sábado, 9 de noviembre de 2013

Suelto la vida, la dejo que fluya como un río

CC acerca a José Efraín Ríos Montt a amnistía[i]

La Corte de Constitucionalidad (CC) resolvió ayer por mayoría
amparar al militar retirado José Efraín Ríos Montt,
al estar de acuerdo con su planteamiento de que se le debe aplicar
 el decreto 8-86, que contiene la amnistía a todos
 los miembros de las fuerzas armadas y a los guerrilleros,
sin ninguna excepción,
por delitos que se hubieran cometido
durante el conflicto armado interno.

La vida es una paradoja que se mueve entre la fragilidad y la fortaleza. Todo lo vivo, incluyéndome, está dominado por el instinto de supervivencia. Es un impulso poderoso que me ha traído hasta el ahora. Hay momentos en los que pareciera que se me escapa por el agujero que llevo en el costado, pero me aferro a la existencia pensando en que también es un derecho que no se reduce a respirar, movernos e intercambiar con nuestro entorno. Si la tengo, es para vivir plenamente.

Este año, que casi termina, ha sido difícil en un país difícil, sobre todo para quienes mantenemos reclamos de justicia para nuestros/as seres queridos que fueron objeto de crímenes de lesa humanidad. El 2013 empezó insólitamente bien y termina con un mar de dudas acerca de lo que nos espera en los próximos meses. Es sumamente perturbadora esta situación en la que fácilmente me deslizo por la empinada cuesta de la impotencia y la desesperanza.

Insomne, la madrugada es una escalera interminable hacia la luz del día. A esas horas me visitan los terrores pasados y los pálidos miedos de ahora, fantasmas descarnados que cavan en mi vientre y me recuerdan mi vulnerabilidad y mis fragilidades, todo lo que creí haber dejado atrás y que me habita. ¿Cómo puedo cerrar los ojos cada noche, hundirme en el sueño, perderme en los infinitos abismos de mis pesadillas y confiar que mañana el mundo estará aquí y yo en él? Aunque no hay luna llena, con la mirada dibujo el enorme globo amarillo que flotaba a ras del horizonte en mi lejana infancia y, después, alta en el cielo azul profundo, transparente, seguía mis pasos en el patio.

Desubicada, hay noches en las que siento el miedo a que mi cuerpo se hunda en un laberinto de silencio, sin salida, como ese submundo sin dioses y sin leyes al que violentamente fueron arrastrados 45 000 hombres y mujeres en Guatemala, entre ellos unos cinco mil niños y niñas.

Para ellos y ellas aún no ha habido justicia. Sustraídos del mundo por los ladrones de cuerpos, arrebatadas sus vidas por los hacedores de tragedias, los que les infligieron torturas que no puedo nombrar sin perder la cabeza, en la renovación del agravio, esos criminales siguen impunes. Con sus zarpazos mortales convirtieron sus existencias luminosas en una fantasía de gente desquiciada que siguió buscando neciamente su rastro. En aquellos años terribles, encontrarlos, desasirlos de sus manos armadas, rescatarlos, sacarlos a la luz, devolverlos a sus existencias cercenadas, liberarlos, fue nuestra primera aspiración. Muy pocos regresaron con sus cuerpos maltrechos y el alma destrozada, maltratados en modos indecibles, envueltos en silencio, anegados de culpa. De la mayoría nunca se supo nada, ni el detalle más ínfimo.

Nunca, que terrible palabra, rotunda, definitiva, absoluta. Es un nunca aplastante si lo enlazo con “volví a ver a mi hermano” o “encontramos su cuerpo” o “supimos qué le hicieron”. Es un nunca – muralla, un nunca – agujero negro, un nunca-odio que se alzó desde Xibalbá y ensombreció mi vida. Hoy nos deberemos conformar con la justicia, con saber qué fue de él, con sepultar sus restos.

Eso no está en mis manos. Vuelvo a ver mi existencia enredada en torno a ese anhelo. Sin mucha esperanza ni más poder que el de mi determinación, me siento a veces como un tapiz deshilachado, hecho de parches y de nudos, agujereado, suelto. Una masa informe de átomos desintegrados, una forma errante que atraviesa los días como un barco perdido sorteando las borrascas, a merced de las olas. Estos son días llenos de frustración, de cinismo, de inhumanidad, en los que habito en una zona gris, camino en una cuerda floja y una línea muy tenue separa la vida de la muerte, la lucidez de la locura. No sé cómo poner en palabras estas ganas de abandonarlo todo, de dejar mi pellejo, de morirme un poquito o de matar esto que no permite que el aire llene mis pulmones.

Y, sin embargo, hasta aquí, hasta hoy, hasta este minuto me permito ser débil y dejarme abatir por la tristeza. Vuelvo a ser yo pero más dura, más segura de que soy poderosa, de que no me derrotan, de que no les permito que me aplasten. Quiero sentir que soy feliz, que todos mis deseos se han cumplido, que he logrado mis propósitos, que mi destino no se torció nunca por las decisiones de otros. Con todo lo que soy, me aferro a mis latidos. Invento mil soles que me alumbran con cada destello de luz envuelta en la neblina de esta madrugada en la que busco en mi interior el más mínimo rastro de esperanza.

Me digo a mí misma que estoy viva, que no me doy por vencida. Muchas cosas me esperan, mi recorrido no termina todavía y no voy a permitir que la derrota me carcoma por dentro. Debo vencer esta impotencia, esta tristeza.

Pese a todo, allá afuera está el mundo. Sobre el cielo profundo de la noche se dibujan las nubes, son muy blancas y hermosas, quizá un cacho de la luna menguante las alumbra o es el aire lavado por la lluvia el que me deja verlas de ese modo. No hay estrellas, la noche está extrañamente clara. Acallo mis pensamientos. Busco afanosa en mis entrañas la fuerza que ha huido de mí. Invoco los nombres de los que ya partieron para llenarme con su aliento. Debo seguir andando.

Viviré mientras viva. Seré dura. Me levantaré cada día para afrontar lo que viene y me dispondré a disfrutar la alegría cada vez que la sienta o a llorar para seguir caminando, a tomar aire, a respirar profundo, a no caer sin levantarme. Me inspiro en el poderoso ejemplo de mi madre. ¿Cómo ha hecho para llegar hasta aquí con esa carga?

La noche, más noche que nunca, es tinta oscura. Me rodea, me pierdo y con la luz del sol vuelvo a mí misma. El sol se filtra apenas por las rendijas que dejan las cortinas, es una promesa que me espera brillando en lo más alto del azul que a esta hora quizá no esté manchado por las nubes. Me lo dicen los pájaros que saturan el aire transparente con sus trinos. Debo hacerme fuerte con la luz, alimentarme el alma con la hermosura de la naturaleza, no agotarme en la espera de algo que no tengo en las manos y que aunque lo siento alejarse velozmente de mí cada día que pasa, no renuncio a lograrlo.

Me asomo a la ventana. Con la mirada húmeda recorro el nítido perfil de las montañas, al sur del valle, que se alzan azules, imponentes. El cielo, ese espejo del mar, empieza iluminarse. Es domingo y me pertenece por entero. Soy libre de vivirlo o morirlo, de beberme las horas que tengo por delante sintiendo su dulzura o su amargor en la boca. Puedo escoger. Ajpu cerbatanera, suelto la vida, la dejo que fluya como un río, la desato para que corra como el agua cantando entre las piedras.



[i] http://www.prensalibre.com/noticias/justicia/CC-acerca-Rios-Montt-amnistia_0_1016298381.html

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