viernes, 23 de diciembre de 2011

La primera Navidad en el exilio


En recuerdo de M., quien murió hace unos años siendo aún muy joven, 
que nos dio albergue, apoyo y mucha alegría.

Pollo al vino y un postre mexicano muy parecido a las torrejas chapinas, llamado capirotada, también hecho a base de pan y jarabe de panela condimentado con especias, aderezado con queso, nueces y pasas, fue el menú de la primera Nochebuena vivida en el exilio, hace ya veintimuchos años. El pollo al vino lo había cocinado yo siguiendo una receta encontrada en alguna revista que me había caído en las manos. La capirotada la habían hecho “Las Carpinteras”, dos queridas amigas, ambas ex monjas que se ganaban la vida remozando el mobiliario de las iglesias, de allí el apelativo. Un día antes, en la casa de A., quebramos una piñata, siguiendo el modo mexicano. Era una olla de barro adornada con siete picos de cartón que simbolizan los siete pecados capitales, todo ello forrado con papel de colores cortado en flecos. Adentro, además de dulces, la piñata tenía jocotes (en mexicano, tejocotes), naranjas, maní y trozos de caña de azúcar. Fue una Navidad extraña, sin el estallido de los cohetillos, sin olor a pino y manzanilla, sin tamales, sin la familia, lejos de todo lo que me era necesario y querido.

La comida de Nochebuena fue en la vecindad donde vivían mi hermana Emma, su hija Natalia y, en esos días, su compañero, con M., la hermana de nuestro cuñado H., su esposo P. y el hijo de ambos, de unos cuatro años. H. había sido asesinado en Guatemala, en febrero de ese año. Un compañero que logró salir vivo de algo tan ilegal como las prisiones militares, contó que lo había visto con vida en el Agrupamiento Táctico de la Fuerza Aérea Guatemalteca, una rama del ejército, donde los tuvieron en cautiverio. Su muerte, la de un hombre íntegro, amante de su familia y de su tierra para la que quiso un cambio que acabara con la injusticia, fue la señal dolorosísima de que ya no podíamos continuar viviendo en Guatemala. Así, las dos familias logramos escapar de nuestros perseguidores y nos dispersamos por todo el continente; yo fui a dar a México, con mi hijo mayor.

No sé cómo pudimos colocar una mesa y sentar a tanta gente esa Nochebuena en un sitio tan diminuto, como ese donde vivíamos. El apartamento –que estaba en la colonia Martín Carrera, cercana a la basílica de la Virgen de Guadalupe- constaba de dos estancias que sumaban no más de 15 metros cuadrados, con una cama litera en cada una. Un estrecho pasillo que no llevaba a ningún lado, era la “cocina”; allí cabían la estufa, un armario y una persona de pie rozando el trasero contra la pared encalada; siempre se me manchaba de blanco cuando me tocaba hacer comida. Un patiecito descubierto, donde estaban la pila y el baño –donde nos bañábamos con agua muy helada- al lado de la entrada, complementaba el espacio que nos albergó.

Durante el día, la estancia menos chica era también el comedor y la sala de entretenimiento, porque allí estaban la mesa con sus sillas y un televisor pequeño, blanco y negro, el centro de poder. Por la noche, todo se amontonaba sobre la mesa y de algún lado salían los colchones. Yo preferí dormir en el suelo con mi niño durante los pocos días de noviembre que me arrimé a esa casa buscando un techo que nos cubriera. Fue justo entonces cuando el hacinamiento se hizo más grande con la visita de un hermano de P., que había llegado desde Guatemala de visita, y la estadía de S., que estaba a punto de dar a luz a su hijo y necesitaba que alguien la acompañara al hospital cuando llegara el momento.

Con el aumento de la densidad poblacional se incrementó la pesadez en el ambiente; no se podía extender la mano sin rozar a alguien. Pero no nos quejábamos; solidariamente tratábamos de hacernos la vida más llevadera, compartiéndolo todo, no solo nuestras necesidades y miserias.

Esa primera Navidad, perdidos en una de las ciudades más grandes del mundo, en medio de la estrechez en la que vivíamos, teníamos mucho que celebrar. Sentados alrededor de la mesa, compartimos no solo la comida, también la alegría por los nacimientos de la bebita de M. y P. y el niño de S., y nos congratulamos de seguir con vida. Con cada bocado y cada abrazo nos dimos apoyo, compañía, cariño, solidaridad y esperanza, pese a todo.

A la medianoche, alzamos nuestras tazas -a copas, no llegábamos- y, con Guatemala atravesada en la garganta junto con todo y con todos los que habíamos dejado atrás, incluyendo a H. y Marco Antonio, brindamos por la vida.

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