miércoles, 2 de noviembre de 2011

1º. de noviembre

Fue arrojado a una fosa común encima de los últimos cuerpos enterrados.
Y pensarlo es tan terrible, tan atroz, que no se puede soportar, y antes de haberlo experimentado,
no se puede saber hasta qué extremo. No se trata de la mezcla de cuerpos, en absoluto; 
es la desaparición de ese cuerpo en la masa de otros cuerpos.
Es el cuerpo, su cuerpo, el suyo, arrojado a la fosa de los muertos, sin su nombre,
sin una palabra. Excepto la de la oración de todos los muertos.
Marguerite Duras, en Escribir 

El 1o. de noviembre, Día de Todos los Santos, es un día de fiesta en Guatemala. Suena extraño, pero se festeja a los muertos. Es una hermosa tradición. Los cementerios se convierten en floridos jardines, las bóvedas son pintadas con colores alegres y brillantes y se come y se bebe al pie de las tumbas, con el difunto o la difunta a quien se le pone al día sobre lo acontecido durante el año. Con espíritu festivo, muchas familias, sobre todo indígenas, esperan al lado del sepulcro la visita de su familiar o familiares, a quienes les llevan no solo los últimos chismes y noticias, sino también los platos propios de las fechas: el colorido fiambre; los jocotes, el ayote o los garbanzos en dulce; las torrejas y el infaltable guaro. Infaltables, también, los barriletes gigantes de Santiago Sacatépequez que se elevan al cielo, plegarias coloridas con mensajes a eso que llaman más allá.


Pero, para las familias de las personas desaparecidas, esta fiesta de la que indudablemente compartimos, es distinta. Nuestros amados muertos y muertas sin tumba, viven en nuestro espíritu clamando por justicia. Esa justicia que eluden cobardemente los criminales de uniforme, los altos mandos, de cuyos labios brotaron las órdenes de muerte que hicieron carrera –muy valientes- capturando ilegalmente, torturando, asesinando y desapareciendo a decenas de miles de personas indefensas (indígenas, opositores/as políticos/as), y sus esbirros, que en hordas recorrieron la patria arrasando la vida. Por ellos -los mejías víctores, los lópez fuentes y todos los demás perpetradores y sus cómplices- echo a volar al cielo mi barrilete de preguntas, tan colorido como los de Santiago:

¿Cómo pueden vivir consigo mismos?
¿Respirar su mismo aire y usar su propia piel,
sus manos genocidas que firmaron las órdenes de muerte?
¿Cómo pudieron acostarse en sus camas
y dormirse en su propia compañía
después de las sesiones de tortura?
¿Tienen hijas o hijos, quizá nietos?
¿Pueden besarlos con esos mismos labios que profirieron muerte?
¿Los acarician con sus manos de las que aún lavadas
no se borran las huellas ni la sangre de aquellxs que estrangularon,
golpearon,
quebraron con paciencia
(“tenemos todo el tiempo del mundo”, solían decir, mientras morosamente rompían hueso a hueso)
¿Que hacen con esas manos que sacaron ojos, uñas y dientes
y cortaron alientos?
¿Cómo pueden vivir
después de haber matado tanto?
¿Sienten remordimientos, culpas?
¿Qué ven cuándo cierran sus ojos?
¿Qué sueñan cuando duermen?
¿Tienen pena o vergüenza?
¿Acaso sienten?
¿Acaso son humanos?

Inútiles preguntas a las que me contesto lo que siempre he sabido: sí son seres humanos aunque cueste decirlo. Personas como yo, que se sumaron a un proyecto de muerte en nombre de la codicia.

Es 1º. de noviembre y mi país es un enorme cementerio donde reposan –en el aire, en el agua, en la ceniza y el rocío, en el brote más pequeño de hierba- los restos de nuestros desaparecidos y desaparecidas, que están en cualquier parte y en ninguna. De algo sí estoy segura, están anclados firmemente en nuestra memoria, en nuestras vidas, y por ellos seguiremos exigiendo verdad y justicia.

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