miércoles, 6 de marzo de 2013

Mis dos ojos



El tiempo es implacable, se acumula en mi espalda y me obliga a repasar los intrincados senderos trazados en mi alma por los dolores y las pérdidas, pero también me lleva suavemente a momentos que debieron haber sido felices, y ahora lo son, aquellos sin los que mi existencia sería un páramo estéril, un desierto sin flores y sin árboles.

El 6 de marzo de 1986, tendida en una camilla de hospital, desperté de la anestesia. No sabía si mi hijo o hija habría nacido. Desesperada, traté de tocar mi vientre pero estaba atada. Durante varias horas, sedienta, en una duermevela en la que olvidé quien era yo por el efecto del fármaco, por una alta ventana vi pasar las nubes contra un fondo celeste e irse la luz del día. Había ingresado al hospital en la madrugada, sin registrarme, por lo que a la hora de la visita no aparecíamos en ninguna parte. De mí, aunque entonces no tenía ni idea, había nacido un varón, nuestro segundo hijo, el quinto de los nietos y nietas de mi madre y mi padre.

Siete meses atrás, había llegado a Costa Rica proveniente de México y Nicaragua, dos estaciones previas en este exilio que me parece interminable. Con una mano me aferraba a otra, pequeñita, de mi hijo mayor; con la otra, la vida entera en una pesada maleta. Vestía un maternal de los de antes, de fina seda hindú estampada con flores diminutas del color de las uvas moradas, sobre un fondo marfil. Para adquirir ese hermoso vestido había hecho una expedición con Ruth a quién sabe qué calles del DF repletas de maravillas de la India.

Sin un centavo, sin trabajo, era una doña nadie con dos meses de embarazo y una enorme interrogación sobre un futuro que se reducía a lo que iba a haber sobre la mesa en el siguiente turno de comida. Del embarazo me había enterado en México, una mañana en la que no soporté el olor a huevos fritos que cocinaba V. Había sido mi decisión tener otro hijo, una decisión terca, ciega a las circunstancias en las que nos encontrábamos entonces. La mayor parte del tiempo de gestación de mi hijo transcurrió en este nuevo país que debimos descifrar sin clave alguna.

El primero de los enigmas fue el interrogatorio sufrido en el aeropuerto Juan Santamaría, algo completamente inexplicable en la Suiza centroamericana, como inesperada fue la detención en México. ¿Razones? Ser guatemalteca y venir de la Nicaragua sandinista en un 1985 cargado de presagios de invasiones de marines y contrarrevolución. Terminado el interrogatorio, plagado de absurdos improbables, y vuelta a hacer la maleta, salí a un lugar totalmente desconocido, pero logré llegar a San José en el carro de una familia adinerada cuyo chofer había llevado a una joven sirvienta indígena guatemalteca a la que me acerqué al ver su huipil.

La primera parada: un hotel en la avenida segunda de donde fui llevada a Heredia por un camino bordeado de verdeoscuros cafetales. Me alojaron en un albergue para gente desarraigada, un tanto enloquecida. Caminando por la línea del tren, se llegaba al mercado. Allí me sorprendieron las extrañas pencas coloridas de los jocotes más grandes que había visto en mi vida, que resultaron ser pejibayes, los frutos rojos y amarillos de una especie de palmera que se cocinan con hueso de cerdo para darle sabor a su pulpa harinosa y reseca con un regusto amargo.

Era agosto. Después de recuperarme de lo que parecía un dengue contraído en Managua, por el piquete de alguno de los gigantescos zancudos que abundaban en Batahola Sur, en los atardeceres esperaba la llegada de la oscuridad en el garaje de la casa, orientada hacia el oeste, bebiéndome las nubes en llamas y un sol declinante.

Éramos los recién llegados a una casa ocupada; además de mi hermana menor y mi pequeña sobrina, una niñita de la edad de mi hijo, también ya estaba allí una pareja que había acaparado espacios, muebles, utensilios, horarios de televisión, además del refrigerador. Sin derecho de piso, en una existencia en la que privaba el sinsentido, no pocas veces se dieron incidentes en los que las mamás saltamos inútilmente para arrebatar alguno de sus insignificantes privilegios a favor de nuestros hijo e hija, como poner algún programa infantil en la televisión y no una ópera.

Mientras mi vientre se hinchaba como una fruta bullente de vida, mi cabeza era un panal zumbante en el que me aguijoneaban miles de pensamientos sombríos. No eran temores definidos que pudiera poner en palabras, era todo. En las largas noches que pasé con los ojos abiertos tratando de poner la mente en blanco, me dispuse a vivir el día a día mientras resolvíamos asuntos tan básicos como la atención médica que necesitábamos mi bebé y yo. No fue fácil, necesitaba un empleo, regularizar mi estatus migratorio. El río subterráneo de una angustia que no llegaba a ser consciente, me provocó un brote en la piel que para mi absoluto asco me trataron como sarna con un “échese esta pomada, si se le quita es sarna, si no, no”. Se trataba de una alergia nerviosa que por las noches me quemaba como el fuego.

Con los pies en la tierra, en ese contexto de gran incertidumbre, no dudé ni un segundo de la decisión tomada. No fue solo un tiempo de espera por esa nueva vida, también lo fue de decisiones, como la de quedarnos en este país e intentar construir las condiciones para reunir de nuevo a la familia, como me lo había pedido mi papá en una triste carta recibida por esos días desde el Sur, donde vivían en un país en el que “ni siquiera saben dónde queda Guatemala”.

Esos meses de espera no tuvieron nada que ver con la ilusión maternal de ensueños rosa o celeste, al igual que había sido la de mi primer hijo y como ha de ser la de millones de mujeres que enfrentan situaciones difíciles. No tuve vitaminas pero nutrí a mi hijo de voluntad de vida y de esperanza terca, de certeza de que con nuestras manos podríamos construirles a él y a su hermano una existencia como la que deberían tener todos los niños y niñas del mundo, con amor, seguridad y protección, con la tranquilidad que da una vida sin carencias, con sol, parques, árboles para que me hablaran desde lo alto, una pandilla de incondicionales amigotes, barrancos y una pequeña finca en el vecindario para que se atracaran cada vez que quisieran. Así fue.

Veintisiete años después, mientras oigo la risa alegre de mi hermoso muchacho hablando con su hermano, sonrío y me pregunto a mí misma que era lo que tenía en la cabeza para habernos lanzado de ese modo al vacío. No hay explicación. Lo único que sé es que con mis dos hijos, mis dos ojos, la vida retoñó en mi espíritu casi aniquilado. Su presencia, junto con la paciencia amorosa de su padre, hizo entrar en mi vida al amor como entra el sol cuando se abren las ventanas en una casa vacía, oscura y triste.

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