martes, 2 de abril de 2013

El amor de mi vida


Tu hombro tiene el ancho y la suavidad perfectos para que recline mi cabeza y la hunda bajo tu barbilla. Tu cuerpo me hace sombra cuando camino a tu lado y tu abrazo, amoroso y tierno, me sostiene desde hace 31 años. Te conozco. Me sé de memoria cada pliegue y herida en tu piel y en tu espíritu, el mapa de tu vida. Tu alma es un libro abierto que se asoma a tus ojos. En él leo tus grandes y pequeños tormentos y tu felicidad.

Todo empezó con un “te quiero”, un murmullo en la oscuridad de un cine en la zona 1 de la ciudad trampa en la que habían convertido a Guatemala en el 1982 ríosmonttista, que acallé con un “eso no se dice” porque no solo me sentía estar muerta, también podían matarme. Eran los tiempos duros en los que, peces sin agua, sobrevivíamos apenas en circunstancias completamente adversas. El vasto movimiento sindical y popular que había demostrado una fuerza creciente en las calles y los campos, en las fincas y en las fábricas, en los centros de estudio y en las oficinas, se encontraba en reflujo, como eufemísticamente se caracterizaba el aniquilamiento de la dirigencia, la ilegalización de las escasas organizaciones legalmente reconocidas y la salida al exilio de centenares de compañeros y compañeras y sus familias que, solo de esa forma, lograron salvarse de la desaparición forzada, la tortura, la muerte.

Reflujo. Esa palabra, escuchada en los análisis del momento político, me hacía evocar el vaivén de las olas, una playa reseca estremecida por vientos de tormenta, y un mar alejándose violento mientras la oscuridad borraba el mundo circundante. Dice muy poco ese vocablo de las sensaciones que se entrecruzaban en mi cuerpo y mi espíritu cuando se extinguió, flor de un día, la levísima esperanza de un cambio en Guatemala tras el derrocamiento del gobierno luquista por la brutalidad de un régimen que se hizo sentir pesadamente mediante el estado de sitio, los fusilamientos ordenados por los tribunales de fuero especial y la tierra arrasada.

Con una mezcla de repugnancia e indignación, escuchaba los sermones dominicales manipuladores del hoy enjuiciado Ríos Montt, transmitidos en cadena nacional de radio y televisión, en los que por más Dios y más Biblia que evocara no lograba evitar que llegara a mi nariz el tufo a muerte que exhalaba su aliento mentiroso. Tampoco creí ni una pizca de la vacía proclama plasmada en el Estatuto Fundamental de Gobierno: “el movimiento armado que depuso al régimen imperante no ha tenido ni tiene más propósito que encauzar al país por el sendero de la honestidad, estabilidad, legalidad y seguridad, circunstancias necesarias para la felicidad del pueblo y progreso de la Nación.” Felicidad, otra palabra –junto con amor- tan fuera de lugar en ese contexto dominado por una abigarrada suma de perversidades, codicia, manipulación y actos mortales que cobraron las vidas de tantos y tantas compatriotas.

Pero en una vasta porción de mi caleidoscópico terruño persistía la idea del cambio y animaba una lucha muy potente con la participación de las comunidades indígenas. Fue contra ellas que se enfilaron las perversas tácticas contrainsurgentes de tierra arrasada apoyadas por una oligarquía codiciosa e igualmente perversa que dieron paso al genocidio.

De esta forma, cuando creí que lo peor ya había sucedido, en 1982 el país entero fue sumido en una vorágine de muerte que se prolongó por mucho tiempo. Aún así, perseverantes, resistiendo bajo las piedras, quienes sobrevivimos a la tercera oleada de terror que arrasó con el pujante movimiento sindical y popular de los setentas, soñábamos con empujar la madrugada. Pero, pese a la voluntad que compartí al lado de queridos y queridas compañeras, hombres y mujeres indoblegables de quienes quedaron tan pocos/as, no había futuro en ese tiempo para gente como nosotros. No había vida posible en un país de horror y pesadilla en el que cada día las masacres asolaban las zonas rurales y en las ciudades eran capturadas y desaparecidas numerosas personas que conocí y amé. Fueron días en los que mis ojos se gastaron buscando el rostro de mi hermano en cada joven que se cruzaba en mi camino, en los que a cada instante debí sobreponerme al dolor causado por su ausencia –un agujero negro que se extiende a mi ahora- y a los nuevos golpes que nos fueron infligidos con odio y absoluta saña.

Con todo y mi reticencia, el “te quiero” de esa tarde oscura anidó en mi corazón y se elevó como un sol alumbrando mis ruinas interiores. Así, dejé que tu amor me calara hasta lo más profundo de mi alma, en donde creció suave y casi imperceptiblemente e hizo que me anclara a las posibilidades que anunciaba. Bajo el terrorismo estatal -como tantas otras personas, porque si la vida es así igual tenemos que vivirla- unimos nuestras sangres y juntos iniciamos un camino que nos trae hasta hoy. De mi existencia devastada brotaron nuestros hijos, dos vidas que se yerguen hermosas, dos jóvenes honestos que ven el mundo con la mirada limpia, que respiraron nuestros mismos anhelos y heredaron dolores no buscados.

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