martes, 17 de septiembre de 2013

Carta a Marco Antonio, a casi 32 años de su desaparición forzada

Debo hacer un extraordinario esfuerzo para imaginarlo aquí conmigo, hermano de mi alma, sentirlo con nosotras bendito entre las mujeres, sus hermanas, su madre, como un hermoso árbol que nos cobija con su sombra. Trato de hablarle, como se suele hacer con los seres amados que se han ido, quiero sentirlo en mi corazón con ternura no con dolor sino con aquellos sentimientos que me inspiró cuando nació y yo ya era un niña de once años que disfrutó cada segundo de su existencia queriéndolo como solo se puede querer al hermanito más pequeño, al amor que nos regaló la vida entonces.

Si estuviera aquí nos haríamos un retrato de familia sin que faltara usted, como siempre. Nos vestiríamos con nuestros mejores trapos. Nos sentaríamos sonrientes en el sofá grande de la sala y compondríamos el gesto, celebrando, sin cerrar los ojos con el flash. Su sonrisa resplandecería entre las nuestras como si fuera el sol –eso era para mí- ese que me falta en estos días lúgubres en los que su ausencia pesa como 32 años. Nuestra alegría sería lo más normal del mundo. Ni de lejos podría imaginar este abismo en que hundo cada vez que evoco su recuerdo y tampoco sabría lo que tengo porque jamás lo habríamos perdido. Así es como debería ser. Yo no escribiría en modo condicional ni desearía regresar en el tiempo e impedir que suceda lo que al final pasó.

(Qué distinta esta imagen: usted por última vez en nuestra casa familiar, engrilletado a uno de los brazos del sencillo sofá de cuerina azul, con un pedazo de maskin que le sella los labios… siento que me ahogo al ver esta fotografía suya en mi cabeza, la última que guardo de usted dibujada por el relato de mi madre.)

Es tan injusto, tan sempiternamente doloroso todo lo que vive alrededor de su recuerdo. Sus imágenes escasas se van desdibujando en mi cabeza con el paso del tiempo. Ya se me perdió su voz en la maraña del tiempo y la tristeza; jamás volveré a escucharla. Cómo añoro su vida, ese libro que se quedó en blanco. Nadie tenía derecho a arrebatársela. Si estuviese aquí y ahora, un imposible, quizá estaría rodeado de su propia familia, viviríamos en nuestro país del que también nos fuimos a la fuerza. Probablemente sería ingeniero y construiría puentes y caminos, como decía cuando era aún más niño, o pintor o dibujante o nada de eso. Talvez su vida se habría deslizado por alguna pendiente de esas que nos llevan a nuestros propios abismos, desperdiciando sus días. ¿Quién lo sabe? El caso es que si esos hombres no se lo hubiesen llevado, estaría vibrante entre nosotros, vivo porque “no le tocaba”, si tan solo era un niño sano y feliz como se es a los 14 años, 10 meses y seis días de haber llegado a este maldito mundo.

¿Y yo? Con usted a mi lado me sentiría completa. No me detendría a la mitad del día para preguntarme por qué este malestar, qué es lo que me hace falta como el aire. No estaría insomne, alerta, en las interminables madrugadas. No tendría dolores, pesadillas, vacíos, largas noches en vela, temores, estremecimientos ni esta desazón que me hace dudar a cada paso qué hago en este mundo. Jamás habría temido que volviera del averno, reclamante, furioso, una imagen que por mucho tiempo asoló mis noches cargándome de culpa.

¿Yo culpable? Pues sí, así me he sentido durante todos estos años, aunque fueron otros los que vinieron del infierno para llegar hasta la puerta de la casa, arrancarlo de los brazos de nuestra pobre madre y desaparecerlo de su propia vida y de la nuestra. Y aunque el corazón me lleve la contraria –porque allí viven la culpa junto con el amor, el odio y otras emociones viscerales- sé quiénes son los responsables de su desaparición y su martirio.

A quiénes aún creen que tuvimos la culpa de tanto sufrimiento, pregunto ¿cuál delito cometimos para haber recibido este castigo, esta pena máxima, perpetua, de su desaparición? Mis presuntos delitos fueron establecidos por una élite que busca mantener sus privilegios mediante la violencia estructural, política y simbólica. En Guatemala, una ley no escrita convirtió en delitos los derechos a pensar, a actuar contracorriente, a soñar con un país justo para todos, con maíz suficiente para saciar el hambre. Teníamos –tenemos- el derecho a construir un país nuevo, con trabajo digno para todos los hombres y mujeres sin diferencias, a exigir que se erradique la explotación laboral que no se fija en las edades de las personas a las que reduce a una condición muy cercana a la esclavitud. Mis “delitos” han sido mis eternas inconformidades, mi rebeldía contra un estado de cosas que sigue intacto pese a tanto esfuerzo por proponer y hacer algo distinto, una realidad que hace de nuestra tierra uno de los lugares más violentos, desiguales e injustos del planeta.

Usted, hermano de mi corazón, fue el altísimo precio que nos cobraron los ladrones de cuerpos. Eso no estuvo bien, por decir lo menos, como pretenden hacernos creer los perpetradores, cómplices, partidarios y beneficiarios del genocidio, la tortura, las violaciones sexuales, los asesinatos de niños y niñas –aún los no nacidos- y la desaparición forzada, un delito continuado y, como los dos primeros, un crimen de lesa humanidad, imprescriptible y perseguible en cualquier parte del mundo. Son ellos los que defienden los ataques contra la población civil en la ciudad y el campo y luchan por mantener la impunidad de quienes, al no poder controlar nuestros pensamientos, sueños y voluntades, se ensañaron con absoluta crueldad con los cuerpos de decenas de miles de seres humanos a quienes se les negó esa condición y, ahora, se niega su derecho a la justicia y se les culpa de lo sucedido por no obedecer los mandatos del poder: sumisión y silencio, conformidad y resignación.

Ahora pretenden barrer los delitos de lesa humanidad, insisto: imprescriptibles, inamnistiables, imperdonables en cualquier país del mundo, bajo una montaña de basura formada por mentiras, miedo, amenazas, manipulaciones y silencio, como las que hemos presenciado alrededor del juicio por genocidio. Sobre esta sucia urdimbre, quieren instalar una acartonada y artificial democracia que no lo será nunca si no hay justicia para las víctimas del terrorismo de Estado. No se puede construir una sociedad democrática sobre 200 000 cadáveres de personas asesinadas cruelmente y a las que no se les ha hecho la justicia que necesitan y merecen, como seres humanos que fueron, triplemente excluidos: de la vida, de la ciudadanía y ahora de la justicia.

Guatemala, ese edificio endeble levantado sobre arenas movedizas empapadas de sangre, cimentado pobremente sobre la injusticia, erigido sobre pilares de desigualdad, racismo y extremada violencia, que se cimbra cada día con los huracanes de la conflictividad que desata la codicia de un grupúsculo, deberá dar paso un día –aunque ya no lo vea- a un país con justicia, pan y flores para todos y todas, un país de madrugadas limpias que nacerá de la voluntad y la resistencia de un pueblo que se niega a continuar viviendo en la indignidad y en la ignominia. Solo entonces, hermano, su sonrisa brillará plenamente en nuestros corazones.

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