lunes, 13 de mayo de 2013

La patria parió justicia tras treinta años de dolores



Tiembla tú, miserable,
con tantos secretos delitos que no castigó la justicia;
ocúltate, ensangrentada mano,
y tú, perjuro,
y tú, simulador de virtud, que eres incestuoso,
y tú tiembla también, malvado,
que bajo capa y apariencia de honradez,
fuiste instigador de asesinatos…
¡Encubiertas maldades,
rasgad la vestidura que os disfraza,
no desoigáis tan terribles conminaciones
y apresuraos a implorar misericordia.
Shakespeare, El Rey Lear


Soy hermana de Marco Antonio, un niño desaparecido por el ejército el 6 de octubre de 1981 y, es desde ese lugar que ahora vivo este momento particular de nuestra historia. Por eso, lloro en la oscuridad de mi habitación mientras lucho por acomodar en algún lado de mi cuerpo o de mi alma los sentimientos inefables que me ha provocado la sentencia a ochenta años de prisión inconmutables a Efraín Ríos Montt, condenado por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad perpetrados contra el pueblo maya ixil. 

Leo y releo la noticia. El titular enorme. Mantuve la transmisión en vivo e hice mía la angustia de la jueza Barrios y de toda la gente que abarrotó la sala ante una posible huída del general convicto. Sentí el estremecimiento que recorrió a la audiencia, llegó hasta mí como una corriente eléctrica. No me canso de repetir a quien se me pone enfrente que creí que tendría que vivir unos 100 años para vivir este momento que sigue atorado en mi garganta. 

 
Siento hasta mis raíces el llanto de Marcela, el abrazo de Ade, la voz entrecortada de María no sé si por la señal o por las lágrimas; nos cobija un espacio común en el que se construyen los sueños. Leo los mensajes de Ruth, las entradas del fb, los correos de Eugenia, Eida, V, R, V, Z, de LQ y tantos más, las palabras de Cristina, Idu y de J y su madre, los abrazos de “aquel” y de mi hijo menor, el “me gusta” del muchacho que desde el otro lado del mundo estuvo atento a lo que le sucedía al que gobernaba cuando estaba en mi vientre. Después, oigo a mi madre en el teléfono. Con la voz quebrada repetimos “malditos”. Ochenta años no bastan, pero son un comienzo.

El llanto, los aplausos, la canción colectiva que no escuché pero que la imagino resonando en la sala, la voz de la jueza señalando responsabilidades e imponiendo las penas mandadas por la ley… demasiado para un día, como ha sido demasiado el dolor para una vida, la mía, y la de quienes han vivido el horror y luchado por esto. Hubo de todo, pero mis oídos se quedaron esperando una palabra del anciano convicto: el pedido de perdón a las víctimas. 

Una tormenta de emociones se desata en mi alma. Voy de la furia al dolor, de la tristeza a una alegría difusa, momentánea, que no llega a cuajar, y me desarma porque tengo derecho a tragarme este bocado de vida hasta saciarme. Como hoy, siempre he llorado a solas por mi hermano y por todos mis muertxs y desaparecidxs, en silencio, escasamente. Reseca y ajada, no he tenido las suficientes lágrimas para expresar el dolor que me anega desde el día maldito en que lo sacaron de mi casa arrebatándoselo a mi madre de las manos que, hasta ahora, siguen llenas de ausencia.

¿Cómo le digo a mi alma encallecida que no es un espejismo? ¿Cómo me convenzo a mí misma de que lo que vieron mis ojos y escucharon mis oídos es cierto? Mi corazón de pedernal, vacía tumba endurecida donde guardo la memoria imborrable, poco a poco se llenará con su luz. Voy a lavarme el alma con la lluvia bienhechora de mayo para ojalá cerrar las llagas que continúan abiertas, supurantes. Como siempre que me siento perdida, hoy lo estoy en esta maraña de sentimientos, me refugio en los abrazos. Busco a mi gente que está cerca y siento latir sus corazones. A quienes están lejos, les abrazo con mi corazón. Hecha un puño, aún siento los viejos dolores enquistados y como una letanía, repito los nombres de los más amados -Marco Antonio, Julio César, Héctor- junto a otro vocablo que empieza a ser verdad en Guatemala: JUSTICIA.

También vivo esta satisfacción con los ojos abiertos, cautelosa, mirando a todos lados mientras, intento definir esta desazón, esta perplejidad, esto que aún no tiene nombre y que quisiera transformar en una alegría dulce, tranquila, merecida y dejarme llevar por ella, sacándome del rígido espacio de racionalidad al que nos reducen los años y del dolor a que nos reducen los golpes brutales, repetidos. Estoy en ese esfuerzo, lo juro, pero en lo más profundo de mi ser lo que se remueve casi imperceptiblemente es el agujero de las pérdidas, la tristeza por las vidas truncadas, fueron tantas en mi generación marcada por las muertes injustas perpetradas por hombres despreciables

Aunque me afano en la alegría, la incredulidad y el temor se van mezclando. Viví el tiempo de los actos brutales e inhumanos. Temo por las mujeres y hombres ixiles que hicieron posible este proceso con el apoyo del Ministerio Público, las organizaciones y sus abogados, temo por lxs fiscales y por los defensoras y defensores de derechos humanos, por tantas personas que saltaron a la palestra y que por ejercer sus derechos, al igual que antes, han sido señaladas por los enemigos de la democracia y la justicia en sus pasquines infumables. Los que creyeron que jamás llegaría este momento, han defendido a los perpetradores pretendiendo ensuciar a quienes encarnan la dignidad de nuestro pueblo con su odio y su revanchismo.

Sin quererlo y sin siquiera pensarlo, repaso las huellas de los zarpazos letales con los que ellos se vengaron sustituyendo el sabor a triunfo por el amargo regusto de la muerte. Así pasó en octubre de 1978 con el asesinato de Oliverio Castañeda de León tras las gloriosas –como solía decirse en aquel tiempo- Jornadas de Octubre. La escapatoria de mi hermana del cuartel militar de Quetzaltenango, en octubre de 1981, les llevó a vengarse capturando ilegalmente a mi hermano de 14 años y desapareciéndolo hasta hoy. El 26 de abril de 1998 mataron a monseñor Gerardi, dos días después de la presentación del informe Guatemala Nunca Más. No han cedido un milímetro y cada palmo conquistado nos ha costado sangre. Y me digo a mí misma que soy una aguafiestas, pero también pienso en cuánta gente traumada y adolorida, como yo, está experimentando sensaciones parecidas.

Espero que la gente joven viva y sienta esta nueva experiencia de una forma distinta, con alegría auténtica, plena. Ojalá que en sus mentes y en sus corazones se fortalezca la idea luminosa de un país diferente, uno que deberán hacerlo con sus manos a la medida de todas las personas, donde quepamos todos/as sin que las diferencias étnicas, políticas, de sexo o cualquiera otra que nos hace ser lo que somos se constituyan en el pretexto para exterminarnos. 

La justicia, por fin. Es demasiado grande y demasiado frágil todavía, una pompa de jabón que se eleva en el aire y temblorosa convierte la luz en arcoíris pintando la realidad de Guatemala con colores distintos, no el blanco y negro de quienes se empeñan en vivir en el pasado. La justicia es futuro y es vida, un árbol recién plantado que hunde sus raíces en un suelo abonado con el dolor y la sangre de las víctimas del genocidio, la desaparición forzada, los asesinatos políticos, la tortura. Deberemos fortalecerlo y cuidarlo para que nos dé dulces frutos de paz. 

En un país en el que las palabras pierden su significado y a los asesinos se les llama “señor presidente”, “señor ministro”, “señor diputado”, la justicia para las víctimas del terrorismo estatal hará que los procesos sociales y políticos cobren un sentido más humano y evitará que se repitan los hechos terribles. Los detentadores de poderes mortales, aplastantes, los sectores que han usurpado un país entero y que han llegado a creerse los dueños de nuestras vidas, los dadores de muerte, los mentirosos, los torturadores, los genocidas, los desaparecedores, tendrán que entender que los tiempos cambiaron.

La hasta hace muy poco elusiva justicia sigue siendo un asunto pendiente para Marco Antonio y millares de víctimas más. La sentencia del 10 de mayo nos da esperanzas, nos demuestra que se puede obligar a rendir cuentas a los otrora poderosos criminales, que nadie es superior a la ley y que la vida es un valor sagrado que se debe respetar. 

Nada de lo que hicieron ha aplacado esa sed, no lograron arrebatarnos la dignidad tampoco y nada nos detendrá en este camino por más que lo llenen de obstáculos. Si hay algo que nos sobra es paciencia. Por mi nawal, soy Ajpu, el triunfo de JunAjpu e Ixbalamke sobre los señores de Xib’alb’a que trae luz y claridad a la humanidad. El día Ajpu es el día del gran Ajaw, el padre, y su representación solar; simboliza la grandeza, la fuerza de la vida, la fuerza corporal y el triunfo del bien; el día de servir a los demás, pedir por la vida y la fuerza y por el triunfo del bien sobre el mal. Tengo el sello del Q’anil, mi misión es señalar el camino y plantar la semilla. Soy cerbatanera y buena cazadora, tiradora, y caminante, sembradora, seguiré luchando por sentirme feliz, porque la felicidad hay que construirla, conquistarla y cuidarla como el capullo de una flor delicada.

viernes, 3 de mayo de 2013

Guatemala Nunca Más


Es posible la paz, una paz que nace de la verdad de cada uno y de todos: Verdad dolorosa, memoria de las llagas profundas y sangrientas del país; verdad personificante y liberadora que posibilita que todo hombre y mujer se encuentre consigo y asuma su historia; verdad que a todos nos desafía para que reconozcamos la responsabilidad individual y colectiva y nos comprometamos a que esos abominables hechos no vuelvan a repetirse.

Monseñor Gerardi, 24 de abril de 1998

El lunes 27 de abril de 1998, a eso de las cuatro de la mañana, el timbre del teléfono me sacó de ese sueño delicioso de las madrugadas. Con un sobresalto -porque ¿quién te llama a esas horas para decirte algo bueno?- corrí a la sala y levanté el auricular. Era la voz de Maco. En escasos segundos había recorrido los mil doscientos kilómetros que me separan de la patria, de nuevo ensangrentada por un crimen de Estado, y estallaba en mi oído una verdad terrible: “mataron a Monse”. Monse no era otro que monseñor Juan Gerardi, coordinador de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala, el alma y el corazón del proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI).

Ya no supe qué más dijo Maco. Llorábamos. Aún estaba oscuro. A tientas, porque de pronto las lágrimas no me dejaron ver, busqué mi cuarto, mi cama y me derrumbé sobre la almohada agobiada por la vergüenza. Me preguntaba una y otra vez cómo era posible que tal cosa hubiera sucedido, cómo una sociedad como la mía seguía siendo incapaz de resguardar nuestro bien más valioso: la vida. No encontré las respuestas, aún no las tengo. Es la misma vergüenza y son las mismas preguntas las que ahora me hago ante la forma en que se sigue obstaculizando el proceso por genocidio contra el ex dictador Efraín Ríos Montt y el ex jefe de la G2 Mauricio Rodríguez Sánchez, ambos generales de un ejército que fue calificado como el más sanguinario del hemisferio occidental hará unos cuantos años, cuando el viento cambió de rumbo unos cuantos grados en el Departamento de Estado de los EEUU.

A Maco y a Monse los conocí en 1995, durante una breve estadía de trabajo en la ODHAG, que fue el motivo de mi regreso al país tras once años, siete meses y 25 días de exilio. Sabía poco de Monse: que había tenido que huir del Quiché en 1980 para salvar su vida; que acudió a un evento fuera de Guatemala y que al volver ni siquiera pudo bajarse del avión por lo que debió refugiarse en Costa Rica donde vivió algunos años. En el 96 volví para realizar la propuesta de trabajo formulada un año antes para la biblioteca de esta entidad. En esa ocasión, estuve allí un mes como una empleada más, sin serlo, disfrutando del frío de noviembre tras las gruesas paredes del hermoso edificio de arquitectura colonial, caminando por sus vetustos corredores y su patio central adornado de bugambilias florecidas que, sujetas a las anchas columnas, ascendían hasta el segundo piso, y de las deliciosas comidas del Mercado Central. Entonces vi de nuevo a Monse, un hombre jovial, amable, respetuoso, tal fue la impresión que dejó en mí tras un par de conversaciones. En esas ocasiones, con secreta envidia me enteraba de la labor del equipo del REMHI a lo largo y ancho del país. ¡Qué no hubiera dado por ser parte de algo tan magnífico! Iniciado en 1994, ese trabajo iba viento en popa.

En 1997 fui a dar el testimonio sobre la desaparición forzada de Marco Antonio tanto al REMHI como a la CEH. Los años anteriores me había resistido, quizá no estaba preparada todavía, pero el tiempo pasó y quedaban pocos meses para hacerlo. Algo más me lo impedía: el perdón pregonado por la Iglesia Católica en su convocatoria. Perdonar lo que el ejército les hizo a mi hermano y a mi hermana es una decisión personal, muy íntima, que no tomaré nunca si no hay justicia; aún si la hubiera, tendría que pensarlo muchísimo.


Monse era un hombre feliz, siempre estaba sonriente y pleno de vida y energía y pienso que, dado su compromiso sacerdotal y humano, en buena parte eso se debía al proyecto REMHI. La labor de recolección de testimonios, su análisis y procesamiento rigurosos y la sistematización de los datos, más otra gran cantidad de acciones investigativas que enriquecieron el esfuerzo, dieron su fruto en 1998 con la publicación del informe Guatemala: Nunca Más. Su entrega se programó para el 24 de abril, en una ceremonia en la que la alta jerarquía eclesiástica iba a pedir perdón al pueblo por no haberle acompañado en su sufrimiento.

Era una petición justa. En nuestro caso, mi madre y mi padre habían suplicado inútilmente el apoyo de algunas autoridades eclesiásticas para ubicar a mi hermano, entre ellos los obispos Ríos Montt y Quezada Toruño y los arzobispos Casariego y Penados. Tristemente lo que obtuvieron no pasó de palmaditas en la cabeza, groseros “¿qué quieren?” o palabras vacías. Tal fue su decepción que cambiaron la parroquia de toda la vida por un salón evangélico donde la gente los escuchaba y lloraba a la par suya. La alta jerarquía –con excepciones, como la de Monse- se mostraba impotente ante estos pedidos. Por su silencio e indiferencia como institución es inevitable pensar en la complicidad de algunos de sus miembros. Es el caso del arzobispo Casariego que con absoluto cinismo les dijo a mis padres que frecuentemente había visitado al desaparecido sacerdote jesuita español Carlos Pérez Alonso, en el Cuartel General, lugar en el que permanecía detenido ilegalmente desde agosto de 1981. También les dijo que se desayunaba un día a la semana con el general Lucas, entonces presidente de la república, por lo que en una segunda visita le llevaron una carta. Jamás supieron si se la entregó.

Por esas razones, motivada por la trascendencia del perdón que expresaría el Arzobispo –cosa que al final no sucedió- y por la enorme importancia del informe, decidí llevar a mi mamá al acto. El lunes 20 de abril me presenté a la ODHAG y ofrecí mis servicios para lo que fuera necesario. Había mucho trabajo previo a la presentación del informe. Así, entre varias cosas, tuve en mis manos el resumen que se entregó a la prensa y me enteré de la magnitud de las revelaciones y los señalamientos tan claros y directos sobre la responsabilidad del ejército. Inmediatamente se me prendieron todas las alarmas. Eran verdades sobre los horrores recientes que nunca antes se habían dicho de esa forma ni por una institución tan poderosa como la Iglesia Católica, por lo que Ruth y yo temimos una respuesta brutal.

El 29 de diciembre de 1996 se había firmado la paz de papel, esa paz violenta y excluyente que ahora nos amenazan con romper por el juicio de genocidio. En Guatemala todavía se creía en esa paz. Nuestro temor no tenía cabida en esas nuevas circunstancias, de manera que ante las preguntas sobre la seguridad, alguien dijo que continuábamos viviendo en el pasado. Quizá, pero no estábamos solas, ellos también estaban allí.

El 24 de abril la Catedral no dio abasto para recibir a tanta gente. Era una tarde calurosa. La atmósfera estaba saturada del aroma de las flores que adornaban los altares, mezclado con el que despedían los cirios al quemarse. Guatemala entera estaba representada en ese acto solemne que coronó los esfuerzos de toda una vida de Monse, un hombre pleno y feliz consagrado a la causa de la gente más necesitada, perseguida y victimizada de nuestro país. Como en toda misa, hubo oraciones y cantos, homilías, lecturas bíblicas y comuniones. El punto culminante fue la entrega del informe a dos personas delegadas por cada diócesis por parte de Monse. Mi madre tuvo el honor de recibirlo de sus manos junto con Rigoberta Menchú, en representación de la Diócesis de Guatemala. Conmovida, uní mi voz al coro inmenso que cantó “cambia, todo cambia…”. Ese era el espíritu que nos animaba a todxs lxs presentes. No había marcha atrás, no era posible, Guatemala sería otra. En el aire sentíamos la presencia de nuestros seres amados desaparecidos/as o asesinados/as.

En el patio hermoso de la ODHAG sirvieron tamales y café. Allí me confundí con centenares de personas que celebraban el final de un esfuerzo prolongado que había durado cuatro años. No había lugar para el temor, no había lugar para el pasado. El impulso nos debía llevar a la justicia, a un futuro de verdadera paz. Al día siguiente, 25, al levantarse, mi mamá me dijo que por primera vez en todos los años que llevaba  mi hermano desaparecido, lo había soñado sonriendo. La angustiosa pesadilla recurrente, en la que ella corre tras el carro en el que se llevaron a su niño, parecía quedar atrás.

Pero el pasado –que sigue siendo presente en Guatemala- alentó las intenciones mortales de acallar a Monse. De allí emergieron los hombres que vigilaron su puerta durante meses haciéndose pasar por indigentes. Del pasado vinieron los que planearon su muerte y dirigieron el operativo, los mismos que trajeron la piedra del infierno con la que destrozaron su rostro y su cabeza, igual que el "Siervo sufriente de Yahvé" al que aludió en su discurso del 24 de abril: “los relatos de los crímenes horrorosos son la actualización de la figura de "Siervo sufriente de Yahvé", encarnado en el pueblo de Guatemala: "Mirad a mi siervo –dice Isaías– muchos se espantaron de él, desfigurado no parecía hombre, no tenía aspecto humano… El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso y herido de Dios…" (Is. 52.13–53,4)

Dos años después, el 24 de abril de 2000, en su homilía conmemorativa monseñor Julio Cabrera Ovalle, obispo de Quiché, dijo que los asesinos de Monse “no soportaron el resplandor de la verdad con que desenmascaró la injusticia. ¡Porque en Guatemala SÍ ha habido masacres!”

Así fue. Con el asesinato de Monse, el ejército y los poderes oscurantistas sentaron posición sobre los esfuerzos por develar la verdad sobre los horrores del terrorismo de Estado y cercenaron el impulso que nos llevaba a demandar justicia. Hoy, quince años después, las “semillas de vida y dignidad” sembradas por Monse y por quienes le acompañaron en ese esfuerzo, se abren paso dificultosa pero firmemente en el juicio por genocidio y en otras causas judiciales, ya concluidas o en proceso, contra los torturadores, genocidas, asesinos y desaparecedores que asolaron Guatemala. En ellos sigue presente el temor al “resplandor de la verdad” con el que Monse evidenció la injusticia. De ese miedo nacen los ataques asquerosos a su obra divulgados en pasquines repletos de mentiras y amenazas dirigidos a perpetuar su impunidad, con los que se pretende transformar en traición a la paz y divisionismo el anhelo de justicia que anima nuestras vidas.

Que mis palabras sirvan como un homenaje humilde a monseñor Gerardi en el décimo quinto aniversario de su alevoso asesinato.

Discurso de Monseñor Juan Gerardi con ocasión de la presentación del Informe REMHI
Catedral Metropolitana, 24 de abril de 1998

El proyecto REMHI ha sido un esfuerzo que se sitúa dentro de la Pastoral de los Derechos Humanos, que a su vez es parte de la Pastoral Social de la Iglesia: es una misión de servicio al hombre y a la sociedad.

Ante los temas económicos y políticos, mucha gente reacciona diciendo: "para qué se mete en esto la Iglesia". Quisieran que nos dedicáramos únicamente a los ministerios. Pero la Iglesia tiene una misión que cumplir en el ordenamiento de la sociedad, que incluye los valores éticos, morales y evangélicos. ¿Qué nos dicen los mandamientos? "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Y precisamente hacia ese prójimo tiene que dirigir su misión la Iglesia. El Papa Juan Pablo II nos dice, hablando a los laicos: "Redescubrir la dignidad de la persona humana constituye una tarea esencial de la Iglesia". Esta también fue la labor evangelizadora de Jesús. El Señor puso la dignidad de las personas como centro del Evangelio.

El proyecto REMHI en el confluir del trabajo pastoral de la Iglesia es una denuncia, legítima, dolorosa, que debemos de escuchar con profundo respeto y espíritu solidario. Pero también es un anuncio, una alternativa para encontrar nuevos caminos de convivencia humana. Cuando emprendimos esta tarea interesaba conocer, para compartir, la verdad, reconstruir la historia de dolor y muerte, ver los móviles, entender el porqué y el cómo. Mostrar el drama humano, compartir la pena, la angustia de los miles de muertos, desaparecidos y torturados; ver la raíz de la injusticia y la ausencia de valores.

Este es un modo pastoral de hacer las cosas. Es trabajar a la luz de la fe, encontrar el rostro de Dios, la presencia del señor. En todos estos acontecimientos, es Dios quien no está hablando. Estamos llamados a reconciliar. La misión de Jesús es reconciliadora. Su presencia nos llama a ser reconciliadores en esta sociedad quebrada, tratando de ubicar víctimas y victimarios dentro de la justicia. Hay gente que murió por un ideal. Y los verdugos fueron muchas veces instrumentos. La conversión es necesaria, y nos toca abrir los espacios para estimular. No se trata de aceptar los hechos simplemente. Es menester reflexionar y recuperar los valores. Queremos contribuir a la construcción de un país distinto. Por eso recuperamos memoria del pueblo. Este camino estuvo y sigue estando lleno de riesgos, pero la construcción del Reino de Dios tiene riesgos y sólo son sus constructores aquellos que tienen fuerza para enfrentarlos.

El 23 de junio de 1994, las partes que negociaron los acuerdos de paz manifestaron su convicción del "derecho que asiste a todo el pueblo de Guatemala de conocer plenamente la verdad" sobre los acontecimientos ocurridos durante el conflicto armado, "cuyo esclarecimiento contribuirá a que no se repitan las páginas tristes y dolorosas y que se fortalezca el proceso de democratización en el país", y subrayaron que ésta es una condición indispensable para lograr la paz. Este es parte del preámbulo del Acuerdo que creó la Comisión del Esclarecimiento Histórico, que ahora también está concluyendo su importante labor.

La Iglesia se hizo eco de este anhelo y se comprometió a la búsqueda de "conocer la verdad", convencida de que, como dijo el Papa Juan Pablo II, la "verdad es la fuerza de la paz" (Jornada Mundial por la Paz, 1980). Como parte de nuestra Iglesia, asumimos responsablemente y en conjunto esta tarea de romper el silencio que durante años han mantenido miles de víctimas de la guerra, abrió la posibilidad de que hablaran y dijeran su palabra, contaran su historia de dolor y sufrimiento a fin de sentirse liberadas del peso que durante años las ha abrumado. Este ha sido esencialmente el propósito que ha animado el trabajo que durante estos tres años ha realizado el Proyecto REMHI: conocer la verdad que a todos nos hará libres (Juan 8, 32).

Nosotros, como personas de fe, descubrimos en el acuerdo del esclarecimiento histórico un llamado de Dios a nuestra misión como Iglesia: la verdad como vocación de toda la humanidad. Desde la Palabra de Dios no podemos ocultar o encubrir la realidad, no podemos tergiversar la historia ni debemos silenciar la verdad. San Pablo, hace veinte siglos, hacía una afirmación que nuestra historia reciente la ha confirmado recientemente: "Se está revelando desde el cielo la reprobación de Dios contra impiedad e injusticia humana, la de aquellos que reprimen con injusticias la verdad" (Rom, 1,18). La verdad en nuestro país ha sido torcida y acallada.

Dios se opone inflexiblemente al mal en cualquier forma que se presente. La raíz de la ruina, de las desgracias de la humanidad, nace de una oposición deliberada a la verdad, que es la realidad radical de Dios y del hombre. Y esa realidad es la que ha sido intencionalmente deformada en nuestro país a lo largo de 36 años de guerra contra la gente. De ahí que el "esclarecimiento histórico", decíamos los Obispos en la carta pastoral ¡Urge la Verdadera Paz! "no sólo es necesario, sino indispensable para que el pasado no se repita con sus graves consecuencias. Mientras no se sepa la verdad, las heridas del pasado seguirán abiertas y sin cicatrizar.

No tenemos la menor duda, como Iglesia, que el trabajo que hemos realizado en estos años ha sido una historia de gracia y de salvación, un verdadero paso hacia la paz como fruto de la injusticia, que ha ido suavemente regando semillas de vida y dignidad por todo el país, siendo gestor y partícipe el mismo pueblo sufrido. Ha sido un bello servicio de veneración a los mártires y de dignificación de las víctimas que fueron blanco de los planes de destrucción y muerte. Abrirnos a la verdad, encarar nuestra realidad personal y colectiva no es una opción que se puede aceptar o dejar, es una exigencia inapelable para todo ser humano, para toda sociedad que pretenda humanizarse y ser libre. Nos sitúa ante nuestra condición más radical como personas: somos hijos e hijas de Dios, llamados a participar de la libertad del Padre.

Años de terror y muerte han desplazado y reducido al miedo y al silencio a la mayoría de guatemaltecos. La verdad es la palabra primera, la acción seria y madura que nos posibilita romper ese ciclo de violencia y muerte, abrirnos a un futuro de esperanza y luz para todos. El trabajo de REMHI ha sido una empresa asombrosa de conocimiento, profundización y apropiación de nuestra historia personal y colectiva. Ha sido una puerta abierta para que las personas respiren y hablen en libertad, para la creación de comunidades con esperanza. Es posible la paz, una paz que nace de la verdad de cada uno y de todos: Verdad dolorosa, memoria de las llagas profundas y sangrientas del país; verdad personificante y liberadora que posibilita que todo hombre y mujer se encuentre consigo y asuma su historia; verdad que a todos nos desafía para que reconozcamos la responsabilidad individual y colectiva y nos comprometamos a que esos abominables hechos no vuelvan a repetirse.

El compromiso de este Proyecto con la gente que dio su testimonio ha sido recoger su experiencia en este Informe y apoyar globalmente las demandas de las víctimas. Pero entre las expectativas y nuestro compromiso también se encuentra la devolución de la memoria. El trabajo de búsqueda de la verdad no termina aquí, tiene que regresar a donde nació y apoyar mediante la producción de materiales, ceremonias, monumentos etc. el papel de la memoria como un instrumento de reconstrucción social.

El Papa Juan Pablo II nos dice "es preciso mantener vivo el recuerdo de lo sucedido: es un deber concreto". Lo que la Segunda Guerra Mundial significó para los europeos y para el mundo se ha podido comprender en estos 50 años transcurridos gracias a la adquisición de nuevos datos que han posibilitado un mejor conocimiento de los sufrimientos que causó (50 Aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial). Esto es lo que ha hecho el Proyecto REMHI en Guatemala.

Conocer la verdad duele pero es, sin duda, una acción altamente saludable y liberadora. Los miles de testimonios de las Víctimas, los relatos de los crímenes horrorosos son la actualización de la figura de "Siervo sufriente de Yahvé", encarnado en el pueblo de Guatemala: "Mirad a mi siervo –dice Isaías– muchos se espantaron de él, desfigurado no parecía hombre, no tenía aspecto humano… El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso y herido de Dios…" (Is. 52.13–53,4).

La actualización y memoria de estos hechos dolorosos nos confrontan con una palabra original de nuestra fe: "Caín, ¿dónde está tu hermano Abel? No sé, contestó. ¿Soy acaso el guardián de mi hermano? Replicó Yahvé: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar desde el suelo hasta mí" (Gen 4, 9–10).

Más información en:








miércoles, 24 de abril de 2013

Hoy en mi alfabeto solo hay siete letras y con ellas escribo tan solo una palabra: JUSTICIA



Atontada. Aún no entiendo los efectos de la resolución dictada por la Corte Constitucional de Guatemala el 23 de abril en el proceso de genocidio seguido contra el ex dictador Efraín Ríos Montt y el ex jefe de la inteligencia militar Mauricio Rodríguez Sánchez, ambos generales retirados. Leí algunas interpretaciones contradictorias y me perdí en una catarata de palabras. Después de un día muy largo y muy difícil, salí a la calle y, como siempre en esta región del planeta, me recibió una tarde esplendorosa. Sorprendida de que el mundo no se hubiese derrumbado, constaté que todo seguía en su lugar: el cielo de un azul desvaído en el que colgaba una alta luna pálida opacada por la luz de un sol agonizante, las vías repletas de vehículos, la gente corriendo hacia la noche. En mi cabeza, separada de mi cuerpo por más de mil kilómetros, seguían resonando las palabras tóxicas vomitadas por las bocas de abogadillos de cuartel.

Sin certezas de qué va a pasar con el proceso, una cosa sí sé. Todas las maniobras jurídicas que entorpecen el juicio y las decisiones que obstaculizan el derecho de acceso a la justicia son revictimizadoras. A estas se une la millonaria campaña mediática de los militares retirados y sus aliados de corbata y chanel, orquestada para atacar inescrupulosamente a las víctimas constituidas en querellantes, sus abogados, el propio tribunal de juicio y a toda la gente que las acompaña. Lo hicieron como lo saben hacer, recurriendo a toda clase de bajezas, insultos, mentiras y amenazas, en tono escuadronero, a la moda de los setentas y ochentas, o en tono ilustrado, pulcro con palabras de salón. En cualquiera de sus modalidades, sus efectos revictimizadores son los mismos.

Y eso es lo que se sabe. Por debajo de la mesa, quizá se intercambiaron favores y escamoteos por dinero y resoluciones por cheques millonarios. Todo es posible en ese mundo incierto en el que, sin referentes éticos democráticos, humanos y civilizados, se sobreponen realidades y personas. Un mundo sin sentido, en el que se pierden los significados y lo que es, no es, y si es, se aparenta lo contrario. De pronto, palabras como derechos humanos, garantías procesales, legalidad, se vaciaron de contenido en un contexto en el que lo que se busca es precisamente violar todas las disposiciones y derechos de las víctimas –así como antes violaron los cuerpos de las mujeres- y salvaguardar la impunidad de los criminales.

8. Se considerará " víctima" a la persona que, individual o colectivamente, como resultado de actos u omisiones que violan las normas internacionales de derechos humanos o el derecho internacional humanitario, haya sufrido daños, inclusive lesiones físicas o mentales, sufrimiento emocional, pérdida financiera o menoscabo sustancial de los derechos fundamentales. Se podrá considerar también “víctimas” a los miembros de la familia directa o personas a cargo de la víctima directa, así como a las personas que, al intervenir para asistir a la víctima o impedir que se produzcan otras violaciones, hayan sufrido daños físicos, mentales o económicos.

En el contexto del juicio por genocidio, las víctimas son aquellas personas que sufrieron los efectos atroces del abuso desmedido del poder por parte de agentes del Estado, los que actuaron en su nombre con su consentimiento o encubrimiento. De esta forma, el Estado guatemalteco violó las obligaciones internacionales de derechos humanos y derecho internacional humanitario e incurrió en responsabilidad internacional. Para subsanar el daño infligido, debe investigar, enjuiciar y castigar a los responsables.

Por otra parte, resulta que las víctimas tienen derechos. El documento citado reconoce en su artículo VII, entre otros, la justicia y las reparaciones:

a) Acceso igual y efectivo a la justicia;

b) Reparación adecuada, efectiva y rápida del daño sufrido;

c) Acceso a información pertinente sobre las violaciones y los mecanismos de reparación.

Sobre el acceso a la justicia, en el art. VIII se estipula que,

12. La víctima de una violación manifiesta de las normas internacionales de derechos humanos o de una violación grave del derecho internacional humanitario tendrá un acceso igual a un recurso judicial efectivo, conforme a lo previsto en el derecho internacional. Otros recursos de que dispone la víctima son el acceso a órganos administrativos y de otra índole, así como a mecanismos, modalidades y procedimientos utilizados conforme al derecho interno. Las obligaciones resultantes del derecho internacional para asegurar el derecho al acceso a la justicia y a un procedimiento justo e imparcial deberán reflejarse en el derecho interno.

Para asegurar el acceso a la justicia por parte de las víctimas del genocidio del pueblo ixil, el Estado guatemalteco debería hacer exactamente lo contrario de lo que hasta hoy hemos visto: garantizar el acceso a la información sobre las violaciones a los DDHH y el DIH por todos los medios posibles; proteger la intimidad y seguridad frente a los “actos de intimidación y represalia”, tanto a las víctimas como a sus familias y testigos; y, apoyarlas apropiadamente, de acuerdo con sus requerimientos y necesidades.

En cuanto a las reparaciones, la primordial es precisamente la justicia (art. IX):

15. Una reparación adecuada, efectiva y rápida tiene por finalidad promover la justicia, remediando las violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos o las violaciones graves del derecho internacional humanitario. La reparación ha de ser proporcional a la gravedad de las violaciones y al daño sufrido. Conforme a su derecho interno y a sus obligaciones jurídicas internacionales, los Estados concederán reparación a las víctimas por las acciones u omisiones que puedan atribuirse al Estado y constituyan violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos o violaciones graves del derecho internacional humanitario.

Con base en lo anterior, no caben las visiones estigmatizadoras ni las construcciones estereotipadas de las víctimas que son, desde este punto de vista, personas con derechos. En ese sentido, su ejercicio pleno de ciudadanía pasa por el reconocimiento social, político, cultural, judicial y en todos los ámbitos de que esta indeseable condición es el producto de procesos políticos históricos en los que se dio el abuso desmedido de poder en contra de personas y contingentes humanos, algo que en Guatemala alcanzó proporciones descomunales y un elevado costo social y humano. Pero pasa, sobre todo, por el acceso pleno a la justicia con todas las garantías procesales y con algo más, solidaridad, sensibilidad y humanidad:

10. Las víctimas deben ser tratadas con humanidad y respeto de su dignidad y sus derechos humanos, y han de adoptarse las medidas apropiadas para garantizar su seguridad, su bienestar físico y psicológico y su intimidad, así como los de sus familias. El Estado debe velar por que, en la medida de lo posible, su derecho interno disponga que las víctimas de violencia o traumas gocen de una consideración y atención especiales para que los procedimientos jurídicos y administrativos destinados a hacer justicia y conceder una reparación no den lugar a un nuevo trauma.

Como lo que se ha dado en el juicio por genocidio niega lo anterior, se observan procesos de revictimización que seguramente rebasan a las mujeres y hombres ixiles, que son quienes los sufren en primer lugar:

La revictimización hace referencia directamente a un sujeto puesto en una condición no libre ni voluntaria sino dada por el ejercicio de otro poder, que ejerce fuerza o presión. Se trata de un alguien que ha sido víctima, pero el prefijo re, nos dice de la característica de esa condición su repetición. Por lo tanto, la revictimización es una palabra derivada que hace referencia a la experiencia que victimiza a una persona en dos o más momentos de su vida. En: Los efectos psicosociales de la revictimización http://justiciaypazcolombia.com/Los-efectos-psicosociales-de-la

O sea, victimizados en 1982 y 1983 a punta de bala, machete y fuego; revictimizados en 2003-2013 en un proceso dilatado y obstaculizado de todas las formas y por todos los medios posibles.

En términos humanos, la revictimización significa revivir el hecho y el sufrimiento que este provocó, lo que resulta inevitable cuando se debe declarar ante un tribunal y que hace necesario el apoyo de profesionales de la psicología. En el caso del genocidio del pueblo ixil, la revictimización se ahonda con el retardo, la denegación de justicia y, ahora, un proceso judicial tan prolongado, plagado de maniobras dilatorias y propaganda mentirosa, por decir lo menos; la confrontación con los perpetradores; las declaraciones negacionistas del presidente y sus corifeos; y la probable repetición de todo lo actuado, si la CC no sale con una amnistía para rematar el caso.

(Hoy, como tantas veces a lo largo de mi vida, no puedo, no debo, dejarme llevar por las emociones. Hago a un lado el desaliento y el dolor renovados. No dejo que el torbellino de la rabia me atrape. Permanezco de pie y alzo mi voz para que aparezca la justicia sana y salva para aliviar dolores y pinchar las conciencias. Hoy en mi alfabeto solo hay siete letras y con ellas escribo tan solo una palabra: JUSTICIA. La verdad ya se dijo. La historia fue escrita con palabras ixiles.)

viernes, 19 de abril de 2013

Un fantasma recorre Guatemala, la justicia. Los criminales tiemblan


Guatemala es un país extraordinario. Allí, en ese paraíso de azules y de verdes, el tiempo se detuvo hace 500 años, el calendario  curiosamente avanza y retrocede al antojo de los detentadores del poder, a los asesinos se les llama “señor presidente”, la gente inerme e indefensa es la que propicia la violencia con sus reclamos de justicia y los beneméritos de la patria son los torturadores, los violadores, los desaparecedores, los genocidas. Su cielo está plagado de angelitos con alas verde olivo y vírgenes violadas que lloran sangre por que les arrebataron a sus niños.

Guatemala. Una alucinación. Una amalgama de contradicciones. Un hermoso retablo en claroscuro. Una suma de mundos paralelos.

Durante un mes, dos de esos mundos paralelos entraron en colisión en un agujero que se abrió en el espacio y en el tiempo. Por un lapso muy breve, de pronto parecía que todo se movía vertiginosamente hacia un futuro largamente esperado. Ixiles y militares en una sala de juicios. Los patos tirándole a las escopetas, qué digo, a los helicópteros artillados, las ametralladoras 50, los fusiles de asalto, las bombas cayendo desde un cielo que no se apiadó de su sufrimiento, habitado por un dios a la medida de los criminales: racista, anticomunista, dador y legitimador de los castigos más terribles.

El 19 de marzo se inició este sueño, doloroso y feliz, y en la sala de juicios ocurrieron milagros. Las mujeres ixiles hablaron por primera vez públicamente sobre los horrores sin nombre que les infligieron, todos ellos bajo la etiqueta de violencia sexual. El mundo entero se detuvo a escucharlas. Sus voces pronunciaron verdades enormes en su idioma ancestral y renombraron el mundo desde la dignidad y la resistencia acallando a los vociferantes abogados de los presuntos genocidas. Los padres y las madres llevaron en sus manos y sus corazones sus tesoros, los recuerdos del amor a sus niños y niñas arrebatados por el odio empeñado en destruir “hasta la semilla” mezclados con el dolor y la tristeza por haberlos perdido brutalmente. No fue otra cosa que amor lo que los animó a continuar viviendo y esperar ese día. 


Su palabra de fuego fue más fuerte que aquel que destruyó sus casas, sus ranchos, sus cosechas, sus vidas, su mundo tal como lo conocían. Su voluntad y persistencia les hizo atravesar la selva huyendo de los pintos, para resguardarse bajo la generosa sombra de los árboles que les dieron sus frutos y les cobijaron de las bombas que continuaban cayendo desde el cielo. También sobrevivieron en las aldeas modelo y los polos de desarrollo, palabras bonitas para nombrar los campos de concentración a dónde llegaron los caritativos y bienintencionados hombres blancos que se forraron los bolsillos lucrándose con sus miserias.

¿Qué más milagros que ver al otrora hombre superpoderoso en el banquillo de los acusados o a la jueza Barrios imponer su autoridad con una voz muy suave y no a balazos, como ha sido costumbre?

Pasaban los días y continuaban ocurriendo maravillas con la ruptura del silencio que hizo posible escuchar verdades infinitamente dolorosas, lacerantes, de horrores inhumanos en un proceso absolutamente necesario para reconocernos y optar por la justicia, y ver cómo los acusados –estatuas sonrientes, mudas, insensibles- no caían muertos envenenados por sus culpas.

Mientras tanto, las arañas tejían incansables sus telas, el sol salía cada mañana, la primavera llenó de flores los jardines y la magia continuaba fluyendo porque de eso tendría que salir un país nuevo. El sueño me llevó a creer que por fin Guatemala transitaría por una senda de auténtica democratización, no el plato de babas que nos han zampado en lugar de eso. Esta pasa por la consolidación de la independencia de poderes y el fortalecimiento de la institucionalidad, especialmente la vinculada a la administración de justicia que necesariamente implica la pérdida de influencia y espacios de los poderes fácticos.

Pero ellos conspiraban. Debajo del agua se juntaron los uniformados con las manos empapadas de sangre de inocentes y los  hombres y mujeres con cabezas llenas de palabras, con doctorados y corbatas, cuya decencia está hecha de Armani y de perfumes caros. De esa unión grotesca, impensable, de cada cual a su modo renacieron amenazas, distorsiones y reparticiones injustas y mentirosas de culpas y responsabilidades en suplementos y campos pagados porque tienen toda la plata del mundo. Recurriendo al terror, en el ejercicio renovado de la doctrina de seguridad nacional, defendieron mañosamente su paz, la que les da su impunidad y la de los que mataron en sus nombres, la del clima propicio para los negocios y el turismo, la que les dan sus autos blindados y los apartamentos de lujo en torres residenciales. Sacaron a ventilar el petate del muerto y quisieron espantarnos con la “paz” del cementerio clandestino, esa que no queremos más, con la “paz” del silencio.

El 18 de abril desperté bruscamente. En un día, en mi país de maravillas y milagros, se pasó del sainete de los abogados de la defensa que decidieron abandonar a sus representados y declararse en “resistencia pacífica”, al drama protagonizado por la jueza vendida y su resolución ilegal de retrotraer el proceso al 23 de noviembre de 2011, una prueba más de que el tiempo puede devolverse.

Con los ojos muy abiertos, nuevamente constato la magnitud de las dificultades, la desvergüenza de los presuntos criminales y sus cómplices –entre los que nuevamente figura la jueza Carol Patricia Flores-, el cinismo de sus sirvientes, el odio y el veneno que siguen circulando por el cuerpo social.

Ya es casi medianoche y aquí estoy, atragantada, diciéndome a mí misma que nadie nos dijo que esto sería fácil y que el esfuerzo sigue, y redoblado, por más empinado que sea el camino. Y ya no pienso en mí sino en la indignación provocada por el hecho de que la jueza Flores –igual que ellos, los criminales- se erigió por encima de la ley y les infligió un renovado agravio a los hombres y mujeres ixiles. No solo violó su derecho de acceso a la justicia, sino también despreció su dignidad y su admirable valor y paciencia que les hicieron persistir hasta llevar a juicio a los perpetradores intelectuales de los atroces crímenes de los que fueron víctimas.

La justicia es un derecho de las personas y comunidades que han sufrido violaciones a los derechos humanos. Es una obligación ineludible del Estado. Es la única manera civilizada de restañar las heridas que continúan abiertas pese al tiempo transcurrido, resolver conflictos y emprender la construcción de una paz verdadera, no esa paz de papel, de violencia y de racismo excluyente,-en el país de los contrasentidos- que no ha resuelto los problemas estructurales sobre los que se asienta el bienestar de unos pocos y la miseria de las mayorías.

Guatemala merece otro destino. Es un país muy duro pero casi todo lo que amo está allí y también todo lo que detesto. En alguna parte de su territorio, un mosaico de belleza portentosa en el que conviven lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros, está lo que dejaron de mi hermano, que encontraremos algún día para que mi sangre no quede botada cual basura. Por ese amor que le tengo a la tierra y a mi gente, no voy a renunciar a la justicia para Marco Antonio y para todos los niños y niñas, los hombres y mujeres torturados, desaparecidos o asesinados brutal e injustamente por hombres que encarnaron la codicia, el odio y el afán desmedido de dominación, seres que no conocieron límites humanos ni divinos para ejecutar el exterminio, que merecen ser juzgados y castigados. Con mis palabras los condeno a todos los infiernos, a una vida de remordimientos que se alargue mil años, hasta verlos caer rendidos por el peso de sus culpas enormes, que dure tanto hasta que lleguen a odiarse y sus hijos y nietos no quieran abrazarlos. No quiero que se mueran. Los condeno a que más temprano que tarde vean alzarse a la justicia triunfante, porque les va llegar, porque les caerá como un aguacero de piedras, como gotas de fuego agujereando sus conciencias blindadas, insensibles.

No me doy por vencida. Estoy preparada para resistir un largo tiempo, han pasado casi 32 años y todos los que faltan desde la captura ilegal y desaparición forzada de Marco Antonio, un niño de quince años, como el joven soldado que apareció en el pasquín de los héroes y salvadores de la patria. Eso no quiere decir que no me duela lo sucedido ayer con la resolución ilegal de la jueza corrupta, Carol Patricia Flores, que no me ofenda hasta lo más profundo, que no resienta el golpe.

Letal. Ya quisieran ellos que la afrenta de ayer nos fulminara. Pero no, tercamente no les damos el gusto. Seguimos a contracorriente, sacando victorias de aparentes derrotas, que eso es lo que nos sostiene; alegrías de las amarguras y los golpes, cosechando vida de la muerte, justicia de la impunidad más abyecta, dignidad de su abismal descaro, humanidad de lo insensible. Hay mucha vida en nuestros espíritus y cuerpos, en esta orilla en la que seguimos construyendo caminos que parecen imposibles hacia un futuro diferente. No lo entienden. Tampoco la necia voluntad, ni la paciencia, tampoco la esperanza que brota cada día aunque no cesen en sus intentos de aplastarla. La razón nos asiste, junto con la verdad, el amor, la justicia, la solidaridad, todo lo que nos hace humanos, que continúan alentando un futuro distinto. Hay esperanza y dignidad en las mujeres y hombres ixiles y en todas las personas que ayer y hoy llenaron la sala de juicios y salieron a la calle con rojos claveles en sus manos, no con balas; hay esperanza y dignidad en los abogados/as que les acompañan; en la jueza Barrios y quienes conforman con ella el tribunal de sentencia; en los peritos/as que nos ayudaron a entender lo sucedido.

Hoy aunque quisiera llorar a gritos, desgarrarme por dentro de la rabia y la indignación, voy a hacer como el pájaro que despierta a deshoras, cuando es noche cerrada, y con sus trinos llama a la madrugada. Canto para celebrar a las mujeres y los hombres ixiles que sobrevivieron para llegar a estos días decisivos. Ellas y ellos vencieron a la muerte, al olvido, al rechazo y al odio, y están poniendo a prueba dos visiones de mundo contrapuestas, la de la justicia, la verdad y la dignidad contra la de la impunidad y el cinismo.

Talvez ahora entiendo plenamente el verso del poeta malogrado, “nada podrá contra la vida porque nada pudo jamás contra la vida”. Fue la vida la que fluyó en escasos treinta días, contra siglos de todo lo contrario. La vida y el anhelo visceral de lograr la justicia, eso no podrán acabarlo. Para eso, tendrían que acabarnos a todos y aquí estamos.