domingo, 16 de marzo de 2014

El duelo dificultoso, inacabado, permanente


Este artículo tiene su antecedente en ¡Queremos a Ciani vivo!, es un intento de explicar lo que vivimos las y los familiares de las personas desaparecidas

Hoy me despertó el sonido de mi llanto por la desaparición de Marco Antonio. En el sueño, eso acababa de suceder. No era un llanto callado sino un aullido que traspasa más de la mitad de mi vida, un agujero en el alma y en el cuerpo que llevo –y que me lleva- desde hace décadas. Recrear en pesadillas que hoy, 16 de marzo de 2014, se están llevando a mi hermano para siempre, es parte de lo que me provoca ese hecho terrible, es lo que he vivido durante casi 33 años. Aunque quisiera creer que mi experiencia es única, estoy segura de que siento lo mismo que muchísima gente en Guatemala y Latinoamérica, empezando por mi propia familia, mi madre, mis hermanas.

Me levanto y veo a través de la cortina. Suelto la mirada sobre una mañana despejada. La aurora, como en las epopeyas griegas, tiñe de rosa el horizonte. El día se anuncia caluroso, pero un viento susurrante hace que me estremezca. Me acosa la duda: ¿mi madre y mis hermanas sentirán del mismo modo este dolor sepultado que a veces se desentierra en pesadillas, en tristezas rabiosas, en esas noches largas, largas, en las que no cierro los ojos?

De esto no se habla entre nosotras pero tampoco con nadie más. Es tabú. Es doloroso hacerlo y también duele lo contrario. Sin quererlo, nos ignoramos mutuamente en esta arista espinosa, quizá nos enmudece el temor a caer doblegadas por el peso de un sol oscuro y enorme y no encontrar las fuerzas para volver a levantarnos. Así, ha pasado una vida. Sobre esto he escrito muchas veces y ahora trataré de explicar de qué se trata.

A diferencia de las familias que pierden a un ser querido de modo violento o natural, en los casos de desaparición forzada el proceso psíquico de elaboración de la pérdida se desarrolla de una forma muy lenta y dificultosa, ya que hacen falta los elementos habituales del duelo: la certeza de que la persona murió; el acceso al conocimiento de las circunstancias de su fallecimiento; y, el paradero del cadáver. En consecuencia, nos está vedado desarrollar las prácticas rituales como la velación y el funeral mediante las que se recibe la respuesta social solidaria.

Esa difícil elaboración de la pérdida –que pasa por varias etapas hasta llegar a la aceptación o resignación -debida a la ausencia de la prueba de la muerte de nuestro ser querido, ni más ni menos que su propio cuerpo sin vida- hace que
Muchas personas ha(ya)n buscado en vano durante años a un allegado desaparecido. Conocemos a madres cuyos hijos han desaparecido y que, después de casi treinta años, aún siguen esperando la aparición de su hijo. Los familiares suelen resistirse a aceptar la muerte de un miembro desaparecido y, en muchos casos, sufren síntomas de duelo complicado, como imágenes intrusivas o crisis emocionales graves, o niegan los efectos de la pérdida. Como consecuencia, les suele resultar difícil efectuar las actividades habituales del trabajo y del hogar.[i]
El duelo es “la pena, el sufrimiento y el desamparo emocional causados por la muerte o la pérdida de un ser querido”. En circunstancias normales, se vive una etapa de luto en la que se dan una serie de ritos acordes con la cultura a la que pertenecemos que están marcados por nuestras creencias, religiones y costumbres; en ellos, el cuerpo de la persona fallecida ocupa el lugar preponderante. El velorio, las ceremonias religiosas, los homenajes diversos, la vestimenta, las comidas, las flores, son parte de la despedida a nuestro ser querido, también la demostración de nuestro sufrimiento, del cariño hacia él o ella y el homenaje y reconocimiento a su vida. Pero no son solamente una suerte de obligación social que nos permite recibir compañía y solidaridad, también contribuyen a que nuestra psique se empiece a acomodar ante una situación muy dura.

Cuando una persona es desaparecida de manera forzosa, no cabe ninguna ceremonia de despedida porque nuestra primera reacción es buscarla, encontrarla, devolverla a su lugar, a la casa, al seno de la familia. Es una situación profundamente inhumana para la que no se ha inventado ningún ritual de acompañamiento; es más, es tan aterradora que la respuesta social fue el aislamiento de las familias que sufrimos la desaparición de un ser querido por el miedo al “contagio”.

En este sentido, “En estudios recientes, se ha demostrado que el proceso de elaboración del duelo se vuelve particularmente difícil cuando las circunstancias de la muerte representan una amenaza para las concepciones de la persona en cuestión o cuando recibe escaso apoyo social”.

Según estudios hechos en otros países, “Muchos profesionales de la salud mental han observado que si los familiares optan por aceptar la muerte de la persona desaparecida, sienten que la están "matando"”. Exactamente eso sentí cuando decidí que no podía continuar esperando encontrar vivo a mi hermano después de una década. Si eso me había ayudado a vivir y a medio recuperarme de lo que yo llamo “mi locura”, a esas alturas ya me estaba matando y enloqueciendo, me llegué a sentir fuera de este mundo.

Otro efecto nocivo son las “fantasías de que su ser querido está viviendo en algún lugar lejano y que no vuelve a casa porque no le está permitido, o que está en prisión”. Esto lo experimentó una de nosotras la primera vez que fue a La Habana –en 2005-, donde creyó que podría encontrar a Marco Antonio porque una de las tantas “explicaciones” con las que pretendieron apaciguar los reclamos y las denuncias era que “los desaparecidos están en Cuba”.

Además, “Las personas que no cuentan con la posibilidad de llorar a su ser querido fallecido pueden no ser capaces de realizar efectivamente el duelo y pueden sufrir la detención del proceso de duelo o reacciones atípicas.” Es cierto que no se puede llorar, aún me cuesta. Llorar en aquel tiempo era hasta un problema de seguridad. Hubo que endurecerse, hacerse callos en el alma y contener las lágrimas, los gritos, los aullidos de dolor. No llorar fue parte del silencio y el aislamiento en el que sufrimos esta arrancadura del corazón.

Agregado a lo anterior, “La incredulidad continua acerca de la muerte de un ser querido impide a las personas iniciar el proceso de duelo normal e implica un riesgo elevado de duelo complicado”. Y, por si fuera poco, “Se ha observado que los familiares de personas desaparecidas tienen más ansiedad y trastornos por estrés postraumático (TEPT) que los familiares de personas fallecidas.” Entre los efectos se cuentan el “insomnio, pensamientos con imágenes de los muertos, períodos imprevisibles de ira, ansiedad, culpa del sobreviviente, paralización de emociones y retraimiento respecto de los demás. Estos síntomas son típicos del duelo crónico e irresuelto, así como del TEPT.” Sobre cada uno de ellos, podría contar tantas cosas, de lo que más he hablado en Cartas a Marco Antonio es del insomnio; la culpa definitivamente merece un capítulo aparte.

El duelo dificultoso, inacabado, permanente, el círculo abierto, el agujero en el costado, la herida sangrante, se interpretan como cuadros depresivos que, al no serlo, no reciben atención ni tratamiento eficaz ni médica ni psicológicamente.

Además de los aspectos psicológicos, hay una serie de impedimentos sociales y hasta legales que dificultan el duelo por una persona desaparecida. Las leyes del trabajo que prevén permisos por fallecimiento, no disponen lo mismo por una desaparición (mi madre tuvo que ir a trabajar al día siguiente). Y, como ya dije, los rituales de acompañamiento y solidaridad que “ayudan a la persona en duelo a entender que la vida debe continuar, así como a reintegrarse en la sociedad” son imposibles tras una desaparición forzada en contextos de persecución, terror y aislamiento social.

Pero tampoco tienen sentido tales ritos y normas de duelo y luto respecto de una desaparición forzada. A mí y a mi familia jamás se nos ocurrió vestirnos de negro por Marco Antonio ni hacer un acto religioso y, mucho menos, publicar una esquela. Fue tan brutal el golpe, tan desquiciante, que sencillamente nos cerramos a la posibilidad de su muerte. No lo buscamos nunca entre los muertos, que llegaban por montones a las morgues, ni en los botaderos de cadáveres que aparecían todos los días en cualquier parte del país. Mi madre y mi padre lo buscaron vivo; recurrieron a todos los militares que pudieron y también a sus esposas –la de Ríos Montt incluida-, parientes y amigos; hablaron con autoridades de todos los tamaños, obispos y arzobispos, con delincuentes que se acercaron a atracarlos pidiéndoles todo a cambio, hasta la vida, para devolvérselos.

Por otra parte, leyendo el artículo que he ido glosando, me enteré de que es normal “tener pensamientos intrusivos y, a veces, sentir que las visitan fuerzas sobrenaturales, sea durante el sueño, sea en vigilia”, que eso es parte del duelo crónico y del síndrome de estrés postraumático. No me da pena decir, entonces, que no puedo estar sola en mi propia casa, que me da miedo la oscuridad y que, cuando no tengo compañía, me encierro en mi cuarto y ni siquiera un temblor me sacaría de allí.

¿Qué se necesita para devolverle a esta situación horrible algún viso de humanidad? “Los familiares sólo pueden iniciar el proceso de duelo normal cuando han recibido la partida de defunción.” No tenemos la partida de defunción de Marco Antonio, pero no solo eso nos falta. Tampoco sabemos la verdad de lo ocurrido, con nombres y apellidos. No tenemos una certeza absoluta de su muerte. No hemos recuperado sus restos ni los hemos enterrado como es nuestro derecho, y también el de él. No ha habido justicia. Seguimos prisioneras en una cárcel de incertidumbre y dolor, de vacío, de duelo crónico, inacabado, quizá eterno. Por eso, el relator de tortura de la ONU consideró que “el sufrimiento que se inflige a los familiares de una persona desaparecida puede equipararse a la tortura, violación grave de los derechos humanos”[ii]. La tortura psicológica y espiritual se agrava en un contexto perverso de cinismo e impunidad caracterizado por la negación de la responsabilidad de los desaparecedores, torturadores y genocidas.

Por eso, no admitir la muerte de mi hermano sin que medie una explicación, sin saber qué le hicieron y quiénes, sin recuperar sus restos y sin que se haga justicia no es un capricho de gente estúpida que no comprende que el tiempo pasa y que para ser felices hay que perder la memoria. Mis reacciones, el trauma, todo lo vivido a lo largo de más de tres décadas son parte de la respuesta humana normal frente a hechos inhumanos y brutales.

Varias conclusiones: la mamá de Antonio Ciani no estaba loca, tampoco yo, tampoco las Madres de la Plaza de Mayo ni la mamá de Juan Luis Molina Loza, que fue internada en el hospital psiquiátrico guatemalteco después de que rompieron las cadenas con las que se había atado a las puertas del Palacio Nacional. No soy una resentida ni estoy amargada y soy fuerte y capaz de ver hacia adelante, como mi madre y mis hermanas, como las y los incontables familiares de desaparecidos/as en Guatemala y en el continente.

Pese al dificultoso duelo, que sigo elaborando, adelante lo que vi fue mi vida y la de mis hijos, logré reconstruirla y apoyarlos con todo lo que fui capaz, material e inmaterial, para que construyeran sus propias opciones. Ahora, lo que veo adelante es la justicia y un duelo pendiente cuyo cierre depende de las circunstancias. 

No obstante que la desaparición forzada sistemática y masiva es parte sustantiva de una problemática que nos atraviesa de parte a parte, que está en la base no solo de la dominación y el terror que siguen imperando en Guatemala, sino también del sufrimiento humano que se sigue viviendo en un contexto de relaciones sociales y políticas violentas y autoritarias, sigue siendo una situación ignorada. 

La desaparición forzada no se conoce socialmente, es una vivencia individual, privada, encerrada en el alma de cada persona que la sufrió en su propia carne y sangre. Tampoco ha sido suficientemente investigada por la academia y se desconoce deliberadamente por parte del poder que lo que quiere es borrarla y borrarnos, como hicieron con nuestros seres queridos/as. Por eso, y más, nuestras reacciones como familiares de personas desaparecidas han sido silenciadas, negadas y estigmatizadas.

Romper el silencio y mantener la memoria junto con la demandas de verdad y justicia es un acto de amor, un sentimiento sepultado bajo innumerables estratos de dolor que he debido exhumar en mi propia existencia. También es una postura política y ética, un acto de fortaleza y resistencia en el que racional e irracionalmente escojo no perdonar ni olvidar. Es un acto profundamente humano, que hunde sus raíces en necesidades emocionales, psíquicas y espirituales que nos hacen ser lo que somos, personas. La respuesta que obtenemos a estas demandas, describe con elocuencia cómo es nuestra sociedad.


[i] Los entrecomillados son citas de "Negación y silencio" o "reconocimiento y revelación de la información", un artículo Magriet Blaauw, Virpi Lähteenmäki publicado en la Revista Internacional de la Cruz Roja disponible en http://www.icrc.org/spa/resources/documents/misc/5ted5u.htm
[ii] Informe del Relator Especial sobre la cuestión de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, Doc. ONU A/56/156, 3 de julio de 2001.

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