sábado, 14 de noviembre de 2015

La Minga



“El pecado de la Minga es que era una patoja bonita”. Me lo dice casi con un gemido. Tras el gran ventanal, cae la lluvia. El mundo en este instante son él y su reminiscencia que desgrana en palabras desde su corazón palpitante, dolido. Vierte su congoja en mis oídos y por un momento siento que se aligera su carga.

Las mujeres de Sepur Zarco en el tribunal (foto de Plaza Pública)
No logro definir el color de sus ojos, pequeños espejos brillantes por las lágrimas. A duras penas las contiene cuando, de la hondura donde lo había escondido, extrae con precisión quirúrgica este recuerdo atormentado y me lo avienta a la cara con su voz entrecortada, vacilante.

La historia de la Minga la oyó de su marido, un hombrón que la amó, el padre de sus hijas, el mismo que una vez perdidas las buscó por años y años entre las multitudes, en los sueños y en las pesadillas. Sus niñas no crecieron. Ella no envejeció. Él sí, pero está vivo pese a que estuvo detenido, a que fue torturado, a que colgaron su enorme y pesado cuerpo y mientras pendía del techo o la pared –se me escapa el detalle- vio a los soldados verdeolivos hacer fila para violar a su mujer, la Minga.

Se esconde para que no mire su rostro. El bocado se me atraviesa en la garganta. Me pregunto cómo puedo comer mientras él se esfuerza por contener el llanto y dibujarme con palabras ese recuerdo horrible.

Afuera, el agua forma diminutos embalses en los que se refleja un cielo gris, sucio, que se cae a torrentes.

Cuando lo detuvieron, la Minga y sus hijas lo acompañaron al destacamento situado en Sepur Zarco, en Izabal, Guatemala. Mientras los torturadores y asesinos lo hacían pedazos, a ella, tirada en cualquier parte, la violaban y la violaban y la violaban... Al volver en sí, tendido en un camastro, oyó la voz de una de sus hijas que le pedía que ayudara a su madre rota, casi muerta.

Sus palabras no alcanzan para describirme el sufrimiento de la Minga, pero en sus ojos tristes adivino a una mujer ensangrentada, violada mil veces, marcada por el odio, destrozada por las embestidas brutales de la soldadesca que, con sus espadas desenvainadas, como miembros de un ejército catalogado como el más sanguinario del hemisferio occidental, hizo de la violencia sexual un arma de guerra y dominación de las mujeres consideradas enemigas. En eso no importa si son bonitas, feas, jóvenes, viejas, les basta con que sean mujeres.

Al cabo de veinte días, lo que aún vivía de la Minga fue muerto a tiros junto con sus niñas.

Afuera, cesó la lluvia, pero el sol aún no sale. Y cuando él se calla, yo me quedo a la orilla del río Rojquipur, donde apareció la sangre asesinada de una madre y sus hijas. Miro horrorizada a través de los ojos que las buscaron desesperadamente por años y años y años. Respiro un aire amargo, envenenado. Bajo la sombra de los árboles, quizá los mismos de entonces, quedaron los rastros de tres hermosas vidas segadas injustamente. Junto con sus huesitos y los restos de las vestimentas de Dominga, de veinte años, Anita y Hermelinda Coc, de cuatro y siete años, –maya q'eqchi's- se encontraron sus alegrías muertas, sus posibilidades idas para siempre, el terror de sus últimos días.

Ni la lluvia ni yo alcanzamos a llevarnos la tristeza de ese hombre que se atrevió a contarme este retazo de un genocidio del que aún nos falta mucho por conocer.

¿Cuántas Mingas fueron violadas y asesinadas? ¿Cuántos niños y niñas cayeron bajo el aliento helado de la muerte que les llegó temprano?

Ante la magnitud de esta tragedia miles de veces repetida, no hay alivio. Nada es suficiente. Las valerosas mujeres de Sepur Zarco solo piden lo justo. Uno mi voz a las de ellas para clamar justicia.

***

Este es el relato que se recoge en el libro “Mujeres indígenas: clamor por la justicia. Violencia sexual, conflicto armado y despojo violento de tierras", de Luz Méndez Gutiérrez y Amanda Carrera Guerra, publicado en Guatemala por el Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial en 2014:

El asesinato de Dominga Coc y sus hijas

La historia de Dominga Coc tuvo un fuerte impacto entre las mujeres esclavizadas en Sepur Zarco, como una amenaza constante de lo que podía ocurrirles a ellas. Dominga fue capturada en este destacamento, junto con su esposo y sus dos pequeñas hijas, Anita y Hermelinda.

En el destacamento Dominga fue violada sexualmente en forma atroz por más de 20 soldados, frente a su esposo y sus hijas.

El esposo de Dominga Coc sobrevivió y cuenta: “Yo vi con mis propios ojos como los soldados pasaron uno por uno con ella, delante de mis dos niñas. Mi esposa solo me miraba”. Luego él fue trasladado a la finca Pataxte, donde fue sometido a torturas durante 30 días. (SZ-H-01, entrevista, 17/02/12).

En el destacamento de Sepur Zarco tiempo después Dominga y sus hijas desaparecieron.

Ellas habían sido asesinadas, como se comprobó en el año 2001, cuando fueron encontrados y exhumados los restos óseos de Dominga, así como vestimenta de las niñas, junto al río Roquepur.

***

Para no olvidar, para indignarnos, para unirnos a las demandas de justicia para las víctimas del genocidio, la desaparición forzada, la violencia sexual y todos los crímenes de lesa humanidad perpetrados por agentes del Estado en Guatemala, por mucho que duela hay que leer, escuchar, acompañar.

http://escolapau.uab.es/img/qcp/violencia_sexual_guerra.pdf 

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