lunes, 9 de junio de 2014

Cadenas perpetuas



La condena dictada por un tribunal suizo contra el ex jefe de la Policía Nacional Civil guatemalteca Erwin Sperisen ha levantado una oleada de enconadas reacciones en contrario, entre estas un insólito video del ex presidente Oscar Berger (2004-2008) y declaraciones del ex vicepresidente Eduardo Stein. Estas, a mi parecer, están completamente fuera de lugar una vez que la justicia ha hablado. En su afán de justificar el asesinato ilegal y el abuso de poder como actos de heroísmo y patriotismo, ambos incurren en apología del delito (art. 395 del Código Penal).

En su momento, Pavón fue la metáfora perfecta de una Guatemala en manos de criminales en la que hombres investidos de poder deciden asesinar a sangre fría a quienes se salen de la norma. En este caso, las víctimas no fueron opositores/as políticos/as, sino delincuentes que con sus negocios ilícitos eran una amenaza para sus competidores, libres y poderosos.

¿Por qué es justa la condena dictada por el tribunal suizo? Hay una ley universal que figura históricamente en todos los códigos de conducta de las sociedades humanas, desde los diez mandamientos hasta los más sofisticados códigos penales: NO MATARÁS. La propia ley penal prevé excepciones a este mandamiento, como cuando se mata en defensa propia –que no es el caso de Pavón- o el Estado ejecuta a un condenado a muerte por un tribunal. Asimismo, en el contexto de las guerras internas o internacionales se aplican las Convenciones de Ginebra.

En este caso, Sperisen y sus pares MATARON PERSONAS extrajudicialmente. Ese el hecho puro y duro y, después de examinarlo, el tribunal suizo concluyó en su sentencia que “(…) está claro que los móviles perseguidos son egoístas y particularmente odiosos, así como la forma de actuar, la cual denota una falta particular de escrúpulos.” Asimismo, dijo que 

Teniendo en cuenta la gravedad de los hechos, el número de víctimas, la falta de empatía frente a ellas y la falta de conciencia de la gravedad de sus actos, solo una condena de privación de libertad de por vida es susceptible de sancionar el comportamiento del acusado.[i]
Las mil justificaciones para ese hecho criminal que le rondan a media Guatemala en la cabeza, en cualquier otra sociedad, como la suiza, no son válidas. Allí, como en los países que se precian de ser civilizados, las relaciones sociales están establecidas sobre el principio de que la vida humana es inviolable. 

¿Qué las víctimas de Pavón eran delincuentes de la peor calaña? Eso no los privó de su derecho a vivir.

¿Qué los reos seguían delinquiendo desde la prisión? Tampoco es una razón valedera para que se les mate y se exima a los perpetradores de su responsabilidad penal.

Sin embargo, en Guatemala sigue prevaleciendo una cultura de la violencia y la muerte, que legitima los desmanes de los poderosos quienes, con descaro, se encubren mutuamente. Hace tres, cuatro y cinco décadas los crímenes fueron el genocidio y la desaparición forzada, luego la llamada limpieza social que convirtió a los niños y niñas de la calle en presas de la policía; ahora, son otras víctimas y otras etiquetas para mucho más de lo mismo. Las ejecuciones extrajudiciales por las que Sperisen fue condenado, forman parte de ese continuo histórico de la violencia y son una de sus múltiples manifestaciones.

En los comentarios de quienes rechazan la decisión de la justicia suiza se expresan la naturalización de la violencia y el crimen y el respaldo entusiasta a la impunidad de quienes los cometen. ¿Qué teclas nos tocan en la cabeza y en el corazón para aplaudir los crímenes y apoyar a los criminales? ¿Seguimos teniendo una distorsionada imagen del país, en blanco y negro, en la que nos libraremos de la ley no escrita que impone la muerte por la disidencia siendo “buenos”? ¿Ser “buenos” significa que –sometidos/as, sumisos/as, callados/as, obedientes, genuflexos/as, acríticos/as – nos adscribimos sin pensar a los dictados del poder? ¿En qué contexto se observan estas reacciones?

Me imagino a Guatemala como un corral de ovejas en donde hay que obedecer al amo sin preguntas y la disidencia y la diferencia se castigan con la muerte. Las ovejas de cualquier color que no sea el dominante, las díscolas, las rebeldes, las desobedientes, las que se atreven a balar una tonada distinta, que además no tienen ni riquezas ni poder, han sido históricamente etiquetadas como el enemigo a exterminar: comunistas, revolucionarios, enemigas del desarrollo hasta mareros/as y delincuentes, ponga usted el miedo y le decimos a quién hay que matar. Para los poderosos se reservan otras etiquetas: héroe, salvador de la patria, defensor del Estado de Derecho y de la democracia. 

Ese estado de cosas inhumano, tremendamente violento, amargo, muy duro, es socialmente aceptado. Para conseguirlo, se necesita de una población deshumanizada, partidaria de la violencia, conformista y acrítica, que aplauda con entusiasmo el asesinato de la gente desechable aunque provenga de sus filas. Así, lamentablemente, es demasiada la gente que continúa dividiendo a la sociedad guatemalteca en dos categorías: los matables y los que matan. Los que matan no la deben porque las culpables son las propias víctimas; entonces, tampoco la pagan. O sea, no hay justicia sino impunidad basada, entre otras cosas, en inducir la culpa sobre las víctimas.

Esta ley no escrita nos rige con mucha más fuerza que la Constitución Política y las leyes. Mientras estos textos no son conocidos por la mayoría de la población, el mandato de muerte y de silencio está inscrito a sangre y fuego en las cabezas de todas las ovejas que ahora, cuando pueden, también matan porque, total, ¿qué me puede pasar si no hay justicia? Son las lecciones del poder que están en la base de una cotidianidad en blanco y negro, de buenos y malos, en la que se instala maniqueamente el “si no mato, me matan”. De esta forma, se naturalizan la violencia, los peores crímenes del pasado y del presente son lo normal y necesario para salvarnos de lo que sea, lo excepcional es que se castigue a los criminales lo cual casi nunca sucede si tienen dinero o poder o ambas cosas, como son los casos de Sperisen, Ríos Montt y otros tantos a los que se les sigue llamando “señor presidente”, “señor ministro”, “señor jefe...”, “señor diputado”...

Además, tras décadas, siglos de violencia y de muerte, aterradoras imágenes de cuerpos destrozados cruelmente por la tortura y las mutilaciones, años de años de asistir con impotencia (o, en el peor de los casos, con simpatía) a los atroces crímenes de los lucas garcía, los ríos montt y otro montón de hombres (que en cualquier otro país probablemente estarían en prisión) han dejado en nuestras almas capas de temor, silencio, indiferencia, que nos inmovilizan haciendo posible que este estado de cosas se perpetúe.

La condena de Sperisen nos pone un espejo de aumento en el rostro, nos quita las máscaras y ojalá la venda de los ojos, nos muestra las profundas fracturas que nos atraviesan como sociedad, nuestros abismales desacuerdos en torno a la justicia y otros asuntos centrales para nuestra vida en común. 

No sirve de nada romper el espejo, renegar de la justicia suiza, escupir xenofobia, defender a ultranza la soberanía y manifestar un espíritu patriótico que no aparecen cuando se trata de La Puya o Barillas o los desalojos del Polochic. ¡Ah, verdad! Si es que tenemos una doble moralitis infecciosa y pestilente y una confusión intencionada, nada ingenua ni estúpida, que nos socava en términos humanos degradándonos espiritualmente.

La realidad es terca. Allí seguirá con sus llagas purulentas y sus efluvios malolientes mientras que con nuestro terror, silencio, indiferencia o abierta complicidad, sigamos respaldando activa o pasivamente una situación que coloca a Guatemala en los primeros lugares de una vergonzosa lista de los países más violentos e impunes del mundo y nuestro único mérito es que probablemente hay un par que están peor que nosotros. 

¿Hay salida? Por supuesto que sí. Como todo lo que hacemos los humanos, Guatemala es una construcción social y puede ser cambiada. Es más, debe ser reedificada desde sus cimientos. No es sencillo ni fácil. Es un propósito que se ha intentado realizar innumerables veces a lo largo de nuestra historia reciente, y se sigue intentando. En esos esfuerzos, muchas veces me irritaba escuchar que para cambiar a Guatemala primero teníamos que cambiar nosotros/as mismos/as. Ahora creo que es imperativo que lo hagamos. 

Entonces, no rompamos el espejo. Aprovechemos esta ocasión, ya que la del juicio de genocidio fue desperdiciada lastimosamente, para examinarnos a nosotros/as mismos/as y preguntarnos si aplaudir los crímenes y a los criminales es lo correcto, si está bien legitimar la injusticia y avalar la impunidad con nuestro silencio o con nuestras desaforadas manifestaciones de complicidad en las que, además de las palabrotas, destilamos el odio, el cinismo y el racismo que anidan en nuestro interior. 

Empecemos por entender que el condenado a cadena perpetua en Suiza debe ser considerado una persona igual a todas ante la ley. Con todo su poder, dinero y un aspecto que coincide con el de los dueños del mundo, Sperisen debió respetar las leyes que rigen para todos los guatemaltecos y guatemaltecas.

Aceptemos sin reservas que la vida humana es inviolable, que todas los guatemaltecos y guatemaltecas sin excepción tenemos derecho a vivir y a morir de muerte natural. Eso implica que las víctimas de ayer y de ahora (y sus familias) tenemos derecho a la justicia y que la impunidad debe ser erradicada.

Comprendamos también que el hecho de que en Guatemala no haya un sistema de administración de justicia independiente que aplique la ley por parejo a los delincuentes de cualquier tamaño, origen y procedencia, es una situación excepcional. En casi todos los países del mundo, quien mata o comete algún delito es sometido a juicio con las garantías de un debido proceso y, si es culpable, se le castiga como lo ordena la ley. Es urgente construir un sistema de justicia capaz de hacer lo que se hizo en Suiza.

Atrevámonos a cambiar. Hagámonos una radiografía del alma, echemos de nuestra cabeza al militar que nos controla, construyamos nuestra autonomía personal. Dejemos de ser nuestros peores enemigos. Remontemos la deshumanización, sensibilicémonos, seamos solidarios/as y capaces de sentir en lo más profundo el dolor que siguen provocando la injusticia, la violencia y la impunidad en Guatemala.

Quizá si cambiamos nuestras percepciones y opiniones sobre la vida en sociedad, cambiaremos nuestras decisiones electorales y no votaremos nunca más por criminales, presuntos criminales o sus cómplices. Quizá así podamos establecer las condiciones y posibilidades para establecer un nuevo pacto social en el que no haya dos clases de guatemaltecos/as: exterminadores y exterminables.

Mientras tanto, yo, que sigo estando en la orilla opuesta, junto con mi familia y las de 45 000 personas más, seguiré condenada a la cadena perpetua de la desaparición forzada de mi hermano y la impunidad en la que permanece este hecho atroz, un crimen de lesa humanidad imprescriptible y continuado. Con nuestra persistencia, espero que estemos abonando la semilla para construir un país distinto, esa Guatemala posible que debe ser edificada.

viernes, 30 de mayo de 2014

Novilunio

¿Habrá alguien a esta hora que me piense? ¿Qué se acuerde de mí? ¿Qué me sueñe? ¿Qué me vea asomada a la ventana? Soy una sombra que camina entre sombras. Un fantasma. Silenciosa, dejo que mi alma se vaya de mis ojos y floto liviana sobre la noche que se extiende hasta donde el horizonte se corta con el perfil de las montañas. El atardecer fue una nube sepia en la que se sumergió el sol. No hay luna. Hoy es el novilunio. La oscuridad se esparce como tinta borrando los colores. 

(Hermano, usted es la luna que hoy busco inútilmente.)

Cansada, vuelvo a mi cama. Me acuesto y enredo mis piernas con las sábanas. Las muevo con un frenesí que talvez me ayude a desprenderme de este desasosiego. Estoy perdida. Pego las rodillas contra el pecho donde ruge un volcán inflamado por la ira. Las aprieto contra mí. Hecha un nudo, me abrazo y me hundo en el llanto silencioso de las madrugadas.


(Guatemala se escribe con “G” de genocidio. ¿Cómo se atreven a negarlo, a ignorar a las decenas de millares de víctimas, a pisotear el derecho de acceder a la justicia a los/las sobrevivientes? La justicia es como esta luna nueva. Por más que escudriño el cielo, no la encuentro.)

Mi sangre es un torrente de lava que, hirviente, circula por mis venas. Si me muriera en este instante, me iría de este mundo con tanta rabia que haría arder al mismo infierno. Los espasmos del llanto acallado, secreto, hacen ondular mi cuerpo, débil y pequeño, como un mar embravecido. La luz que entra por las rendijas delinea largas cabelleras de cometas en el cielo de mi cuarto. 

(Guatemala se escribe con “G” de genocidio. Es muy duro escribirlo, pensarlo, decírmelo en voz alta, adolorida voz, pero más duro que eso son las experiencias de las víctimas que han sobrellevado el sufrimiento calladamente durante décadas.)

Guatemala es un espejo oscurecido que no devuelve mi imagen ni la de las víctimas y sobrevivientes de las atrocidades. 

Como la luna nueva, parece que no existo, que no soy un ser humano, que no soy ciudadana. Soy ajena al duro núcleo del poder donde conviven unos pocos. Una pieza suelta que no encaja en el rompecabezas social establecido por los sectores dominantes. Desechada y despreciada, para mí no hay cabida en los relatos oficiales del pasado.

Y sin embargo, no puedo elegir qué ser. Ya lo hice, estoy moldeada por mis propias decisiones y por sus decisiones. Ellos me hicieron ser la hermana de un niño desaparecido. (También niegan a los desaparecidos/as). En un país tan polarizado como el nuestro, nací del lado opuesto. Soy mi historia personal y soy parte de la Historia del horror al que nos sometieron. Soy –somos- Historia encarnada. No es justo que con una vida ya vivida, deba seguir buscando mi lugar en el mundo, aún insatisfecha, mutilada, desciudadanizada. Al traicionar la paz y dividir a Guatemala, al continuar sembrando la violencia y el miedo, quieren imponernos una “paz” a costa del silencio, de la negación de las atrocidades, de la impunidad de los perpetradores a quienes premian con su insoportable levedad.

Como en aquellos años, nos siguen borrando de la vida, nos quieren calladas/os, sumisos/as, arrodilladas/os, impotentes. Pero, como la luna nueva, invisibilizados/as orbitamos alrededor de sus conciencias, si las tienen.

miércoles, 21 de mayo de 2014

La audiencia del 16 de mayo en la Corte Interamericana de Derechos Humanos


Todavía no consigo juntar el alma con el cuerpo. Está por un algún lado donde se quedó esperándome mientras participaba en la audiencia de la Corte IDH –celebrada el 16 de mayo- en la que este tribunal conoció los obstáculos que inciden en el incumplimiento del Estado guatemalteco de sus obligaciones de investigar, juzgar y castigar a los responsables de los hechos que originaron nuestras demandas ante el sistema interamericano de derechos humanos.

Los once casos objeto de la audiencia fueron Nicholas Blake (desaparición forzada), Maritza Urrutia (detención ilegal y tortura), Plan de Sánchez (masacre), Carpio Nicolle (ejecución extrajudicial), Tiu Tojin (desaparición forzada), Florencio Chitay Nech (desaparición forzada), Mack Chang (ejecución extrajudicial), Niños de la calle (Villagrán Morales y otros) (ejecuciones extrajudiciales), Bámaca Velásquez (desaparición forzada), Molina Theissen (desaparición forzada) y Las Dos Erres (masacre). Todos tienen dos características: se refieren a graves violaciones a los derechos humanos y en ninguno se ha hecho justicia.

El 15 de mayo me uní a una pléyade de valerosos/as defensores y defensoras de derechos humanos, abogados/as litigantes y víctimas para preparar las intervenciones. Con muchas tazas de café y no sé cuantas galletas, compartimos solidariamente durante una larga jornada en la que el sol le dio paso a la lluvia y, por la noche, nos alumbró la tenue claridad de la luna llena que brilló alta en un cielo despejado, sin nubes. Mientras trabajábamos, pensaba cómo iba a sentirme frente al señor agente del Estado, Antonio Arenales Forno, quien acudió a la cita con un solo objetivo: reafirmar la política de impunidad adoptada por el actual gobierno.

Confieso que, por momentos, me asaltaba un vago temor, como me pasa cuando debo ir a la dentista. Antes de la cita me acuerdo del ruido y el golpeteo del taladro, los pinchazos de la anestesia, la fuerte luz sobre mis ojos, tan molesta. Se me eriza la piel. Pero cuando estoy tendida sobre la silla, me olvido de todo, abro la boca y constato que es peor lo que imagino que lo que vivo en realidad.

Así pasó el 16 de mayo, sin temores, blindada, estaba lista para escuchar los enrevesados “argumentos” del señor representante del Estado y tratar de descifrarlos. Afuera dejé la cólera, la desolación, la frustración y también el alma. Durante 35 interminables minutos, el señor Arenales se dedicó a intentar fundamentar la política de impunidad del actual gobierno. Estoy segura de que a sabiendas de que no puede ni debe hacerlo, impugnó la jurisdicción de la Corte e hizo un arroz con mango con los principios del Derecho Internacional de los Derechos Humanos y el Derecho Penal. No dijo nada nuevo, repitió hasta el cansancio lo mismo que ha venido diciendo y escribiendo desde los inicios de 2012.

Al concluir la intervención del Estado, la defensora de los derechos humanos Helen Mack le describió a la Corte, con mesura pero con contundencia, la situación de la justicia en Guatemala. Les hizo saber a los señores jueces que se ha reimplantado una política de Estado que, tal como lo dijo su representante, niega la competencia de este tribunal, desconoce la obligatoriedad de sus fallos, incumple sus obligaciones internacionales e ignora deliberadamente las atrocidades y a las víctimas, a las que nos continúa negando los derechos a la verdad y la justicia. La impunidad se sostiene en una institucionalidad de justicia cooptada por los poderes fácticos, en un contexto de remilitarización en distintos ámbitos. Todo esto se expresa en el retorcimiento de las leyes, el cercenamiento de la incipiente independencia judicial y las campañas de guerra psicológica, que van desde la ideologización del discurso y la manipulación de la llamada opinión pública hasta la reconfiguración de un nuevo enemigo interno, que es toda aquella persona o entidad que exige respeto a sus derechos.

Esto se encuentra en la base de la criminalización de las defensoras/es de derechos humanos, los operadores/as de justicia que actúan con independencia y las víctimas de graves violaciones que exigen la verdad y el enjuiciamiento y castigo de los responsables. Para ejemplificar, Helen se refirió al hostigamiento, las amenazas y el abandono sufridos por el magistrado César Barrientos, que lo condujeron a acabar con su vida; las resoluciones ilegales de la Corte de Constitucionalidad que resultaron en la defenestración de Claudia Paz y Paz y la anulación del proceso penal contra el genocida Ríos Montt; la sanción contra la jueza Yassmín Barrios, a la que se suma la acción emprendida por el tribunal de honor del colegio de abogados contra Nery Rodenas, de la ODHAG, y el nefasto punto resolutivo 3-2014 que niega el genocidio.

(La noche del martes 13 la pasé casi en blanco después de enterarme de la resolución de olvido del genocidio, increíble pero cierta en el país en el que se ven muertos acarreando basura. Los dipucacos manifestaron desvergonzadamente su complicidad con los genocidas usando un lenguaje engañoso, salpicado de palabras hermosas como paz y derechos humanos, en otra resolución ilegal que pretendieron legitimar invocando tratados internacionales y la constitución política. Es un hecho indignante. como todo lo que está sucediendo en Guatemala en el campo de la justicia y en tantas otras facetas de la vida social y política del país.)

Durante los siguientes quince minutos, el abogado Leopoldo Zeissig explicó con detalle las dificultades que limitan e impiden el avance de los procesos penales, como la ausencia de planes adecuados de investigación, la negativa permanente del Ministerio de la Defensa a entregar la información depositada en los archivos militares, el abuso reiterado de los recursos de amparo que, en actitud cómplice, son acogidos por la Corte de Constitucionalidad para dar más largas a los procesos, su paralización mediante el litigio malicioso y los recursos dirigidos a que se aplique la Ley de Reconciliación Nacional (ley de amnistía) a los acusados de delitos de lesa humanidad (genocidio, desaparición forzada y tortura), que fueron excluidos de la exención de responsabilidad penal; la falta de ejecución de las órdenes de detención de personas presuntamente involucradas; y la falta de garantías de trasparencia e idoneidad de muchos operadores/as de justicia.

Posteriormente, Viviana Krsticevic, directora de CEJIL, entidad que nos representa ante los órganos del sistema interamericano, solicitó una nueva audiencia -ojalá pública- para que el Estado le informe sobre los avances en la justicia en estos once casos, además de manifestar que esperamos que en su resolución le recuerde con firmeza sus obligaciones internacionales, entre otras peticiones dirigidas a que Guatemala cumpla con las sentencias y se resguarden la integridad y la vida de las personas implicadas.

Le siguió el representante de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el abogado James Cavallaro, expresó los criterios de este órgano acerca de esta situación al tiempo que le llamó la atención al Estado respecto de su obligación de cumplir su deber de investigar. Asimismo, hizo saber la preocupación de la CIDH sobre el punto resolutivo 3-2014, la que esta instancia hizo pública mediante un comunicado.

En su réplica, el representante del Estado volvió sobre los mismos “argumentos”. Esta vez le respondieron Marcia Aguiluz, directora de CEJIL Mesoamérica, y Édgar Pérez, el representante de las víctimas del genocidio del pueblo ixil y las masacres de Las Dos Erres y Río Negro, entre otros casos.

Luego tomé la palabra en nombre de mi hermano para recordar a las víctimas, que no son un expediente sino personas con derechos y la razón de ser del sistema. Entre otras cosas, señalé que el Estado violó su propia legalidad para masacrar, torturar, desaparecer y asesinar a decenas de millares de personas y ahora se niega a reconocer su responsabilidad y hacer justicia, con lo cual nos vuelve a victimizar.

Al finalizar la audiencia, con Eugenia, mi hermana, cruzamos el recinto hacia la derecha –literal y simbólicamente- y, en un intento de exorcismo, le mostramos una foto de Marco Antonio bebé al representante del Estado. El señor sin permitir que mi mirada traspasara la suya, tras saludarnos quiso repetirnos su discurso sobre por qué no se puede juzgar la desaparición forzada. Yo –que no quería otra cosa que demostrarme a mí misma que puedo estar cerca de personas como él sin desintegrarme- le dije que podía decir lo mismo durante mil años que jamás estaríamos de acuerdo. Me despedí deseándole que ojalá pudiera dormir con la conciencia tranquila, “si es que la tiene”, agregó Eugenia.

Por lo escuchado esa mañana, es evidente que nada les importa con tal de conseguir el resguardo de la impunidad de los terroristas de Estado y sus cómplices en los estamentos de poder. Ya pagaron el costo político de haber anulado el juicio de genocidio, acortado el mandato de Claudia Paz y Paz, perjudicado la carrera judicial de Yassmín Barrios y emitido un punto resolutivo con el que hacen saltar por los aires lo poquito que podía quedar de la independencia judicial y el Estado de Derecho. Esta clase de magos no recurre a varitas mágicas, chisteras o mazos de cartas para sus actos de encantamiento y cuando cortan a la mujer en dos, la cortan de verdad. De su maleta salen tanto resoluciones ilegales de la CC, puntos resolutivos y sanciones mañosas como sobornos millonarios, amenazas de muerte e infumables pasquines… Son hombres acostumbrados a moverse a conveniencia entre la legalidad y la ilegalidad y, con sus actos y decires, revelan el proceso de remilitarización que vive nuestro país.

En esta audiencia quedó demostrado palmariamente que quienes rompieron con las leyes humanas y divinas (“no matarás”) y crearon un mundo paralelo en el que impusieron su voluntad mortal como única ley, ahora reducen sus obligaciones internacionales a un perverso juego de palabras. Para quienes fueron capaces de haber matado, torturado y desaparecido a centenares de miles de personas, incluyendo niños y niñas, aún los no nacidos, mujeres y adultos/as mayores, es un juego de niños desafiar a la Corte, convertir en papel mojado la Convención Americana y sus sentencias y trastrocar los principios del Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Profieren sus falacias al estilo acuñado por Goebbels: “Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad". Al igual que el hitleriano alquimista de las palabras, el señor representante del Estado espera que sus afirmaciones mentirosas se conviertan en verdades aceptadas.

No fue sencillo estar allí ese día, pero encontré inspiración y fortaleza en mi hermano –que me acompañó desde mi corazón-, mi hermana, Nery, en los valiosos hombres y mujeres que, en primera línea, continúan demandando decencia y justicia en Guatemala y en las comprometidas abogadas de Cejil. Desde mi orilla, este comportamiento del Estado constituye un insulto al Derecho, a la profesión de abogado/a y a la inteligencia y autoridad de los jueces, además de ser revictimizador.

En el país del nunca jamás, el sol sale por el poniente, el planeta gira al revés y la verdad se muere en la boca de los criminales. Los relojes y calendarios marcan el ritmo de lo cotidiano, pero a nosotrxs, desempoderadxs, el tiempo de la Historia nos está vedado. Sin Poder, con P mayúscula, me es imposible cambiar la mentalidad y la voluntad de un puñado de hombres que pretenden imponernos el silencio, perpetuar la injusticia, negar a las víctimas y decretar el olvido de sus atrocidades. Lo que sí puedo hacer, con toda mi alma, es no callar, recordar con amor a mi hermano y, en su nombre y en el de todas las víctimas, mantener encendida la llama de la verdad y la justicia que, algún día, se convertirá en una hoguera purificadora que arrasará con las mentiras y las manipulaciones y allanará el camino hacia una paz verdadera.

lunes, 12 de mayo de 2014

La breve primavera de la justicia



Llueve a torrentes. Es mayo nuevamente. El 10 celebramos la breve primavera de la justicia iniciada por la sentencia del juicio por genocidio que condenó al general Efraín Ríos Montt a ochenta años de prisión por este crimen de lesa humanidad. Como no podíamos dejar pasar la fecha sin hacer algo, tras un rápido intercambio de correos, un grupo de compatriotas acordamos reunirnos en la plaza de La Cultura y participar de la iniciativa que se desarrolló en muchas otras ciudades.

A las 9:30 de la mañana de este especial Día de la Madre, el aire estaba cuajado de palomas oscuras. Mientras J. estacionaba el carro, me quedé en la acera con dos sillas, dos bancos, una caja con las camisetas conmemorativas y volantes, una pancarta de 2 x 2 del “Ángel que Grita” cedido por su autor (¡gracias, Daniel!), un megáfono colgando de mi hombro y un bolsito de tela diminuto con la cédula de residente por si las moscas.


Mientras pensaba cómo íbamos a llevar todo hasta el otro lado de la plaza, un joven se acercó a curiosear. Desconfiadota, guatemalteca al fin, me apreté el megáfono a la cintura mientras le explicaba que nos aprestábamos a celebrar un año de la sentencia que condenó al genocida a 80 años de prisión y, orgullosa, desplegué la pancarta ante sus ojos. Con su ayuda trasladamos las cosas.

No teníamos ni cinco minutos de estar en la plaza cuando llegó la policía. Sin el permiso de la Municipalidad (¿cuál permiso?) no podríamos poner el ángel ni usar el megáfono. Al igual que el día del plantón frente a la embajada de Guatemala, les explicamos nuestros motivos y uno de los polis le comunicó a su comandanta que “dos femeninas, guatemaltecas, etc.” Guardamos el aparato y, mientras esperábamos la autorización de la señora, enarbolamos el ángel. La gente que pasaba curioseando quizá trataba de descifrar la imagen, adivinar el significado de la palabra genocidio –tan ajeno a esta realidad- o averiguar qué hacía allí la policía.

La comandanta no solamente nos autorizó a quedarnos, también les pidió a los policías que colgaran la pancarta entre el árbol y un poste del alumbrado, en un lugar que no estorbara el paso. Así, nos instalamos, dueñas y señoras de la esquina sombreada, al noroeste de la plaza, donde se nos unieron Ale, Sebastián, Marce, Nacho, Laura, T., S., Ovidio, Juanca y su hijo.

La plaza fue llenándose de gente. Un grupo numeroso rodeó a unos predicadores anti ateos, el vendedor de lotería (en tico, el “chancero”) llamaba desde su silla de ruedas a comprar tal o cual número mientras unas jóvenes payasas y unos inmensos ratones Mickey y Minnie se tomaban fotos con niños y niñas de todas las edades y tamaños. Para hacer más surreal la escena, llegó un payaso del circo Navarro que, cuando vio el nombre de Guatemala, se acercó a contarnos que estaba en la Antigua cuando el terremoto del 76. El maquillaje –la cara pintada de rojo y blanco, las cejas delineadas con gruesos trazos negros- no alcanzaba a ocultar sus arrugas, mientras hablaba no dejaba de mover un títere que colgaba de su mano derecha, en la otra llevaba un montón de rústicos muñecos coloridos que brincoteaban cada vez que el hombre caminaba. La atmósfera carnavalesca se completaba con las estridencias de las trompetas que se vendían como pan caliente para amenizar el clásico del fútbol tico de la noche.

Nuestra puesta en escena fue tomando forma. Como sacados de la chistera de un mago fueron apareciendo una gran bandera de Guatemala que se puso al lado del ángel, un mantel para cubrir la mesa, las camisetas y las tizas con las que llenamos el suelo irregular de la plaza con datos del genocidio, demandas de justicia y un colorido “Mi corazón es ixil”.


A lo largo de la mañana continuó el desfile en ese lugar por el que pasan cada día millares de personas. Muchas siguieron apresuradas su camino sin siquiera voltear, pero otras se detuvieron, nos preguntaron y se fueron con una verdad indigerible que les era absolutamente desconocida: que a unos mil kilómetros de su pacífico territorio había ocurrido el genocidio más grande del hemisferio occidental en la época contemporánea. Algunxs repetían “Ríos Montt”, el nombre y la cara les sonaban cuando leían 

Ríos Montt = Adolfo Hitler

Nuestra celebración de la sentencia también fue una protesta y una denuncia por su anulación el 20 de mayo mediante una resolución ilegal de la Corte de Constitucionalidad. Hace un año, cuando la jueza Barrios leía la sentencia, también me acompañó la lluvia. La escuché incrédula y perpleja, y, como he dicho tantas veces, creí que debía vivir cien años por lo menos para ver uno de mis sueños realizado durante la brevísima primavera de la justicia de mayo de 2013.

Me invadió un sentimiento desconocido respecto de estos asuntos: la satisfacción. Sin embargo, la experimenté con cautela y hasta con cierta angustia que reprimí para intentar que se desbocara mi alegría, porque más que leguleyadas esperaba balazos. Temí que la reacción del criminal y sus cómplices fuera violenta y que intentaran acabar con las vidas de quienes han sido configurados en el imaginario del poder como sus sempiternas víctimas y enemigas: los hombres y mujeres ixiles a quienes, tras el juicio, les sumaron a sus abogados, las juezas Barrios y Bustamante y el juez Xitumul, los fiscales y todas las personas que habían tenido alguna participación en el proceso.

Hasta donde sé, no hubo balazos, pero en un ambiente de honda crispación que empezó a sentirse desde noviembre de 2011, el Cacif se declaró en sesión permanente y le ordenó a la Corte de Impunidad anular el juicio. El resto es historia conocida, el 20 de mayo la CC gustosamente emitió una resolución que rompió con la legalidad del país y se inició el proceso que terminó por traerse abajo todo lo actuado en ese caso.

Pese a su anulación la sentencia fue esperanzadora para nuestra demanda por la desaparición de Marco Antonio presentada ante los tribunales en septiembre de 1998. Sin embargo, fue ignorada o vista con indiferencia y temor por la mayoría de compatriotas. Este es un temor fundado en doscientas mil razones, que se transmite de generación en generación y que continúa paralizando aún a quienes simpatizaron con el juicio y aplaudieron la resolución de las puertas de su casa para adentro y sin decir palabra alguna.

Pasado el mediodía, a 31 grados Celsius, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, el cielo, antes azul y transparente, se cerró con nubarrones oscuros. Además del calor, el 10 de mayo compartí con una docena de compatriotas la empatía, el apoyo mutuo, la solidaridad, la hermandad, el cariño y todo lo que nos hace humanxs.

Con nuestro estar allí, con los abrazos y palabras sencillas, hablamos de resistencia, dignidad y amor a la tierra, de nuestra larga lucha por la verdad y la justicia y por construir un país sin discriminación, con paz, bienestar y derechos para todos y todas sin discriminación. Es una lucha interminable, en la que pareciera que solo acumulamos derrotas; sin importar el camino que ensayemos, no tenemos el poder suficiente y somos los que seguimos poniendo los muertxs y, antes, lxs desaparecidxs.

Sin embargo, quizá en nuestra Guate-mala, tan dura, el sentido de nuestras vidas no esté en alcanzar los objetivos de cambio sino en la lucha misma. En resistencia siempre, no podemos darnos por vencidxs. Debemos continuar llevando en alto las banderas y, sin agachar la cabeza, desafiar el mandato de silencio, mantener la memoria de las atrocidades, recordar a las víctimas de los terroristas y criminales de Estado y de la oligarquía y exigir  justicia para que nunca más sucedan estos hechos atroces.