viernes, 30 de diciembre de 2011

Adolescencia

Un día hace más de cuarenta años, mi madre me tomó de la mano y me llevó a Belén. Muy temprano, una mañana de frío y de neblina como solían ser entonces las de enero, tomamos la camioneta 7 -unos autobuses pintados de verde y rojo- en la esquina de la 3ª.- y me enseñó el camino en la única lección que recibí sobre cómo llegar al “centro”. Para ir a Belén, debía bajarme en la 12 calle y 9ª. avenida y caminar hacia la 11 avenida. La seña era el arco del viejo edificio de Correos, en una calle que sigue siendo estrecha y levemente empinada.

El trayecto desde mi casa era largo. Entonces vivía en La Florida, un ordenado rectángulo de calles anchas que se cruzaban en ángulos perfectos formando una parrilla. De Florida solo tenía el nombre. Como millares de personas inmigrantes del interior del país, mi madre decidió irse a vivir allí, lejos de todo, con dos niñas pequeñas. Mi padre, para entonces, disfrutaba de alguno de sus varios exilios tras la caída de Arbenz. A Emma, mi madre, jovencísima y sola, le tocó decidir qué hacer. Con su título de maestra del INCA (el Instituto Normal Centro América) como único instrumento –su “machete”, como dicen en el país donde vivimos, campesino hasta hace muy poco- logró encontrar un puesto en la escuela Panamericana de niñas. De esta forma, allí fuimos a dar las tres.

El recorrido en camioneta a Belén, por una bellísima calle de San Juan bordeada de bosques y grandes extensiones baldías, siempre verdes, duraba entre cincuenta minutos y una hora. Hacia allá me enfilé todos los días del ciclo lectivo durante cinco años, en unas camionetas atestadas de gente en las que, con mis compañeras, aprendimos enfrentar a los sucios toqueteadores, señalándolos y denunciándolos en voz alta, y nos reíamos de cualquier cosa hasta casi caer al suelo, mientras pasajeras y pasajeros nos veían con caras de disgusto. Algunas veces, era yo la observadora y me juraba que nunca dejaría de reírme ni tendría ese gesto de preocupación en mi rostro. ¿Qué sabía yo de la vida adulta? Después, las innúmeras veces que me he descubierto con el ceño fruncido, recuerdo esa intención de mis 14 años.

El día que entré por primera vez al vetusto edificio del Instituto Normal Central para Señoritas “Belén”, de altos ventanales y paredes muy gruesas en su parte más antigua -que fuera el convento de las hermanas Belemitas, una orden religiosa fundada por el Hermano Pedro- me quedé fascinada con los árboles enormes plantados en sus dos patios. Los cushes, centenarios también, en cuyas raíces nos sentábamos a tertuliar en los recreos, allí están todavía, al igual que la fuente colonial en el segundo patio. Lo pude constatar hace unos años cuando fui en visita nostálgica.

Ese primer día en Belén, en la fila de la inscripción de nuevas estudiantes, conocí a I., quien llegó con su padre. No solo fuimos amigas, sino también cómplices en actos como volantear ocasionalmente los baños del Instituto y, después de graduadas, en paseos a barrancos y cementerios en los que hablábamos una mezcla de tonteras y preocupaciones. Luego, el vendaval de la vida nos llevó por rumbos diferentes y no supe más de ella, nunca. Pero hoy vi su rostro y pude escuchar su voz muy claramente, otra jugarreta de la memoria porque no logro evocar la de mi hermano, y vinieron a mí todos estos recuerdos.

Pese a su buena fama, a mil años de distancia, puedo decir, no sin tristeza, que la educación que se impartía en Belén –y en los institutos de secundaria del país- era libresca y memorística, de baja calidad. Los denominadores comunes para la mayoría de docentes, hombres y mujeres, eran la mediocridad y la apatía, además del conservadurismo político. El sistema educativo nos alejaba de nuestra realidad, mientras aprendíamos a repetir la geografía y la historia europeas (porque Asia y África no existían, al igual que Guatemala), a la vuelta de la esquina estaban la contrarrevolución del 54 y las jornadas de marzo y abril de 1962, en las que las estudiantes belemitas tuvieron una destacada participación. Curiosamente, la historia de Guatemala era impartida solamente en la escuela primaria, con una carga de nombres y fechas que se detenían en 1944. De lo otro, no se hablaba.

El paso por Belén me unió durante un corto período –a finales de los sesentas y principios de los setentas- a un grupo de adolescentes en una relación entrañable y feliz. Recuerdo con especial cariño a A., hija de un militar. Fuimos amigas cercanas en segundo, de esas que no se separan en los recreos, y luego cada una optó por otros círculos de una forma natural, sin proponérnoslo. Trabajábamos muy bien juntas y eso hacía que, en los grados más altos, a veces nos aliáramos para alguna tarea. Conocí a su familia, no así a su padre; cuando desaparecieron a mi hermano quise buscarla para pedirle ayuda, pero no me atreví a tocar la puerta de su casa cuando advertí la vigilancia.

Mi tercer año, en el 70, fue el más feliz de mi adolescencia. Estudiábamos en doble jornada; de 7:20 a 12:10 y de 14:00 a 16:10. Además, ocupábamos el único salón con dos puertas, lo que favorecía nuestras travesuras. Un día a la semana, no teníamos clases por la tarde, pero nos quedábamos para hacer desfiles de modas. Ese fue el año de las viernestinas, un acto cultural y artístico que debía ser organizado por cada sección de primero a sexto, que disfrutábamos a morir. La del tercero B, mi sección, fue la última. El profesorado, formado por lo más rancio y conservador del magisterio guatemalteco, con escasísimas excepciones, se escandalizó cuando unas compañeras llevaron a los muchachos del Central de Varones para que participaran en algún número del acto. Fue casi como poner una bomba. A gritos, fueron sacados del salón de actos para vergüenza y consternación nuestras. Las viernestinas, única actividad que era dejada en manos de las estudiantes, que amábamos por su carácter lúdico y estimulador de nuestra creatividad, fueron suspendidas para siempre.

Así de intolerante y rígido era el ambiente en el que se formaba a las jóvenes. Culturalmente, se reproducían y fortalecían los estereotipos de género por medio de las clases de educación para el hogar. Por ejemplo, teníamos que hacer un juego completo para vestir al bebé recién nacido. Tejíamos a crochet el saquito, la gorra y los escarpines; en popelina o manta, hacíamos el ombliguero, con un bordado en el centro, el babero y la camisetita. Nuestra adorable profesora de segundo, la seño Rosalía, nos comentaba que las esposas debían quedarse calladas cuando llegaba el marido con tragos; silenciosamente, sin protestas ni reclamos, había que recibirlos alegremente, llevarlos a la cama y atenderlos bien al día siguiente, como si nada hubiese pasado. La seño Clemencia, en tercero, tampoco hizo ninguna diferencia. Varios años más tarde, me di cuenta de que la seño Rosalía era la abuela de dos compañeros perseguidos y muertos en la oleada represiva del 84, que está plasmada en buena parte en el diario militar.

Tampoco recibíamos ninguna educación sobre la sexualidad, fuera de aprender las fases por las que pasaba el óvulo fecundado. Lo más que nos dijo una profesora fue que cuando saliéramos con algún muchacho había que ponerse una faja muy apretada, de modo que cuando nos venciera la irracionalidad, la dificultad material nos disuadiera de pasar a otras cosas…

Probablemente no todos los profesores y profesoras eran reaccionarios y con seguridad, muchos y muchas no compartían la orientación que se le daba a nuestra formación, pero ante una inexistente libertad de cátedra y el temor extendido en la sociedad guatemalteca, se limitaban y autocensuraban en las aulas. Una excepción, quizá, fue la del profesor Rolando, que renunció a su cátedra cuando asumió la presidencia el coronel Arana –el que arrasó el Oriente del país en los sesentas, bombardeando aldeas con napalm y tiñendo de sangre las aguas del río Motagua- y nos explicó abiertamente porqué se iba. La seño Alice, nuestra maestra auxiliar en tercer año, era sensible y cercana, respetuosa; la seño Celeste nos enseñaba bailes mexicanos; y, la seño Grace, la profesora de Artes Plásticas, siempre nos alegraba el día.

Las matemáticas y la física fueron mi talón de Aquiles, pero, en general, fui una estudiante mediocre en un medio poco exigente y aún menos estimulante. Debo confesar que durante esos años me regí por la ley del menor esfuerzo. Por mis desastrosas notas en matemáticas iba arrastrando la asignatura de segundo, al igual que la mayoría de mis compañeras, en lo que se llamaba llevar una “retrasada” o “retranca”. Eso significaba que si no ganábamos el examen de septiembre (ya nos habían aplazado en el de febrero), perdíamos tercero porque no podíamos acudir a los finales del grado que estábamos cursando. Ante esto, la querida seño Alice nos propuso tomar clases de refuerzo con el mejor recurso audiovisual creado para muchachas quinceañeras: un estudiante de ingeniería, que para horror de muchas profesoras no solo era hombre sino también de buen ver.

Todas las tardes, durante varios meses, con una sonrisa, el joven e improvisado profesor, recibía la tarea pulcramente hecha por un grupo de niñas que se peleaban por ser la primera en entregársela. Todas queríamos pasar a la pizarra e, increíble pero cierto, con él y el Álgebra de Baldor, aprendimos lo que nunca pudimos con el profesor R. Entre la comprensión de la factorización y las ecuaciones de primero y segundo grados y nosotras, se interpusieron su pelo grasiento, su traje arrugado, el chicle eterno, la camisa de la semana y un trato absolutamente desinteresado, indiferente, hacia nosotras, como si no fueran seres humanos los que tenía enfrente.

En el examen de septiembre saqué un 85, me pellizcaba para saber que no era un sueño. También logré pasar limpia las clases de tercero y me juré a mí misma, antes se lo había prometido a mi madre, para quien yo era “su esperanza”, que no volvería a perder un solo curso.

Mi feliz tercero incluyó las clases de mecanografía en la Academia Nacional, situada a unas doce cuadras de Belén. En alegre parvada, caminábamos hasta allí todas las tardes y practicábamos con el método –un cuaderno de prácticas- en viejísimas máquinas de escribir. Mientras lo hacíamos, llevábamos el ritmo del tecleo con piezas de Mozart, sin saberlo. Así de pobre era nuestra educación musical, otra de mis pesadillas.
Las lecciones de solfeo eran una tortura, además china, porque no entendía absolutamente nada. El profesor de Música era don Oscarito, un diminutivo que no alcanzaba a rodear la circunferencia de su cintura ni la magnitud de su engolosinamiento por las chicas más guapas. En segundo, Rosalinda y Aída; en tercero, Alma Rosa y las dos María Elenas. Sin disimulo alguno, se acercaba a saludarlas hasta sus escritorios, viejísimos y apolillados, de aquellos de mesa y silla en una sola pieza que he vuelto a ver en las películas europeas de los años cuarenta. Al resto de la clase le dedicaba un desganado “buenos días, señoritas”, mientras se inclinaba sonriente, con los ojos chispeantes escondidos en los pliegues de grasa de su rostro, a besar la mano de alguna de sus hermosas preferidas.

Siempre me ha gustado cantar, pero no tengo oído; por eso, los exámenes de solfeo eran para mí algo así como cruzar el océano a nado. En grupos de ocho, con El solfeo de los solfeos abierto en la mano izquierda, mientras llevábamos el compás con la derecha, había que cantar el ejercicio que él nos señalara. Yo tenía asegurado un cero. De nada me valía mover los labios, haciendo como que cantaba, porque don Oscarito acercaba su oído a cada una y me pescaba en el intento de fraude. Al final, logré ganar su clase con trabajos escritos y memorizando las lecciones, gracias a la elaboración de una tira de papel muy larga en la que escribí los contenidos con letra diminuta, que el terror a ser descubierta me impidió sacar a la hora del examen. Entonces descubrí que mi memoria era motriz y hacer resúmenes y esquemas me ayudó a pasar exámenes de allí en adelante.

Don Oscarito se jubiló y murió cuando yo estaba en quinto magisterio. En un acceso de devoción, fui con otras compañeras a la funeraria, a despedirme. Al acercarme al féretro, me asombró ver su cuerpo reducido a la nada. Su descomunal circunferencia abdominal, sus mofletes y su generosa papada habían sido devorados por el cáncer. Me resultaron irreconocibles su rostro huesudo, su nariz afilada y sus manos enflaquecidas cruzadas sobre el pecho. Allí me enteré de que había sido músico de la Sinfónica. Aún me sé las canciones tristes que nos enseñó, algunas de su autoría.

Los partidos de basket ball en el Gimnasio Nacional, a cuyas instalaciones nos trasladábamos para apoyar a nuestro equipo y al del Central contra sus rivales de siempre –el INCA y la Normal- eran parte de la agenda extracurricular. Pero si la Normal o el Central se enfrentaban a los niñitos del Javier, hacíamos causa común con los institutos públicos y nos desgañitábamos haciéndoles porras. No pocas veces los partidos terminaron en zafarranchos entre los adversarios y sus respectivas barras, con policía incluida, de los que nos alejábamos apresuradamente. Cualquier cosa era un buen pretexto para que los juegos se convirtieran en lo que en las páginas de sucesos se denominaba “riña tumultuosa”.

Jugarle la vuelta a la seño Marta y sus tijeras, con las que nos deshacía los ruedos para no dejar ver las piernas de las niñas en plena época de la minifalda, fue un deporte durante unos cuantos meses. Dos dedos por debajo de las rodillas era la norma, que transgredíamos alevosamente con una cuarta o más arriba. Lo que hacíamos era dar la vuelta para entrar por la once avenida, evadiendo su vigilancia en el portón de la décima. Al fin, a alguna se le ocurrió que lo mejor era enrollarnos la falda en la cintura y, antes de entrar, nos soltábamos el cincho y nos la bajábamos a la altura establecida por algún dios furioso que nos podría hundir en el infierno por enseñar lo que estaba prohibido. A partir de esa iluminación, tuvimos la fiesta en paz y la seño Marta y sus tijeras pudieron descansar, confiadas en que iríamos derechitas al cielo de las faldas largas; mientras tanto, nosotras reíamos a mandíbula batiente de nuestras estrafalarias figuras. Al salir del Instituto, la operación era a la inversa: las pretinas nuevamente se enrollaban y nuestras carnes juveniles se exponían al sol y a las miradas lascivas o escandalizadas de señores y señoras. No lo sabía entonces, pero mientras jugábamos al gato y al ratón con la seño Marta, que vestía de negro todos los días del mundo, respirábamos el aire en una sociedad conservadora e hipócrita que elegía criminales para presidentes y aplaudía cuando la policía le cortaba el pelo a los muchachos y les ponía sellos a las jóvenes en la piel, marcándolas, tal como lo hacía con todo lo distinto.

Al terminar el tercero básico, me tocó escoger lo que iba a seguir estudiando. A esa edad, casi 16 años, no estaba en capacidad de decidir lo que iba a hacer con mi vida; creo que nadie lo está, aunque tuve compañeras muy determinadas que quizá tuvieron otras condiciones y supieron lo que querían sin mucho titubeo. En cambio, yo quería una cosa hoy y otra muy distinta mañana. Pero ya no eran los tiempos en los que, cuando era niña, podía seguir soñando; como cuando quise ser bailarina, otra cosa que me encanta, o tripulante de una nave espacial, muy a tono con “Perdidos en el espacio”, que llegó con la tele a mi casa cuando tenía once años. Entre los quince y los 18 quise ser pediatra, pero aún ahora se me aflojan las piernas si veo sangre y mis hijos aprendieron a curarse los rasguños solitos.

No eran muchas las opciones. El bachillerato estaba totalmente descartado; para empezar, en ningún establecimiento público era impartido a mujeres; las bachilleres, cuyo único camino a seguir era la universidad, que tenían segura, estudiaban en colegios privados. Ni una cosa –el bachillerato- ni la otra –la universidad- estaban al alcance de mis padres, que con muchas estrecheces mantenían un hogar con tres hijas y un hijo. Lo que escogiera debía llevarme al mercado laboral a los 18 años. La de secretariado comercial estaba desechada de entrada; no quería trabajo de escritorio ni un jefe dándome órdenes por el resto de mi vida. Secretaria bilingüe, también descartada, eso también se estudiaba en colegios de pago. Contadora privada, jamás, porque hubiese significado trabajar con mi papá de quien, por el contrario, quería alejarme cuanto pudiera y lo más pronto. Sin embargo, me encantaba la contabilidad, tan limpia y ordenada. Entonces, maestra de primaria, no de educación física, ni del hogar ni párvulos, lo cual implicaba cambiarme de instituto; la inercia y la comodidad me hacían inclinarme por seguir en Belén.

No era, pues, una decisión tomada por amor al plantel, sino muy práctica. Tampoco tenía vocación de maestra. Fue así como decidí ser maestra de escuela. La vocación y el amor a la profesión llegaron después del título. Años más tarde, bajo la feroz persecución de la que fui objeto junto con mi familia, debí abandonar la escuela con el corazón roto.

(Continuará)

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