domingo, 6 de noviembre de 2011

Recuerdos de mi hermano

Aún adolorida por el peso de los recuerdos tristes, sempiternos, de octubre, me pregunté quién era Marco Antonio y me he quedado muda. He hurgado en mi pasado buscando los hilos de su vida y debo confesar que fue muy poco lo que hallé sepultado bajo el dolor, la furia y la impotencia que sigue provocando en mí la sola invocación de su nombre.

Marco Antonio fue hijo de Emma y Carlos, el más pequeño en un hogar en el que había tres niñas de once, nueve y seis años. Mi madre era joven entonces. A sus 32 años y medio estaba dando a luz al cuarto niño, uno que llegó tarde. Su alumbramiento, que estaba previsto para los primeros días de noviembre, se retrasó y no fue sino hasta el 30 que él decidió nacer a eso del mediodía.

Era 1966. Unos meses antes, mi tío Alfredo había sido desaparecido en Zacapa, pero no fue bautizado con su nombre, sino con el del legendario jefe guerrillero Marco Antonio Yon Sosa, uno de los líderes del levantamiento militar del 13 de noviembre de 1960, a quien mi papá tanto admiraba.

Nuestra existencia transcurría en medio de las limitaciones económicas, los agobios laborales de mi madre, con su doble jornada en la escuela y en la casa, y el desempleo recurrente de mi padre rebelde, el jinete de estrellas, siempre afligido. Más allá de eso, yo ya tenía idea de la persecución y la opresión que se vivía en Guatemala al oír las conversaciones de mi padre y sus amigos y al oírlo llorar durante muchas noches por su hermano.

En ese contexto, en nuestro pequeño universo, Marco Antonio fue el centro de la afectividad familiar. Nuestros días infantiles se iluminaron con la presencia de este niño que, más que juegos, nos demandaba cuidados a las dos hermanas mayores, sobre todo a Eugenia. Celebramos sus típicas gracias de bebito y sus primeras palabras (y las segundas, y las terceras y todas) tanto como sus primeros pasos. "Nono Nina", así decía cuando le preguntaba su nombre. Tenía unos tres años cuando aprendió a manejar un triciclo con el que, retumbante, atravesaba los cuartos de nuestra vieja casa. Con improvisadas piñatas, en una familia donde el padre no celebraba ni siquiera la navidad, le festejábamos sus cumpleaños en un patio que entonces nos parecía enorme. 



Cuando cumplió cinco años, llorando porque dejaba de ser nuestro nenito, fui a dejarlo a la escuela de párvulos que quedaba a una cuadra. La abandonó a los tres días porque se aburría. Era muy lógico: jugando de escuelita, había aprendido a leer y escribir con nuestra hermana más chica. Mi madre me recuerda que usaban como pizarras todas las paredes y puertas de la casa. Entonces, todo lo que escuchaba, lo escribía en el aire muy serio y concentrado, mirando al frente, como si pudiera ver los invisibles trazos que hacía rápidamente con su mano.

Como todos los niños del mundo, usó pantalón corto, odiaba los besos, perdió los dientes, hizo tareas, jugó futbol, le encantaba el paté, anduvo en patineta, iba todos los días a la escuela con mi madre. Más grande, se iba en bicicleta a estudiar a la biblioteca de la Universidad de San Carlos y le encantaron las dos primeras películas de la guerra de las galaxias. Le gustaba leer, dibujar y oír música. Le hizo una canción a Filomena (“gorda y buena”), una pata blanca que vivía en el patio que, en cuanto pudo, huyó volando. Cuando instauramos la celebración de navidad en casa –ya más grandes las hijas- era él quien se encargaba de hacer el nacimiento. Tenía que estar listo para su cumpleaños. Con cajas de cartón, fabricaba las casitas y ranchos que ponía en el pesebre. Pintadas con colores alegres, en el vecindario vendía las que le sobraban, anunciándolas en la ventana de la sala. Con mis primeros sueldos humildes, de maestra, le compré acuarelas y crayones, además de juguetes.

Mi papá, temeroso, anticipando quizá lo que sucedió, lo sobreprotegía y lo limitaba. A escondidas de él y con la complicidad de todas nosotras, incluyendo a mi mamá, Marco Antonio se integró a un equipo de futbol. Cuando entró a la secundaria, no quiso que estudiara en la Normal sino que lo inscribió en un colegio privado cercano a la casa, lo que lo enojó mucho. No iba, se quedaba jugando en la calle, hasta que entendió que no podía hacer eso sin perjudicarse. El año que fue desaparecido por la G2 del ejército, estaba terminando el tercero básico; era el abanderado y ya había anunciado que se iba a estudiar al Técnico Vocacional. Desde muy pequeño, quería ser ingeniero para hacerle una casa a mi mamá; fue con su diseño que se le dio forma a la que hubo que construir después del terremoto de febrero de 1976.

Este muchacho tranquilo, estudioso, alegre, que me ponía apodos risueños, del que tristemente ya no recuerdo el timbre de su voz aunque sigo llena de su ausencia, este niño que nos fue arrebatado, tuvo el temple de quedarse callado frente a sus captores. Marco Antonio sabía con quien estaba Emma, que había huido el día antes del cuartel Manuel Lisandro Barillas, de Quetzaltenango. Con su silencio protegió la vida de su hermana y de quien la había resguardado.

Yo no sé qué le hicieron. Por treinta años, las imágenes más terribles de su sufrimiento me han perseguido. Tampoco sé a dónde lo llevaron ni como lo mataron. De lo que sí estoy segura plenamente es que, en esos días de octubre de 1981, el poderoso y letal ejército guatemalteco fue derrotado por la valentía de un niño, que se calló lo que los malditos querían saber, y de su hermana, que tampoco habló y, después de nueve días de indecibles sufrimientos que le fueron infligidos por matones uniformados sin piedad alguna, tuvo la fuerza colosal para salvar su vida. A ninguno de los dos lograron arrancarles una sola palabra delatora, no vencieron su determinación. Inermes e indefensos, mi hermana y mi hermano no se doblegaron ante los esbirros, los torturadores, los G2, los criminales del ejército más sanguinario de esta parte del mundo.

Un pequeño consuelo frente a una enorme tragedia, pero consuelo al fin. Recordarlo, pensar en ello ahora, me ha hecho ver nítidamente que, más que cualquier palabra, esto dice quien fue Marco Antonio y en qué clase de hombre se hubiera convertido.

Por un momento, experimenté una vaga sensación de triunfo. Eso fue anoche. Hoy ya es otro día, frío y muy nublado; una neblina espesa opaca las siluetas de los árboles y el fantasioso sentimiento de triunfo cedió el paso a un legítimo orgullo por mi hermano y mi hermana, por sus vidas y por su valentía. A Marco Antonio, por primera vez en todo este tiempo, dejé de verlo atrapado para siempre en el momento terrorífico de su captura.

Nuevamente es de noche. Llueve desde hace horas y hace frío. Tras las pesadas nubes se oculta una brillante luna llena, perfecta. Del mismo modo, mi hermano permanece en mi espíritu; así como a la luna, también a él lo adivino, sonriente, hermoso, vivo, bajo los difíciles sentimientos que me provocó su desaparición. Pese a su ausencia, de la que seguiré llena, hoy, desde mi corazón, Marco Antonio sonríe.

AUSENCIA
(Un poema de Jorge Luis Borges que describe mucho de lo que siento)

Habré de levantar la vasta vida
Que aún ahora es tu espejo:
Cada mañana habré de reconstruirla.

Desde que te alejaste,
Cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.

Tardes que fueron nichos de tu imagen,
Músicas en que siempre me aguardabas,
Palabras de aquel tiempo,
Yo tendré que quebrarlas con mis manos.

¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?

Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Tomado de Fervore de Buenos Aires
Adelphi Edizione, Milán, 2010.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

1º. de noviembre

Fue arrojado a una fosa común encima de los últimos cuerpos enterrados.
Y pensarlo es tan terrible, tan atroz, que no se puede soportar, y antes de haberlo experimentado,
no se puede saber hasta qué extremo. No se trata de la mezcla de cuerpos, en absoluto; 
es la desaparición de ese cuerpo en la masa de otros cuerpos.
Es el cuerpo, su cuerpo, el suyo, arrojado a la fosa de los muertos, sin su nombre,
sin una palabra. Excepto la de la oración de todos los muertos.
Marguerite Duras, en Escribir 

El 1o. de noviembre, Día de Todos los Santos, es un día de fiesta en Guatemala. Suena extraño, pero se festeja a los muertos. Es una hermosa tradición. Los cementerios se convierten en floridos jardines, las bóvedas son pintadas con colores alegres y brillantes y se come y se bebe al pie de las tumbas, con el difunto o la difunta a quien se le pone al día sobre lo acontecido durante el año. Con espíritu festivo, muchas familias, sobre todo indígenas, esperan al lado del sepulcro la visita de su familiar o familiares, a quienes les llevan no solo los últimos chismes y noticias, sino también los platos propios de las fechas: el colorido fiambre; los jocotes, el ayote o los garbanzos en dulce; las torrejas y el infaltable guaro. Infaltables, también, los barriletes gigantes de Santiago Sacatépequez que se elevan al cielo, plegarias coloridas con mensajes a eso que llaman más allá.


Pero, para las familias de las personas desaparecidas, esta fiesta de la que indudablemente compartimos, es distinta. Nuestros amados muertos y muertas sin tumba, viven en nuestro espíritu clamando por justicia. Esa justicia que eluden cobardemente los criminales de uniforme, los altos mandos, de cuyos labios brotaron las órdenes de muerte que hicieron carrera –muy valientes- capturando ilegalmente, torturando, asesinando y desapareciendo a decenas de miles de personas indefensas (indígenas, opositores/as políticos/as), y sus esbirros, que en hordas recorrieron la patria arrasando la vida. Por ellos -los mejías víctores, los lópez fuentes y todos los demás perpetradores y sus cómplices- echo a volar al cielo mi barrilete de preguntas, tan colorido como los de Santiago:

¿Cómo pueden vivir consigo mismos?
¿Respirar su mismo aire y usar su propia piel,
sus manos genocidas que firmaron las órdenes de muerte?
¿Cómo pudieron acostarse en sus camas
y dormirse en su propia compañía
después de las sesiones de tortura?
¿Tienen hijas o hijos, quizá nietos?
¿Pueden besarlos con esos mismos labios que profirieron muerte?
¿Los acarician con sus manos de las que aún lavadas
no se borran las huellas ni la sangre de aquellxs que estrangularon,
golpearon,
quebraron con paciencia
(“tenemos todo el tiempo del mundo”, solían decir, mientras morosamente rompían hueso a hueso)
¿Que hacen con esas manos que sacaron ojos, uñas y dientes
y cortaron alientos?
¿Cómo pueden vivir
después de haber matado tanto?
¿Sienten remordimientos, culpas?
¿Qué ven cuándo cierran sus ojos?
¿Qué sueñan cuando duermen?
¿Tienen pena o vergüenza?
¿Acaso sienten?
¿Acaso son humanos?

Inútiles preguntas a las que me contesto lo que siempre he sabido: sí son seres humanos aunque cueste decirlo. Personas como yo, que se sumaron a un proyecto de muerte en nombre de la codicia.

Es 1º. de noviembre y mi país es un enorme cementerio donde reposan –en el aire, en el agua, en la ceniza y el rocío, en el brote más pequeño de hierba- los restos de nuestros desaparecidos y desaparecidas, que están en cualquier parte y en ninguna. De algo sí estoy segura, están anclados firmemente en nuestra memoria, en nuestras vidas, y por ellos seguiremos exigiendo verdad y justicia.

sábado, 29 de octubre de 2011

Hablar del hambre con la boca llena

Desde un sitial privilegiado, contemplo lo horrible que puede ser el mundo. Con el estómago lleno, leo noticias sobre la hambruna en Somalia y los altos grados de desnutrición en Guatemala. Sentada en mi poltrona veo con ojos educados, alfabetizados, a la niña pequeñita que trata de barrer con una escoba que seguramente la duplica en peso y en altura, mientras un hombre la apresura con voces de regaño. La llama Estúpida Mugrosa.

La niña tiene hambre. Su cuerpecito es delgado, su pelo oscuro está enrojecido y quebradizo por la desnutrición. Ahora estoy a su lado, también debo limpiar. Estoy desnuda y no quiero que me vea nadie, pero no puedo evitarlo. Me levanto del lugar en el que me escondía afligida, pensando en cómo volver a mi casa para ponerme ropa, pero lo que tengo es otra escoba en la mano. Mis pies descalzos se posan sobre un suelo asqueroso, los encojo temiendo pisar algo que los dañe. No parecen notar mi desnudez ni mi vergüenza. No digo una palabra.

Diligentes, la pequeñita y yo seguimos limpiando un suelo polvoriento, en una calle sucia de ninguna parte. Encuentro unas bandejas con comida podrida, abandonadas en este lugar que se asemeja a una estación de buses, un viejo teatro o un circo pobre, de esos que van de pueblo en pueblo. Me repugna tocarlas. Con la escoba tiro al suelo, barriéndolos, los pedazos de carne podrida, grasientos restos de papas fritas y trozos mordisqueados de panes mohosos. Entonces miro a mis pies a dos niñas y vienen más, los toman con sus manos pequeñas y sucias, de uñas largas, y se los llevan a la boca ávidamente, cual manjares.

No las detengo. Las contemplo desnuda, con el estómago lleno, satisfecha, sin hambre, mientras de mis ojos educados, alfabetizados, caen lágrimas mezcladas con sangre.

jueves, 20 de octubre de 2011

Reflexiones sobre el asesinato de un hombre joven





A los 23 años, ¿quién piensa en la muerte, en su muerte? ¿Quién la desafía o la teme? ¿Quién sabe que podría morir pronto, si apenas se está empezando la vida? El 20 de octubre de 1978, al finalizar la manifestación conmemorativa de la Revolución de 1944, fue asesinado a balazos un hombre joven, uno más de tantos compañeros y compañeras cuya existencia fue truncada en una arrasadora vorágine de sangre. Su nombre, Oliverio Castañeda de León, su edad, 23 años. Era Guatemala, era 1978 y entonces -como ahora, por razones distintas- la gente joven y revolucionaria se convirtió en presa de hombres rabiosos que desataron una cacería despiadada. La cruzada exterminadora perpetrada por militares y oligarcas, con la complicidad de los Estados Unidos, se constituyó en un genocidio del que poco se habla, talvez porque sus víctimas fueron opositores/as políticos/as comunistas, junto con otras muchas mujeres y hombres revolucionarios, de quienes ya no sé si decir que dieron sus vidas por la patria porque les fueron arrebatadas injusta y violentamente.

Estudiante destacado de Economía en la Universidad de San Carlos, militante comunista en la Juventud Patriótica del Trabajo y secretario general de la Asociación de Estudiantes Universitarios, Oliverio se había convertido en poco tiempo en un protagonista de la escena política guatemalteca. Su liderazgo indiscutible no pasó desapercibido para los aparatos de poder.

Esa mañana del 20 de octubre de 1978 -un año tan duro como todos los años en esa tierra dura, tan pesado como la muerte por decreto, anunciada en listados apócrifos firmados por espurios comités de padres de familia y otros nombres absurdos- marchábamos con un cierto ánimo de triunfo, es más, con la certeza de haberle ganado la partida al gobierno del corrupto y asesino general Romeo Lucas. Con esa manifestación se cumplía un doble propósito: conmemorar la Revolución de 1944 -la oportunidad perdida de habernos convertido en otro país- y celebrar el haber impedido el aumento al doble del pasaje del transporte urbano en la capital. Este logro se debió a las masivas protestas populares protagonizadas por el funcionariado estatal agrupado en el Consejo de Entidades de Trabajadores del Estado (CETE), los sindicatos, las asociaciones estudiantiles de secundaria y la USAC, la AEU y la población de los barrios capitalinos, que se volcó a las calles día a día con los “cacerolazos”. De esa forma, durante el primer tercio de ese octubre lejano, se vivió un clima preinsurreccional, como lo definiera un compañero en sus análisis del momento.

Probablemente la euforia por lo aparentemente ganado en las jornadas de octubre veló la capacidad de  entendimiento y no se pudo percibir con claridad una serie de hechos que, al articularlos posteriormente, se vieron como el inicio del desmantelamiento de las organizaciones populares y el cierre de los espacios abiertos a pulso por el empuje y las luchas de diversos sectores sociales y políticos. Además de la ilegalización de las precarias asociaciones del funcionariado público y la detención de su dirigencia, en esos meses se aceleró la implementación de la decisión del poder militar – oligárquico para descabezar el movimiento popular. Pero sobre eso ya se ha escrito y mi propósito es otro.

A 33 años de distancia, mientras los compañeros y compañeras sobrevivientes le rinden homenaje, evoco con absoluta nitidez las últimas palabras del joven asesinado ese 20 de octubre. Profético, Oliverio amenazado de muerte, Oliverio asesinado al mediodía, con sus 23 años a cuestas, su voz clara y suave y su palabra pausada pero firme, dijo “podrán masacrar a los dirigentes, pero mientras haya pueblo, habrá revolución”. Ese discurso postrero fue pronunciado en la concha acústica del parque Centenario, el espacio estrecho del que nos adueñábamos desafiantes cada 1º. de mayo y cada 20 de octubre tras recorrer las calles citadinas, marchando con canciones, consignas, pancartas y banderas de lucha.

Retrocedo en el tiempo. Tras recoger las mantas y pancartas que llevábamos, atravesé el parque Central. A mi izquierda, donde siempre, el Palacio y, al frente, la Catedral. Un ruido de disparos a mi espalda me hizo volver a la cabeza. Sobre la 6ª. Avenida se levantaban columnas de humo blanco. “Lacrimógenas”, pensé. Vi gente que corría y apresuré el paso para retirarme del lugar. Unos minutos más tarde, en la Casa del Estudiante, recibí una llamada telefónica. Una voz de mujer dio la noticia: “mataron a Oliverio”.

Incrédula y perpleja, con un grupo de compañeros y compañeras volvimos sobre nuestros pasos. Al subir las gradas del Portal me encontré con una de mis hermanas que me lo confirmó llorando. Volamos hasta llegar al sitio de la muerte, la entrada del Pasaje Rubio. Oliverio está caído, su sangre forma un charco en el que reposa su cuerpo, ya sin vida. El gesto de su rostro, hermoso y pálido, el rostro de un cadáver, es de un absoluto desconcierto. A su lado, su padre, mirándolo sin lágrimas. Su figura es la de un hombre derrotado por la anunciada muerte de su hijo, vencido por el dolor.

¿Qué sintió Oliverio? Al ver su nombre en la lista de amenazados de muerte, seguramente creyó que verdaderamente querían matarlo, pero pensó, a lo mejor, que no sería ese 20 de octubre. No, a plena luz del día, después de su discurso; no frente a decenas de personas. No, a una cuadra del Palacio. No, porque a los 23 años no se debería pensar en la muerte, a menos que se estuviera en Guatemala y se tuviera la marca de enemigo grabada en la frente por el poder criminal.

Cierro los ojos y lo veo correr, cruzar la calle, alejarse de sus amigos y amigas para evitar que las balas que llevaban su nombre tocaran otras carnes que no fueran las suyas. Lo veo caer, vencido por siglos de oscurantismo encarnado en los cobardes esbirros de Chupina, el tenebroso coronel jefe de la policía que fue visto a escasos metros del lugar.

¿Qué pensó Oliverio en el instante exacto en el que se percató que iban a matarlo? Posiblemente tuvo miedo o posiblemente ni siquiera tuvo tiempo para experimentar esa emoción tan básica frente a amenaza semejante. Talvez su mente se vació de cualquier pensamiento para rendirse ante la idea de que no viviría más. A lo mejor recordó los versos de Otto René Castillo, “alguien tenía que caer para que no cayera la esperanza”, mientras instintivamente buscaba la salida de esa trampa mortal que se le cerró encima, despiadada. Quizá se consoló muy brevemente –todo pasó en segundos- al suponer que su sacrificio abriría el camino a la Revolución.

Solo puedo dar cuenta de mi desolación al ver sus ojos cerrados para siempre, su sangre derramada sobre el piso de cemento donde quedaron las huellas de sus pies que no pudieron alejarlo de sus ejecutores, su gesto de sorpresa y desencanto y su voz detenida por las balas de una sarta de criminales que continúan impunes hasta hoy.

No tuvo escapatoria. Oliverio fue cazado vilmente, su asesinato injusto se encadenó con otros y otros y otros, hasta sumar cientos de miles en ese país ensangrentado por la codicia de unos pocos. Por eso, Luis de Lión, el poeta noble, el maestro de escuela desaparecido en 1984, comunista, pocos días después, agobiado por la tristeza, escribió “Acerca del venado y sus cazadores”.

Tantos siglos contra un solo minuto,
tanto cuchillo para cortar una flor,
tanta bala para acribillar una bandera,
tanto fuego para quemar un libro,
tanto zapato para aplastar un rocío,
tanto ruido para acallar una voz,
tantos cazadores para cazar un solo venado,
tanto cobarde contra un solo valiente,
tanto soldado para fusilar a un niño.

Al otro día, en medio de un mar de claveles rojos, su féretro avanzó hacia el cementerio por esas mismas calles que pocas horas antes recorrimos, llevado en hombros por la gente del pueblo que, humilde, dejaba flores y veladoras en el sitio donde Oliverio, el joven revolucionario, quedó sin vida.

jueves, 6 de octubre de 2011

Treinta años y a seguir contando... ¿hasta cuándo?

En el vasto territorio de mi alma –que limita al norte con el origen y la continuidad de mi carne y de mi sangre; al sur, con la tierra, mi patria y la madre planetaria; al este, con la gente hermanada por la vida; y, al oeste, con el que buscamos incansables-, caben todos los universos juntos.

En ese lugar –hecho de tormentas, de tiempo y de recuerdos, un paraíso y todos los infiernos- guardo las mil razones para morir y para seguir viviendo. Ni siquiera el universo entero puede igualar este infinito tejido formado de segundos, horas, años, hilvanado con mis respiraciones, miradas, pensamientos, deseos, alegrías, sufrires, todos los sentimientos: los cualquieras y los huracanados.  Allí habitan el dolor y la alegría, allí se han apiñado uno a uno los días transcurridos desde ese otro 6 de de octubre de hace treinta años, cuando los malditos arrastraron a Marco Antonio con ellos y lo hundieron en un limbo del que no salió nunca.

Es en mi alma donde quedó para siempre, grabado a fuego, el momento terrorífico cuando fue capturado a la una de la tarde de ese día, en ese año de la desgracia y de la muerte. Tres hombres armados y furiosos, salidos del averno, con sus manos marcadas por carnes torturadas y sangrientas, asomaron sus fauces a las puertas de la que hasta entonces fue mi casa. Se lo llevaron a él al no encontrarnos, en lugar de los libros, las ideas, las banderas y todas las consignas. Lo arrancaron, malditos, de los brazos de mi madre, sordos ante sus ruegos, ciegos ante su imagen –la desgarrada madre de rodillas clamando que se la llevaran a ella y no a su niño. Tampoco quisieron ver a la mujer que corrió tras ellos suplicante y que lo sigue haciendo, en sueños, en pos de su hijo.

Eso no quedó allí, no es el pasado, no sucedió solamente ese día. Es un lugar al que regreso cada vez que me arrastra el recuerdo, uno que no construí con mis propias vivencias. Esbozo apenas esta imagen con el horror de las palabras de mi madre, que sí tuvo ojos para verlos y no olvidar sus caras ni sus armas pesadas, que sí los escuchó pidiéndole a Marco Antonio la cinta con la que lo amordazaron, que entendió lo que estaba pasando y se hundió en un abismo que no conoce fondo. Fue ella quien vivió ese momento, aquel en el que sus manos quedaron vacías para siempre, traspasada de miedo por su hijo.

(¿Qué vieron sus ojos, hermano, cuando se lo llevaron a ninguna parte? ¿Que oyeron sus oídos? Oscuridad, silencio, quizá, en ese lugar terrible donde no lo alcanzamos…)

Hermano, usted sabe cuánto lo buscamos sin hallarlo, ni entonces ni ahora. Nunca es una palabra que no admite matices, y así ha sido su ausencia, absoluta. Tampoco hemos logrado justicia por su vida perdida. Alguien debería estar pagando por cada uno de sus días no vividos; alguien tiene la culpa por lo que usted pudo haber sido, lo que pudo haber dado, lo que pudo haber hecho, bueno o malo.

Pero aquí está conmigo, en mi sangre, en mi piel, en lo más elemental de mi existencia. Está en mi esperanza de encontrar lo que quede de usted y sepultarlo y en hacerle justicia, tristes anhelos compartidos con quienes no queremos resignarnos a que siga imperando el mandato de olvido, a quienes nos erguimos sobre nuestro dolor y no transamos y no perdonamos. Y eso también es absoluto.

Pero tampoco está y eso es lo duro. Es otra paradoja. Con palabras me enfrento a una perversa realidad que me despierta y destruye castillos en el aire, sueños de opio, autoconsuelos, refugios ilusorios, paliativos que se construyen día a día para no pensar en la tragedia. Hace mucho entendí que los finales felices no son para nosotros, familiares de desaparecidos, los cuentos de hadas quedaron en los libros. La imaginación no nos da para tanto en un país en el que, aún ahora, se duerme con los ojos abiertos, siempre alertas, aunque se bajen los párpados. Es un país que huye hacia atrás, arrastrado por un pasado de sangre, de cuerpos insepultos, de masacres impunes, de militares genocidas que orinan los muros de la mítica patria de Otto René Castillo.

Hoy, 6 de octubre de 2011, se cumplen treinta años de la desaparición forzada de mi hermano. Son treinta años pesados como puños, de búsqueda y espera, acumulados en mi piel y en mis huesos, también en mi palabra. Mientras tanto, ellos, los desaparecedores, los asesinos -triunfantes, satisfechos, soberbios, con su poder intacto- se pasean impunes, quizá deseando que muera o que desista. Pero yo, Ajpu, cerbatanera, acecho en el camino del tiempo y la paciencia, sostenida por la lealtad, la solidaridad, los principios y la sangre de mi hermano, que es la misma que corre por mis venas.

domingo, 2 de octubre de 2011

El solitario ejercicio de recordar tragedias

En estos días, colmados de recuerdos y con el espíritu sombrío, no puedo evitar preguntarme cómo llegué hasta aquí con la carga de todo lo vivido, como he podido soportar la injusta ausencia de mi hermano...

Pregunta sin respuesta 

¿Cómo pude vivir?
Si usted
Era el aire
La luz y la alegría.

Hace treinta años, mi hermana estaba prisionera en el cuartel militar de Quetzaltenango, en el que permaneció retenida durante nueve días y del que logró escapar gracias a un formidable impulso de vida. Detenida ilegalmente por el ejército, era imposible averiguar su paradero y, aunque lo hubiéramos sabido, nuestra protección no podía llegar hasta ella. En aquellos años, a los ojos de las familias de las víctimas de la represión asesinadas o desaparecidas, era evidente la complicidad de policías y jueces con la impunidad de los perpetradores.

Entonces, como ahora, cuando mi furia es tanta que quisiera levantar cada piedra, remover el silencio y abrir los labios de aquellos que -sabiendo la verdad- continúan callando, renuevo esa conocida sensación de frustración e impotencia y vuelvo a sentir que no hay poder humano que logre arrancarles la verdad y la justicia, que también fueron desaparecidas en Guatemala.

Impotencia

Soy fuego que no quema,
una raya en el agua,
caminos en el aire.

Sueños...
edificios de arena,
empedrados caminos al infierno,
intentos.

Una voz que no escuchan,
huracán que no arrasa,
tormenta que no llega.

Apagado volcán.
Soy furia contenida.

Todo esto lo sé porque lo he vivido. Pero la gente en Guatemala no lo sabe y, en términos generales, eso sucede porque en todos estos años no ha habido voluntad de parte de quienes desempeñaron puestos de decisión para implantar una política educativa dirigida a la recuperación de la memoria histórica. Este es un problema complejo porque, por otra parte, la verdad sobre lo sucedido en los años del conflicto armado y el terrorismo de Estado sigue siendo un terreno en disputa; los hechos siguen siendo negados por la institucionalidad comprometida, principalmente el ejército, y, por supuesto, por los perpetradores materiales e intelectuales de hechos abominables plenamente tipificados en los tratados internacionales de derechos humanos y el código penal guatemalteco. En esta postura, sospecho que existen intereses inconfesados por parte de la oligarquía que, cuando se trató de mantener su poderío, no dudó en apoyar a los asesinos y a los desaparecedores, tampoco le tembló la voz para dictar órdenes de muerte ni tuvo reserva alguna para organizar, financiar y armar sus propias bandas criminales para segar las vidas de quienes obstaculizaran su camino.

Hay otro hecho deplorable y es que para muchas personas, caladas por la "cultura" de la inmediatez, la novedad y el rechazo postmoderno a la historia, el conocimiento de lo sucedido en el pasado es innecesario. Otras tantas, son fieles reproductoras de la versión acuñada para preservar la impunidad de los perpetradores, como podemos leer con asco en los blogs del periódico, prensa libre y otros medios; y muchas otras siguen con los ojos cerrados, viendo para otro lado, o sencillamente cualquier mención a lo sucedido les remueve sentimientos difíciles de afrontar por su propia experiencia. Sin embargo, esto no es un asunto personal, aunque a eso queda reducido cuando se dan estas situaciones. Son la sociedad y el Estado quienes deben establecer políticas educativas y culturales, acompañadas de acciones contundentes de investigación, juicio y castigo a los culpables y de reparación a las víctimas.

Recordar hechos trágicos, como la desaparición forzada de Marco Antonio, por mucha verdad histórica que haya en ellos, ha sido para mí un doloroso ejercicio en solitario. Ya no quiero hacer eso, ya no quiero actuar como si estuviera haciendo algo ilegítimo o cometiendo un pecado mortal; tampoco me importa -y nunca me ha importado- ser incómoda por decir lo que pienso a contrapelo de lo que manda el poder. Ahora, sintiéndome parte de quienes construyen un camino para la verdad y la justicia en Guatemala, recordaré en voz alta, quizá con palabras muy duras en escritos como este, pero también con un profundo amor a mi hermano y a mi tierra de sangre y de silencio.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Jinete de estrellas

El 23 de septiembre de 1994, por la esquina de un cielo de terciopelo oscuro tapizado de luceros, un jinete de estrellas se alejó para siempre. Sin volver la cabeza, agitando su mano derecha en un gesto de adiós, mi padre se despidió de mí.

Carlos, de segundo nombre Augusto, por Sandino, y de apellidos Molina Palma, nació en Zacapa un 18 de diciembre de 1928. Espiritualmente había muerto el 6 de octubre de 1981, el día que se llevaron a su hijo. Hace 17 años, su corazón exhausto por la ausencia de su niño, se negó a seguir latiendo.

Su vida fue difícil. Hijo de su tiempo, joven durante los años de la Revolución de Octubre, fue un hombre rebelde, crítico, un eterno inconforme con el estado de cosas en Guatemala, sin embargo, no trascendió los esquemas machistas tradicionales y fue duro –muy duro- y distante con sus hijas y absolutamente sobreprotector con su hijo, el menor de la familia y el único varón. Algo temió o presintió, de manera que lo mantuvo lejos de los caminos y opciones que dos de nosotras habíamos tomado. Eso no sirvió de nada cuando los malditos decidieron llevárselo.

Mi padre fue muchas cosas, además de un revolucionario sin nombre, sin prestigio, sin posiciones. Se hizo contador estudiando de noche en la Escuela de Comercio. Trabajador desde los 14 años, honesto, estudioso, tenaz, inteligente, responsable, perfeccionista, autoritario, machista, dominante, pero al final de cuentas, un idealista que perdía los empleos por pedir aumentos para los peones, por organizar cooperativas, por intentar meterse al sindicato, cuando él era un empleado de escritorio, de los llamados “de confianza”. Muchas veces, sobrellevó la pena intentando ahogarla con alcohol. Tristemente, con sus peores rasgos hizo de mi casa una trampa en la que estuve presa hasta los 25 años. Tampoco fue capaz de expresarme su amor ni el orgullo que alguna vez supe que sentía por mí. Sin embargo, a la par de una enorme fragilidad emocional que me hizo andar a trompicones en la complicada senda de las relaciones amorosas, algo que me costó un mundo superar, me dio seguridad en mis capacidades de hacer y de pensar.

Hijos e hijas perdonamos a nuestros mayores cuando los vamos entendiendo con el paso y el peso de la vida. Así, lo perdoné, sin decir nada, entrada la treintena. Entendí con el corazón, que para eso no basta ni sirve el raciocinio, que era un ser humano, ni más ni menos, y que su vida estaba hecha de frustración, rabia y dolor. Estas emociones fueron provocadas, antes de lo de Marco Antonio, por la ruptura violenta de un proceso esperanzador que él vivió intensamente –el de la primavera democrática- y las secuelas amargas de la cárcel, el maltrato a manos de tenebrosos judiciales y el exilio de los años cincuenta. A esto le sumó, en 1966, la desaparición de su hermano Alfredo y su alma no se levantó nunca después de lo sufrido en 1981 por su hija y su niño.

Son muchos los recuerdos. Una voz –Eugenia- avisándome temprano que se lo habían llevado en ambulancia, a él, que nunca estuvo enfermo. La lluvia torrencial y nuestra pena por dejarlo en el hospital donde por fin, tras el tercer infarto, falleció sin haber perdido el conocimiento ni la lucidez un solo instante. Yo siempre había temido ese momento creyendo que su legado sería de culpas y de furia por lo de Marco Antonio, destrozándonos. Pero no. En nuestra última conversación estuvieron presentes los 2 300 trabajadores de un banco estatal que recién había quebrado, cuando se preguntaba “qué irá a pasar con sus familias”, y la gente que entonces abandonaba Cuba, los “marielitos”. Sobre mi hermano lo único que dijo fue “solo faltan trece días para que se cumplan trece años”, e hizo un gesto para darme a entender que no podía más con esa carga.

Su partida, la tercera muerte natural de una persona tan cercana (la otra había sido la de Mamaíta, en el 90, y la de mi abuela paterna, en el 67), fue una vivencia radicalmente distinta a la provocada por la pérdida de Marco Antonio. Cumplidos los deberes y ritos obligados con su cuerpo, lo que sentí a la par del dolor profundo que suscita la muerte del padre, fue paz. Una paz dulce que ahora evoco, con lágrimas en los ojos y opresión en el pecho, pero que en nada se parece a la rabia, a la frustración, a la inconformidad, al dolor, que a treinta años de sucedida sigue provocando en mí la desaparición forzada de Marco Antonio. Esta paz dulce que ahora siento, fue la que pude ver entonces en su rostro.

La angustia permanente por no saber qué fue de Marco Antonio, multiplicada por imaginar lo que sintió mi niño, qué le hicieron, quiénes, si siguen andando por allí; el no saber dónde dejaron lo que quedó de él ni si vamos a encontrarlo, renueva y ahonda el sufrimiento en lo que los especialistas llaman “revictimización”. Es un vacío del alma que se reduce a dos palabras: injusticia e impunidad. Por eso, tercamente, seguiré (seguiremos) exigiendo investigación, juicio y castigo a los culpables y encontrar sus restos para sepultarlos dignamente.

Mucha gente cuando se entera de esta historia triste me pide buenamente, con cariño, que vuelva la página, que perdone, que me recomponga con lo que es hoy mi existencia, mis hijos, mi compañero. Sé que sin ellos, sin mis hermanas, sus hijas y mi madre, no podría estar donde estoy ni ser lo que ahora soy. Por eso, reitero, soy una completa paradoja y a lo mejor tengo dos corazones: el de la alegría y el del dolor, porque a la par de lo hermoso y de lo bueno que hay en mi vida, no me resigno, no olvido, no perdono, no lo dejo atrás, no quiero, no me da la gana. Quiero recordar a Marco Antonio y a mi padre, a todxs lxs que nos arrebataron, hasta el fin de mis días, quiero sentir esta tristeza que es parte de lo que soy, de lo que hicieron de nosotros al llevárselo.

martes, 20 de septiembre de 2011

Septiembre es el preludio de la muerte

Me adentro en septiembre. Cada día me asaltan los recuerdos, me toman de la mano y me arrastran a la fecha maldita: 6 de octubre. La del apocalipsis, la catástrofe, el final de todos mis mundos conocidos, la muerte de la que era entonces.

Treinta años después es un septiembre rotundamente hermoso. Contra todos los pronósticos meteorológicos, me encuentro cada tarde con la hermosura de un sol tímido que se asoma tras una nube que, arrepentida de ser lluvia, se aleja velozmente sin soltarnos su carga de tormentas. La luz tiñe la atmófera de sepia y embellece, con un color extraño, el aire, las hojas de los árboles, las nubes, los rostros de la gente. Ha habido otros septiembres de agua cayendo a torrentes desde el cielo, anegándolo todo.

Septiembre de tristezas y anticipos de lo que es este después, en el que digo cada uno de los días de los que está hecho que “hace treinta años aún no había sucedido”. Prediciendo el futuro, ya sé lo que va a pasar el 6 de octubre. Moriré una vez más con el recuerdo de su último día entre nosotros, para renacer al día siguiente, retomando la vida.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Resaca post electoral


He vivido buscando justicia por la desaparición forzada de mi hermano, de manera que no puedo sentir otra cosa que decepción con los resultados electorales del 11 de septiembre. Con mi reconocido pesimismo (pero en el sentido en el que lo dijo Saramago, “soy pesimista porque el mundo es pésimo”), no esperaba otra cosa, no creo en los milagros, pero quizá muy adentro esperaba que sucediera algo que cambiara los pronósticos de las encuestas.

El domingo en la noche, con las primeras cifras atoradas en la garganta, quise escribir sobre las elecciones y no pude. Empecé una y otra vez, pero fracasé en el intento. Quise hacer un análisis de lo que significa la convivencia entre victimarios y víctimas, algo cotidiano en las aldeas de las zonas rurales de nuestro país, donde conviven masacradores y sobrevivientes, pero me quedé sin argumentos. Además, hemos tenido cada criminal y genocida como presidente que no será la primera vez que esto sucede. Traté de adivinar el futuro de una justicia endeble e incipiente y de la institucionalidad carcomida por la corrupción y la desidia, pero no tuve las palabas suficientes.

¿Será sencillamente que no puedo pensar racionalmente cuando se trata de afrentas y vergüenzas? ¿O no pude escribir porque hay un grito atrapado en mi garganta que de salir diría que estoy harta y asqueada de toda esa porquería?

Afrentas, porque un hombre que ha sido acusado de crímenes gravísimos contra los derechos humanos, por los que el Estado ya ha sido condenado varias veces en el plano internacional, será el que gobierne Guatemala los próximos cuatro años. Vergüenza, porque además de presunto criminal de guerra, el caballo ganador del rally electoral también es sospechoso de vínculos con el crimen organizado, algo en lo que su oponente no se queda atrás.

Me cuesta decir que cada pueblo tiene el gobierno que merece, porque la cosa es más compleja y la componen –entre otras muchas cosas- el llamado “voto duro”, el clientelismo, el miedo, el conformismo, la ignorancia, las manipulaciones, el oportunismo, el abstencionismo, el qué me importa, el cambio del voto por un pan o por plata, la falta de opciones para hacer contrapeso, el desencanto y mil motivos más que se anidaron en la cabeza de cada votante y de quien no votó para hacer lo que hizo.

En fin, repasando los nombres y antecedentes de los personajes que participaron en esta contienda, reafirmo lo que siempre he creído: en Guate-mala a los criminales no los juzgamos ni los metemos a la cárcel. Les damos plata, honores, les rendimos pleitesía, doblamos la cintura y las rodillas, reímos por no llorar, les tenemos miedo, vemos para otro lado, nos inscribimos en sus partidos, los hacemos candidatos, votamos por ellos y los hacemos presidentes.

Letras de ciega

Perdida en el laberinto de mis sueños y de las pesadillas, cada noche me lanzo a recorrer un país que existe solamente en mi fantasía. Esta madrugada, la del lunes 12 de septiembre, con un cielo hecho de pesadas nubes que me ocultaron una luna hermosa, era una casa enorme, llena de recovecos donde se respiraban la oscuridad y la tristeza.

En esa casa de humo y telarañas, llena de ventanas cegadas por el odio, cabía un pueblo entero. A lo largo de sus interminables corredores que terminaban frente a paredes mudas, sin salidas, había casas blancas. Sus techos altos nos cubrían los miedos y por todos lados se elevaban graderíos que subían a ninguna parte. Muebles y cosas viejas se amontonaban al lado de las cortinas raídas, de los trajes brillantes que colgaban del techo, de las camas enormes y los orinales empolvados dispersos aquí y allá.

En esta casa enorme de gruesas paredes agrietadas, de las que rezumaban helados, malolientes, el olvido, los intentos de lo que pudo ser y la miseria con las uñas largas y sucias, se extienden largas las aceras sinuosas y plagadas de obstáculos, desiguales. Por ellas corren veloces los trenes. Me alejé en uno de ellos, sin poder encontrar en la casa imposible el equipaje que llevaba al llegar, sin bolsa ni papeles, sin todas las cosas que compré (sábanas amarillas y dulces de todos los colores).

En los prostíbulos que están en cada esquina de esta larguísima calle empedrada, hay mujeres desnudas que anuncian sus carnes frescas a sus puertas. Son mujeres morenas, de pechos pequeños, cuerpos macizos y ojos duros que me ven alejarme hacia ninguna parte. 

Sola, con el corazón encogido, preguntándome dónde está la salida y hacia donde me lleva este camino, veo por la ventana de ese tren que corre hacia ningún lado, como pasan las horas, los días, los meses y los años de este exilio que no termina nunca.

viernes, 9 de septiembre de 2011

El 11 de septiembre, haría de mi voto una bandera

Yo, que sigo soñando con una Guatemala distinta, si tuviera que votar el domingo no lo haría jamás por ninguno de los candidatos punteros en las encuestas: machos, ladinos, pudientes, hispanohablantes, con agravantes del calibre de vínculos con el narcotráfico, la inteligencia militar o, de plano, ser chafa con sangre en las manos.

Sin opciones potencialmente ganadoras, me quedaría con los míos: las y los perdedores de siempre en nuestro país. Además, haría de ese acto privado (por aquello de que el voto es secreto y te tenés que meter en una especie de confesionario para ejercer tu sagrado derecho a poner una X en una papeleta) una transgresión de lo que históricamente ha sido perseguido, asesinado, torturado, excluido y discriminado en Guatemala. Votaría por Rigoberta Menchú.

Más allá de lo discutible que sea su figura en un país que destruye literal y simbólicamente todo lo distinto, matándolo, asimilándolo, refuncionalizándolo, relegándolo, discriminándolo, ella sigue ocupando un lugar simbólico en el imaginario latinoamericano como representativa de las luchas y derechos de los pueblos indígenas.

Con mi voto, Rigoberta Menchú no llegaría a la presidencia, pero para mí sería un acto de reafirmación de una línea revolucionaria de pensamiento y actuación; una pequeña muestra de que creo que nuestro país es multicultural y pluriétnico y que repudio el racismo, la discriminación y la misoginia; expresaría con ese ínfimo gesto, mi desacuerdo con el permanente despojo de los pueblos indígenas guatemaltecos; y, por supuesto, mi rechazo absoluto a las demás candidaturas.

Ojalá el candidato patriota no gane en primera vuelta, porque a la segunda iría a anular mi voto o me abstendría, de modo que sea el que asuma la presidencia con la menor cantidad posible de votos. Talvez así siente que no tiene la legitimidad suficiente para barrer con todo lo apreciable que se ha construido en estos últimos años.

Digo esto último, pensando en algo que me dijo mi hijo mayor hace unos días cuando hablábamos de cómo candidatos, como el patriota o el eferregista -que ha obtenido altos números en las votaciones en Quiché, por ejemplo- encuentran apoyo en poblaciones victimizadas por la violencia permanente e histórica, la estructural (que mata de hambre), la sangrienta y criminal (que mata a balazos), la del despojo (aniquiladora de la diversidad): "Es como si los judíos votaran por Hitler".

sábado, 3 de septiembre de 2011

“A saber”: treinta años, menos un mes y un día

Corrían tiempos duros, tenía cada poro abierto para advertir el peligro. Como animal de monte, olía el aire y con mis ojos miopes trataba de adivinar al enemigo en las calles oscuras, cargadas de amenazas.


Por muchos años, el país fue un campo de guerra. Escindido en muchas partes, el espacio social para la acción política se dividía en dos, la de lo prohibido y la de lo permitido. En la primera, no regía otra ley que la de los depredadores de uniforme (militares y policías) o sin él (g2, judiciales, paramilitares). Ese mundo difícil se trasladaba a mi cabeza de muchas formas. Desde los racionales análisis hasta los sueños. Así, un 5 de septiembre del año de nuestra desgracia, casi treinta atrás, un sueño terrible me anunció, quizá, lo que después se convirtió en el antes y el después en nuestra existencia: la captura ilegal y la desaparición forzada de mi hermano. 

En ese sueño, transcurrido en una madrugada sin luna de Xelajú, a un par de cuadras de la zona militar, lo primero que vi fue la llave de mi casa en mi mano derecha; con ella, abrí la puerta y entré. Allí vivían mis padres y Marco Antonio y siempre estuvo llena de verdor, pero estaba vacía. No había flores, ni muebles, ni gente. Nada. Solo las paredes mudas. Caminé por el corredor que dividía la casa en dos, de un lado la sala, las habitaciones, la cocina, el comedor y el cuarto de M.; del otro, el garaje, dos patios pequeños, los baños y el que había sido mi dormitorio que, en ese momento, era de Marco Antonio. Adentro había una mesa y una silla metálicas, plegables, dos muebles ajenos a mi casa. Me senté en esa silla extraña tratando de adivinar porque no estaban. Alcé la vista y había alguien a mi lado, un hombre del que no logro ver su rostro ni sus piernas, es un torso que flota en una especie de neblina con un traje azul y encorbatado. A él le pregunto dónde está mi familia, dónde están nuestras cosas, los perros, los trastos, los muebles, las cortinas, las macetas que adornaban los alféizares de todas las ventanas. Es un torrente de preguntas y el hombre responde a cada una “a saber”.

Me angustio. Sabiendo que era un sueño, desesperada traté de despertarme; al lograrlo, recuerdo haberme dado vuelta en la cama, mi cabeza cayó sobre la almohada y, otra vez dormida, seguí soñando. El hombre continuaba a mi lado mientras yo seguía preguntándole por mi mamá, mi papá, Marco Antonio, mis hermanas… “a saber, a saber, a saber”. Otra vez desperté y otra vez me dormí y otra vez con lo mismo, pero ahora me dijo “Ella está muerta”. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Qué le pasó? “A saber, a saber, a saber, a saber…”. De repente me dijo “Emma también está muerta”. Entonces, haciendo un esfuerzo enorme, desperté. Me senté en la cama, eran las cinco y cuarto de la mañana. Ya había un poco de luz. Lloraba. Traté de calmarme y encendí un cigarro (todo el mundo fumaba, ¿por qué yo no?). Volví a la tierra y a la racionalidad. No se puede saber qué va a pasar, eso es imposible, pensé, pese a otros sueños anteriores (exactamente dos) en los que supe de otras cosas terribles que no tardaron en suceder. Aún así, no podía, no quería darle crédito a eso que acababa de ver y que me sigue perturbando.

Veintidós días después, empezó todo. El 27 de septiembre de ese año maldito de 1981, mi hermana menor fue detenida en un retén del ejército a la altura de Santa Lucía Utatlán. Cuando supe que no había vuelto de la capital, creí que era lo que había vivido en ese sueño horrible. Ella, valerosa, resistente, decidida, audaz, escapó del cuartel nueve días después. Al día siguiente, el martes 6 de octubre, unos hombres llegaron a mi casa y sacaron a Marco Antonio. Desde entonces, no hemos sabido absolutamente nada de él.

Por muchos años me culpé por no haber previsto que era en mi casa donde lo peor iba a suceder. Entonces empezaron las preguntas y ese sueño maldito, que ha durado treinta años menos un mes y un día, me sigue recordando que entonces yo era un animal de monte, que oteaba el aire presintiendo el peligro.

jueves, 1 de septiembre de 2011

miércoles, 31 de agosto de 2011

Discurso disonante en un mar de felicidad edulcorada

Ayer, después de haber escrito la reflexión sobre el Día Internacional de los Desaparecidos, algo me quedó dando vueltas en la cabeza. Me percaté de un cierto malestar provocado quizá por lo que he estado escribiendo en este blog, que posiblemente se derive de que con ello he roto los mandatos de silencio y olvido que rodean al crimen de la desaparición forzada y, en general, a las violaciones a los derechos humanos.

En su día, me refiero a los años del terror estatal en Guatemala y en muchos países de nuestra región, estos mandatos se asociaron a una garantía de la vida. Si no hablo, no sé y tampoco señalo responsables. Mucha gente vio para otro lado con base en ellos; de una manera perversa, los desaparecedores se aseguraron un “consenso social” que retorcidamente “legitimó” prácticas criminales represivas y exterminadoras de la disidencia y de la diversidad. También mucho se ha escrito sobre como la palabra evidencia o invisibiliza apuntalando al poder de una u otra forma, así que no me iré por ese lado.

Tomar la palabra me ha obligado a hablar de mí y de mi familia, diciendo cosas que hemos callado y ocultado por decenas de años, incluso de nosotras mismas. Eso me hace sentir a ratos, como dijo una persona que se presentó ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, como si fuera un ovni o un monstruo con dos cabezas. Un bicho raro.

Y no es solamente eso, quizá, el origen del malestar. En estos tiempos neoliberales, en los que impera la liviandad del ser, tenemos la obligación de ser felices y de sentirnos bien. ¿Qué hace una voz, como la mía -como la nuestra, familiares de personas desaparecidas, en este coro que nos indica que debemos mirar hacia adelante y ser felices para siempre? Eso me lleva a otra reflexión sobre nuestro discurso disonante en un mar de edulcorada felicidad que estamos obligados/as a vivir (o a fingir), acompañada de conformismo y agradecimiento. Ese clima al que han contribuido, entre otras cosas, con todo respeto, los libros de autoayuda, los consejos de la Madre Teresa, el falso escrito de Jorge Luis Borges, la parábola del hombre feliz y muchas presentaciones en power point que circulan masivamente por correo electrónico, han ido imponiendo la idea de que la felicidad y el bienestar son asuntos privados. Y eso es cierto, hasta un punto. Hay una actitud y una decisión personales en torno a cómo vivir la vida, pero hay condiciones sociales y políticas que son favorables a la felicidad de las personas. Si tengo empleo de calidad, con posibilidades de una jubilación decente, acceso a educación y salud para mis hijos, un techo que me cubra y pan sobre la mesa cada día, tengo condiciones para ser feliz. Si no lo soy, es mi decisión, pero la sociedad a la que pertenezco me ampara y me facilita resolver mis necesidades materiales.

Ahora no. La felicidad y el bienestar personales dependen de que me crea que soy la única responsable, de manera que esté como esté, siempre será mejor que la situación de los niños y niñas de África, mostrados en imágenes obscenas cuando están a punto de morir de hambre. Estas son ideas desmovilizadoras, que nos atomizan y silencian, que deslegitiman la protesta social y personal, que dejan en nuestras manos y criterios sentirnos bien con cualquier empleo, cualquier sueldo, cualquier servicio público, todos de baja calidad. Pero el llamado no es a denunciar y a cambiar el estado de cosas, sino que constantemente nos repican el confórmese y cállese porque no está en África muriendo de hambre, conduélase, eche un par de lágrimas y siga su camino asegurándose el puestito y el mínimo, que eso es mejor que nada. A la par, hay otro mito o una nueva discapacidad: si no puede ser feliz con eso, es porque uno es incapaz, es negativo o negativa, es pesimista, no se da cuenta de que tiene catorce mil millones de neuronas trabajando para usted. Con esa presentación que circuló hace algunos años, recordé cuántos dientes, huesos, músculos y pelos en la cabeza tengo. Es el colmo de la soledad (y el individualismo y la falta de solidaridad), tener que recordar que si estamos angustiados/as, deprimidos/as, por lo que sea, sobre todo por las carencias materiales, aún tenemos cuerpo. Eso es quedarnos en los huesos, descobijados del apoyo social y las obligaciones estatales. Pero, a contrapelo de los discursos imperantes, estos apoyos y obligaciones son reclamados por el estudiantado y la clase trabajadora en Chile; por los pueblos indígenas que, proclamando su derecho al buen vivir, exigen respeto a su existencia y a la de la naturaleza; por los jóvenes indignados/as en Europa y por un largo etcétera del que debemos estar más al tanto para sentirnos mejor.

En cuanto a las víctimas, entre las que se cuentan quienes tenemos familiares desaparecidos/as, ni somos ovnis ni seres de dos cabezas. Somos tan comunes y corrientes como cualquier persona. Somos víctimas porque jurídicamente no hay otra forma de identificarnos, además de que fuimos objeto, junto con nuestros muertos, torturados o desaparecidos, de violaciones a nuestros derechos por parte de hombres que ostentaron (u ostentan) un poder avasallador, legal o ilegal. Sin embargo, en términos humanos, muchos y muchas hemos roto el círculo de la victimización para recuperar el hilo de la vida. En fin, somos personas ordinarias, afrontando situaciones extraordinarias, como me lo explicara Carlos alguna vez.

Pero a las víctimas –en última instancia, víctimas- no es solo eso lo que nos determina y nos da identidad, de modo que debo reconocer y confesar que soy una paradoja. Aquí estoy, aquí estamos, con toda mi felicidad y mi tristeza; con insatisfacción pero compensada por la vida; amargada y, sin embargo, alegre; sola existencialmente, con un dolor con el que he debido aprender a vivir, pero familiar y socialmente acompañando y acompañada en esta búsqueda; impotente, pero haciendo muchas cosas; muerta por un tiempo, el que sucedió al espantoso hecho que marcó nuestras vidas, pero ahora viviendo intensamente. Con un dolor, que es profundo amor al mismo tiempo, buscando a Marco Antonio, diciendo la verdad sobre lo sucedido, recordando cada día, señalando con un índice ardiente a los culpables para los que solamente pido, nada más y nada menos, juicio y castigo.

martes, 30 de agosto de 2011

30 de agosto, día internacional de los desaparecidos (y desaparecidas)

Una llamada temprana de una periodista buscando a alguien para entrevistar acerca de esta fecha, me hizo volver a ver el calendario y percatarme de que, en efecto, hoy es el "Día Internacional de los Desaparecidos" que se conmemora por primera vez en el mundo bajo los auspicios de la ONU. Hice una búsqueda en internet; más de medio millón de páginas hablan de esto. Por medio de una de ellas, me enteré de que no estamos sola/os en la lucha, según dijo el presidente del Grupo de Trabajo de la ONU sobre Desapariciones Forzadas e Involuntarias. Gestos inútiles y palabras vacías que me siento obligada a agradecer para no desentonar con la buena voluntad de los organismos y personas que las respaldan, pero que son total y absolutamente insuficientes ante un crimen horrendo que sigue extendiéndose por el mundo y sumando más víctimas cada día.

Al pensar que las palabras del señor presidente del Grupo de Trabajo de la ONU no son más que eso, también pienso en mi madre, en Chely, en Aura Elena, en mis hermanas, en Marylena, en las Madres de la Plaza de Mayo –de todas, las fundadoras y las otras-, en los familiares de Coahuila, (agrupados en Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos, que repitieron nuestra eterna pregunta ¿dónde están?, y, bendiciendo a los captores de 189 personas -los “sin rostro”- les pidieron que les devuelvan la vida dejando en libertad a sus seres queridos). Pienso en las y los familiares de Panamá, Colombia, El Salvador, Chile, Perú y tantos países donde seguimos aguardando. Para todas las mujeres y hombres que estamos en esto tan cruel, tan triste y tan prolongado, lo único que pido son fuerzas para seguir buscando.

Amontonando más palabras -porque los obstáculos erigidos para mantener la impunidad de los desaparecedores de Marco Antonio no nos permiten avanzar en la justicia, en la ubicación de sus restos y en la erradicación de este mal- desde dónde estoy y desde dónde percibo estos acontecimientos –con impotencia y frustración- espero que estas conmemoraciones sensibilicen a las sociedades, posicionen el problema en las agendas públicas, impulsen la apertura de los archivos militares, quiebren pactos de silencio y espíritus de cuerpo, desentierren verdades, impulsen juicios y se castigue a los culpables. Solo eso traerá paz a nuestras almas y a los restos de nuestros seres queridos que merecen ser sepultados dignamente.

La Jornada 
29 de agosto de 2011
http://www.jornada.unam.mx/2011/08/29/index.php?section=estados&article=034n1est&partner=rss
Suman 189 personas desde 2009; nulos resultados de autoridades locales y federales
Familiares de desaparecidos en Torreón suplican a los sin rostro que los liberen

Cejil conmemora el Día Internacional del Desaparecido denunciando los obstáculos al conocimiento de la verdad y la obtención de justicia