martes, 24 de abril de 2012

Humilde semilla


¿Por qué se empeña la muerte
en matar, vanamente, a la vida,
si la más humilde semilla
rompe la piedra más fuerte?
Luis de Lión

Por el camino de la sangre, la historia y la memoria, vengo desde mi madre y me prolongo en mis hijos. Me sumerjo, en abril, en las aguas profundas de mi vida, el mes en que nací, al igual que mi madre, mi hermana y mi hijo mayor. Con él, la vida se abrió paso en mi cuerpo. Era el 83 y aún vivía en Guatemala.

Entre agosto de 1982 –el inicio de su existencia en mí- y marzo de 1984 –nuestra salida del país, cuando él tenía once meses- sucedió lo que parecía imposible: se endureció aún más la persecución, alcanzando niveles y formas inimaginables. Estado de sitio, toque de queda, cateos, allanamientos domiciliarios, falsas noticias en la prensa que hacían aparecer a las víctimas de las masacres como bajas de la guerrilla en combates contra el ejército, cadenas nacionales con los aterradores sermones del jefe del Estado, ataques contra los llamados “reductos” subversivos, desapariciones, asesinatos, fusilamientos, tribunales de fuero especial, tierra arrasada. El país atravesaba uno de los períodos más amargos de la historia, en el que la violencia terrorista del Estado ocasionó decenas de millares de víctimas en el genocidio más grande de este lado del mundo. De nuestra parte, en prolongada agonía, inacabados intentos, ensayos de propuestas, frustrados esfuerzos. 

Muerte, mucha muerte, nos fue impuesta, violenta, cruel, inhumana. En ese contexto, ¿quién era yo para hacer algo así? ¿Cómo pude atreverme? ¿Cómo podía ser tan irresponsable? Esas fueron las preguntas que, con sobrada razón, me fueron hechas por algunas de las poquísimas personas con las que me relacionaba a esas alturas represivas. Pero, al igual que en mi país, en mí también se libraba una batalla entre la vida y la muerte.

Efectivamente, ¿quién era yo para atreverme a hacer algo tan irresponsable como tener un hijo si no sabía si iba a estar viva al día siguiente, al minuto siguiente? ¿Quién era esa mujer enloquecida? Para entenderme a mí misma, intento alejarme de la visión global, totalizadora, de mi existencia para desmenuzarla en sus pequeños fragmentos, en las diminutas partículas que la componen, trato de recrear la atmósfera de entonces y respirar de nuevo el aire de aquel año, de sentirme cómo era.

A la que soy ahora no le gusta esa mujer destrozada por la ausencia de su hermano, consumida por una espera estéril, que apenas sobrevivía cada día manteniendo la llama y el latido; un ser sumido en la impotencia, la tristeza y la desesperanza. Pero la que fui entonces se aferraba a la vida con todas las fuerzas de su alma, como todos/as los que descendimos al infierno. Sin opción de derrotarlos de otra forma, rebelde, la vida se alzó en ella.

(Mirando las rosas diminutas que florecen, preciosas, en mi patio, vuelvo conmovida a esa tarde amorosa de aguas coloridas, saltarinas, de sol cayendo y yo mirándote a los ojos, decidiendo quererte como nunca antes, para siempre. Dejé que tu abrazo cobijara lo que quedó de mí tras la desgracia y se produjo el milagro de la vida. Mi errático vuelo se detuvo a tu lado.)

Me sentí de otra manera con mi vientre abultado, sintiendo los movimientos de mi hijo, quien seguramente percibía el peligro en el que nos encontrábamos. De alguna forma supe que sería un varón y que le pondría el nombre de mi hermano del alma asesinado en marzo del 80, Julio César. Fui feliz con esas minucias que nos hacen cada uno de los días. Los cuidados de mi madre, el chocolate de “Sanan” de la queridísima Mami, los desayunos con champurradas y huevos estrellados, los antojos a deshoras, el jugo de naranja y todo lo ácido que siempre he detestado, caminar con su padre, sentirme de pronto otra persona. Sonreír.

No tejí escarpines ni hubo té de canastilla. Compras, las indispensables: los pañales de gasa, los de ojo de perdiz, los ombligueros, los gorritos, los suetercitos, las sabanitas de franela con orilla de crochet, las camisetitas de manta, la bañera. No hubo cuna y tampoco juguetes. En un mundo perfecto, como la futura madre perfecta hubiese preparado el ajuar de mi bebé tejiendo y bordando cada prenda, pintado de celeste su cuarto y puesto encajes y cintas al moisés. Debí haber tomado vitaminas, ido al médico cada mes y vestido lindos maternales de colores alegres. Nada de eso pasó. Todas mis energías vitales estaban enfocadas en sobrevivir diariamente eludiendo a los depredadores.

A los ocho meses de embarazo, mientras visitaba a mi sobrina recién nacida, otra muestra de la voluntad de vida y la determinación de mi hermana menor, enfermé de preeclampsia. El anuncio de una cesárea terminó de complicarlo todo. Esta se programó para el 23 de abril a las tres de la tarde, pero nadie tomó en cuenta a Julio, que decidió venir antes. La noche del 22 fui internada en el Roosevelt. La sala de operaciones estaba en el primer piso y la habitación en el cuarto, subí y bajé las escaleras apretando los dientes porque no había ascensor; para disminuir la factura petrolera, el gobierno había decidido prohibir su uso en la noche. Tremendo absurdo.

Atada a una camilla, inundada por el tranquilizante para mitigar el pánico de que ellos llegaran a sacarnos estando como estábamos, indefensos, sentí a mi hijo nacer. Aturdida por la droga, oí su llanto, que ahora celebro con el mío, y sentí el calor de su mejilla cuando alguien me lo acercó, dejando su huella indeleble en mi rostro.

Mi niño fue muy pobre y al nacer ese abril de madrugadas tibias y pertinaz persecución, hace casi tres décadas, se encontró con una madre que había perdido el sentido de la vida y que quería recobrarlo a través suyo, sin conseguirlo. Nadie podría sustituir al hermano perdido para siempre jamás, eso lo supe pronto. No pude ser la maravilla sobrehumana a la que se dedica un día al año de venta de regalos. Estaba muy lejos de acercarme siquiera al estereotipo que nos pintan todos los 10 de mayo, porque las reales no somos otra cosa que mujeres, humanas, inmersas en una realidad y viviendo en unas condiciones que en mi caso no podían ser más adversas.

Así, fui una mamá de carne y hueso, desgarrada, obnubilada por el dolor provocado por la desaparición de Marco Antonio, cerrada a los vínculos afectivos –o por lo menos racionalmente eso creía- para evitarme sufrimientos por futuras pérdidas. Talvez por eso, cuando nació mi hijo me sentí incapaz de experimentar los sentimientos propios de tales circunstancias. Todo el esfuerzo que había hecho para separarme de mi propio cuerpo, insensibilizarlo al dolor que podrían infligirme si me capturaban, me insensibilizó emocionalmente.

Pero los sentimientos maternales tienen muchas formas de manifestarse. En quinto magisterio, como parte de la asignatura de Psicología Infantil había resumido el libro “Los derechos del niño”, de Margaret Ribble, en el que aprendí cosas como el significado del llanto de mi hijo, porqué debía amamantarlo, la importancia del contacto físico, y otros conocimientos que me guiaron en esa etapa de adaptación. Él, al ambiente hostil que encontró al salir de mi vientre; yo, a su existencia y a mi nueva condición.

Ahora, sin culpa, tras haberme aceptado y entendido que no cometí ningún delito de lesa maternidad, alcanzo a ver al amor disfrazado de canciones inventadas por mí para invitarlo al sueño, de comida a tiempo, de la leche que manaba de mi cuerpo, de pañales limpios y secos, de abrigos y gorros y escarpines para mantenerlo caliente. Y aquí debo hablar en plural: jamás lo dejamos llorar ni nos preocupó que se “mal acostumbrara” a estar en brazos. Con mi cuerpo, con nuestras fuerzas precarias, entre las cuatro paredes de la casa donde transcurrieron sus primeros meses, guardamos a nuestro hijo. Lo cuidamos, lo alimentamos, lo protegimos, velamos su sueño inquieto, dormimos cuando él dormía, lo abrazamos cada vez que lloraba sin motivo, después de asegurarnos de que no era hambre, ni frío, ni dolor. Sus pañales secándose en el patio fueron también nuestras banderas. Desde ese mismo rectángulo de grama, donde aprendió a gatear, vimos pasar los helicópteros el 8 de agosto de 1983, día del golpe de Estado del general Mejía Víctores contra el general Ríos Montt.

¿Fui estúpida, irresponsable, temeraria? ¿Estaba loca? No sé. Tampoco soy la primera ni la última mujer que tuvo un niño en medio del terror y la persecución, solo soy la que recuerda y cuenta. Quizá visto en ese momento, fui un poco de todo eso, pero si coloco esos años en la prolongada línea de mi existencia, una vez pasada la tormenta, veo que, como en todos los asuntos vitales, en el nacimiento de mi hijo prevalecen el misterio y la magia.

Entonces no sabía lo que pasaba en la Argentina y otros países del sur con el robo de bebés. La búsqueda de millares de niños y niñas arrebatados a sus madres en las cárceles clandestinas dio lugar al surgimiento de las Abuelas de la Plaza de Mayo y las agrupaciones de HIJOS. Su existencia hasta el día de hoy en mi país, en Argentina, Paraguay, Uruguay, Colombia, México y otros países obedece a esta tragedia. Pero sí tenía noción de lo que hacían los perpetradores de masacres con los niños y niñas, aún los no nacidos, de los pueblos indígenas. Mi cabeza estaba poblada de imágenes de horror.

El secuestro y apropiación de niños y niñas también pasó en Guatemala. Dos ejemplos: el caso de la familia Azmitia Dorantes con la desaparición del padre, un hermano y la hermana de Chely, Dora Clemencia, que tenía tres meses de embarazo; o las hijas de Adriana Portillo-Bartow –Rosaura y Glenda, de 10 y 9 años- y su hermanita, Alma Argentina, de año y medio. En su declaración ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso Molina Theissen vs. Guatemala, nuestro perito Axel Mejía (que en paz descanse) dijo que “Se estima que el número aproximado de niños desaparecidos durante el conflicto armado de Guatemala es de 4.500 o 5.000”. A 29 años, los que cumplió mi hijo, aún me aterra suponer lo que nos podría haber sucedido. Son duras reflexiones para esta fecha que ahora celebramos felizmente.

Tres años después se repitió el milagro con mi segundo hijo, en otro país, en circunstancias igualmente difíciles pero con seguridad. El lleva los nombres de mi cuñado y de mi hermano. Poco a poco -en un proceso de años, sin repentino final feliz estilo Hollywood- de las manos de mis niños llegaron de nuevo la alegría y el sentido que le daba a mis días el oírlos decir “tengo hambre”. Cual brújulas, marcaron el norte de ese tiempo sin norte, sur, este ni oeste, cuando primero debíamos resolver cómo abrigarlos, asegurarles un techo y mantenerlos bien, antes de empezar siquiera a perderme en el vacío de la ausencia del niño que me marca.

Mis hijos, ya adultos, son dos hombres de bien, como su padre y su abuelo. Con su presencia, equilibran la balanza de las pérdidas. Por ellos, decidimos prolongar este exilio, que se me ha hecho eterno, para resguardar sus vidas tan preciadas, como todas las que fueron segadas en esa época terrible. Para ellos -y para todos los hijos e hijas, aunque no sean nuestrxs- continuamos soñando con un mundo distinto. Nuestra humilde semilla tendrá que germinar un día, ojalá pronto.

domingo, 15 de abril de 2012

10 de julio de 1999

Permanezco entera
en el retablo de la vida.
Persisto tercamente,
transcurro,
sigo fiel a mí misma.
Me parezco cada día más a
aquella que elegí ser
en un día lejano.
Me aparto de las corrientes de aire
para no disolver mi esencia
en suspiros inútiles.
Tengo la densidad del agua,
terciopelo que corre
tumultuoso entre piedras gigantes
y se remansa en pozas
que reflejan el cielo.

La memoria encarnada no sigue un proceso lineal. En ese mirar hacia atrás, salto de una a otra época, vuelvo al presente y veo nuevamente lo pasado. Así se han ido presentando mis escritos, algunos se van gestando en mi espacio interior, una rara mezcla de algo que es casi físico, ventral, junto con otras dimensiones, las del espíritu. Otros surgen de montañas de papeles, como este, del cual a casi trece años, suscribo una a una sus palabras. En ese esfuerzo prolongado, inacabado proceso que aún se extiende, en 1999 escribí lo que sigue y que ahora recupero.

En ese momento, y muchos otros, situándome en la otra orilla de la existencia humana, -esa, donde terminé de desmoronarme tras la huida- a la vuelta de todo, inicié la reconstrucción de mí misma. Recogí mis pedazos, un rompecabezas del que faltaban partes –mi hermano, mi tierra, tanta gente- y parecían sobrar otras –mi familia, mis hijos, yo misma-, y una vez resuelto el día a día, me pregunté quién era. En mi cabeza, había dos personas. La que había sido hasta antes de hundirme en aguas turbulentas. La que salió de allí, que negaba a la otra. Sobreviviente, quise vivir de nuevo. Para ello, de esas dos, que eran yo, debía hacer una.

10 de julio de 1999

¿Cómo empezar todo esto? ¿Cómo deshilvanar la vida y estar segura de que no terminaré con un harapo entre las manos? ¿Cómo saber si siquiera quedarán manos para seguir? Es muy difícil meterse en el pasado, recordar cada detalle y contarlo para que todos sepan, para que nadie olvide y para que nunca más, ojalá sucedan estas horribles cosas. Sé que debo hacerlo con el corazón. Mi cabeza piensa demasiado. A todo le busca explicaciones. Cada asunto debe tener una razón de ser. Entonces los sentimientos se congelan y yo me paralizo.

La vida a veces se divide en momentos de los que no hay regreso. Dejamos de ser para convertirnos en otros. Las circunstancias y las esencias cambian. Entonces hablamos del antes y el después. En mi vida hay varios antes y después. Viví y morí cosas que me transformaron totalmente y me hicieron lo que ahora soy si es que soy alguien, si es que quedó algo. Parece muy fácil dejar hablar al corazón, pero no lo es. Hay que dejarse llevar por los recuerdos, hilvanar las palabras, dejarlas fluir... pero no encuentro nada adentro. Una piedra es lo que hay en lugar de corazón. Ya no lo siento.

¿En qué me he convertido? A ratos me siento casi como una máquina que se conecta cada mañana y empieza una rutina conocida. Por la noche, cansada, mi consciente duerme o parece que lo hace y mi irracionalidad inventa mundos inéditos e insospechados en los que parece que quedó lo que yo era. En ese mundo vuelo, me encuentro con toda clase de personas, a veces soy feliz allí y la sonrisa que amanece en mi rostro se aleja cuando retomo la rutina.

A veces soy una infeliz ama de casa sudando y resoplando con una escoba, un trapo de limpiar, el desinfectante en bandolera, lista para batallar una vez más con la basura, el polvo, la ropa sucia, el desorden, los huevos estrellados, las tortillas, las telarañas, y otra vez, la basura, el polvo y todo lo demás en un interminable círculo de desgaste. Otras, soy una poco importante funcionaria que lidia con libros y computadoras en otro afán de poner orden en un mar de papeles que pareciera que no terminará.

También soy la mamá de dos muchachos más indolentes de lo que quisiera, que se han hecho enormes en menos tiempo del que hubiera pensado, con los que casi todos los días no me entiendo. Soy la esposa de un hombre que sigue siendo bueno y honesto, como ninguno de los que he conocido. Quizás ninguno de los tres esté enterado de lo que siento por ellos cuando interrogo mi corazón y le pregunto a mi cabeza que sería de mí si no estuvieran.

Y soy una exiliada. Tendría que ser muy imaginativa para suponer lo que sería hoy "si todo hubiera sido diferente y no hubiera tenido que huir de mi país". Soy alguien que sepulta recuerdos cada día para seguir viviendo; que trata de no pensar cómo eran aquel cielo y los árboles, ni el aire dulce y caliente de la costa, ni el olor a pinares de las tierras altas, ni su gente tan, tan querida.

Pocas veces me siento satisfecha conmigo misma, con lo que soy ahora. Quisiera tener más fuerzas para tantas rutinas que por tontas que sean forman ese conjunto de pequeñeces que los psicólogos o los sociólogos identifican como "vida cotidiana", que vienen a ser algo así como un mar de los sargazos en el que quedé enredada. Muevo los brazos fuertemente para no sumergirme. Quiero ser capaz de flotar y ver el cielo.

¿Qué fue lo que quedó de mí? Quizá la fuerza que me impulsó adelante cuando parecía que no había camino. La fisonomía: pequeña, frente ancha y despejada, manos de niña y brazos cortos, ojos miopes y diminutos, dientes grandes y torcidos...

¿Qué más? Talvez adentro, muy adentro, los mismos sueños, las mismas pesadillas, las mismas ganas de ver que el mundo es un buen sitio para pasar un rato antes de retirarnos hacia quien sabe dónde y no el purgatorio en el que poco a poco se me ha venido convirtiendo, tras dejar el infierno que ellos hicieron de mi vida.

¿Qué sueños? Saber, sentir, amar, vivir, hacer el bien, trabajar, hacer amigos, aprender, entender cada vez más y mejor lo que sucede, ser una gota más de furia en una mesiánica tormenta purificadora.

¿Y cuáles pesadillas? Un país repleto de generales y soldados con calles erizadas de bayonetas, cuajadas de humo y llanto, con balas persiguiéndome muy lentamente que jamás lograrán alcanzarme, y no ser yo y seguir con vida y no tener corazón sino una piedra. Y dolor, demasiado, más del que creí que un ser humano podría soportar sin morir definitivamente (porque hay muchas maneras de morirse), y ninguna lágrima.

Pero, ¿quién era yo? Una muchacha de dieciocho años que salió un día a la vida jurando que pasara lo que pasara jamás la harían dejar de sonreír. Una muchacha que escribía poemas y canciones y contemplaba los rostros adustos de la gente con la que se cruzaba y pensaba que nunca perdería la alegría.

Debo hacer un esfuerzo, preguntarme a mí misma quien fui veinte o más años después de haberlo sido. En alguna parte de mi alma sigue existiendo esa muchacha, sigo siendo fiel a la vida, a la alegría, al ansia de sentir y saber, de abarcar el horizonte de una mirada, de asir el futuro con las manos y traerlo al ahora, de ser feliz no solamente yo sino con todos, de vencer la miseria, la ignorancia, de recorrer uno a uno cada centímetro del suelo en el que vine y borrar las iniquidades, la injusticia y todo el dolor del mundo acumulado.

Por encima de todo, tenía esperanza. Creía que el bien triunfa sobre el mal siempre, que la razón estaba de mi lado y de todos aquellos con los que creí compartir estos ideales.

Aún cuando llegó la muerte a mi existencia, invadiéndome, arrebatando soles y oscureciendo lunas, mantuve la esperanza y los ideales. Llegué a creer que ella era una amiga noble y al mismo tiempo nada. La oscuridad total, el no ser absoluto, la extinción de mi sangre y de mi modo intangible de existencia. La muerte vendría alguna vez a rescatarme del silencio, el escarnio y la tortura, por eso era mi amiga. Vendría a acabar con el dolor de la prisión, del no ser, de los golpes y las mutilaciones. Ya no importaría más estar desnuda, encadenada, lejos de los míos, sin nombre, sin futuro, nadie y nada a la vez, la muerte era la salvadora.

No temía a la muerte. Salvadora y necesaria, eso era ella. Necesaria porque sin muertos no habría un país nuevo y la gente no sería feliz jamás. Había que sacrificar la sangre y debía morir hasta el último de nosotros si era necesario para lograr el triunfo. Con nuestras muertes demostraríamos la fuerza de los ideales y de las convicciones. Entonces todos creerían en ellos y lucharían tanto como nosotros mismos.

Era una muerte disfrazada de vida, una vida distinta en la memoria del pueblo que nos llevaría al sitial de los héroes y de los mártires y nos reconocería como los mejores. Una muerte que mantendría la esperanza, en las palabras del poeta.

También era una muerte disfrazada de amor. Amor hacia la patria, amor hacia la gente, hacia los pobres, los obreros y los campesinos, los niños sin pan, sin techo y sin escuela. Morir por la patria era la demostración más grande del amor hacia ella y todo lo que representa.

Ahora sé lo que es la muerte, esa clase de muerte. Y no hay regreso ni memoria imperecedera que mantenga con vida a tantos compañeros y compañeras que fueron vilmente asesinados o desaparecidos en el baño de sangre que ensombreció a mi patria. Lo cierto de esta muerte, la infligida por manos despiadadas, es la soledad de las viudas, la orfandad de los padres sin sus hijos e hijas, y la orfandad de los hijos sin sus padres y madres, la tristeza perenne de los hermanos y hermanas, la llaga abierta, purulenta y sangrante todavía de sus muertes injustas y de los criminales libres.

Pero eso no existía en mí cuando era una muchacha esperanzada de 18 años, preñada de humanidad y de futuro. No existía cuando Gloria una tarde de mayo, de esas que marcan el antes y el después, con su cabello largo y negro y su sonrisa irónica, con un cigarro eterno temblando entre sus labios mientras hablaba, me presentó a la organización y me pidió que militara con ellos. Quinta calle y quinta avenida, a las tres de la tarde, una que en mi recuerdo sigue siendo clara y soleada, en la esquina del parque Centenario, circundado de árboles habitados por lo que talvez eran miles de pájaros que hacían sus nidos en ellos y cuando el sol terminaba de hundirse en el oriente inundaban el aire con sus raros sonidos. Me gustaría ahora saber qué clase de árboles y qué clase de pájaros había allí para poder consignarlo. Digamos que hacía calor, que el sol ya había pasado por el centro del cielo y se acercaba al ocaso y al final de la calle iluminada parecía que terminaba el mundo. Algo así como una calle con columnas de Hércules y un abismo al final, pero soleado.

No importaba quien fuera, Gloria o cualquiera otra persona, lo mismo hubiera dado, ni para qué organización. El caso es que yo esperaba ese momento con ansias. Seguramente me emocioné. Seguramente reclamé la tardanza en acercárseme, que estaba tan puesta, alborotada, disponible, deseosa de irme a ese otro mundo que existía al final de la calle, al traspasar las columnas de Hércules. Un mundo poblado de héroes y heroínas valerosas que se enfrentaban al mal y a la miseria y que a la hora del triunfo, que estaba al alcance de mis manos, a la vuelta de la esquina, overnight, seríamos reconocidos con asombro por el resto de la gente que no sabía nada y que se acercaría a abrazarnos y a decirnos que gracias, que nunca se hubieran imaginado que yo también formaba parte de ellos. Yo. Una molécula insignificante contribuyendo a la redención de los miserables de la tierra. Yo, que ahora vuelvo mi cabeza para atrás, hago a un lado los años duros, la persecución y el terror que no tardarían en llegar, y me veo de nuevo ingenua, transparente, inocente, pobre de mí.

Desde ese momento, el primero de muchos del antes y el después, mi cabeza se pobló de imágenes de insurrecciones y banderas inundando los parques y las calles, aclamando el advenimiento del futuro. Triunfante, yo también llevaría una bandera. También flores que deberían ser rojas y fragantes. Y después de las plazas delirantes el mundo sería un lugar perfecto, lleno de gente feliz, de niños saludables, vestidos y calzados, de amor y de alegría.

No había duda de esto. La revolución estaba a la vuelta de la esquina, pero el hacerla resultó ser una calle muy larga, una nueva Vía Dolorosa de este lado del mundo, con demasiados Cristos escarnecidos y muertos en silencio.

sábado, 7 de abril de 2012

Resistencia y memoria del cuerpo

No es Semana Santa si no hay curtido, bacalao a la vizcaína y torrejas. El Miércoles Santo, inventé otra vez el bacalao, como cada vez que cocino algo, porque no conseguí recordar al pie de la letra la receta de mi mamá y de Mamaíta. Fueron mis ojos los que me devolvieron la imagen de la salsa de tomate friéndose en abundante aceite de oliva y mi paladar supo que debía ponerle aceitunas y alcaparras, además de mucha cebolla y chile pimiento muy rojo. No sé las cantidades de verdura para hacer el curtido, pero mi mano sabiamente calcula cuánto de zanahoria, ejotes, remolachas, repollo y cebolla tengo que preparar; también es la que decide, junto con el gusto y el olfato, si es una taza de vinagre o más lo que necesito para darle “ese” sabor que guardo en mis papilas gustativas desde la infancia.


Cocinando también vinieron a mi mente las semanasantas pasadas, cuando de la mano de mi abuela materna –Mamaíta- me iba a ver procesiones y a visitar iglesias, siempre siete, igual que en nuestra gira por los nacimientos en diciembre. Sentí de pronto la delicia del olor del corozo en mi nariz, junto con el del incienso, y la humedad en los ojos al recordar su voz y su ternura. (O su regaño si, en lugar de inclinarme con devoción al paso de las imágenes sagradas, irreverente, me ponía a contar cucuruchos multiplicándolos por el precio de los turnos, para adivinar los miles que se habría embolsado la Iglesia con cada procesión). También recordé las que pasé feliz en Antigua, durante mi adolescencia, en la casa de mi tía X., cuando nos íbamos a ver desfiles de romanos, alfombras y procesiones con mis queridas primas.

Esas cavilaciones me llevaron a las representaciones de lo sagrado en la Semana Santa, que en Guatemala alcanzan niveles apoteósicos. Se trata de la exposición del martirio en todas sus fases y facetas, el sufrimiento corporal convertido en espectáculo masivo, el ensalzamiento de la muerte de un hombre, un hecho sucedido hace unos dos milenios como se nos repite cada año, que trascendió en religión y en formas de pensamiento y de relacionarnos con el mundo. Estas, talvez, impregnaron de mesianismo nuestras luchas en los setentas y ochentas y, también con signos de interrogación, le dieron algún sentido al sacrificio mortal de millares de hombres y mujeres al asociarlo con la redención del pueblo. “Alguien tenía que caer…”

De esta, salté a otra reflexión relacionada con la memoria de los hechos atroces y concluí en que aunque haya olvidado muchas cosas, mi cuerpo las recuerda, como la sazón del bacalao a la vizcaína o el curtido y el olor del corozo y el incienso. Pero también este cuerpo que habito desde siempre y que estuve dispuesta a sacrificar en opción redentora, aprendió, sin haberla sufrido, la tortura, que eso y no otra cosa es lo que vemos repetidas veces en las imágenes del Cristo martirizado que desfilan solemnes por las calles guatemaltecas.

Para extirpar la idea, el anhelo de cambio, la libertad rebelde, la voluntad de crear un mundo diferente, todo ello encarnado en millares de hombres y mujeres que formaron el movimiento popular y revolucionario, aprisionaron, torturaron y mataron o desaparecieron sus cuerpos. Para ellos y ellas no hubo resurrección como la que nos cuentan en los relatos bíblicos. La pedagogía del terror dirigida al control social y a la sujeción al poder, en sumisión y pleitesía, recurrió ampliamente al abandono de cadáveres con señales de tortura y a la desaparición forzada. Así, por experiencia propia -pero también mediante las lecciones del poder- mi cuerpo aprendió que duele, que es débil y necesitado. También que ellos, racionalmente perversos, lo sabían y, como en todos los tiempos en las sociedades sojuzgadas, empleaban la tortura para extraer información. Empleada estratégicamente, como método de dominación social y de control político, hicieron una ciencia sobre las mil y una formas de infligir dolor y arrebatar la dignidad de las personas, desnudándolas, inmovilizándolas, aislándolas, colocándolas, en fin, en un estado de indefensión absoluta en el que fueron objeto de vejaciones innombrables con el objetivo de quebrarlas y hacerlas hablar, como las recopiladas en los llamados Manuales de Tortura, de la CIA.

La tortura y la muerte o desaparición forzada de decenas de miles de personas, como Rosario Godoy, Carlos Cuevas y su hijo, un bebé al que le arrancaron las uñas un Jueves Santo, el 4 de abril de 1985; como Julio, Héctor, Marco Antonio y muchos más, incontables, son hechos innegables que nos hablan de lo que fueron capaces un puñado de hombres actuando en nombre de intereses despreciables. Sostenido su recuerdo por nuestro amor memorioso, seguimos demandando justicia para todas las víctimas y sepultura digna para los cuerpos de nuestros desaparecidos y desaparecidas.

En aquel tiempo nunca quise morir pero, siendo realistas, las probabilidades de perder la vida eran muy altas. La intensidad y la frecuencia de las lecciones perversas del poder acerca de lo que le tenía reservado a personas como yo, que habíamos cruzado la línea invisible que nos separaba de la gente obediente, me llevó de algún modo a la certeza de que me pasarían esas cosas. No podían controlar mi pensamiento, atajar mis decisiones, impedir mis opciones ni mi insumisión –eran parte de mis derechos ciudadanos- por lo que buscarían castigarme en el cuerpo.

Así, al asumir mis opciones políticas e ideológicas en un acto personal -muy íntimo, casi imperceptible hasta para mí- como quien va a una guerra (¿acaso era otra cosa?), acepté la posibilidad de mi muerte precedida del tormento inevitable. Si me agarraban, esto sí muy racional y conscientemente, me propuse no hablar. No sé si lo habría conseguido, pero más que la muerte, más que la tortura, el gran peligro, el gran miedo, era que me quebrara y cantara diciéndoles lo que sabía, poco o mucho, que entregara a más gente, que colaborara con ellos. Mesiánicamente, pude haber creído que la muerte era necesaria y asumido el sacrificio personal como algo indispensable, el precio que había que pagar para redimir al mundo, para cambiarlo todo, para hacer un país distinto. Eso probablemente me liberó del miedo.

Socialmente, sin mayores cuestionamientos, en un complejo proceso aquí descrito esquemáticamente, que es objeto de estudio y discusión de especialistas, la muerte y la tortura pasaron a ser parte del orden natural de las cosas. Se dio una especie de institucionalización del cuerpo martirizado y despojado de vida del/la desobediente (“en algo andaba metido/a”). El terror eficazmente contribuyó al silencio y la complicidad de vastos sectores, paralizó a otros. Y, del lado de la desobediencia, todo ello iba siendo elaborado mesiánicamente en el discurso, los lemas, las canciones, los poemas.

En ese contexto, instintivamente, mi cuerpo buscó sobrevivir mientras yo, racional y tercamente, insistía en el desafío. Sobra decirlo, pero en los últimos años que estuve en mi país, junto con mi familia y con otra gente, corría peligro, vivía en una situación de riesgo permanente. Hubiese querido ser invisible. Alguien podía tomar el cuerpo en una calle, en la casa, sacarlo a rastras en medio de la noche, apenas cubierto. Podían interceptarlo y reconocerle el rostro, averiguarle el nombre, a pesar de los anteojos puestos a propósito para eludir miradas, igual que el pelo, de otro color y peinado. Mucha gente cayó de esa manera.

Esta situación me sumió en un proceso imposible. El del cuerpo anulado. El del cuerpo insensible. Anestesiado. Ilusoriamente preparado para no sufrir si lo torturan, lo violan, lo arrastran, lo sepultan mientras aún respira. Fue un trabajo paciente, en el que inconscientemente fui sumando motivos con cada nuevo mensaje terrorista.

Escenario del dolor o del goce, mi cuerpo se limitó a cumplir las funciones vitales, distanciándose de mí, que aún sabiendo a lo que me exponía, estaba dispuesta a sacrificarlo por razones que él no podía entender. Los ojos se negaron a seguir siendo míos cuando supieron que los de M. habían sido vaciados de sus órbitas; no solo dejaron de ver lo horrible, también se negaron a ver más la belleza del mundo. Las uñas dejaron de crecerme al saber que podían sacármelas. Y la piel, que de algún modo supo que sirvió innumerables veces para apagar cigarros, que se rompía con los golpes, que los balazos y los puñales le hacían agujeros, dejó morir una por una las terminales nerviosas que la hacían sensible. Dejó de sentir los cosquilleos, los roces con pétalos de flores, las espinas en los tallos de las rosas, las piedras en el suelo al caminar descalza, los pinchazos de agujas, los zapatos apretando los pies, el viento suave acariciando el rostro. Insensible, la piel se convirtió en un envoltorio sin brillo, marchitada. Y, ¿qué agregar del oído? Que no quiso saber más de la música ni de las canciones hermosas de Serrat.

Creyéndose petrificado, el cuerpo pretendió prepararse para lo peor, hasta para morir sin haber hablado aunque le convirtieran en un territorio de dolor y tormentos. Pero eso no era cierto. Seguía siendo un vulnerable pedazo de huesos y de carne, aquejado de necesidades, limitado por sus carencias. No obstante su búsqueda de la insensibilidad, basada en su cerrada negativa a experimentar estímulos externos –lo que indudablemente lo privó de mil disfrutes-, el cuerpo, mi cuerpo, seguía vivo y sensible. Por lo tanto, podía morir de sed, de hambre, de sueño, de dolor. Seguía estando en condiciones de padecer todo aquello para lo que se deseó invulnerable. Las previsiones tomadas por mi cuerpo, soberano de sí mismo, repudiándome, eran inútiles. Imaginar el dolor es una experiencia infinitamente lejana e incomparable con sentir el dolor y, aunque se blindara cerrando los poros uno a uno, el afán era estéril.

Nunca caí en sus redes, no sé qué hubiera hecho, no puedo ni siquiera suponerlo. Pero dejé de ser yo, dejé de ser esta que ahora soy de nuevo. Tentable, débil, enfermable, pequeño, hice de mi cuerpo mi trinchera. Y un día descubrí que en lugar de corazón tenía una piedra y que las numerosas muertes o desapariciones de personas amadas ya no me provocaban la misma sensación indefinible que las primeras –melancolía, tristeza, llanto callado, desolación-, sino náuseas, mal dormir y atroces dolores de cabeza. El cuerpo traicionero.

Visto a muchos años de distancia este proceso, pienso que lidié de este modo con el peligro de la tortura y la muerte, con el temor a que me sucediera lo mismo que a millares de personas entre las que se contaban mi hermana y mi hermano. Fuera de la mía, desconozco otras experiencias. No es fácil desnudar el alma. Los asuntos del dolor, los procesos personales, íntimos, las vivencias tortuosas de aquel tiempo, siguen siendo un tabú.

Más allá de lo poco que pueda dibujar con mis palabras -cortas, escasas, limitadas, si se comparan con las formas, la intensidad y la magnitud del terrorismo de Estado, profundo e insondable, indescriptible- mi país vivió una realidad en la que, repito, un puñado de hombres –pequeños demonios aborrecibles, malditos- se arrogó la atribución de decidir la muerte de decenas de miles de personas y, con ella, la facultad ilimitada de controlarlas mediante la apropiación de sus cuerpos. Ante ello, no cuestiono mi decisión. Estoy plenamente segura de que haría lo mismo si tuviera que vivirlo nuevamente; por amor a mi país y a la justicia, estuve dispuesta -junto con muchos otros/as- a dar la vida. Lo que cuestiono es si esa muerte que brotó a borbotones de las manos de ellos, sea amor o redención. Podremos elaborarla de mil formas desde las distintas culturas, religiones y expresiones artísticas, pero las muertes violentas perpetradas en Guatemala en hechos que configuran actos de genocidio, junto con la tortura y la desaparición forzada, constituyen crímenes de lesa humanidad y son imperdonables e imprescriptibles por lo que sus ejecutores intelectuales y materiales deben ser investigados, juzgados y castigados ejemplarmente. Para que nunca más…

La tortura y la muerte deliberadas o como efecto de procesos políticos, sociales y económicos inhumanos, basados en la acumulación material y no en las necesidades y derechos de las personas y el respeto a la naturaleza, siguen siendo parte del paisaje actual en el planeta. Hoy, con tanta crudeza como entonces, impera la cultura de la muerte asociada con la prevalencia del mercado. Se manifiesta en la existencia de fenómenos como el hambre, el genocidio, el abuso, las violaciones, el tráfico y la trata de mujeres y niñas/os, la explotación sexual, el feminicidio, el encarcelamiento en condiciones infrahumanas, la esclavitud y todas las prácticas dirigidas al control de las personas, fenómenos totalmente vigentes, repudiables, contra los que se debe continuar luchando incansablemente hasta conseguir su erradicación. Franz Hinkelammert lo explica en los siguientes términos:

La relación mercantil, hoy totalizada, produce distorsiones de la vida humana y la naturaleza que amenazan esta vida, y precisamente la vivimos como amenaza. Experimentamos el hecho de que el humano es un ser natural con necesidades que van más allá de simples propensiones a consumir. Satisfacer necesidades resulta ser la condición que decide sobre la vida y la muerte, mas la relación mercantil totalizadora no puede discernir entre la vida y la muerte, sino que es una gran máquina aplanadora que elimina toda vida que se ponga en el camino por el que avanza. Pasa por encima de la vida humana y la naturaleza sin ningún criterio, salvándose sólo quien logra quitarse de su paso.
Esta situación inhumana llevó al suicidio a Dimitris Christoulas, de 77 años, que escribió antes de matarse en Grecia: “Soy jubilado. No puedo vivir en estas condiciones. Me niego a buscar comida en la basura. Por eso he decidido poner fin a mi vida”.

(Pese al tiempo transcurrido, a que lo saqué a tiempo del peligro, mi cuerpo sabe o teme lo que la mente ha olvidado deliberadamente o por el paso del tiempo. La piel sabe que en algún momento alguien quiso tomarla para causarle tormentos indecibles. La espalda conserva la vivencia del estremecimiento que la recorrió cada vez que supo de otros cuerpos sufrientes, mutilados, sin vida. Los párpados cerrados guardarán para siempre las lágrimas que no fueron lloradas y en algún lugar, muy dentro de mí misma, habitan los fantasmas de todos los dolores sufridos o imaginados. Mi cuerpo guarda el terror de los días malditos, el sudor frío deslizándose por la frente y la espalda, el ahogo causado por la angustia de la persecución. Todo ello se resume en un espasmo breve, infinitesimal, plexo solárico, cuando mis ojos se abren de pronto en las noches oscuras, esos momentos sin calendarios ni relojes, en los que no sé dónde estoy ni si sigo existiendo.)