domingo, 24 de agosto de 2014

La justicia en el país de nunca jamás



“Si un país asume y acepta la impunidad como norma,
ese pueblo está marcado y condenado a sufrir en
algún momento posterior la misma situación.”

El 22 de agosto Plaza Pública publicó la entrevista “Edelberto Torres Rivas o el despertar a lo mismo”. Admiro el trabajo y la trayectoria del profesor Torres Rivas; siempre aprendo de sus criterios y opiniones, que suele aderezar con abundancia de datos, pero disiento de las que expresó acerca del caso de genocidio. Las comentaré brevemente desde la posición de una mujer que, en el país de la exclusión, pretende ser una ciudadana que pretende obtener justicia para su hermano desaparecido por la G2 del ejército guatemalteco en 1981, cuando era un niño de 14 años, 10 meses y seis días. Recurro a la expresión “pretendida ciudadana” porque para serlo plenamente, mis derechos además de ser reconocidos por el Estado deben ser garantizados para su libre ejercicio y realización.

Más que comentarios a lo que dice don Edelberto acerca de este espinoso asunto, porque al hablar de esto siento espinas en la lengua, me haré mi propia entrevista en contrapunto con lo opinado por él. Al emplear la palabra contrapunto rescato dos acepciones que nos da la RAE: “concordancia armoniosa de voces contrapuestas” y “poner una cosa contra otra para estorbarle su efecto”. Es decir, polemizo sin faltarle al respeto al profesor Torres Rivas pero sí pongo mis opiniones contra las suyas para estorbarle su efecto nocivo para la sociedad y para las víctimas, dada la credibilidad de la que goza.

Primera pregunta: ¿Qué supone para Guatemala que la Corte de Constitucionalidad haya anulado el proceso del juicio por genocidio, que el Congreso negara en un punto resolutivo que este hubiera existido, que se iniciara un trámite para suspender a la jueza que dictó la sentencia?
Edelberto Torres Rivas
Lucrecia
El punto de partida de toda esta conclusión es que aquí hubo una gigantesca tragedia. Que en una sociedad como la guatemalteca hayan sido asesinadas, y yo no digo 100 mil, con 50 mil es suficiente para que sea un dato trágico. Una inmensa tragedia. La muerte de 50 mil personas civiles que no estaban en conflicto. Esto le da una característica especial que tiende a olvidarse. ‘El conflicto armado interno ya pasó, hace 25 años, murieron un montón de indios’. Es algo más que eso. A mi juicio marca toda la vida posterior de Guatemala. Aunque la gente no sea consciente de esto. O por lo menos la derecha no lo ve, o no quiere verlo. Cierran los ojos ante una hecatombe que ellos contribuyeron también a provocar, y de la cual no se ha sabido sacar la debida conclusión. Uno se pregunta, si en este país hubo un conflicto interno —el calificativo es malo, hubo una guerra interna o hubo una represión interna de 30 años—, se supone que los grupos dominantes que lo propiciaron tenían alguna propuesta para el final del conflicto. Ellos son los ganadores del conflicto, y no fue sólo una victoria militar, fue una victoria ideológica, el anticomunismo es una idea política. ¿Cuál es la propuesta que le presentan a la sociedad guatemalteca como resultado de su victoria? Ninguna.
Pensamos que la élite post conflicto era una nueva élite dominante, que se había modernizado con el conflicto, que había adquirido conciencia histórica de las debilidades, de los déficit, de los fraudes, etc. Despertamos con paz y con democracia, y con la misma élite dirigiendo el país. Sin ninguna propuesta, sin ningún programa. ¿Eso quiere decir que hubo una catástrofe para mantener el status quo? Es que no puede ser, pero fue. A mí me indigna, me rebelo a la idea de que así fue. Hay que preguntarse qué cambios hubo en estos 35 años. Hay que preguntarse y empezar a ver cuáles fueron estos cambios.
La decisión de la Corte Constitucional es una intromisión ilegal que excede su mandato, viola la Constitución, las leyes nacionales y los tratados y jurisprudencia internacionales al negar el derecho de acceso a la justicia, la verdad y la reparación a las víctimas ixiles y decenas de millares más que, aunque estén muertas, merecen recuperar la dignidad y la calidad de seres humanos que les arrebataron con sus vidas mediante la justicia.


Junto con el punto resolutivo del Congreso y el intento de suspensión de la jueza Barrios, esta resolución es un efecto de un grave problema estructural: la falta de independencia judicial y la debilidad de la institucionalidad de justicia ante los poderes fácticos. 

Esto obedece a la voluntad política de mantener la impunidad de los perpetradores de crímenes de lesa humanidad y sus cómplices.


Por otra parte, son una muestra fehaciente del negacionismo y el reverdecimiento del anticomunismo atizado por los interesados en que se mantengan la ignorancia sobre estos hechos terribles y la insensibilidad social hacia las víctimas, condiciones que les garantizan impunidad.


La justicia es necesaria. Guatemala sufrió una tragedia humana y social de una magnitud incalculable. No hay que inventar cifras. De acuerdo con datos de la CEH y el REMHI, se puede hablar de alrededor de 200 000 víctimas mortales de las que la mayoría eran parte de la población civil desarmada. 

Las víctimas y quienes sobrevivimos, la sociedad entera, tenemos derecho a saber qué sucedió y a que se haga justicia, de lo contrario, quienes hasta hace pocos años no les temblaron ni la voz -para ordenar los crímenes- ni las manos para asesinar, desaparecer y torturar a decenas de miles de seres humanos, incluyendo niños y niñas, pueden caer en la tentación de cometer nuevamente graves violaciones masivas de una forma sistemática.


Para sacar una efectiva conclusión de la hecatombe provocada por las fuerzas sociales en un ejercicio ilegítimo de poder que aterrorizó y reprimió a la población en el mal llamado conflicto armado interno –un concepto que nos remite a la idea de un enfrentamiento armado en igualdad de condiciones- para que todo siguiera exactamente igual para ellos, se tiene que contar con la participación y opinión libres de las víctimas y familiares y someter los casos a la justicia; asimismo, los niños y niñas deben aprender en la escuela que lo sucedido no deberá repetirse nunca más, que tienen derechos y eso incluye el derecho a una vida libre de violencia (porque no me creo que hayamos despertado a la paz) y las élites deben ser respetuosas de los poderes del Estado y de su independencia para consolidar la democracia en el país.

Segunda pregunta: ¿Cree que Guatemala puede avanzar negando su pasado?, ¿negando el genocidio?

Edelberto Torres Rivas
Lucrecia
No veo una relación causal, de “a” igual a “b”, en el dato de que hubo genocidio o no, y en el prosperar y avanzar en algunos aspectos. No veo por qué no va a avanzar si hubo genocidio, o si sí va a avanzar si no hubo. El si hubo, o no, es un problema personal, de creer. Si no hubo genocidio, como cree la burguesía, ¿va a haber inversión? Si sí hubo genocidio, como cree otros sectores, va a haber, igual, inversión. El tema no es, finalmente, lo del genocidio. Yo he tenido mucho debate con compañeros que se encierran en eso. Si sí hubo o no hubo, no importa. Lo que importa es que hubo 100 mil muertos.
A diferencia del profesor Torres Rivas, no creo que responder sí o no a la pregunta de si hubo genocidio o no sea un asunto personal. Ojalá este fuera un problema crucial para todxs lxs guatemaltecxs, pero no uno privado o un acto de fe “de creer”, como dice don Edelberto, sino que se debatiera sin miedo, con una participación masiva, pública y abierta. 

Más allá del comentario, hay que establecer qué implica social y políticamente negar el pasado, negar el genocidio. No es una negación caprichosa o inocente. El genocidio, como la tortura y la desaparición forzada, es un tipo penal que designa conductas delictivas sancionables y perseguibles de manera imprescriptible y con su aplicación en la justicia guatemalteca se atenta contra la impunidad de los perpetradores y sus cómplices.[i] 

Resolver si hubo o no genocidio, entonces, no es algo que se pueda resolver en una entrevista; es una atribución judicial y en Guatemala ya se probó que lo hubo ante un tribunal que emitió una sentencia condenatoria contra un ex jefe de Estado.


Más allá de este asunto, que tiene mucho que ver con la forma en la que nos relacionamos y a quiénes consideramos iguales y con derechos, está otro relativo a una democracia que no se logrará consolidar y ampliar solamente con un parche electoral aplicado cada cuatro años sobre instituciones huecas, socavadas por la corrupción, y prácticas y relaciones sociales y políticas profundamente autoritarias.


Una vez establecido esto, el quid de la pregunta es ¿en qué avanzar? Sin justicia eficaz –que implica un poder judicial independiente, fuerte, reconocido y legitimado socialmente- no se podrá avanzar en garantizar el derecho a la seguridad ciudadana, a una vida libre de violencia para la población guatemalteca que no viaja en autos blindados, avionetas o helicópteros ni tiene un ejército privado a su servicio. 

Que no haya un poder judicial independiente da cuenta de que prevalece la debilidad institucional y que la democracia es frágil, una democracia del diente al labio, en la que no creemos, que se puede caer en cualquier momento y a nadie le importa porque su impacto en la vida real –esa a la que se despierta después del sueño electoral- no significa nada.


Finalmente, parafraseando al profesor Torres, sí “veo una relación causal, de “a” igual a “b”, en el dato de que hubo genocidio o no, y en el prosperar y avanzar en algunos aspectos.” 

El genocidio sí tiene que ver con la creación de un clima social y políticamente favorable para los grandes negocios y las enormes inversiones, para el saqueo de la naturaleza y la instalación del pensamiento único neoliberal, para el mantenimiento de los privilegios de unos pocos, para que en Guatemala “todo cambie para que nada cambie”. 

Me encierro en eso y, al igual que don Edelberto, lloro por los muertos y los desaparecidos, cuántos sean, cincuenta mil, cien mil, doscientos mil… no importa. Son incontables, pero todxs merecen justicia, dignidad, respeto y memoria amorosa individual y social.


Tercera y cuarta preguntas: Hay sectores a los que sí les importa. Los diputados del Congreso firmaron un punto resolutivo para negar que en el país haya habido un genocidio.
¿Quién anima a los diputados a promover ese tipo de puntos?
¿Quiénes son esas fuerzas oscuras?
Edelberto Torres Rivas
Lucrecia
Hay fuerzas. Ahí sí hay fuerzas oscuras dirigiendo.
Hay preguntas que si yo tuviera la respuesta no estaría aquí. Pues si va a poner fuerzas oscuras, ponga fuerzas oscuras acerca de las cuales hay conocimiento, pero hay temor de decirlas, porque se conocen quienes son, pero son malos, nos quieren matar. Pero usted no va a poner eso en su entrevista, su entrevista tiene cierta dignidad, cierta altura, preguntar por quiénes son los malos no tiene sentido. Eso es para otro nivel, digamos, para el nivel de una viejita a la que le leen la suerte. Los poderes oscuros, puede poner: son diabólicos, andan en el aire volando, nos ven y se dejan caer sobre nosotros, pero no pueden y se retiran, y hacen ruido con las alas y se van. Van a decir, y ¿esta entrevista qué? (Ríe)
Preciso lo que el profesor Torres Rivas quiso decir con su concisa expresión “fuerzas oscuras”, esas de las que siempre se supo y se sigue sabiendo quienes son porque socialmente tiene sentido ponerle nombre al miedo y jurídicamente, identificar a los responsables, juzgarlos y castigarlos.
Para ello, recurro a una sencilla fórmula: ¿quiénes se benefician con el negacionismo? Los miembros de las antiguas cúpulas militares, los que dieron las órdenes y los que las ejecutaron; la oligarquía más retrógrada y cavernaria del continente y los que don Edelberto denomina sus “choleros”. 
Todos tienen una cuota de responsabilidad directamente proporcional a la cuota de poder que tenían y tienen en sus manos y se benefician con actos dirigidos a legitimar y mantener su impunidad.
(No me río. Me pregunto con preocupación por qué el profesor Torres Rivas no le da importancia a si hubo o no genocidio pero si dice quiénes son esas fuerzas oscuras, lo matan. Ay, Guatemala.)

Agrego un comentario final a mi autoentrevista hecha con preguntas prestadas. 

Con su postura, el profesor Torres Rivas pareciera que ignora e irrespeta a las víctimas del genocidio ixil y los crímenes de lesa humanidad perpetrados decenas de miles de veces en Guatemala. En una palabra, es revictimizadora. Digo esto sin animosidad porque él no es parte de ellos; entiendo de matices y no veo el mundo en blanco y negro ni divido a los seres humanos en amigos y enemigos. 

Como colega suya, aunque sin su vasta experiencia y conocimientos, desde mi orilla –o sea, sin objetividad porque en última instancia soy una mujer que pretende ser una ciudadana que pretende justicia para su niño desaparecido- constato que las víctimas de graves y sistemáticas violaciones a los derechos humanos siguen siendo objeto (no sujeto) ocasional de estudio de la Sociología. Son (somos) ignoradas tanto en el sentido de “no saber” como de “no hacer caso”. 

Invisibilizada, lo lamento y recurro a la consabida fórmula “así es Guatemala”. Sin embargo, no dejo de esperar de todxs mis compatriotas, pero sobre todo de hombres y mujeres de la talla intelectual y profesional del profesor Torres Rivas, una ética distinta: solidaria, profundamente humana, no revictimizadora sino respetuosa del dolor y la dignidad de las víctimas –portadoras de la verdad histórica de los hechos sufridos, todavía me estremezco al recordar los testimonios de los hombres y mujeres ixiles-, comprometida con la justicia, la democracia con derechos humanos y no solo la de los rituales, y los valores superiores.

El juez Baltasar Garzón dijo recientemente en Guatemala que “Si un país asume y acepta la impunidad como norma, ese pueblo está marcado y condenado a sufrir en algún momento posterior la misma situación.” Contra eso, mientras viva mantendré mi lucha y compromiso.


[i] No está de más recordar que el Artículo 8 de la Ley de Reconciliación Nacional establece que “La extinción de la responsabilidad penal a que se refiere esta ley, no será aplicable a los delitos de genocidio, tortura y desaparición forzada, así como aquellos delitos que sean imprescriptibles o que no admitan la extinción de 12 responsabilidad penal, de conformidad con el derecho interno o los tratados internacionales ratificados por Guatemala.”

viernes, 15 de agosto de 2014

Los 45 000 nietos y nietas



_ ¿Qué tal está, mama? ¿Ya se enteró de la aparición del nieto de Estela de Carlotto?
_Sí, mija.
_ ¡Qué alegre! ¿Verdad?
_ ¡Qué bueno! ¡Qué dichosa ella!
_ ¡Qué dichosas todas las abuelas que han encontrado a sus nietos y nietas!
_ Sí, no cabe duda…
_ En Guatemala es difícil…
_ La vida es bella pero…
(Nos alegramos con tristeza. Caemos en la obviedad. “Guatemala no es Argentina”. Con sentimientos encontrados, me despido.)

El 6 de agosto se dio a conocer una feliz noticia: Guido y su abuela Estela Barnes de Carlotto, presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, se reencontraron tras casi cuatro décadas de búsqueda. Guido es uno de los 500 niños y niñas que nacieron en cautiverio o fueron detenidos y desaparecidos a muy corta edad junto con sus madres, padres o familiares y entregadas por los criminales a sus “apropiadores”, casi siempre miembros de los aparatos de terror estatal instalado en la Argentina de los setentas y la primera parte de los ochentas, o gente vinculada a ellos. Con él, son 114 las nietas y nietos que han vuelto al seno de sus verdaderas familias. Falta encontrar a 386 y restituirles su verdadera identidad.

Es una maravillosa noticia, “una pequeña victoria en una gran derrota que nos hemos dejado hacer”, como afirmó Guido Montoya Carlotto, que celebro como si fuera mía. 

Sin embargo, Guatemala no es Argentina… 

La primera diferencia, enorme diferencia, entre ambas realidades es que Estela de Carlotto está viva pese a la persecución y hostigamiento permanentes de la dictadura militar, que incluso desapareció y asesinó a sus fundadoras en 1977[i]. 

En Guatemala a lo largo de varias décadas persiguieron sistemáticamente a todas las personas que demandaron saber el paradero de sus familiares desaparecidos/as.[ii] Muchas de ellas fueron asesinadas o desaparecidas, otras salieron del país. Demandar la verdad sobre los/las desaparecidos/as era altamente peligroso; el solo hecho de ser familiar de algún/a desaparecido/a convertía a una persona en “sospechosa”, un adjetivo que pasó a tener calidad de sustantivo en los tiempos en los que se impuso la concepción del enemigo interno.

La segunda diferencia es que en Argentina está en marcha una política de la memoria y la verdad que, entre otras acciones, recurre a la enseñanza de lo sucedido durante la dictadura, museos, monumentos y otros simbolismos que forman parte de una serie medidas legitimadoras de los esfuerzos emprendidos por las víctimas y sus familias. 

La tercera diferencia es la derrota del ejército argentino en Las Malvinas, un hecho que precipitó su caída debilitándolo a tal grado que en 1985 se llevó a cabo el juicio a las juntas militares. En Guatemala el ejército está intacto, sus archivos son inaccesibles y los implicados en la comisión de los crímenes de lesa humanidad se encubren mutuamente mediante un pacto de silencio. Hemos tenido que esperar treinta años para ver a un militar jefe de Estado en el banquillo de los acusados y una vez sentenciado a prisión por el delito de genocidio, el proceso fue devuelto a sus inicios.

La cuarta diferencia es que Argentina posee un poder judicial independiente con las capacidades técnicas y el necesario acceso a la información para llevar adelante la investigación y enjuiciamiento de los responsables de las violaciones a los derechos humanos. Además, hay una política gubernamental respecto de la justicia transicional. Como producto de esta voluntad política y ética, en abril, por ejemplo, se confirmó la sentencia condenatoria a los responsables de la desaparición forzada de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo. Asimismo, a diciembre de 2013 se había condenado a 515 policías, militares y civiles por los crímenes cometidos durante la dictadura; el general golpista Rafael Videla murió en la cárcel a los 87 años donde cumplía dos sentencias, una de ellas por el robo de bebés.

En Guatemala la balanza aún no se inclina del lado de la justicia. Los poquísimos procesos judiciales en los casos de derechos humanos que han culminado con una sentencia condenatoria han debido sortear mil y un obstáculos. Estos van desde el retorcimiento de las leyes y el litigio malicioso hasta la persecución y amedrentamiento de jueces, testigos y fiscales, pasando por la imposición de decisiones ilegales, como las emitidas por la Corte de Constitucionalidad en el juicio de genocidio, la salida prematura de Claudia Paz y Paz de la jefatura del Ministerio Público, las sanciones gremiales contra la jueza Barrios, la criminalización de defensores y defensoras de los derechos humanos, etc.

La quinta diferencia es la existencia del Banco Nacional de Datos Genéticos. Fue creado por el gobierno argentino en 1987 como una de las respuestas a las demandas de las Abuelas que, con su tenacidad, contribuyeron de forma decisiva a avances impresionantes en este campo que hoy son utilizados en el mundo entero. Su objetivo es “garantizar la obtención, almacenamiento y análisis de la información genética que sea necesaria como prueba para el esclarecimiento de delitos de lesa humanidad y cuya ejecución se haya iniciado en el ámbito del Estado Nacional hasta el 10 de diciembre de 1983.” 

Guatemala ha incumplido con el establecimiento de un banco de datos genéticos[iii] y los gobiernos que se han sucedido en el poder desde la firma de los acuerdos de paz no han cumplido con la Recomendación 24 de la Comisión de Esclarecimiento Histórico[iv] respecto de la búsqueda y ubicación del paradero de los niños y niñas desaparecidos. En dicha Recomendación, la CEH insta al Estado a la “Creación de una Comisión Nacional de Búsqueda de Niños Desaparecidos con la función de buscar niños y niñas desaparecidas, adoptados ilegalmente o separados ilegalmente de su familia y documentar su desaparición”. 

La Ley 3590 que crearía la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Víctimas de Desaparición Forzada, una iniciativa de la sociedad civil para superar el silencio e inacción estatales, lleva siete años en el Congreso sin ser aprobada. Tanto el banco de datos genéticos como la aprobación de la mencionada ley son obligaciones internacionales de Guatemala ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en vista de que son parte de las medidas ordenadas por este tribunal en la sentencia de reparaciones de Marco Antonio, mi hermano (caso Molina Theissen vs. Guatemala).

Lo anterior no quiere decir que en Guatemala sea imposible saber qué pasó con las personas desaparecidas, en especial de quienes eran niños o niñas cuando fueron víctimas de este crimen atroz, buscarlos para devolvérselos a sus familias vivos o muertos y hacer justicia. Si en Argentina se ha podido hacer, nada nos impide continuar exigiendo acciones efectivas, como la aprobación de la ley 3590 y el banco de datos genéticos, lo que implica el cumplimiento de las sentencias de la Corte Interamericana en los casos de desapariciones forzadas y, en general, de las obligaciones internacionales del Estado en derechos humanos.

El reencuentro del nieto 114, Guido Montoya Carlotto, con su abuela Estela ha sido una alegría que debe multiplicarse en nuestro país, donde todavía hay 45 000 nietos y nietas desaparecidos, entre ellos, cinco mil niños/as. Mi hermano Marco Antonio; Glenda y Rosaura, las dos hijas de Adriana Portillo-Bartow, y su hermana Alma; el bebé de Clemencia Azmitia, a quien desaparecieron cuando tenía cuatro meses de embarazo, son alguna/os de ella/os. 

Para empezar a restituir a los 45 000 seres humanos desaparecidos, de todas las edades y condiciones, hay que rescatarlos del olvido y hacerles un lugar en la memoria individual y colectiva. 

Hay que abrir los archivos militares para buscar su rastro, recorrer los pasillos y mazmorras y horadar el suelo de los cuarteles tenebrosos. Hay que penetrar en la memoria de sus captores, torturadores, desaparecedores y asesinos y recorrer sus rincones hediondos, sus esquinas sangrantes, sus habitaciones oscuras. Quizá en alguna de ellas habiten las imágenes terribles de sus víctimas, su sufrimiento, el último instante que vivieron y guarden en un profundo abismo los nombres de quienes mataron, su último aliento. 

Un país entero tendría que dejar de hacer oídos sordos al dolor de sus familias, cruda e irreparable secuela del que les provocaron los tormentos que les eran infligidos a nuestros seres amados. También deberá dejar de ver para otro lado cuando sus abuelas, sus madres, padres, esposas, esposos, hijos/as, hermanas/os los buscamos, reclamamos justicia, saber la verdad y exigimos la devolución de sus restos.

Hay que atreverse a abrir los ojos, los de la cara y los del corazón, para ver en un desfile interminable sus 45 000 rostros en las envejecidas fotos que atesoramos quienes les sobrevivimos o leer sus nombres en las columnas de la Catedral y repetirlos uno a uno en voz muy alta.

Los 45 000 nietos y nietas desaparecidos en Guatemala eran hijos/as, padres o madres, hermanos/as, esposos/as, amigos/as de alguien. Pensemos en ellos y ellas un minuto. Quizá ese océano de tiempo se convierta en una ola gigantesca que arrase con la desmemoria y, ojalá, en un tsunami de justicia que borre para siempre la impunidad.


[i] El 30 de abril de 1977, las fundadoras de las Madres de la Plaza de Mayo Azucena Villaflor de Vicenti, María Esther Ballestrino de Careaga y Mari Ponce de Bianco fueron capturadas y arrojadas vivas al mar en uno de los llamados “vuelos de la muerte”. Sus restos no fueron identificados sino hasta 2005.
[ii] Por ejemplo, en 1971 doña Juana Loza de Molina fue internada en el hospital psiquiátrico por demandar la aparición de su hijo. En 1974 fue asesinado Edmundo Guerra Theilheimer, asesor jurídico del Comité de Familiares de Desaparecidos, conformado con el apoyo de la Asociación de Estudiantes Universitarios. En 1982 mis padres, Emma y Carlos, se sumaron a otro esfuerzo organizativo que terminó con la desaparición forzada de su principal promotor y de su hijo. Se reunían en el parque Central y manifestaban públicamente frente al Palacio Nacional en pleno estado de sitio.
El Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) surgió en 1984. Sobre todo en las zonas rurales del país muchas/os de sus integrantes fueron víctimas del gobierno del militar golpista Humberto Mejía Víctores. En la Semana Santa de 1985 fueron asesinados la fundadora del GAM Rosario Godoy, esposa del joven estudiante sancarlista Carlos Cuevas Molina detenido y desaparecido el 15 de mayo del año anterior; su hijo Augusto Rafael, un bebé de dos años que fue salvajemente torturado; y el joven Maynor Godoy Aldana, hermano menor de Rosario. Días antes, habían matado a Héctor Orlando Gómez Calito, de 32 años, vocero del GAM, a quien le cortaron la lengua.
[iii] Lo que existe es un esfuerzo privado, muy valorado, de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala. Ver más información en http://www.fafg.org/es
[iv] Se trata de las recomendaciones 22 y 24, citadas en Las víctimas de desaparición forzada no deben ser desaparecidas nuevamente

sábado, 9 de agosto de 2014

Desesperanzada esperanza



La esperanza le pertenece a la vida,
es la vida misma defendiéndose.
(Julio Cortázar, Rayuela)

Para Adriana, ella sabe por qué

Amanece. Aunque no fluyo con él, el tiempo no se detiene. Llegó agosto. Inacabada, inconclusa, imperfecta, como un rompecabezas mal armado al que le faltan piezas, así me siento. En los últimos meses he perdido el paso, he perdido el ánimo, he perdido el aire. Contenida, me voy llenando de palabras no dichas, lágrimas no lloradas, sueños frustrados. Bato el aire con las manos tratando de asirme a algo que le dé sentido a mi existir. Estoy en el vacío. Y sin embargo, tengo una vida tan plena como puede tenerla alguien que pasó por el infierno. Por ejemplo, febrero me trajo una alegría que debería llenarme para siempre. Y así es, indudablemente, pero no ha sido fácil asimilar lo sucedido en el último año en mi tierra, que siento menos mía y más de ellos cada día que pasa. Sigo atada irremediablemente a ese mágico tapiz de azules y de verdes por todo y por todxs los que, sin quererlo, he dejado atrás.

Ha sido un tiempo duro en el que me he propuesto desaprender un sentimiento nuevo, una mezcla de esperanza, satisfacción y alegría que de repente fue estrellada contra una pared. Poco a poco me fui hundiendo en una nueva impotencia, quizá más dolorosa tras haber probado la miel de las posibilidades.

Me repito incansablemente que todo está bien, que no debería de quejarme. Abro los brazos y con ellos estrecho un mundo diminuto, el mío, donde todo está hecho. Pero si veo más allá de la punta de mi nariz, más allá de mis fuerzas, más allá del amor que me sostiene y me ha traído hasta aquí, hasta ahora, hay otro mundo que no me pertenece, hay un país ajeno que alguna vez fue mío en luchas y utopías, hay guerras malditas que no puedo parar, crueldades y violencias que se ahondan, abismos en los que se hunde la vida.

Siguen matando a las niñas y niños. Desnudos y hambrientos, sin futuro posible, decenas de millares atraviesan fronteras con su miseria a cuestas, invisibilizados, exterminables, su humanidad negada. En otras latitudes, el fuego les llueve desde el cielo, las bombas parten sus cuerpos pequeñitos desmembrándolos. Son niños y niñas, como nuestros amados Sebastián y Franco, que tienen derecho a vivir en paz y a ser cuidados.

Me hace falta mi hermano y me hará falta siempre. Me moriré sin él, probablemente jamás lo encontraré ni sabré la verdad de lo que le hicieron, no veré nunca los rostros de sus victimarios. Probablemente tampoco se podrá hacer justicia pero son cosas que no aceptaré nunca, no voy a abandonarlo ni a abandonar la búsqueda de la verdad y la justicia.

Y no puedo hacer nada.

Así, me siento oprimida de adentro hacia afuera por esta sensación de desasosiego, inconformidad y hartazgo de peleas y derrotas; oprimida de afuera hacia adentro por circunstancias que no puedo cambiar por más que se haya intentado y se siga intentando; impotente, escindida, siento que tengo la vida construida y a la vez en ruinas; una existencia en la que pese a que todo está hecho estoy de nuevo en cero.

¿Cómo llenar de agua fresca el cántaro vacío que llevo en el pecho? ¿Qué camino tomar a esta altura de mi vida en la que todo me hace falta y nada me hace falta?

Me he preguntado repetidamente a lo largo de estos meses por el sentido de la vida, tratando de darle a mi existencia un propósito. He luchado contra la ansiedad, el insomnio, la desolación y la tristeza. He tocado el fondo del fondo del fondo y, derrotada, aún no dejo de caer. Pero una cosa es saberme derrotada en las mil batallas emprendidas y otra, darme por vencida. Eso no lo haré nunca, no quiero, no me da la gana, no puedo. Sería negar mi vida entera. Traicionarme.

Náufraga en un mar de incertidumbre, busco a qué asirme para salir a flote.

La vida y su impulso son demasiado poderosos. Cierro los ojos y me dejo llevar por su inercia. Con los pies en la tierra y la cabeza en los sueños, vuelvo a territorio conocido: un mundo (y una Guatemala) hecho de espinas, de guerras, injusticias y desigualdades que parecen eternas e inamovibles.

Para seguir entera, sin fisuras ni pliegues, me aferro al sueño de un país distinto, de un mundo diferente, donde se viva sin miedo, con las puertas y el corazón abiertos. Recuerdo mi terquedad. Empiezo a sentirme nuevamente parte de la corriente civilizadora que, desde el principio de los tiempos, se ha empeñado en lograr la igualdad, el bienestar y la felicidad de todos los seres humanos. No es fácil sentir la cercanía en el clic, el ícono y la imagen que nos identifica en las redes sociales, pero no debo olvidarme que no estoy sola en esto. Estoy rodeada de gente que siente y sufre intensamente por lo mismo que me sigue indignando.

Indignada, sin esperanzas, impotente, le pido a mi corazón que comprenda que mi tiempo personal no es el tiempo histórico. Con paciencia y terquedad, atrincherada en los abrazos verdaderos (también, hasta donde se puede, en los virtuales), seguiré esperando amaneceres. Buenos tiempos vendrán, no los veré seguramente, pero talvez mis hijos y sus hijos/as serán constructores y testigos de ese nuevo mundo, del sueño compartido transformado en verdad.

No guardo ni quiero la esperanza y el optimismo para mis causas personales. En esta espera y lucha interminables, si tengo esperanza, desespero, se me cae la cáscara, y el optimismo es imposible en estos tiempos terribles. No esperar nada en esta búsqueda que ya dura 33 años me ha hecho celebrar cada milímetro que avanzo y no rendirme.

Desde las múltiples derrotas, desvestida del poder de los que tiran bombas, matan despiadadamente, mantienen a los niños y niñas en la miseria y convierten el bienestar en privilegio de unos pocos, con dignidad y esta esperanza desesperanzada, continúo soñando con un mundo distinto y desgranando en palabras la mazorca de la memoria amorosa de nuestros seres queridos/as víctimas del genocidio, la desaparición forzada y la muerte.

Debo tener presente que las sociedades y los procesos sociales, humanos, no están dados. Cómo vivimos es el producto histórico de nuestras decisiones y actuaciones. Para ello debemos tomar la historia con las manos poniendo en juego todas nuestras capacidades y posibilidades.

La historia no es un río que nos lleva, es un camino que debemos construir entre todos y todas y nuestra tierra, el hermoso escenario en el que creamos una obra colectiva. Elijamos nuestros papeles, escribamos los diálogos, no dejemos que otros nos ordenen qué es lo que vamos a decir y cómo actuar. Hagamos algo distinto a lo que hemos hecho hasta ahora. Ejerzamos nuestra libertad de soñar y actuar. Construyamos un mundo de paz, sin temores, sin guerras, sin hambre, sin más violaciones a los derechos de las personas, sin discriminación, con justicia, igualdad, bienestar y felicidad para todos y todas.