viernes, 22 de junio de 2012

Los desaparecidos están en todas partes, con los ojos abiertos ellos y ellas siguen clamando por justicia




Me recibe la tarde, una muy hermosa y soleada en plena época de lluvia. Un viento suave me refresca mientras en el cielo maravillosamente azul las nubes navegan como barcos enormes de figuras cambiantes. Mi alma aprisionada se lanza a la libertad de las cimas de los pinos. Desde donde estoy, al otro lado de la calle, huelo su fragancia por encima del olor a gasolina que satura el aire que respiro. Atrás quedaron el tedio de los días iguales y el ánimo sombrío. Me siento feliz.

Un arbusto espinoso me regala sus dulces gemas rojas y brillantes, pero sus ramas me clavan sus diminutos garfios mientras se enredan en mis manos. Llega la noche. La felicidad que experimento se extingue con el día y vuelvo a ser yo, la de siempre. La alegre, triste, serena, enardecida, inconforme, rebelde, desesperanzada, pesimista inmediata, optimista de largo plazo, dolorida… Soy la madre de dos hijos, la empleada de escritorio, la hija de mi padre y una mujer de hierro cuya fortaleza me levanta día a día el espíritu, la hermana de tres mujeres dignas y luchadoras, la compañera del hombre más bueno del mundo, la hermana de Marco Antonio, mi niño, cuya sola mención me humedece la mirada.

Soy muchas cosas y en esencia una sola: la hermana mayor de Marco Antonio, un niño desaparecido por la G2 del ejército de Guatemala el 6 de octubre de 1981. Y no puedo pensar, recordar ni escribir esto que soy ni esto que pasó, sin llorar y sin descender al fondo del pozo de dolor en que se convierte mi alma cada vez que evoco su nombre. Marco Antonio.

Pronto se cumplirán 31 años de su detención ilegal y posterior desaparición forzada. También se cumplirán 31 años del inicio de un largo camino que recorrí desenterrándome, reencontrándome conmigo misma, reconstruyéndome, en un proceso que no acabará nunca. Tampoco hay respuestas para las eternas interrogantes que nos atormentan. ¿Qué pasó con él? ¿A dónde lo llevaron? ¿Cuándo lo mataron? ¿Cómo? ¿Sufrió mucho? ¿Dónde dejaron su cuerpo? ¿Quiénes son los responsables? ¿A quiénes debemos perseguir penalmente? ¿Lograremos hallarlo? ¿Y la justicia?

Mi madre dice que desde que eso pasó ha sido como si le hubieran quitado un brazo. Mutilada, no sé cómo ha logrado vivir cada segundo después del día maldito. Ella persiste y espera, igual que yo, que mis hermanas. Mi padre se “robotizó”, así decía, para soportar la ausencia forzada de su hijo durante 13 años y 13 días, hasta que decidió morirse totalmente. Jamás lloramos juntos. Difícilmente nombrábamos a Marco Antonio y tampoco soportábamos estar en familia porque su ausencia era más notoria. Esto persiste, aunque ahora logramos encontrarnos y vernos a los ojos.

Nos sentimos culpables, aunque no lo somos; sin duda sabemos quienes fueron los que se lo llevaron. Sin embargo, la culpa es inevitable y ya me di por vencida en el afán de superarla. Y el dolor. Uno vive con eso. Me levanto, me baño y cuando su recuerdo parece que quisiera empezar a asomarse me duele de tal modo que quisiera morirme. Me peino, desayuno, trabajo cada día frente a una computadora y se me olvida que tengo un hermano desaparecido cuando era solo un niño. Sin esa amnesia útil, cotidiana, sencillamente ya me hubiera muerto de dolor, de tristeza, de rabia, de impotencia, de todos los sentimientos difíciles que me provocan su pérdida y la impunidad de los criminales que ordenaron y ejecutaron la operación que acabó con su vida y las nuestras.

Pero con la misma mano con la que escribo del dolor, escribo de la justicia, de nuestro denodado anhelo de encontrarla, y de la búsqueda de la verdad y los restos de Marco Antonio. Él no es un número ni una estadística. Es mi hermano, un ser humano que merecía vivir, al igual que todas las víctimas del terrorismo de Estado en Guatemala y América Latina.

Lxs familiares de las personas desaparecidas tenemos una forma distinta de llevar el recuento del tiempo. Sin calendarios ni relojes, sin días ni noches, sin estaciones, lo que cuenta es la ausencia. Nuestra aritmética también es otra. Así, si al 21 de junio de 2012 le resto el 6 de octubre de 1981, el resultado son treinta años, ocho meses y quince días de un vacío insondable en el que la presencia de mi hermano ha sido sustituida por la melancolía. Los aproximadamente once mil doscientos quince días de angustia, multiplicados por la irreversibilidad de su ausencia, son lágrimas punzantes no lloradas en cada una de las pestañas. Contamos el tiempo en millares de de palabras no dichas, de abrazos fallidos al espacio y al tiempo que debió haberse llenado con su vida. El resultado final dividido por el odio y la saña de los desaparecedores, es inasible, pero debo restarle el desánimo, la impotencia y la desesperanza que con frecuencia me asaltan, el brazo que le falta a mi madre y me queda un vacío que, elevado a la enésima potencia, es el que hace explotar bombas atómicas.

Todo ello ha de ser calculado con la impiedad de los malditos y el océano de tristeza que se tragó la vida de mi padre, el mismo en el que trece años después se hundió su cuerpo. Son tantas gotas de mar como segundos de su vida no vivida, hermano de mi alma, por la voluntad de un puñado de criminales que ojalá se pierdan para siempre en el infierno que llevan adentro de sí mismos.

Es cierto lo que dice el afiche, los desaparecidos/as están en todas partes. Ellos, que quisieron borrarlos de la vida, despojarlos de su dimensión humana, que les arrebataron no solo su derecho a vivir sino también su derecho a morir con dignidad, no contaron con que lxs guardaríamos por siempre en nuestros corazones, en nuestra terca memoria, en nuestra voluntad de seguirlos amando y de seguirlos buscando, en la decisión firme de que se haga justicia.

Los desaparecidos y desaparecidas también están en las fosas ilegales de los cuarteles militares, en los cementerios clandestinos, sus nombres siguen enterrados en los archivos que nos han escamoteado para resguardar la impunidad de los desaparecedores. Donde quiera que estén, donde quiera que hayan arrojado sus cuerpos -en el mar, en los volcanes, en los ríos, bajo la tierra- con los ojos abiertos ellos y ellas siguen clamando por justicia.

A la par de la memoria amorosa, no olvido, no quiero, por más que me lastime, la extremada crueldad de los captores, su armada prepotencia y el menosprecio del oficial de la G2 que les dijo a mis padres que entendía su pena porque a él se le había muerto el perro. Tampoco contaron con mi intención de persistir en recordarlos a ellos y sus actos y en levantar un “sí hubo genocidio y crímenes de lesa humanidad” cuando se empeñan en negarlos.

Apago la luz, cierro los ojos y siento su presencia en el arco que forma mi espalda. ¿Está aquí conmigo? ¿Me abraza? Oigo mi corazón pulsando en mis oídos. Sus latidos son sus pasos en mi sangre. Y mientras viva, Marco Antonio, repetiré su nombre como una letanía, un conjuro o una palabra mágica que me ayude a decir que ¡nunca más! se repita este crimen en Guatemala y en ninguna otra parte del mundo.

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