jueves, 22 de septiembre de 2011

Jinete de estrellas

El 23 de septiembre de 1994, por la esquina de un cielo de terciopelo oscuro tapizado de luceros, un jinete de estrellas se alejó para siempre. Sin volver la cabeza, agitando su mano derecha en un gesto de adiós, mi padre se despidió de mí.

Carlos, de segundo nombre Augusto, por Sandino, y de apellidos Molina Palma, nació en Zacapa un 18 de diciembre de 1928. Espiritualmente había muerto el 6 de octubre de 1981, el día que se llevaron a su hijo. Hace 17 años, su corazón exhausto por la ausencia de su niño, se negó a seguir latiendo.

Su vida fue difícil. Hijo de su tiempo, joven durante los años de la Revolución de Octubre, fue un hombre rebelde, crítico, un eterno inconforme con el estado de cosas en Guatemala, sin embargo, no trascendió los esquemas machistas tradicionales y fue duro –muy duro- y distante con sus hijas y absolutamente sobreprotector con su hijo, el menor de la familia y el único varón. Algo temió o presintió, de manera que lo mantuvo lejos de los caminos y opciones que dos de nosotras habíamos tomado. Eso no sirvió de nada cuando los malditos decidieron llevárselo.

Mi padre fue muchas cosas, además de un revolucionario sin nombre, sin prestigio, sin posiciones. Se hizo contador estudiando de noche en la Escuela de Comercio. Trabajador desde los 14 años, honesto, estudioso, tenaz, inteligente, responsable, perfeccionista, autoritario, machista, dominante, pero al final de cuentas, un idealista que perdía los empleos por pedir aumentos para los peones, por organizar cooperativas, por intentar meterse al sindicato, cuando él era un empleado de escritorio, de los llamados “de confianza”. Muchas veces, sobrellevó la pena intentando ahogarla con alcohol. Tristemente, con sus peores rasgos hizo de mi casa una trampa en la que estuve presa hasta los 25 años. Tampoco fue capaz de expresarme su amor ni el orgullo que alguna vez supe que sentía por mí. Sin embargo, a la par de una enorme fragilidad emocional que me hizo andar a trompicones en la complicada senda de las relaciones amorosas, algo que me costó un mundo superar, me dio seguridad en mis capacidades de hacer y de pensar.

Hijos e hijas perdonamos a nuestros mayores cuando los vamos entendiendo con el paso y el peso de la vida. Así, lo perdoné, sin decir nada, entrada la treintena. Entendí con el corazón, que para eso no basta ni sirve el raciocinio, que era un ser humano, ni más ni menos, y que su vida estaba hecha de frustración, rabia y dolor. Estas emociones fueron provocadas, antes de lo de Marco Antonio, por la ruptura violenta de un proceso esperanzador que él vivió intensamente –el de la primavera democrática- y las secuelas amargas de la cárcel, el maltrato a manos de tenebrosos judiciales y el exilio de los años cincuenta. A esto le sumó, en 1966, la desaparición de su hermano Alfredo y su alma no se levantó nunca después de lo sufrido en 1981 por su hija y su niño.

Son muchos los recuerdos. Una voz –Eugenia- avisándome temprano que se lo habían llevado en ambulancia, a él, que nunca estuvo enfermo. La lluvia torrencial y nuestra pena por dejarlo en el hospital donde por fin, tras el tercer infarto, falleció sin haber perdido el conocimiento ni la lucidez un solo instante. Yo siempre había temido ese momento creyendo que su legado sería de culpas y de furia por lo de Marco Antonio, destrozándonos. Pero no. En nuestra última conversación estuvieron presentes los 2 300 trabajadores de un banco estatal que recién había quebrado, cuando se preguntaba “qué irá a pasar con sus familias”, y la gente que entonces abandonaba Cuba, los “marielitos”. Sobre mi hermano lo único que dijo fue “solo faltan trece días para que se cumplan trece años”, e hizo un gesto para darme a entender que no podía más con esa carga.

Su partida, la tercera muerte natural de una persona tan cercana (la otra había sido la de Mamaíta, en el 90, y la de mi abuela paterna, en el 67), fue una vivencia radicalmente distinta a la provocada por la pérdida de Marco Antonio. Cumplidos los deberes y ritos obligados con su cuerpo, lo que sentí a la par del dolor profundo que suscita la muerte del padre, fue paz. Una paz dulce que ahora evoco, con lágrimas en los ojos y opresión en el pecho, pero que en nada se parece a la rabia, a la frustración, a la inconformidad, al dolor, que a treinta años de sucedida sigue provocando en mí la desaparición forzada de Marco Antonio. Esta paz dulce que ahora siento, fue la que pude ver entonces en su rostro.

La angustia permanente por no saber qué fue de Marco Antonio, multiplicada por imaginar lo que sintió mi niño, qué le hicieron, quiénes, si siguen andando por allí; el no saber dónde dejaron lo que quedó de él ni si vamos a encontrarlo, renueva y ahonda el sufrimiento en lo que los especialistas llaman “revictimización”. Es un vacío del alma que se reduce a dos palabras: injusticia e impunidad. Por eso, tercamente, seguiré (seguiremos) exigiendo investigación, juicio y castigo a los culpables y encontrar sus restos para sepultarlos dignamente.

Mucha gente cuando se entera de esta historia triste me pide buenamente, con cariño, que vuelva la página, que perdone, que me recomponga con lo que es hoy mi existencia, mis hijos, mi compañero. Sé que sin ellos, sin mis hermanas, sus hijas y mi madre, no podría estar donde estoy ni ser lo que ahora soy. Por eso, reitero, soy una completa paradoja y a lo mejor tengo dos corazones: el de la alegría y el del dolor, porque a la par de lo hermoso y de lo bueno que hay en mi vida, no me resigno, no olvido, no perdono, no lo dejo atrás, no quiero, no me da la gana. Quiero recordar a Marco Antonio y a mi padre, a todxs lxs que nos arrebataron, hasta el fin de mis días, quiero sentir esta tristeza que es parte de lo que soy, de lo que hicieron de nosotros al llevárselo.

martes, 20 de septiembre de 2011

Septiembre es el preludio de la muerte

Me adentro en septiembre. Cada día me asaltan los recuerdos, me toman de la mano y me arrastran a la fecha maldita: 6 de octubre. La del apocalipsis, la catástrofe, el final de todos mis mundos conocidos, la muerte de la que era entonces.

Treinta años después es un septiembre rotundamente hermoso. Contra todos los pronósticos meteorológicos, me encuentro cada tarde con la hermosura de un sol tímido que se asoma tras una nube que, arrepentida de ser lluvia, se aleja velozmente sin soltarnos su carga de tormentas. La luz tiñe la atmófera de sepia y embellece, con un color extraño, el aire, las hojas de los árboles, las nubes, los rostros de la gente. Ha habido otros septiembres de agua cayendo a torrentes desde el cielo, anegándolo todo.

Septiembre de tristezas y anticipos de lo que es este después, en el que digo cada uno de los días de los que está hecho que “hace treinta años aún no había sucedido”. Prediciendo el futuro, ya sé lo que va a pasar el 6 de octubre. Moriré una vez más con el recuerdo de su último día entre nosotros, para renacer al día siguiente, retomando la vida.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Resaca post electoral


He vivido buscando justicia por la desaparición forzada de mi hermano, de manera que no puedo sentir otra cosa que decepción con los resultados electorales del 11 de septiembre. Con mi reconocido pesimismo (pero en el sentido en el que lo dijo Saramago, “soy pesimista porque el mundo es pésimo”), no esperaba otra cosa, no creo en los milagros, pero quizá muy adentro esperaba que sucediera algo que cambiara los pronósticos de las encuestas.

El domingo en la noche, con las primeras cifras atoradas en la garganta, quise escribir sobre las elecciones y no pude. Empecé una y otra vez, pero fracasé en el intento. Quise hacer un análisis de lo que significa la convivencia entre victimarios y víctimas, algo cotidiano en las aldeas de las zonas rurales de nuestro país, donde conviven masacradores y sobrevivientes, pero me quedé sin argumentos. Además, hemos tenido cada criminal y genocida como presidente que no será la primera vez que esto sucede. Traté de adivinar el futuro de una justicia endeble e incipiente y de la institucionalidad carcomida por la corrupción y la desidia, pero no tuve las palabas suficientes.

¿Será sencillamente que no puedo pensar racionalmente cuando se trata de afrentas y vergüenzas? ¿O no pude escribir porque hay un grito atrapado en mi garganta que de salir diría que estoy harta y asqueada de toda esa porquería?

Afrentas, porque un hombre que ha sido acusado de crímenes gravísimos contra los derechos humanos, por los que el Estado ya ha sido condenado varias veces en el plano internacional, será el que gobierne Guatemala los próximos cuatro años. Vergüenza, porque además de presunto criminal de guerra, el caballo ganador del rally electoral también es sospechoso de vínculos con el crimen organizado, algo en lo que su oponente no se queda atrás.

Me cuesta decir que cada pueblo tiene el gobierno que merece, porque la cosa es más compleja y la componen –entre otras muchas cosas- el llamado “voto duro”, el clientelismo, el miedo, el conformismo, la ignorancia, las manipulaciones, el oportunismo, el abstencionismo, el qué me importa, el cambio del voto por un pan o por plata, la falta de opciones para hacer contrapeso, el desencanto y mil motivos más que se anidaron en la cabeza de cada votante y de quien no votó para hacer lo que hizo.

En fin, repasando los nombres y antecedentes de los personajes que participaron en esta contienda, reafirmo lo que siempre he creído: en Guate-mala a los criminales no los juzgamos ni los metemos a la cárcel. Les damos plata, honores, les rendimos pleitesía, doblamos la cintura y las rodillas, reímos por no llorar, les tenemos miedo, vemos para otro lado, nos inscribimos en sus partidos, los hacemos candidatos, votamos por ellos y los hacemos presidentes.

Letras de ciega

Perdida en el laberinto de mis sueños y de las pesadillas, cada noche me lanzo a recorrer un país que existe solamente en mi fantasía. Esta madrugada, la del lunes 12 de septiembre, con un cielo hecho de pesadas nubes que me ocultaron una luna hermosa, era una casa enorme, llena de recovecos donde se respiraban la oscuridad y la tristeza.

En esa casa de humo y telarañas, llena de ventanas cegadas por el odio, cabía un pueblo entero. A lo largo de sus interminables corredores que terminaban frente a paredes mudas, sin salidas, había casas blancas. Sus techos altos nos cubrían los miedos y por todos lados se elevaban graderíos que subían a ninguna parte. Muebles y cosas viejas se amontonaban al lado de las cortinas raídas, de los trajes brillantes que colgaban del techo, de las camas enormes y los orinales empolvados dispersos aquí y allá.

En esta casa enorme de gruesas paredes agrietadas, de las que rezumaban helados, malolientes, el olvido, los intentos de lo que pudo ser y la miseria con las uñas largas y sucias, se extienden largas las aceras sinuosas y plagadas de obstáculos, desiguales. Por ellas corren veloces los trenes. Me alejé en uno de ellos, sin poder encontrar en la casa imposible el equipaje que llevaba al llegar, sin bolsa ni papeles, sin todas las cosas que compré (sábanas amarillas y dulces de todos los colores).

En los prostíbulos que están en cada esquina de esta larguísima calle empedrada, hay mujeres desnudas que anuncian sus carnes frescas a sus puertas. Son mujeres morenas, de pechos pequeños, cuerpos macizos y ojos duros que me ven alejarme hacia ninguna parte. 

Sola, con el corazón encogido, preguntándome dónde está la salida y hacia donde me lleva este camino, veo por la ventana de ese tren que corre hacia ningún lado, como pasan las horas, los días, los meses y los años de este exilio que no termina nunca.

viernes, 9 de septiembre de 2011

El 11 de septiembre, haría de mi voto una bandera

Yo, que sigo soñando con una Guatemala distinta, si tuviera que votar el domingo no lo haría jamás por ninguno de los candidatos punteros en las encuestas: machos, ladinos, pudientes, hispanohablantes, con agravantes del calibre de vínculos con el narcotráfico, la inteligencia militar o, de plano, ser chafa con sangre en las manos.

Sin opciones potencialmente ganadoras, me quedaría con los míos: las y los perdedores de siempre en nuestro país. Además, haría de ese acto privado (por aquello de que el voto es secreto y te tenés que meter en una especie de confesionario para ejercer tu sagrado derecho a poner una X en una papeleta) una transgresión de lo que históricamente ha sido perseguido, asesinado, torturado, excluido y discriminado en Guatemala. Votaría por Rigoberta Menchú.

Más allá de lo discutible que sea su figura en un país que destruye literal y simbólicamente todo lo distinto, matándolo, asimilándolo, refuncionalizándolo, relegándolo, discriminándolo, ella sigue ocupando un lugar simbólico en el imaginario latinoamericano como representativa de las luchas y derechos de los pueblos indígenas.

Con mi voto, Rigoberta Menchú no llegaría a la presidencia, pero para mí sería un acto de reafirmación de una línea revolucionaria de pensamiento y actuación; una pequeña muestra de que creo que nuestro país es multicultural y pluriétnico y que repudio el racismo, la discriminación y la misoginia; expresaría con ese ínfimo gesto, mi desacuerdo con el permanente despojo de los pueblos indígenas guatemaltecos; y, por supuesto, mi rechazo absoluto a las demás candidaturas.

Ojalá el candidato patriota no gane en primera vuelta, porque a la segunda iría a anular mi voto o me abstendría, de modo que sea el que asuma la presidencia con la menor cantidad posible de votos. Talvez así siente que no tiene la legitimidad suficiente para barrer con todo lo apreciable que se ha construido en estos últimos años.

Digo esto último, pensando en algo que me dijo mi hijo mayor hace unos días cuando hablábamos de cómo candidatos, como el patriota o el eferregista -que ha obtenido altos números en las votaciones en Quiché, por ejemplo- encuentran apoyo en poblaciones victimizadas por la violencia permanente e histórica, la estructural (que mata de hambre), la sangrienta y criminal (que mata a balazos), la del despojo (aniquiladora de la diversidad): "Es como si los judíos votaran por Hitler".

sábado, 3 de septiembre de 2011

“A saber”: treinta años, menos un mes y un día

Corrían tiempos duros, tenía cada poro abierto para advertir el peligro. Como animal de monte, olía el aire y con mis ojos miopes trataba de adivinar al enemigo en las calles oscuras, cargadas de amenazas.


Por muchos años, el país fue un campo de guerra. Escindido en muchas partes, el espacio social para la acción política se dividía en dos, la de lo prohibido y la de lo permitido. En la primera, no regía otra ley que la de los depredadores de uniforme (militares y policías) o sin él (g2, judiciales, paramilitares). Ese mundo difícil se trasladaba a mi cabeza de muchas formas. Desde los racionales análisis hasta los sueños. Así, un 5 de septiembre del año de nuestra desgracia, casi treinta atrás, un sueño terrible me anunció, quizá, lo que después se convirtió en el antes y el después en nuestra existencia: la captura ilegal y la desaparición forzada de mi hermano. 

En ese sueño, transcurrido en una madrugada sin luna de Xelajú, a un par de cuadras de la zona militar, lo primero que vi fue la llave de mi casa en mi mano derecha; con ella, abrí la puerta y entré. Allí vivían mis padres y Marco Antonio y siempre estuvo llena de verdor, pero estaba vacía. No había flores, ni muebles, ni gente. Nada. Solo las paredes mudas. Caminé por el corredor que dividía la casa en dos, de un lado la sala, las habitaciones, la cocina, el comedor y el cuarto de M.; del otro, el garaje, dos patios pequeños, los baños y el que había sido mi dormitorio que, en ese momento, era de Marco Antonio. Adentro había una mesa y una silla metálicas, plegables, dos muebles ajenos a mi casa. Me senté en esa silla extraña tratando de adivinar porque no estaban. Alcé la vista y había alguien a mi lado, un hombre del que no logro ver su rostro ni sus piernas, es un torso que flota en una especie de neblina con un traje azul y encorbatado. A él le pregunto dónde está mi familia, dónde están nuestras cosas, los perros, los trastos, los muebles, las cortinas, las macetas que adornaban los alféizares de todas las ventanas. Es un torrente de preguntas y el hombre responde a cada una “a saber”.

Me angustio. Sabiendo que era un sueño, desesperada traté de despertarme; al lograrlo, recuerdo haberme dado vuelta en la cama, mi cabeza cayó sobre la almohada y, otra vez dormida, seguí soñando. El hombre continuaba a mi lado mientras yo seguía preguntándole por mi mamá, mi papá, Marco Antonio, mis hermanas… “a saber, a saber, a saber”. Otra vez desperté y otra vez me dormí y otra vez con lo mismo, pero ahora me dijo “Ella está muerta”. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Qué le pasó? “A saber, a saber, a saber, a saber…”. De repente me dijo “Emma también está muerta”. Entonces, haciendo un esfuerzo enorme, desperté. Me senté en la cama, eran las cinco y cuarto de la mañana. Ya había un poco de luz. Lloraba. Traté de calmarme y encendí un cigarro (todo el mundo fumaba, ¿por qué yo no?). Volví a la tierra y a la racionalidad. No se puede saber qué va a pasar, eso es imposible, pensé, pese a otros sueños anteriores (exactamente dos) en los que supe de otras cosas terribles que no tardaron en suceder. Aún así, no podía, no quería darle crédito a eso que acababa de ver y que me sigue perturbando.

Veintidós días después, empezó todo. El 27 de septiembre de ese año maldito de 1981, mi hermana menor fue detenida en un retén del ejército a la altura de Santa Lucía Utatlán. Cuando supe que no había vuelto de la capital, creí que era lo que había vivido en ese sueño horrible. Ella, valerosa, resistente, decidida, audaz, escapó del cuartel nueve días después. Al día siguiente, el martes 6 de octubre, unos hombres llegaron a mi casa y sacaron a Marco Antonio. Desde entonces, no hemos sabido absolutamente nada de él.

Por muchos años me culpé por no haber previsto que era en mi casa donde lo peor iba a suceder. Entonces empezaron las preguntas y ese sueño maldito, que ha durado treinta años menos un mes y un día, me sigue recordando que entonces yo era un animal de monte, que oteaba el aire presintiendo el peligro.