflado de ilusiones y sueños de un país diferente, con justicia.

Como nunca antes, durante una treintena de días luminosos, el pueblo perseguido y discriminado, los vencidos, las mujeres violadas, se adueñaron del escenario y pronunciaron la verdad histórica, la que narra lo vivido en sus propios espíritus y cuerpos. Hasta el último rincón del planeta resonaron las declaraciones vertidas ante el Tribunal A de Mayor Riesgo por varias decenas de hombres y mujeres ixiles sobrevivientes a las operaciones de tierra arrasada de 1982 y 1983, ejecutadas por el ejército comandado por Efraín Ríos Montt, ex jefe de Estado. Junto con él, compareció Mauricio Rodríguez Sánchez, ex jefe de inteligencia.

El 10 de mayo, el proceso emprendido hace más de una década parecía haber concluido con la victoria de la justicia, un acontecimiento insólito en el país de la eterna impunidad. Según sus partidarios, los delitos de genocidio e incumplimiento de deberes de humanidad por los que fue condenado el ex dictador Ríos Montt fueron “actos heroicos necesarios para salvar a Guatemala”. Sin embargo, a los 1 771 hombres y mujeres, niñas y niños que fueron asesinados (aún los no nacidos, lo que parece no importar a quienes desde la hipocresía y la doble moral se oponen al derecho de las mujeres a decidir sobre los hijos que quieren tener o los/las defensores/as a ultranza de los presuntos delincuentes uniformados), nadie los salvó de la calificación de enemigos ni de sufrir los actos letales, desquiciados, descritos por las y los testigos ixiles a quienes apenas pude escuchar en el juicio sin ahogarme de pena. A las mujeres violadas, torturadas, aprisionadas en los cuarteles militares, nadie las protegió ni evitó las atrocidades que atravesaron sus cuerpos y espíritus ni las liberó de la esclavitud y la degradación a las que fueron sometidas. No les dieron de comer a los niños y niñas que murieron en la huida permanente en que se convirtió su existencia tras haber perdido todo, menos la vida. Se las arrebató después el hambre, las enfermedades, la dureza del clima, las bombas y las balas que caían de un cielo que no supo apiadarse de los más necesitados. 

No puedo dejar de preguntarme ¿cómo pudieron matar a tanta gente sin sentir remordimientos? ¿Qué les hizo creer que eran los dueños del horrible momento de la muerte inhumana y atroz de millares de personas, seres humanos con derecho a vivir y a ser felices, a ver otros momentos, como dijera uno de los testigos? Y él, el condenado, ¿cómo pudo permanecer imperturbable, casi petrificado, sin caer de rodillas frente a sus acusadores/as, sin asumir su responsabilidad, sin pedirles perdón?

La única posible explicación para estas actitudes inhumanas es que ellos siguen viendo a sus presuntos enemigos como cosas, seres distintos e inferiores. Es una visión calada por el miedo a perder sus riquezas malhabidas, sobre todo la tierra de la que les han despojado por siglos. Desde su punto de vista –tan estrecho, tan limitado por la lógica de la acumulación de riqueza a costa de lo que sea, tan racista y excluyente, tan autoritario, tan egoísta, tan codicioso- las y los ixiles no son personas iguales, con derechos, no son seres humanos, por lo tanto se les puede –y se les debe- aniquilar. 

Algo tiene que estar muy mal en Guatemala para que se consideren como hechos necesarios y heroicos los más graves crímenes contra la humanidad. Eso que está muy mal hizo posible que el 20 de mayo el proceso y la sentencia se vinieran abajo. Para vergüenza ajena, la CC avaló la conducta antiética de uno de los defensores y decidió sobre asuntos de procedimiento que no son parte de su jurisdicción, los que, además, podían resolverse en el sistema de la justicia ordinaria. Desnudo, se arrodilló ante la arrogancia de los poderes económico y fáctico y, mediante una decisión ilegal, anuló la sentencia que condenó al ex dictador a ochenta años de prisión por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad. Puesto a prueba, el sistema de justicia mostró en toda su crudeza su falta de independencia, sus taras, sus carencias en una decisión política revictimizadora que mantiene la impunidad no solo del criminal convicto, sino también la de todos aquellos que resultaran responsables al desarrollarse la investigación ordenada por el fallo del Tribunal A de Mayor Riesgo.

Durante muchos días, cada mañana al despertar lo primero que venía a mi cabeza era el proceso intrincado contra Ríos Montt y sus secuaces. El júbilo truncado. La esperanza reverdecida nuevamente reseca. Enmudecí. Dejé de pensar, de escribir. Un tarugo amargo me bloqueó la garganta. Una gruesa cadena me aherrojó las ideas. Un cuchillo de sal se me clavó en el pecho. Un cielo nublado se me instaló en los ojos y no quise ver más. 

Pero, pese a la ilegal anulación de la sentencia del Tribunal A de Mayor Riesgo -que ha sido recibida por la comunidad jurídica internacional como un invaluable aporte, sobre todo porque se recogen los abusos sexuales contra las mujeres- tengo motivos para sentir orgullo por la dignidad con la que las víctimas, ahora ciudadanas y ciudadanos que reclaman derechos como iguales, se pusieron de pie frente al tribunal para dar sus testimonios y demandar justicia.

Nadie me quita lo bailado. Guardaré hasta los últimos días de mi vida la imagen del otrora poderoso dictador sentado frente al tribunal, respondiendo por crímenes inimaginables. Todos los miedos juntos se conjugaban en sus ojos inertes que, aún desde una pantalla fría, parecía que me miraban. En ellos persiste la locura de otro tiempo de muerte en el que el río del odio desbordado anegó Guatemala con la sangre de tantísima gente asesinada o desaparecida, las contadas -200 000- y las incontables, aquellas que ya no tuvieron quien dijera sus nombres.

Para fortalecer la esperanza que despuntó en mi horizonte, me alimento del orgullo y la dignidad de las mujeres y hombres ixiles y de todas las personas que reclaman los derechos a la memoria, la verdad y la justicia, que siguen en pie pese a los actos de amedrentamiento desplegados los partidarios del oscurantismo. Sobreviviente memoriosa, historia de tormentos encarnada, marcada por el dolor, me reconozco piedra en el río de la resistencia que recorre la historia, un granito de arena, la huella de la ola que ha barrido la playa con su furia, una gota de la llovizna que cae imparable sobre el techo de la impunidad, un hilo más en el tapiz de la dignidad y la resistencia. Persistente araña que teje su tela con paciencia y la rehace cada vez que un golpe de viento la destruye. No nos dejamos ni nos arrodillamos, eso es lo que les arde.

Amo a mi tierra y a mi gente con un amor triste y sufrido que dura lo que tengo de vida y que se terminará cuando me entierren. O quizá no. Convertida en hormiga, en gata o en estrella, desde donde quiera que esté, seguramente continuaré cantándole a un país distinto con palabras soleadas, arboladas, en flor, coloridas y hermosas. Un país de justicia en el que quepamos todxs.

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