viernes, 12 de julio de 2013

Hasta pronto, tito gatito


Estas últimas semanas fueron un torbellino. Las viví conteniendo el aliento, concentrada, con el ceño fruncido, las manos empuñadas, sin ver hacia atrás ni hacia los lados. Atravesé este tiempo como un barco en un mar tormentoso, haciendo lo que debía hacerse sin escatimar esfuerzos, cumpliendo una a una las tareas, las grandes, las pequeñas, subiendo y bajando con la vida sin dudas ni preguntas, decididamente. Sin luz y sin estrellas, sin cielo azul, sin verdor ni flores, reseca, vacía, endurecida, atravesé estos días flotando en una nube pesada y gris como yo misma, como mi propia existencia. Tuve que volver a asumir que las grandes tragedias no me han inmunizado contra los sufrimientos que la vida nos tiene reservados.

Con vehemencia, desde las entrañas, quise que lo que no estaba en mis manos simplemente sucediera porque sí, porque así debe ser, porque es lo que esperamos, porque no cabría otra cosa sin caer en un profundo abismo. Para conseguirlo, me hice a un lado y, convertida en piedra, me negué a mí misma y me negué a sentir lo que debía ante todas las cosas que pasaron. Podría dar clases sobre cómo hacerlo. Se da un paso atrás y se piensa “esto no me sucede”; finjo que no me duele y me blindo el pecho. Es más, hay que sacarse el corazón, hacerlo pedacitos y esconderlos para que él mismo no se encuentre, no sepa dónde está. Cerrar los ojos, es tan fácil, y no darse cuenta de los estremecimientos. Decirme, despacito, que aquí no pasa nada, que el mar se abre y se cierra y no me muero aunque la herida sangre nuevamente. Me sobrepasaron los acontecimientos, uno de ellos, la gravedad de Pancho.

Una tarde cualquiera de uno de esos días aciagos, la lluvia se desprendió del cielo y me lavó los ojos. Con la mirada limpia, caminé bajo la luz de las cinco por una calle de colores brillantes, respirando un aire transparente, oloroso a canela. Mis pupilas dibujaron con nitidez el perfil de las montañas, en sus cúspides flotaban las luciérnagas. Las copas de los árboles se movían al compás de un viento frío, delicioso. Con alas en los pies, respiré hondo y me dejé inundar por la magia del sol que caía iluminando un mundo renacido. Corrí a ver a mi gato, esperanzada, alegre, no podía pasar nada malo en una tarde así. Fue un momento talvez irrepetible en el que, sin nombres y apellidos, sin mi pasado de dolor y sin un futuro que quiero dibujar distinto, sencillamente existí y sostuve la ilusión de que Pancho se iba a recuperar y a quedarse conmigo.

Sin embargo, el 7 de julio el suelo de mi patio recibió la semilla de un árbol diferente, uno que echa raíces en mi corazón y dará frutos de ojos azules que me saludarán con roncos maullidos amorosos. Murió Pancho, mi gato, y aquí estoy, patética, tristísima, llorando por un amor de cuatro patas que al irse de mi vida me deja un agujero parecido a los que me han dejado mis seres amados que se fueron.

Aunque quiero creer que es otra cosa, la muerte es un no rotundo y absoluto. Un territorio sin regreso que cercamos con un muro de silencio y de llanto. Allí está ahora él, hasta que el amor lo traiga a mí de nuevo para acunar entre mis brazos su recuerdo, que ahora es carne viva, y se quede conmigo para siempre.

“Yo quiero un gato macho y se va a llamar Pancho”. Quien me lo dice es un niño, mi hijo, de once años, que nunca había tenido una mascota cuando llegó Celeste a nuestra casa de la mano de Erick, una adorable siamesa tan inteligente que podría haber sido profesora de cálculo en el Tecnológico, como bromeaban mis muchachos burlándose de mi rendida admiración.

Pancho nació el 4 de octubre de 1998 en el clóset de mi cuarto, el lugar que su mamá escogió para que nacieran sus gatitos. A medida en que lo fui conociendo descubrí que, al igual que todo el mundo, el gato tenía su carácter. Si quería algo, luchaba por conseguirlo, como cuando se rebeló ante mi decisión de encerrarlo por las noches porque vivíamos a la orilla de una carretera en la que un carro atropelló y mató a Celeste. Para salir, se plantaba en las madrugadas a aullar, más que a maullar, hasta que me di por vencida y dejé de cerrarle la ventana.

Extremadamente territorial no admitía la presencia de otros animales en la casa. Defendía su espacio aéreo con broncos maullidos que los pájaros y las palomas le respondían a gritos y con sobrevuelos rasantes y amenazadores. Fiel a sus instintos, era un excelente cazador lo que, aunado a su afán de alimentarnos, se tradujo en el arrasamiento de una familia de zarigüeyas (tacuazines), las chicas, no era tonto, algunas ardillas, unas mil culebritas de jardín, todos los ratones y ratas que osaran a asomar su horrible hocico en Pancholandia, pájaros de todos los tamaños y colores y hasta feas mariposas cafés. Recibíamos sus regalos y los liberábamos con la esperanza de que no los hubiera mordido para que sobrevivieran. Hubo veces en las que salí corriendo, aterrorizada, a buscar a mi mamá para que me librara de algunos.

Dormilón, como todos los gatos, excelente futbolista, cariñoso y hablantín, todas las tardes me recibía maullando. Era otro su maullido de cariño, un ronroneo como el de Paul Newman enamorando a la traidita de la película. Aprendimos a interpretar los sonidos que emitía para pedir que se le abrieran la puerta o la ventana, meterse entre las cobijas de “su” cama si hacía frío, pedir comida, saludar a los amigos y amigas que nos visitaban –a quienes de inmediato incluía en su inventario marcándolos en las piernas con su olor-, anunciar que llevaba la caza o la pelea. Sus últimos sonidos, que quisiera borrar de mi cabeza, son los del dolor que precedió a su muerte.

El sábado 22 lo llevamos a un negocio veterinario donde le inyectaron agua subcutáneamente ante un cuadro de deshidratación, había vomitado varias veces. Salió bien en los exámenes del hígado y los riñones. Mejoró el domingo, pero se decayó nuevamente el lunes. Entonces lo llevamos a otro negocio de salud animal donde lo que hicieron fue sacarnos la billetera para hacerle todos los exámenes y ultrasonidos, que no revelaron ninguna irregularidad. Quizá no lo tocaron ni lo vieron, porque no se percataron de que se le habían formado dos abcesos en la espalda que saltaban a la vista. El agua con la que lo hidrataron estaba contaminada con bacterias, quizá estreptococos o estafilococos, se esparció bajo su piel, se le formaron varios focos de infección y el proceso desembocó en una septicemia. Eso lo mató.

De esto nos dimos cuenta cuando lo llevamos donde otro médico cuando había transcurrido casi una semana y el gatito no mejoraba pese a los cuidados que supuestamente se le estaban dando. Este hombre, que ama a los animales y respeta su vida, que ejerce su profesión como un servicio y no como un modo de lucrarse, se alió a nuestra causa de salvar a Pancho pero ya poco se pudo hacer. Lo mantuvo con vida durante varios días en los que alentamos la esperanza de que se repusiera, pero ni con nuestro cariño ni con todos los antibióticos del mundo logramos rescatarlo.

Ahora, las circunstancias se vuelven un “si hubiera hecho, sabido, llevado…” cada vez que repaso lo que hicimos desde que Pancho se enfermó; aunque me resisto a culpabilizarme por las decisiones tomadas, no siempre lo consigo. Nada puede cambiar lo sucedido ni su triste desenlace. A los fallos y errores graves en la atención que pudimos comprarle –los que no podemos comprobar en una situación en la que los argumentos inculpatorios en nuestra contra (¡vaya si no!) se esgrimen desde el pedestal del título y la defensa de los intereses económicos- se suma la edad de Pancho. Solo los bigotes blancos y las calvicie arriba de los ojos, que había que ver muy de cerca para percatarse de ellos, revelaban sus casi quince años. Por su agilidad y grácil figura, parecía un gato joven. Sin embargo, nos consolamos pensando que hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para que se quedara embelleciéndonos la vida un tiempo más. Solo nos queda esa satisfacción.

Mientras lidio con la tristeza de su ausencia, esa que me hace verlo en cada sitio donde poso la vista, tengo que aprender a vivir con dos Panchos: el que se enfermó y acabo de enterrar y el que sigue vivo en una vasta porción de mi existencia. Poco a poco, con el paso del tiempo, la imagen del gatito que me miró con sus celestes ojos grandes, líquidos, transparentes, dilatados por el sufrimiento, que se quejaba suavemente y me enternecía como un niño muy pequeño, desvalido, se irá perdiendo bajo el millón de estampas de felicidad que guardo en mi memoria, en las que hace todo lo que suele hacer un gato.

(Despierto. La ilusión de tu silueta flota sobre la cama. No me muevo, no respiro, hasta que se disipa como la neblina cuando calienta el sol. Minera de recuerdos felices, cavo en mi interior para atesorar tus voces, tus pasos imperceptibles por la casa, tu presencia en mi vida que la hizo más hermosa. Te llevo sobre mi hombro, feliz, es agradable sentir tu peso; ahora huís despavorido de algo que te asustó, oigo el roce de tus uñas sobre la madera; hacés uñas sobre una alfombra al entrar del patio, estirando el cuerpo hacia atrás, como en pose de yoga, inclinando la cabeza. Enroscado, durmiendo, “vocho”, tomando el sol como un monarca con tu brazo derecho extendido, alerta, olfateando el aire, sentado, arqueando el lomo al modo gatuno, escondido tras la maceta listo para saltar sobre tu presa, ronroneando sobre mi pecho mientras me mirás con tus ojos azules, sobre H. o encima de C., vas a estar conmigo, con nosotros, para siempre cuando te logre sacar de esa maraña de dolores que son ahora mis sentimientos.) 

Sufrir es el costo de haberme rehumanizado. Después del tiempo de la muerte torturadora, desaparecedora y terrorista, pude abrirme de nuevo a los afectos. Con mis dos gatos, aprendí a amar a todos los animales, a entender que son perfectos y superiores a nosotros, a maravillarme con la naturaleza y a vincularme con eso de animal que ojalá me quedara en grandes dosis. En nuestro mundo del exilio, tan pequeño, esos magníficos seres de cuatro patas llegan a ocupar un lugar muy importante en nuestras vidas. Si quisiera captar en una sola palabra la esencia de la vida con Pancho esa sería amor.

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