miércoles, 20 de febrero de 2013

Volví al vientre sagrado de mi madre



Azul interminable, profundo, surcado por ingrávidas semillas, brillantes, que oscilan con las corrientes de aire. El sol reparte goterones de luz sobre los árboles. Mis ojos se llenan de los verdes oscuros y de los verdes claros, mi corazón de buena compañía. Huelo las flores y adivino los pájaros por sus trinos. En este pequeño paraíso, cierro los ojos, me tiendo sobre la tierra húmeda, respiro profundo, saturo mis pulmones con el olor a grama recién cortada y me regreso al vientre de mi madre.

Dejo el aquí y el ahora. Recojo mis días y me olvido de quién soy, en qué me he convertido, en qué me convirtieron, para no ser ya más en su tibieza dulce. Veo a mi madre desde adentro. Su sangre circula por eso que no soy todavía y esto que soy ahora, su primera hija, se pregunta quién es y que sentía esa joven muchacha de 20 años que se convirtió en mi madre cuando me dio la vida.

El sonido del viento batiendo las ramas de los altos árboles se esfuma. Escucho los latidos del corazón de Emma y lo que ven mis ojos, abiertos tras los párpados cerrados, ya no es el hermoso verdor que me rodea. Es una nebulosa de amarillos y rojos, su piel y sus tejidos que cobijan esto que aún no soy. Allí dentro, en ese recinto sagrado, protegido, seguro, soy un diminuto corazón que vibra al unísono con el de la mujer que me dio la vida sin pedírsela. Allí me hice persona, encarné esa historia que me marca y que quise cambiar. Me hice memoria terca, persistente, en resistencia siempre.

He vuelto al origen huyendo de mí misma, de casi todo lo que soy ahora. Me quité lo vivido como si fuera una cáscara que me envuelve y me atrapa para dejar de ser por un momento. Sin embargo, la que soy no deja de pensar ni de preguntarse sobre su madre entonces incipiente. Seguramente pude sentir su miedo, era 1954, probablemente julio, probablemente Arbenz ya había renunciado y Carlos, su esposo, mi padre, ya no tenía empleo.

Volví al vientre sagrado de mi madre, mi origen y mi vínculo con el universo, para renacer y renovarme, para desandar el camino y recorrerlo otra vez con nuevas fuerzas, para seguir viendo el mundo con ojos renacidos que no dejarán de indignarse ante tanta injusticia. Quise absorber su fortaleza bebiéndola en la fuente, su manera tan digna de permanecer entera, indoblegable, viva pese a la devastación sufrida hace 31 años.

Cobijada por su ternura, vuelvo a mí, vuelvo a ser lo que soy desde que abandoné la tibieza de su seno. Me entrego al infinito, me confundo con el azul interminable, esa burbuja que me envuelve. Soy una con el cielo, con la nube que lo surca y se disuelve por la fuerza del viento que sopla y me alborota el pelo. Una con las rosas que estallan en colores, una con el perfume de las gardenias blancas.

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