domingo, 21 de julio de 2013

New York, New York

La ciudad de Nueva York, en esta época del año, es una selva calurosa de altísimos edificios y varios millones de habitantes. Pasé tres días con sus noches en “la ciudad que nunca duerme” y, por lo menos una, igual que ella, despierta.

Uno no conoce Nueva York, la reconoce. Todos los lugares en los que estuve –en realidad, muy pocos, la ciudad es inmensa- ya los había visto muchas veces en la tele o en el cine, y me resultaban muy familiares. Todo pasa en esta increíble ciudad en la que se hablan todos los idiomas de la tierra, desde King Kong hasta el desastre financiero, pasando por la impresionante y mediática tragedia del 11 de septiembre de 2001 cuyo memorial visitamos la tarde del miércoles.

Pero hubo dos sitios cuyas imágenes se quedaron en mi retina y estar allí fue una experiencia para los sentidos: Times Square y el paisaje urbano desde el funicular de la isla Roosevelt. La primera, la vitrina del capitalismo, es un ensueño colorido, una oda al consumo, la meca de una nueva religión, el consumismo, a la que acuden decenas de miles de personas cada año a asombrarse y a gastar. A la medianoche del jueves, estaba invadida por una multitud que soportaba las altísimas temperaturas con ropas veraniegas que mostraban, más que tapar, generosas porciones de blancas carnes, sobre todo femeninas. Una tajada de luna se alzaba entre las cumbres de los edificios que rodean la plaza; muy abajo, la muchedumbre parecía que se encontraba bajo los rayos del sol y no a la luz del alumbrado, por su vivacidad y la energía con la que se movía, hablaba, comía, compraba o caminaba, haciendo caso omiso del calor que me abrasaba por entero e intensificaba la maldita migraña que se había apropiado de la mitad derecha de mi cabeza.

La otra estampa es la de Manhattan vista desde el funicular, un inmenso bosque poblado por árboles altísimos, luminosos, de vidrio y de cemento, que se elevan rectos hacia un cielo muy oscuro, de estrellas invisibles opacadas por las luces de esta ciudad enorme. Un cielo anochecido,  sin nubes, sin ángeles ni pájaros ni mariposas volando en ese espacio que una vez fue atravesado por aviones mortales, es el telón de fondo de las moles de metal en una fotografía en blanco y negro. El funicular es el que se ve en una de las películas del Hombre Araña, como me dijo mi amigo Erick, nuestro amable guía por una tarde en la que repasamos Coney Island, Wall Street, el ferry que lleva a Staten Island (desde el que vimos la estatua de La Libertad), el Central Park, la 5ª. Avenida, Harlem, Brooklyn, el barrio Astoria y los puentes y túneles que enlazan las distintas porciones de una de las ciudades más pobladas del planeta.

Además de reconocer esta gran urbe –lugar común en el imaginario impuesto por las expresiones culturales dominantes- me reconocí en las experiencias, sentimientos y aspiraciones de María Luisa, una joven con quien también comparto deberes y lealtades hacia nuestros seres amados desaparecidos, su padre Jorge Rosal Paz y Paz y mi hermano Marco Antonio. Ambas nos encontramos en esta ciudad abigarrada, un espejo de mil caras, para acompañar a las representantes de la Fundación Myrna Mack y el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL) a una audiencia ante el Grupo de Trabajo sobre Desaparición Forzada e Involuntaria de la Organización de las Naciones Unidas.

María Luisa y yo, junto con nuestras madres y hermanas/os, somos parte de una comunidad muy reducida: la de las familias de personas desaparecidas que, a décadas de ocurridos los crímenes, seguimos tercamente exigiendo justicia, el reconocimiento de la verdad y la devolución de sus restos. Y digo “una comunidad muy reducida” porque, aunque la mayoría de las 45 000 víctimas pareciera haber sido olvidada, eso no es cierto. Sin embargo, en Guatemala miles de familiares viven en silencio y soledad el dolor causado por este crimen de lesa humanidad -sobre todo las madres sobrevivientes al sufrimiento atroz que ocasiona perder a un hijo o una hija de esa forma- pero el miedo continúa paralizándoles e impidiéndoles sumarse a las demandas de justicia.

De ese miedo renovado en el contexto de polarización impuesto por los partidarios de los criminales terroristas de Estado se habló en la audiencia de la tarde del jueves 18. Allí estuvimos María Luisa y yo con la ineludible pena que determina nuestras vidas desde hace más de tres décadas, pero también con nuestra demanda de justicia –un derecho de las víctimas de violaciones a los derechos humanos. Ella habló del caso de su padre, a quien no conoció físicamente pero que está muy presente en su existencia, de la falta de cumplimiento del acuerdo de solución amistosa firmado en el marco del sistema interamericano de protección de los derechos humanos y de la renovación de la tortura psicológica constituida por la denegación de justicia y los retrocesos en la política de derechos humanos del actual gobierno.

Estos retrocesos están expresados, sobre todo, en la postura negacionista, basada en aberrantes y retorcidas argumentaciones “jurídicas”, de los delitos de genocidio y desaparición forzada perpetrados por el ejército guatemalteco y otros agentes estatales durante varias décadas. En este sentido, María Luisa les informó a los integrantes del GT que los postuladores del negacionismo, actualmente al frente de la institucionalidad de derechos humanos, han llegado al extremo de que, en los informes recientes sobre el caso de su padre, ya no se menciona que él fue desaparecido sino que se dice que fue detenido y que se desconoce su paradero. Con esto pretenden desaparecer la desaparición forzada como delito para favorecer a los perpetradores resguardando su impunidad. Desaparecieron a 45 000 personas, desaparecieron los archivos –y con ellos la verdad de los hechos y del paradero de nuestros/as familiares- y, ahora, pretenden desaparecer la figura delictiva cuya aplicación resultaría en condenas para sus perpetradores.

Por mi parte, me referí a nuestro anhelo de justicia y a la necesidad de encontrar a mi hermano para cerrar un círculo que, a casi 32 años de su desaparición forzada, aún permanece abierto. Les expliqué que la dignidad, el deber y la lealtad a Marco Antonio, a mis padres, a la verdad y la justicia, son los sentimientos que me han animado a lo largo de mi vida y como, en el último año y medio transcurrido a partir de la toma de posesión de un militar como presidente de la república, se han reavivado el dolor, la impotencia y la frustración que nos provocan las decisiones y posturas de los funcionarios del actual gobierno. Ellos, con un extremado cinismo, no niegan los hechos cometidos sino su tipificación como desaparición forzada.

De esta forma, dije, nuevamente se nos revictimiza. El sufrimiento que es lo que, en última instancia, moldea nuestra existencia, se ahonda en mí, en mis hermanas, en mi madre que vive y espera encontrar los restos de mi hermano para sepultarlo dignamente. Es ella, con una fortaleza que solamente puede surgir del amor hacia su hijo, quien sigue exigiendo justicia. Y con ella, nosotras, sus hijas. Esa aspiración ha sustituido la búsqueda de Marco Antonio vivo, tal es el significado e importancia de nuestra demanda. Por eso, acciones ilegales como la suspensión del juicio por genocidio contra Efraín Ríos Montt y la anulación de la sentencia del 10 de mayo o el intento de desconocer la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos para los crímenes estatales anteriores a 1987, son duros golpes que buscan debilitar nuestra esperanza de justicia, una oportunidad para iniciar la construcción de un país distinto en el que las víctimas de estos horrendos crímenes, que no son parte del pasado, ejerzamos nuestros derechos ciudadanos.

Les expliqué que la impunidad de los perpetradores de este crimen de lesa humanidad, imprescriptible y continuado, características que han sido negadas reiteradamente por el actual Secretario de la Paz (que es, en sí mismo, una de esas absurdas paradojas de nuestra inefable Guatemala dado que con sus palabras y acciones se suma a quienes incitan a la violencia), supone la continuidad de trasnochados esquemas de relacionamiento en los que la violencia ejercida en todos los ámbitos se naturaliza, legitima y acepta por vastos sectores sociales. Esta situación debilita aún más el reciente proceso democratizador, minado por las violencias pasadas y presentes.

Para evitar la revictimización y superar los retrocesos impuestos por los partidarios, cómplices y simpatizantes de los genocidas, torturadores y desaparecedores, el Estado guatemalteco debe cumplir con sus obligaciones internacionales en derechos humanos. Entre ellas, son primordiales las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH), las soluciones amistosas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y las recomendaciones de los órganos de derechos humanos de la ONU, como el Grupo de Trabajo sobre Desaparición Forzada e Involuntaria. Por ejemplo, el cumplimiento de la sentencia de la Corte IDH en el caso de Marco Antonio supondría que para la búsqueda e identificación de los restos de las personas desaparecidas se tendría, como herramienta fundamental, un banco de datos genéticos; además, se contaría con un procedimiento expedito para el reconocimiento de la muerte presunta; y se establecería lo que desde siempre ha sido una demanda de las organizaciones de familiares de personas desaparecidas: una comisión nacional de búsqueda con apoyo del Estado y acceso pleno a los archivos militares. Esta última no ha sido aprobada por el Congreso de la República pese a que, desde hace bastantes años, el proyecto de ley 3590 cuenta con dictámenes positivos.

Las representantes de las organizaciones que acudieron a la audiencia, Marcia Aguiluz, por CEJIL, y la Directora de la Fundación Mack, ilustraron al GT con abundantes datos y un rico análisis sobre el viraje de la posición gubernamental relativa a los compromisos internacionales del Estado en derechos humanos. Se refirieron a la campaña de intimidación promovida por los sectores de derecha que defienden la impunidad de los crímenes del terrorismo estatal, constituida por ataques públicos plasmados en pasquines distribuidos masivamente, campos pagados y columnas de prensa, junto con amenazas y otras acciones de hostigamiento dirigidas en contra de la comunidad de derechos humanos y juristas comprometidxs con la justicia y la verdad. También comentaron las burdas maniobras de abogados inescrupulosos que fueron avaladas por una Corte de Constitucionalidad que no dudó en emitir una resolución ilegal con tal de alejar de la cárcel a Ríos Montt, condenado a ochenta años por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad.

No sobra decir que el GT estaba al tanto de las peripecias del proceso por genocidio y su vergonzoso desenlace y expresaron su consternación y solidaridad con las víctimas y sus representantes. Al término de la audiencia, se les solicitó pronunciarse públicamente sobre estos asuntos y visitar el país lo más pronto posible para expresar su apoyo a las personas y organizaciones que están impulsando la justicia en los casos de violaciones a los derechos humanos: los defensores y defensoras, jueces, juezas, fiscales, abogados/as, organizaciones de víctimas y de derechos humanos y las y los familiares de las personas desaparecidas. 

Hacer justicia y reconocer la verdad, como dijo la admirable jueza Barrios del caso de genocidio, “ayuda a sanar las heridas del pasado. La aplicación de la justicia es un derecho que asiste a las víctimas. Estos hechos no deben volver a repetirse, porque el pueblo de Guatemala desea vivir en paz”. Con esas palabras, cuyo significado comparto plenamente, cerró su intervención María Luisa. 

viernes, 12 de julio de 2013

Hasta pronto, tito gatito


Estas últimas semanas fueron un torbellino. Las viví conteniendo el aliento, concentrada, con el ceño fruncido, las manos empuñadas, sin ver hacia atrás ni hacia los lados. Atravesé este tiempo como un barco en un mar tormentoso, haciendo lo que debía hacerse sin escatimar esfuerzos, cumpliendo una a una las tareas, las grandes, las pequeñas, subiendo y bajando con la vida sin dudas ni preguntas, decididamente. Sin luz y sin estrellas, sin cielo azul, sin verdor ni flores, reseca, vacía, endurecida, atravesé estos días flotando en una nube pesada y gris como yo misma, como mi propia existencia. Tuve que volver a asumir que las grandes tragedias no me han inmunizado contra los sufrimientos que la vida nos tiene reservados.

Con vehemencia, desde las entrañas, quise que lo que no estaba en mis manos simplemente sucediera porque sí, porque así debe ser, porque es lo que esperamos, porque no cabría otra cosa sin caer en un profundo abismo. Para conseguirlo, me hice a un lado y, convertida en piedra, me negué a mí misma y me negué a sentir lo que debía ante todas las cosas que pasaron. Podría dar clases sobre cómo hacerlo. Se da un paso atrás y se piensa “esto no me sucede”; finjo que no me duele y me blindo el pecho. Es más, hay que sacarse el corazón, hacerlo pedacitos y esconderlos para que él mismo no se encuentre, no sepa dónde está. Cerrar los ojos, es tan fácil, y no darse cuenta de los estremecimientos. Decirme, despacito, que aquí no pasa nada, que el mar se abre y se cierra y no me muero aunque la herida sangre nuevamente. Me sobrepasaron los acontecimientos, uno de ellos, la gravedad de Pancho.

Una tarde cualquiera de uno de esos días aciagos, la lluvia se desprendió del cielo y me lavó los ojos. Con la mirada limpia, caminé bajo la luz de las cinco por una calle de colores brillantes, respirando un aire transparente, oloroso a canela. Mis pupilas dibujaron con nitidez el perfil de las montañas, en sus cúspides flotaban las luciérnagas. Las copas de los árboles se movían al compás de un viento frío, delicioso. Con alas en los pies, respiré hondo y me dejé inundar por la magia del sol que caía iluminando un mundo renacido. Corrí a ver a mi gato, esperanzada, alegre, no podía pasar nada malo en una tarde así. Fue un momento talvez irrepetible en el que, sin nombres y apellidos, sin mi pasado de dolor y sin un futuro que quiero dibujar distinto, sencillamente existí y sostuve la ilusión de que Pancho se iba a recuperar y a quedarse conmigo.

Sin embargo, el 7 de julio el suelo de mi patio recibió la semilla de un árbol diferente, uno que echa raíces en mi corazón y dará frutos de ojos azules que me saludarán con roncos maullidos amorosos. Murió Pancho, mi gato, y aquí estoy, patética, tristísima, llorando por un amor de cuatro patas que al irse de mi vida me deja un agujero parecido a los que me han dejado mis seres amados que se fueron.

Aunque quiero creer que es otra cosa, la muerte es un no rotundo y absoluto. Un territorio sin regreso que cercamos con un muro de silencio y de llanto. Allí está ahora él, hasta que el amor lo traiga a mí de nuevo para acunar entre mis brazos su recuerdo, que ahora es carne viva, y se quede conmigo para siempre.

“Yo quiero un gato macho y se va a llamar Pancho”. Quien me lo dice es un niño, mi hijo, de once años, que nunca había tenido una mascota cuando llegó Celeste a nuestra casa de la mano de Erick, una adorable siamesa tan inteligente que podría haber sido profesora de cálculo en el Tecnológico, como bromeaban mis muchachos burlándose de mi rendida admiración.

Pancho nació el 4 de octubre de 1998 en el clóset de mi cuarto, el lugar que su mamá escogió para que nacieran sus gatitos. A medida en que lo fui conociendo descubrí que, al igual que todo el mundo, el gato tenía su carácter. Si quería algo, luchaba por conseguirlo, como cuando se rebeló ante mi decisión de encerrarlo por las noches porque vivíamos a la orilla de una carretera en la que un carro atropelló y mató a Celeste. Para salir, se plantaba en las madrugadas a aullar, más que a maullar, hasta que me di por vencida y dejé de cerrarle la ventana.

Extremadamente territorial no admitía la presencia de otros animales en la casa. Defendía su espacio aéreo con broncos maullidos que los pájaros y las palomas le respondían a gritos y con sobrevuelos rasantes y amenazadores. Fiel a sus instintos, era un excelente cazador lo que, aunado a su afán de alimentarnos, se tradujo en el arrasamiento de una familia de zarigüeyas (tacuazines), las chicas, no era tonto, algunas ardillas, unas mil culebritas de jardín, todos los ratones y ratas que osaran a asomar su horrible hocico en Pancholandia, pájaros de todos los tamaños y colores y hasta feas mariposas cafés. Recibíamos sus regalos y los liberábamos con la esperanza de que no los hubiera mordido para que sobrevivieran. Hubo veces en las que salí corriendo, aterrorizada, a buscar a mi mamá para que me librara de algunos.

Dormilón, como todos los gatos, excelente futbolista, cariñoso y hablantín, todas las tardes me recibía maullando. Era otro su maullido de cariño, un ronroneo como el de Paul Newman enamorando a la traidita de la película. Aprendimos a interpretar los sonidos que emitía para pedir que se le abrieran la puerta o la ventana, meterse entre las cobijas de “su” cama si hacía frío, pedir comida, saludar a los amigos y amigas que nos visitaban –a quienes de inmediato incluía en su inventario marcándolos en las piernas con su olor-, anunciar que llevaba la caza o la pelea. Sus últimos sonidos, que quisiera borrar de mi cabeza, son los del dolor que precedió a su muerte.

El sábado 22 lo llevamos a un negocio veterinario donde le inyectaron agua subcutáneamente ante un cuadro de deshidratación, había vomitado varias veces. Salió bien en los exámenes del hígado y los riñones. Mejoró el domingo, pero se decayó nuevamente el lunes. Entonces lo llevamos a otro negocio de salud animal donde lo que hicieron fue sacarnos la billetera para hacerle todos los exámenes y ultrasonidos, que no revelaron ninguna irregularidad. Quizá no lo tocaron ni lo vieron, porque no se percataron de que se le habían formado dos abcesos en la espalda que saltaban a la vista. El agua con la que lo hidrataron estaba contaminada con bacterias, quizá estreptococos o estafilococos, se esparció bajo su piel, se le formaron varios focos de infección y el proceso desembocó en una septicemia. Eso lo mató.

De esto nos dimos cuenta cuando lo llevamos donde otro médico cuando había transcurrido casi una semana y el gatito no mejoraba pese a los cuidados que supuestamente se le estaban dando. Este hombre, que ama a los animales y respeta su vida, que ejerce su profesión como un servicio y no como un modo de lucrarse, se alió a nuestra causa de salvar a Pancho pero ya poco se pudo hacer. Lo mantuvo con vida durante varios días en los que alentamos la esperanza de que se repusiera, pero ni con nuestro cariño ni con todos los antibióticos del mundo logramos rescatarlo.

Ahora, las circunstancias se vuelven un “si hubiera hecho, sabido, llevado…” cada vez que repaso lo que hicimos desde que Pancho se enfermó; aunque me resisto a culpabilizarme por las decisiones tomadas, no siempre lo consigo. Nada puede cambiar lo sucedido ni su triste desenlace. A los fallos y errores graves en la atención que pudimos comprarle –los que no podemos comprobar en una situación en la que los argumentos inculpatorios en nuestra contra (¡vaya si no!) se esgrimen desde el pedestal del título y la defensa de los intereses económicos- se suma la edad de Pancho. Solo los bigotes blancos y las calvicie arriba de los ojos, que había que ver muy de cerca para percatarse de ellos, revelaban sus casi quince años. Por su agilidad y grácil figura, parecía un gato joven. Sin embargo, nos consolamos pensando que hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para que se quedara embelleciéndonos la vida un tiempo más. Solo nos queda esa satisfacción.

Mientras lidio con la tristeza de su ausencia, esa que me hace verlo en cada sitio donde poso la vista, tengo que aprender a vivir con dos Panchos: el que se enfermó y acabo de enterrar y el que sigue vivo en una vasta porción de mi existencia. Poco a poco, con el paso del tiempo, la imagen del gatito que me miró con sus celestes ojos grandes, líquidos, transparentes, dilatados por el sufrimiento, que se quejaba suavemente y me enternecía como un niño muy pequeño, desvalido, se irá perdiendo bajo el millón de estampas de felicidad que guardo en mi memoria, en las que hace todo lo que suele hacer un gato.

(Despierto. La ilusión de tu silueta flota sobre la cama. No me muevo, no respiro, hasta que se disipa como la neblina cuando calienta el sol. Minera de recuerdos felices, cavo en mi interior para atesorar tus voces, tus pasos imperceptibles por la casa, tu presencia en mi vida que la hizo más hermosa. Te llevo sobre mi hombro, feliz, es agradable sentir tu peso; ahora huís despavorido de algo que te asustó, oigo el roce de tus uñas sobre la madera; hacés uñas sobre una alfombra al entrar del patio, estirando el cuerpo hacia atrás, como en pose de yoga, inclinando la cabeza. Enroscado, durmiendo, “vocho”, tomando el sol como un monarca con tu brazo derecho extendido, alerta, olfateando el aire, sentado, arqueando el lomo al modo gatuno, escondido tras la maceta listo para saltar sobre tu presa, ronroneando sobre mi pecho mientras me mirás con tus ojos azules, sobre H. o encima de C., vas a estar conmigo, con nosotros, para siempre cuando te logre sacar de esa maraña de dolores que son ahora mis sentimientos.) 

Sufrir es el costo de haberme rehumanizado. Después del tiempo de la muerte torturadora, desaparecedora y terrorista, pude abrirme de nuevo a los afectos. Con mis dos gatos, aprendí a amar a todos los animales, a entender que son perfectos y superiores a nosotros, a maravillarme con la naturaleza y a vincularme con eso de animal que ojalá me quedara en grandes dosis. En nuestro mundo del exilio, tan pequeño, esos magníficos seres de cuatro patas llegan a ocupar un lugar muy importante en nuestras vidas. Si quisiera captar en una sola palabra la esencia de la vida con Pancho esa sería amor.