domingo, 15 de julio de 2012

“Hoy es el día más triste de mi vida”


“Hoy es el día más triste de mi vida”, dijo Roque mientras abrazaba el féretro que aprisionaba el cuerpo de su hija menor, María Isabel. Antes, en la entrada del cementerio donde nos mezclábamos guadalupanos y guatemaltecxs -los que quedamos del grupo de exiliados, que nunca fuimos muchos en este país tan lejano del nuestro como si fuera otra galaxia- con voz entrecortada por el llanto, nos agradeció nuestra presencia.

No tenía por qué agradecerlo. Quise acompañar al padre y a la madre en el momento que sufren el más grande y profundo de todos los dolores: el que les provoca la pérdida de su hija. Un cielo oscurecido por las nubes, en el que el sol era una silueta fantasmal, nos miró caminar entre las tumbas. Mis ojos se anegaron de luz blanca mientras serpenteábamos por los estrechos senderos alfombrados de grama de ese lugar sagrado, el cementerio.

Acongojada, me acerco a Roque y a Ana, la madre. No sé ni qué decirles. Los abrazo y les susurro que tienen que ser fuertes. Me entristece el llanto de mi amigo, ha vuelto a ser un niño desvalido despidiendo a su niña para siempre. Obrero rebelde, perseguido en su tierra –que es la mía- que debió abandonar para buscar el aire que querían quitarle, llegó a este país y formó una familia con su esposa y dos hijas, Catalina e Isabel. En algún momento, él, que anduvo jugándose la piel, porque en los setentas y los ochentas pertenecer a un sindicato era un ejercicio peligroso, me pregunta por qué ella. Lo escucho y pienso que la muerte es azarosa y que aunque pasara un millón de veces por esa experiencia, jamás entendería la oscuridad, el vacío, la inexplicable muerte. Lo único que sé, que sabemos, es que no hay escapatoria a la cárcel en que se nos convierte la existencia cuando nos toca con su aliento llevándose a quienes más amamos.

Su dolor nos remueve otros dolores. Todxs hemos sufrido alguna pérdida. Muy cerca de mí, hablándome al oído mientras tapian el nicho donde descansará el cuerpo de Isabel, Liz me dice que antes no entendía la importancia del ritual funerario y de saber en qué lugar se depositan los cuerpos de nuestros seres queridos. “Lo entendí cuando vi el sufrimiento de las familias de los desaparecidos”. Me cuenta que escuchó al hijo de Amancio Villatoro, el sindicalista desaparecido en el 84, relatar el proceso que han vivido él y su familia a partir de que encontraron los restos de su padre en un cementerio clandestino situado en los terrenos que ocupó el cuartel militar en San Juan Comalapa, Chimaltenango. La escucho y pienso en nuestra espera, en el duelo inconcluso; en el desesperado modo de aferrarme a la idea de que mi hermano iba a volver un día y todo podría ser como si nada hubiera pasado, hasta que eso que me ayudó a vivir, me estaba enloqueciendo y debí desecharlo. Me acordé de mi padre y que desde hace muchos meses no visito su tumba. Tengo que ir y contarle que seguimos buscando a su hijo y demandando justicia.

La muerte de Isabel, una joven de apenas 26 años, al igual que las que me han tocado más de cerca (mi padre, mi hermana Magalí, Mamaíta, tía Xina) y tantas otras que me rozaron el alma en el “postconflicto”, por causas naturales, fueron la evidencia extrema de que la vida, mi vida, continuó.

Cuando creí que había dejado atrás el tiempo de las pérdidas, como parte de una generación diezmada por los terroristas de Estado, llegaron a mi existencia las tragedias nuevas a mostrarme que estaba equivocada. Entendí que para morir solo basta estar vivo, que las tragedias viejas producidas por la violencia despiadada, no nos inmunizan a sufrir todas aquellas a las que estamos sujetos por nuestra condición. La diferencia enorme es que estas experiencias, siempre duras, siempre dolorosas, son normales, naturales y, aunque parezca un contrasentido, hermosamente humanas, porque morir es parte del vivir y ese hecho ya no está escrito en un plan de exterminio. Sin embargo, cuando quien se va es tan joven, como Isabel, no podemos apartar de nuestra mente el pensamiento de que algo así es injusto. Ni siquiera existe la palabra para nombrar el estado en que quedan los padres y las madres y hay que forzar el idioma para nombrarlos huérfanos de sus hijos e hijas.

Sola, en el oscuro nicho, dejamos a Isabel. Con pesar, nuevamente abracé a su padre, a su madre y su hermana. “Cuenten conmigo por favor” les digo, cuando sé que lo que quisieran hacer es detener el tiempo, atrasar los relojes y regresar el calendario al instante preciso en que aún estaba viva para tenerla con ellos y evitarle la muerte.

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