viernes, 21 de diciembre de 2012

Mentir, mentir, mentir, hasta que la mentira se convierta en verdad


La extinción de la responsabilidad penal a que se refiere esta ley,
no será aplicable a los delitos de genocidio, tortura y desaparición forzada,
así como aquellos delitos que sean imprescriptibles o
que no admitan la extinción de la responsabilidad penal,
de conformidad con el derecho interno o los tratados
internacionales ratificados por Guatemala.
Artículo 8 de la Ley de Reconciliación Nacional

En el último año, las autoridades guatemaltecas a veces de puntillas, a veces embistiendo con furia, han instalado un clima de criminalización e inseguridad para los opositores/as situados en cualquier punto del espectro político, desde quienes se involucran en luchas sociales hasta defensores/as de derechos humanos, pasando por comunidades enteras que resisten la imposición del modelo económico extractivista. Pareciera que el poder de nuevo trazó la línea para dividirnos en amigos y enemigos, en una simplificación de la vida social que la reduce a dos lados, dos colores, dos bandos, útil para manipulaciones, mentiras y justificaciones de crímenes de Estado; una línea que se corre a conveniencia de los intereses de una élite egoísta y deshumanizada, sus cómplices y beneficiarios, que sostienen un estado de cosas excluyente, discriminador y racista.

Este proceso militarista y remilitarizante de la vida social y política del país -que no puedo percibir más que como un retroceso y un peligro para los tímidos avances democratizadores- se suma a las dificultades enormes que existen en el camino de la justicia y la lucha contra la impunidad de los terroristas de Estado que asolaron el país durante los años del llamado “conflicto armado interno”. 

Parte de él son los ataques contra las organizaciones, comunidades y personas que defienden los derechos humanos y los organismos internacionales que aplican los tratados que nos protegen contra las arbitrariedades y excesos del poder, la Corte y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y los órganos de la ONU.

Son muchos los hilos y uno puede perderse, pero cuando se ponen juntos es claro que desde las instituciones del Estado establecidas para velar por el cumplimiento pleno de los derechos humanos en nuestro país, se libra una campaña contra ellos y contra sus defensores/as. Su objetivo más visible e inmediato: extender la amnistía contenida en la Ley de Reconciliación Nacional, de 1996, “a los delitos de genocidio, tortura y desaparición forzada, así como aquellos delitos que sean imprescriptibles o que no admitan la extinción de la responsabilidad penal, de conformidad con el derecho interno o los tratados internacionales ratificados por Guatemala.” (Art. 8).

¿Para qué ir caso por caso si pueden cortarnos el camino de una vez por todas?

Esta campaña se desarrolla en varios frentes -nacional, internacional, jurídico, político, mediático, en la administración de justicia- y adopta distintas formas –discursos en una audiencia de la Corte Interamericana (la de Río Negro), ataques al sistema interamericano y sus dos órganos (la Corte y la Comisión Interamericanas de Derechos Humanos), criminalización de las protestas y persecución de líderes, mano libre a la seguridad privada de las empresas, represión armada letal como la ocurrida en Totonicapán el 4 de octubre, amenazas, resurgimiento público de la derecha dinosaurizante, artículos de opinión y un largo etcétera. Estas y otras muchas maneras de mantener el control y sujetar a las mayorías al poder, en primera instancia son recursos para que el miedo –nuestra segunda piel- se extienda como una mancha de aceite y enmudezcan las voces disidentes.

Para muestra, un botón. En el artículo publicado por el secretario de la paz (SP) el 18 de diciembre, la verdad histórica –que, en los países donde se han cometido graves y sistemáticas violaciones a los derechos humanos, no es otra que los hechos vividos por las víctimas- queda reducida a la medida de las pretensiones de borrar la responsabilidad política y penal de la cúpula militar en el genocidio, la desaparición forzada y la tortura, crímenes de guerra y de lesa humanidad que ocasionaron decenas de millares de víctimas. Para ello, caricaturiza el conflicto como el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética y sostiene que la amnistía acordada era para evitar el procesamiento judicial de insurgentes y contrainsurgentes, lo que no es cierto. En este sentido, el texto de la Ley de Reconciliación Nacional no admite interpretaciones al establecer en su artículo 11 que “Los delitos que están fuera del ámbito de la presente ley o los que son imprescriptibles o que no admiten extinción de la responsabilidad penal de acuerdo al derecho interno o a los tratados internacionales aprobados o ratificados por Guatemala se tramitarán conforme el procedimiento establecido en el Código Procesal Penal.” Los delitos “que están fuera del ámbito de la presente ley” son precisamente el genocidio, la tortura y la desaparición forzada.

Respecto de este último, el 26 de noviembre, en uno de sus artículos de opinión, con una prosa sin pretensiones y en menos de 350 palabras, el SP tilda de impropias e irresponsables las calificaciones de la desaparición forzada como un delito continuado. Con trabalenguas y tecnicismos, intenta echar abajo los avances jurídicos logrados nacional e internacionalmente con la intención de dejar sin fundamentos legales las demandas de verdad y de justicia de las familias de las víctimas de este delito.

Con su retórica (en su acepción de “sofisterías o razones que no son del caso”), marca la cancha y hace público el pensamiento “jurídico” con el que pretenden apuntalar la impunidad de los criminales. El alto funcionario se dirige a sus pares incrustados en los órganos judiciales, como la Corte de Constitucionalidad: los abogados de derecha, cómplices de las dictaduras militares que asolaron Guatemala en épocas muy recientes y muy vivas, defensores de genocidas, encubridores de torturadores y desaparecedores, partícipes directos o indirectos en toda esa tragedia.

Es posible que en Guatemala exista el único abogado del planeta Tierra y el universo circundante que trabaja en derechos humanos e ignora deliberadamente y a conveniencia de sus servidos lo dispuesto en cuanto a la continuidad de la desaparición forzada por el Estatuto de Roma –que rige las actuaciones de la Corte Penal Internacional a cuya jurisdicción está sujeto nuestro país-, el Código Penal, las sentencias emitidas por la Corte Constitucional y los tribunales guatemaltecos, los fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, dos convenciones internacionales y la declaración de la ONU.

Acerca del concepto, la desaparición forzada es una “violación autónoma, continua y pluriofensiva” a los derechos humanos, de acuerdo con un informe del Experto Independiente de la ONU (documento E/CN.4/2002/71). Con este tipo penal, “se sanciona el hecho de retener contra su voluntad a una persona por parte de agentes del Estado" como me dijo un amigo cuando le pedí que me explicara un poco más el asunto.

La Convención Interamericana Sobre Desaparición Forzada de Personas, aceptada por Guatemala como ley el 27 de julio de 1999, en su artículo II la define en los siguientes términos:
Para los efectos de la presente Convención, se considera desaparición forzada la privación de la libertad a una o más personas, cualquiera que fuere su forma, cometida por agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúen con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la falta de información o de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o de informar sobre el paradero de la persona, con lo cual se impide el ejercicio de los recursos legales y de las garantías procesales pertinentes.

¿Por qué la Corte IDH, las leyes nacionales e internacionales y las sentencias guatemaltecas definen la desaparición forzada como un delito continuado? En sus fallos la Corte Interamericana sostiene que el delito persiste mientras no se conozca dónde están las personas desaparecidas o se localicen sus restos y se entreguen a sus familias. Asimismo, que este continúa “por la propia voluntad de los presuntos perpetradores, quienes al negarse a ofrecer información sobre el paradero de la víctima mantienen la violación en cada momento”, como lo asentó en el caso de Heliodoro Portugal vs. Panamá.

En su artículo III, la citada Convención establece la continuidad de este crimen de lesa humanidad: “Dicho delito será considerado como continuado o permanente mientras no se establezca el destino o paradero de la víctima.”

Cometido en Guatemala desde la década de los sesenta, bastantes años antes de que se empezara a considerar su tipo penal y de que se aprobaran los instrumentos que buscan protegernos de que nos desaparezcan, este hecho fue tipificado como un delito continuado desde la primera sentencia de la Corte IDH y se aprobó y ratificó por parte de Guatemala la Convención regional específica. De esa misma forma, fue incluido en el Código Penal guatemalteco en 1995. Ante estos hechos incontestables, el eminente "jurista" recurre a los principios que determinan la irretroactividad de las leyes penales diciendo que “su tipificación debe hacerse conforme a la ley vigente al momento de cometerse la conducta que lo inicia” queriendo dejar fuera de la aplicación de las leyes nacionales e internacionales sobre desaparición forzada todos los hechos sucedidos antes de que estas fueran aprobadas. Si esto fuera cierto, no se hubiese podido proceder en los casos de mi hermano Marco Antonio y otras personas desaparecidas, que fueron juzgados por la Corte Interamericana de Derechos Humanos y cuyas sentencias han evadido por años en lo que corresponde a la investigación, juicio y castigo de los culpables.

No tiene vuelta de hoja: Mientras se continúe desconociendo el paradero de la víctima y si está viva o muerta, el delito continúa perpetrándose. Más allá de lo que nos quiera decir el corazón, se mantiene la negativa de las autoridades estatales –que incluyen a las militares- a informar y es imposible el acceso a los archivos militares de verdad, no al desorden de papeles hecho público en 2011. En este sentido, nuestros reclamos mueren en la puerta de los cuarteles y en los oídos sordos de los ministros de defensa.

Desde la orilla en la que estoy situada, con un hermano desaparecido por la G2 cuando era un niño, es inaceptable que no se nos informe acerca de su paradero y que, a estas alturas de los desarrollos jurídicos nacionales e internacionales en esta materia, se invoque la irretroactividad de la ley para no enjuiciar y castigar a los responsables de su desaparición forzada –una entre decenas de miles- ocurrida el 6 de octubre de 1981, la que se ha extendido por más de tres décadas.
Por su naturaleza compleja, según la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la desaparición forzada debe ser abordada de una forma integral. Esto quiere decir que es un delito por sí misma, no puede ser reducida en el proceso penal al plagio o la detención ilegal (delitos prescriptibles y amnistiables), por ejemplo. Es, además de un delito continuado, un crimen de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptible, otra palabra que molesta a los defensores de la impunidad que se niegan a aceptar que se trata de un hecho delictivo extremadamente grave, que permanece en el recuerdo de quienes lo hemos sufrido y causa irreparables daños individuales y sociales y un estado de malestar superable, en parte, solo por medio de la verdad y la justicia.

(Aquí es donde imagino el tiempo como una sucesión de instantes, cada uno de ellos es un segundo transcurrido sin saber qué pasó con mi hermano y con todos los demás hermanos, hermanas, hijos, hijas, padres, madres, perdidos en manos de los terroristas de Estado, dónde estuvo, dónde está ahora, qué le hicieron, quiénes… Y el sufrimiento renovado cada vez que se vuelve a la tragedia.)

    Este crimen atroz viola múltiples derechos de las víctimas: 
  • El reconocimiento a su personalidad jurídica (al despojarlas de su nombre y borrarlas de la existencia humana, sin siquiera el derecho al reconocimiento legal del día, hora y causa de su muerte), 
  • La libertad y seguridad personales, 
  • La integridad (no sufrir torturas ni tratos crueles, inhumanos o degradantes), 
  • Las garantías judiciales (las víctimas no fueron detenidas con orden de juez competente ni conducidas ante autoridad judicial alguna, no fueron sometidas a juicio justo ni tuvieron oportunidad de defenderse), y, por supuesto, 
  • El derecho a la vida, porque aunque no mataran a las personas desaparecidas, lo que en Guatemala fue una excepción, fueron sustraídas de sus existencias personales y de la vida social.
Aparte de estos derechos reconocidos legalmente, hay otros que nos son arrebatados para siempre a los familiares de las personas desaparecidas: la paz de espíritu, la felicidad completa (aunque sea fugaz), vivir sin culpa por lo sucedido a nuestro/a familiar, no ser torturadas/os por horrendas fantasías de sufrimiento de nuestro/a ser querido, no volver cada año al repaso triste y doloroso del hecho, tener un lugar digno para que descansen sus restos y honremos su memoria…

Si los militarizadores de los derechos humanos quieren que no se continúe señalando al Estado y a los altos mandos del ejército de responsabilidad en los casos de desaparición forzada, deben informar qué sucedió con nuestros/as familiares, ubicar sus restos y devolvérnoslos, cumpliendo de ese modo con nuestro derecho a la verdad. Pero el mal está hecho y también debe hacerse justicia; tras demasiados años después de lo sucedido a mi niño, sigue siendo inconcebible que se haya cometido un crimen tan grande y doloroso, de lesa humanidad, sin que sus responsables reciban un justo castigo. Los derechos a la verdad y la justicia no son mutuamente excluyentes, como lo sostiene el SP: son irrenunciables y no están sujetos a negociaciones políticas. Entre otros, están contenidos en la Declaración sobre los principios fundamentales de justicia para las víctimas de delitos y del abuso de poder.

Desapariciones forzadas e involuntarias, continuadas e imprescriptibles. Eso es, ni más ni menos, lo que ha ocurrido en Guatemala 45 000 veces o más… 45 000 tragedias que continúan causando sufrimiento a 45 000 familias. Oculta, muy oculta en mi pecho, sigue carcomiéndome la rabia. Si la juntara con la de todas las familias que buscan y que esperan, que resisten, quizá se formaría una tempestad de justicia.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La terquedad inútil (y paciente)



Hay días tristes en los que por mis venas circula un líquido espeso, hirviente y amargo. Recorro la noche con mi desesperanza, la luna en la ventana. La oscuridad. El llanto. La terquedad inútil. Persistencia que no sirve de nada. En esos días tristes, sin el consuelo del sueño al que no puedo abandonarme porque el mundo se deshoja como un árbol marchito, yo no quiero ser yo. Ya no quiero este rostro que me ata a mi nombre, a mi historia.
 
Pero… escuché lo que tenías que decirme, impasible. Tu voz penetró mis oídos. Imperturbable, encajé el golpe casi sin darme cuenta, han sido tantos. Cada una de tus palabras anidó en mi cerebro y empezaron a quemarme por dentro. Al almuerzo lo sucedió una tarde plateada, un poco fría. A ratos, algún retazo de esa verdad enorme bajaba en forma de nudo a mi garganta o se me hacía agua y enturbiaba mis ojos. Podía irme del mundo por un minuto entero, largo como mi vida, intentando entender esa verdad, asimilarla sin desintegrarme, con la sonrisa evaporada, perdida en alguna de mis aristas rotas.

Oscureció. Con tal de huir de mí, volé, es un decir, me sentía capaz de cualquier cosa, hasta de soportar ese veneno que me estaba matando. Quise cambiar de pellejo, de plumaje, de apellidos y nombres, de esta historia maldita que me sigue a donde quiera que trate de esconderme. En cualquier galaxia o agujero donde quiera perderme y dejar esta carga imposible, este dolor que me corroe y me desgarra, me encuentro de nuevo conmigo. No logro dejarme atrás por más que ponga en ello mis fuerzas totales, absolutas.

Y sucedió por fin. Después del rito que antecede a la noche -la cena, la tele, el ejercicio, el libro, el bordado, el reloj a mi izquierda marcando el ritmo de mi vida, un baño para aflojar el cuerpo y lavarme talvez este profundo desaliento- allí estaba el espejo. Una superficie plana, impenetrable, brillante, que quisiera traspasar e irme a otro mundo exactamente igual a este, pero distinto, esa magia. Allí conservo la figura, pero quizás soy otra, no es exactamente mi piel la que me cubre ni es mi historia la que llevo dentro. Y esta verdad ardiente, que quema mis entrañas, no es cierta.

Armada con un cepillo de dientes inevitablemente me encontré con mis ojos que me miraron fijamente y desataron un vendaval en mi alma. Pero no quiero darme cuenta. Sigo cerrada, terca, empecinada en que puede lograrse la justicia. 

Imperturbable, la que soy y no soy me da las buenas noches, se retira, se mete a la cama y duerme mientras mis despojos tristes tratan de hacer lo mismo. Me siento un poco muerta. ¿De qué estoy hecha ahora que me ahogo? De polvo terrenal, polvo de estrellas, de luz y oscuridad, de viento y tempestades, de atormentada furia, de terquedad y de paciencia.

Y, mientras tanto, sigo con mis palabras de papel que no mellan sus almas.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Amor en dolor transfigurado




Amor de mi vida, Marco Antonio, hermano de mi alma, mi niño desaparecido, niño victimizado, niño truncado, tronchado de raíz, un árbol arrancado cuando apenas nacía, brutalmente ocultado de la vida para perderlo en el oscuro abismo de la muerte. Mi niño sin nombre, sin lápida, sin adioses ni abrazos. Niño de mi corazón, borrado por la perversidad de los hombres sin alma, de los infrahumanos sin rostros y sin nombres, siniestros embajadores del mal, Xibalbá entre nosotros. Amor transfigurado en el dolor de golpes infligidos con saña por hombres sin piedad, ciegos a las lágrimas y al implorante gesto de su madre, sordos a su grito de angustia, al llanto que se extiende por treinta y un años que no cesa aunque riamos y sigamos enteras, asidas a la vida, buscándolo...

Amor de mi vida, amor triste, profundo, desgarrante, amor que busca al niño desaparecido, amor que extiende sus manos al vacío en busca de promesas, de humo, de la nada. Amor que no lo encuentra, hermano de mi alma, pese a la terquedad centuplicada día a día, no lo olvido, no quiero, aunque me muera. Ya no encontré su vida, su latido. Quiero encontrar su muerte, saber el minuto exacto en el que se detuvo su pulso, el segundo en el que cayeron una a una sus células como estrellas marchitas, pisoteadas por los seres venidos del averno. Quiero saber el día, la hora y el minuto en el que sus manos dejaron de abrirse para tomar el mundo al que despuntaba apenas, a sus catorce años, diez meses y seis días.

Quiero saber quiénes lo hicieron. Quiero verlos, saber si tienen alma. Saber si tienen ojos y si pueden mirarme. Saber si tienen boca y si pueden decirme qué hicieron con usted. ¿En qué altar de miseria, de huesos y de sangre colocan las ofrendas bestiales a sus dioses? ¿Qué líquido espeso y oscuro circula por sus venas? Quiero saber cómo pueden dormir y respirar, pensar y deglutir, el general, el coronel, el que fue ministro de la defensa, el que dirigió la G2, el del estado mayor presidencial, el teniente que ejecutó las órdenes de muerte, el oficial que comandó cuarteles, el que tiró las bombas. Los hijos de Caín, pequeños engendros de la muerte, afincaron sus remedos de humanidad sobre el fango y la sangre, sobre el fuego asesino que consumió los ranchos, que exterminó a las flores, los niños, las mujeres, en medio del silencio, sin tregua, sin piedad, salvajemente, que se lo llevaron a usted, hermano de mi alma. Bestias nauseabundas, repulsivas, tocadas por lo horrible, dadores del dolor, perpetradores de la herida, portadores del mal, destructores de sueños, de luces y de estrellas, enterradores, verdugos, repartidores de la muerte, no de la que se acerca sigilosa y debe arrebatarnos dulcemente el aliento, sino de la otra muerte: aquella que aparece de pronto entre el humo y el fuego de las balas o en el ritual macabro de bayonetas raspantes y puñales helados degollando los sueños.

¿Dónde están sus despojos, hermano de mi alma, mi niño tan amado con un amor que duele, con abrazos que ni siquiera lograron alcanzarlo, con caricias resecas que no lo tocan nunca? Ni un pedazo de usted volví a ver, ni un dedito. ¿Dónde está? ¿Qué le hicieron? ¿Cuánto tiempo sufrió? ¿Fue demasiado horrible? Preguntas y preguntas. Es lo que me satura, hermano de mi alma, estaré llena de ellas hasta encontrar certezas.

Felicidad de mi niñez y de mis años jóvenes, el amor más grande y ahora apenas sé cómo era porque no vivió lo suficiente. Es todo tan injusto. Trato de recordarlo, dibujo la forma de sus manos, recupero entera su mirada y su risa es un cascabel en mis oídos pero tan solo encuentro de nuevo a la tristeza. Su recuerdo se esfuma en una maraña de dolores y tiempo que ha pasado hora tras hora, año tras año, borrando sus huellas en mi vida.

Y sin embargo, amor en dolor transfigurado, indescriptible amor que me traspasa, que vivirá mientras yo esté viva. Eso es usted, amado hermano mío. Soy un tesoro que guarda su memoria, los pequeños retazos de recuerdos. Lejos, también, mi país vive en mí. Soy un triste santuario iluminado con pájaros y flores.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Las olvidadas




Artículo 3. Toda mujer tiene derecho a una vida libre de violencia, 

tanto en el ámbito público como en el privado. 



Las que resistieron el cautiverio, las torturas, los interrogatorios, los ataques sexuales cuando convirtieron sus cuerpos en territorio dominado. Las que aguantaron hambre y sed durante días y días con sus noches y no les importó, porque estar en manos de ellos, los militares y los agentes de la G2, era como si ya estuvieran muertas. 

Por cada Alaide, Myrna, Rogelia, Marlene, Yolanda, Irma, María, E. Guadalupe, Menchi, Marilú, Auri, Magaly, Betza, Aracely, Glenda, Rosaura, Cándida, Rosa María, Marilyn, Angela, Lucrecia, por cada mujer o niña que fueron hechas prisioneras, desaparecidas o asesinadas cuyos nombres conozco, hubo miles de perseguidas, acosadas, violentadas por el poder que les quitó la libertad, la vida, la tierra o, en el menor de los males, el derecho a vivir en su país. Aquellas que llevaban la vida en su vientre o que fueron forzadas a dejar a sus hijos/as, con la mirada cargada de futuro vislumbraron un mundo diferente y quisieron construirlo con sus manos.

Las que no hablaron. Las que jugaron el perverso juego de los torturadores sacándoles ventaja, porque no confesaron jamás dónde estaban los libros, los programas de lucha, los planes de trabajo. No delataron a nadie. Sellaron sus labios y su suerte y conocieron lo peor de los seres humanos en los incontables días de horrible cautiverio. Y las que hablaron porque no soportaron la tortura. No sé qué es estar allí, por eso no las juzgo.

Amordazadas, cegadas con una asquerosa venda, engrilletadas, sin comer ni beber, golpeadas, violadas por bestias con apariencia humana tantas veces que perdieron la cuenta. Son la verdad que sigue aprisionada en el cuartel para resguardo de la impunidad de los criminales terroristas de Estado. 

¿En qué pensaban? ¿Qué sentían? ¿Cómo pudieron resistir, no darse por vencidas, cuando les trituraban el cuerpo y el espíritu? A lo mejor sus almas escaparon de sus cuerpos doloridos y salieron del cuartel a buscar el agua, el alimento, el sueño y la vida que les eran negados por hombres perversos e infinitamente crueles.

Cierra los ojos. Sueña con flores, flores, flores… de todas las formas y todos los matices. En la lejanía, árboles altos movidos por el viento, habitados por pájaros de variados plumajes, cantando en cada madrugada de cada uno de los miles de días que le quedaban por vivir.

Sabían dónde estaban, dónde y cuándo las habían detenido y quiénes lo habían hecho. Sabían en qué manos había caído, manos llenas de sangre de los torturadores, los desaparecedores, los asesinos, los señores de la muerte, el miedo y el dolor. Hasta ese inframundo sin leyes y sin dios, nuestro abrazo no podía alcanzarlas.

La que bebió el agua apenas necesaria para apagar la brasa de la sed y mantener la llama de la vida, sueña con cristalinas fuentes de agua fría que le ahogan la sed, ríos enormes, caudalosos, o arroyuelos discurriendo tranquilos, susurrantes, agua cayendo desde grandes alturas repartiendo la vida a sus verdes orillas.

Afuera, nuestra verdad estaba hecha de preguntas, incertidumbre y miedo. Una verdad basada en las pesadillas recurrentes de gente que desaparecía y se perdía para siempre en un infinito laberinto de oscuridad y de dolores. 

Por cada mujer o niña desaparecida o asesinada, aún hay madres, abuelas, hermanas, amigas, familias enteras, en cuyas vidas se prolongan el sufrimiento y el inconcluso duelo, una forma de tortura psicológica.

Incansablemente buscamos su rastro, preguntamos, recorrimos los lugares por los que solían transitar. Cada día escudriñábamos las páginas de los diarios con temor de encontrarnos con la fatal noticia de sus cuerpos abandonados en cualquier parte como si fueran cualquier cosa. 

Se fugaron con la luna que emergió tímida, atrás del horizonte. Con ella, se fueron a lo más alto envueltas en nubes que opacan su resplandor. Sienten la noche cálida mientras caminan, libres bajo los altos árboles mirando las estrellas. Estarán vivas mientras digamos sus nombres en voz alta y recordemos sus vidas, mientras continuemos demandando justicia.

Sin justicia para las víctimas del terrorismo de Estado, no habrá paz en nuestro país. La violencia en contra de las mujeres se prolonga hasta el día de hoy; tristemente, solo en lo que corresponde al femicidio, Guatemala ocupa el segundo lugar en cantidad de mujeres asesinadas en una lista de 44 países.

“Con una tasa anual de 93 asesinatos de mujeres por cada millón de habitantes, Guatemala es el segundo país, después de El Salvador, donde se registran más femicidios, según un estudio de la ONU.”

sábado, 10 de noviembre de 2012

Los que siguen viviendo en el pasado


Hace un año, a partir de la elección de un militar como gobernante de Guatemala, se han venido observando el reforzamiento – envalentonamiento y las manifestaciones escritas y públicas de sectores fascistas ligados con el terrorismo de Estado que asoló el país en una época muy reciente. Con sus opiniones fuertemente teñidas de anticomunismo y sus señalamientos retorcidos y falsos, pretenden imponer una versión en blanco y negro del genocidio. Es una versión muy conveniente, en ellas los presuntos criminales son los buenos y los opositores/as y las víctimas, los malos

Para muestra, varios botones: las demandas inconsistentes y burdas en las que decenas de personas –algunas de ellas con una trayectoria de décadas en la oposición política- han sido acusadas penalmente de delitos atribuibles a las organizaciones político militares de izquierda en los sesentas y setentas; los comentarios cargados de odio y amenazas vertidos en columnas periodísticas o hechos a ciertos/as columnistas de prensa; y, etiquetar como asesinos/as, torturadores/as y terroristas a hombres y mujeres que fueron precisamente el blanco de sus acciones.

Situados por completo en el pasado, inmersos en una lógica contrainsurgente, sus posturas y relatos continúan ciñéndose a la doctrina de seguridad nacional que moldeó no solo sus cabezas, sino que también rigió las actuaciones del Estado guatemalteco, su ejército y demás fuerzas de “seguridad” durante los años de la guerra fría. Desde esa perspectiva, tras la contrarrevolución de 1954, la conflictividad política y social del país se enmarcó en el enfrentamiento entre el Oeste (Estados Unidos y el mundo libre, capitalista y cristiano) y el Este (la Unión Soviética y los países del bloque socialista, comunista y ateo). De esta forma, el origen de dicha conflictividad no había que buscarlo en los problemas estructurales de Guatemala, sino en la implantación de “ideas exóticas” producto de la intervención de Cuba y la URSS con la complicidad de la oposición política local. Esta, según la DSN, pasaba a ser concebida como enemiga del Estado y la sociedad, la patria, contraria a los valores cristianos, a la familia y un largo etcétera, entre eso una dieta que incluía niños en el menú.

En ese contexto confrontativo y autoritario, fuertemente militarizado, la seguridad nacional se constituyó en el primer objetivo del Estado y su defensa era ineficaz en democracia y con respeto a los derechos humanos. Así se justificó la puesta en marcha de regímenes de fuerza, de mano dura, dirigidos a "eliminar las amenazas contra el orden establecido" y "evitar que el país cayera en las garras del comunismo internacional" mediante la persecución y el aniquilamiento del enemigo. Puesto en práctica en Guatemala entre 1954 y 1996 y llevado a extremos desquiciados en los ochentas, el enemigo estaba constituido por cualquier persona que desafiara al poder en cualquier ámbito. 

Así, metieron en el mismo saco a trabajadores/as que se organizaban para mejorar sus condiciones laborales; intelectuales, profesores/as y estudiantes que se alejaron de la línea de pensamiento impuesta desde arriba; al campesinado y los pueblos indígenas que luchaban por su derecho a la tierra, que es lo mismo que su derecho a la vida; a catequistas, sacerdotes y religiosas que se involucraron en procesos de mejoramiento de las condiciones de vida en las zonas rurales y urbanas o en las organizaciones revolucionarias; a cooperativistas, periodistas que sí informaban sobre lo que en realidad estaba sucediendo; y, por supuesto, a militantes de las agrupaciones de centro e izquierda, legales o ilegales, armadas o no. Toda la gente que soñaba y accionaba por construir un país distinto, con justicia, igualdad, libertad y derechos para todos, se convirtió en un blanco de sus ataques letales, pero también la que estaba cerca -sus familias-, la que se enteraba, la que de vez en cuando participaba en una manifestación o en una huelga... Con el más mínimo acto o decisión se cruzaba la línea invisible que dividió a la población en “amiga” o “enemiga”.

Es este planteamiento el que resurge con fuerza en las manifestaciones de la derecha fascista, anticomunista y anti lo que sea -antihumanas- porque desde estas posturas de lo que se trata es de etiquetar cualquier tipo de discurso crítico de comunista, aunque no lo sea, con tal de ligarlo al pasado y recurrir a los únicos argumentos que son capaces de esgrimir: las mismas sinrazones contrainsurgentes, manipuladoras y mentirosas de antaño que dieron lugar al genocidio más grande del hemisferio occidental. A esto se agrega que ahora, en un acto de prestidigitación -una operación de guerra psicológica, como las de sus años dorados- las acusaciones de terrorismo, tortura y asesinatos se dirigen a quienes otrora eran precisamente el blanco de esas actuaciones perpetradas por ellos mismos. 

Con su retorcida e ideologizada campaña, los sectores fascistas alineados con los perpetradores del genocidio, la desaparición forzada y la tortura de decenas de millares de guatemaltecos y guatemaltecas, no tiene otro objetivo que perpetuar la impunidad y el silencio que continúan existiendo alrededor de estos crímenes. La difusión de versiones amañadas y mentirosas de hechos deleznables, junto con el amedrentamiento de la población, persigue mantener los privilegios de los presuntos criminales, sus familias y sus allegados, porque además de ensangrentar al país, se enriquecieron mediante el saqueo de las arcas nacionales y el despojo de tierras y propiedades de los perseguidos y aniquilados.

En tal sentido, así como está prohibida la ideología nazi en Alemania y en otros países europeos, en Guatemala se debería prohibir legalmente la difusión de las ideas ligadas a la doctrina de seguridad nacional y las prácticas políticas asociadas con ellas, con base en el elevadísimo costo humano y social que significó su implantación: el sacrificio despiadado de doscientas mil vidas de personas asesinadas o desaparecidas y la cauda de violencia y sufrimiento que continúa aquejando a la sociedad guatemalteca. Además, estas voces, que vienen desde el pasado, revictimizan a las víctimas, mueven los hilos del terror que atraviesan de arriba abajo la vida de nuestro país, atentan contra la paz, incitan a la violencia y reproducen una versión falsificada de la historia reciente. Si se analiza esta situación desde la óptica de los derechos, estos sectores cavernarios y fascistas tienen los de pensar y decir lo que les dé la gana, pero como mínimo hay expresiones que entran en el catálogo de delitos del código penal, como las injurias y calumnias, las amenazas, el hostigamiento, que al constituirse como tales deben ser perseguidos penalmente de oficio por las instituciones establecidas para tales efectos.

Teniendo como caja de resonancia a los medios, los hombres que siguen viviendo en el pasado, aferrados a un estado de cosas en el que pudieron acallar las voces disidentes exterminándolas y aterrorizándolas, no quieren enterarse que a partir de 1996 se echó a andar un proceso en el que ciertamente aún prevalecen las promesas sobre las realidades, pero que ha impuesto las formalidades democráticas de las que el ejercicio de los derechos políticos y civiles es un aspecto fundamental.

Así, se entiende universalmente que ya no son motivo para marcar a alguien como enemigo el sostener posturas políticas de izquierda, de centro, de derecha, con todas sus variantes y combinaciones posibles; defender los derechos humanos; expresar verbalmente o por escrito opiniones críticas; manifestarse en contra del gobierno, la oligarquía y el ejército; salir a la calle a plantear demandas; organizarse y luchar para defender la tierra, la naturaleza y otros derechos de los pueblos indígenas; exigir el cumplimiento de los derechos de las mujeres, la diversidad sexual; demandar justicia por parte de las víctimas del genocidio, la desaparición forzada, la tortura y otros crímenes.

NO SON DELITO todas estas y muchas otras prácticas y demandas populares. Son manifestaciones legítimas del ejercicio de ciudadanía garantizadas constitucionalmente y protegidas por los tratados internacionales de derechos humanos, por mucho que les pese, y se desarrollan en un espacio conquistado mediante las luchas y la resistencia de los sectores más desfavorecidos de nuestro país. 

Tales avances son ciertamente lentos, tímidos, endebles, pero avances al fin, y deben ser defendidos contra los vientos y mareas neoliberales, autoritarias, extractivistas y militaristas, criminalizadoras de la protesta social, y contra los ataques de los cavernícolas que siguen viviendo en el pasado. Deben ser fortalecidos y traducidos en una institucionalidad democrática vigorosa que haga realidad la existencia, al menos, de un Estado de Derecho en nuestro país.


jueves, 1 de noviembre de 2012

Los desaparecidos y desaparecidas están en todas partes

Cada 1 y 2 de noviembre, días de los santos y de los difuntos, días de fiesta en Guatemala, mi corazón es un jardín y mi vida entera un ramo de flores para adornar la inexistente tumba de mi hermano, mi niño desaparecido por la G2 del ejército el 6 de octubre de 1981. Para hallar lo que queda de él, que está en alguna parte, para saber qué fue de ese milagro que era su existencia, lo seguimos buscando.

Me asomo por todas las esquinas y pronuncio despacio, letra a letra, su nombre y lo uno a los nombres de los 45 000 mujeres y hombres, niños y niñas que fueron sometidos a este tormento cruel infligido por hombres despiadados.

Dando vuelta a las piedras, recorro veredas, caminos, carreteras; desciendo a los abismos y vuelo hacia las cumbres buscándolos. Interrogo a las nubes y a los árboles, al poste de la esquina, a las puertas cerradas, a las ventanas cegadas por el horror, que los vieron pasar cuando se los llevaron “con rumbo desconocido”.

Inútilmente le pregunto a la gente que vio para otro lado, que se vendó los ojos, a la que quedó paralizada por el miedo y a la que aplaudió los crímenes de los terroristas de uniforme, a la que tapó sus oídos y no quiso saber de nuestra angustia, a la que selló sus labios hasta ahora.

Navego por las venas y arterias de la patria rastreando sus huellas en el agua.

Me adentro en el océano, tan vasto, que recibió sus cuerpos, y subo a los cráteres de todos los volcanes que alimentaron sus entrañas de fuego con sus vidas.

Cada grano de arena, cada ráfaga de viento, cada mota de polvo, cada rayo de luz, cada brizna de hierba, se aprendieron sus caras para reconocerles por si ven sus cuerpos insepultos que, sin descanso, permanecen con los ojos abiertos aguardando justicia. Mi tierra está cruzada por entero por los pasos de quienes, portando un dolor infinito, les buscamos.

Triste manera de persistir la de los desaparecidos y desaparecidas, aprisionados en el recuerdo de los cuartos intactos, vacíos de su presencia, con su vida entera reducida a un momento, ese, tan horrendo, de su detención, que se tragó su historia, su potencial y su futuro.

Pero también, hermano, es mi alma la que conserva su amor y su recuerdo. A veces soy la tumba de su sangre, sus huesos y su carne; a veces soy su vida no vivida; soy su dolor pero también disfruto las que debieron ser sus alegrías.

Hoy llevaré coronas de ciprés cuajadas de claveles rojos a las puertas de todos los cuarteles, allí es donde están los cementerios clandestinos, allí es donde se vuelven imposibles todos los esfuerzos por encontrarlo.

La madre tierra cobija sus huesos, les abraza. Me lo devolverá si lo sigo buscando.