martes, 24 de abril de 2012

Humilde semilla


¿Por qué se empeña la muerte
en matar, vanamente, a la vida,
si la más humilde semilla
rompe la piedra más fuerte?
Luis de Lión

Por el camino de la sangre, la historia y la memoria, vengo desde mi madre y me prolongo en mis hijos. Me sumerjo, en abril, en las aguas profundas de mi vida, el mes en que nací, al igual que mi madre, mi hermana y mi hijo mayor. Con él, la vida se abrió paso en mi cuerpo. Era el 83 y aún vivía en Guatemala.

Entre agosto de 1982 –el inicio de su existencia en mí- y marzo de 1984 –nuestra salida del país, cuando él tenía once meses- sucedió lo que parecía imposible: se endureció aún más la persecución, alcanzando niveles y formas inimaginables. Estado de sitio, toque de queda, cateos, allanamientos domiciliarios, falsas noticias en la prensa que hacían aparecer a las víctimas de las masacres como bajas de la guerrilla en combates contra el ejército, cadenas nacionales con los aterradores sermones del jefe del Estado, ataques contra los llamados “reductos” subversivos, desapariciones, asesinatos, fusilamientos, tribunales de fuero especial, tierra arrasada. El país atravesaba uno de los períodos más amargos de la historia, en el que la violencia terrorista del Estado ocasionó decenas de millares de víctimas en el genocidio más grande de este lado del mundo. De nuestra parte, en prolongada agonía, inacabados intentos, ensayos de propuestas, frustrados esfuerzos. 

Muerte, mucha muerte, nos fue impuesta, violenta, cruel, inhumana. En ese contexto, ¿quién era yo para hacer algo así? ¿Cómo pude atreverme? ¿Cómo podía ser tan irresponsable? Esas fueron las preguntas que, con sobrada razón, me fueron hechas por algunas de las poquísimas personas con las que me relacionaba a esas alturas represivas. Pero, al igual que en mi país, en mí también se libraba una batalla entre la vida y la muerte.

Efectivamente, ¿quién era yo para atreverme a hacer algo tan irresponsable como tener un hijo si no sabía si iba a estar viva al día siguiente, al minuto siguiente? ¿Quién era esa mujer enloquecida? Para entenderme a mí misma, intento alejarme de la visión global, totalizadora, de mi existencia para desmenuzarla en sus pequeños fragmentos, en las diminutas partículas que la componen, trato de recrear la atmósfera de entonces y respirar de nuevo el aire de aquel año, de sentirme cómo era.

A la que soy ahora no le gusta esa mujer destrozada por la ausencia de su hermano, consumida por una espera estéril, que apenas sobrevivía cada día manteniendo la llama y el latido; un ser sumido en la impotencia, la tristeza y la desesperanza. Pero la que fui entonces se aferraba a la vida con todas las fuerzas de su alma, como todos/as los que descendimos al infierno. Sin opción de derrotarlos de otra forma, rebelde, la vida se alzó en ella.

(Mirando las rosas diminutas que florecen, preciosas, en mi patio, vuelvo conmovida a esa tarde amorosa de aguas coloridas, saltarinas, de sol cayendo y yo mirándote a los ojos, decidiendo quererte como nunca antes, para siempre. Dejé que tu abrazo cobijara lo que quedó de mí tras la desgracia y se produjo el milagro de la vida. Mi errático vuelo se detuvo a tu lado.)

Me sentí de otra manera con mi vientre abultado, sintiendo los movimientos de mi hijo, quien seguramente percibía el peligro en el que nos encontrábamos. De alguna forma supe que sería un varón y que le pondría el nombre de mi hermano del alma asesinado en marzo del 80, Julio César. Fui feliz con esas minucias que nos hacen cada uno de los días. Los cuidados de mi madre, el chocolate de “Sanan” de la queridísima Mami, los desayunos con champurradas y huevos estrellados, los antojos a deshoras, el jugo de naranja y todo lo ácido que siempre he detestado, caminar con su padre, sentirme de pronto otra persona. Sonreír.

No tejí escarpines ni hubo té de canastilla. Compras, las indispensables: los pañales de gasa, los de ojo de perdiz, los ombligueros, los gorritos, los suetercitos, las sabanitas de franela con orilla de crochet, las camisetitas de manta, la bañera. No hubo cuna y tampoco juguetes. En un mundo perfecto, como la futura madre perfecta hubiese preparado el ajuar de mi bebé tejiendo y bordando cada prenda, pintado de celeste su cuarto y puesto encajes y cintas al moisés. Debí haber tomado vitaminas, ido al médico cada mes y vestido lindos maternales de colores alegres. Nada de eso pasó. Todas mis energías vitales estaban enfocadas en sobrevivir diariamente eludiendo a los depredadores.

A los ocho meses de embarazo, mientras visitaba a mi sobrina recién nacida, otra muestra de la voluntad de vida y la determinación de mi hermana menor, enfermé de preeclampsia. El anuncio de una cesárea terminó de complicarlo todo. Esta se programó para el 23 de abril a las tres de la tarde, pero nadie tomó en cuenta a Julio, que decidió venir antes. La noche del 22 fui internada en el Roosevelt. La sala de operaciones estaba en el primer piso y la habitación en el cuarto, subí y bajé las escaleras apretando los dientes porque no había ascensor; para disminuir la factura petrolera, el gobierno había decidido prohibir su uso en la noche. Tremendo absurdo.

Atada a una camilla, inundada por el tranquilizante para mitigar el pánico de que ellos llegaran a sacarnos estando como estábamos, indefensos, sentí a mi hijo nacer. Aturdida por la droga, oí su llanto, que ahora celebro con el mío, y sentí el calor de su mejilla cuando alguien me lo acercó, dejando su huella indeleble en mi rostro.

Mi niño fue muy pobre y al nacer ese abril de madrugadas tibias y pertinaz persecución, hace casi tres décadas, se encontró con una madre que había perdido el sentido de la vida y que quería recobrarlo a través suyo, sin conseguirlo. Nadie podría sustituir al hermano perdido para siempre jamás, eso lo supe pronto. No pude ser la maravilla sobrehumana a la que se dedica un día al año de venta de regalos. Estaba muy lejos de acercarme siquiera al estereotipo que nos pintan todos los 10 de mayo, porque las reales no somos otra cosa que mujeres, humanas, inmersas en una realidad y viviendo en unas condiciones que en mi caso no podían ser más adversas.

Así, fui una mamá de carne y hueso, desgarrada, obnubilada por el dolor provocado por la desaparición de Marco Antonio, cerrada a los vínculos afectivos –o por lo menos racionalmente eso creía- para evitarme sufrimientos por futuras pérdidas. Talvez por eso, cuando nació mi hijo me sentí incapaz de experimentar los sentimientos propios de tales circunstancias. Todo el esfuerzo que había hecho para separarme de mi propio cuerpo, insensibilizarlo al dolor que podrían infligirme si me capturaban, me insensibilizó emocionalmente.

Pero los sentimientos maternales tienen muchas formas de manifestarse. En quinto magisterio, como parte de la asignatura de Psicología Infantil había resumido el libro “Los derechos del niño”, de Margaret Ribble, en el que aprendí cosas como el significado del llanto de mi hijo, porqué debía amamantarlo, la importancia del contacto físico, y otros conocimientos que me guiaron en esa etapa de adaptación. Él, al ambiente hostil que encontró al salir de mi vientre; yo, a su existencia y a mi nueva condición.

Ahora, sin culpa, tras haberme aceptado y entendido que no cometí ningún delito de lesa maternidad, alcanzo a ver al amor disfrazado de canciones inventadas por mí para invitarlo al sueño, de comida a tiempo, de la leche que manaba de mi cuerpo, de pañales limpios y secos, de abrigos y gorros y escarpines para mantenerlo caliente. Y aquí debo hablar en plural: jamás lo dejamos llorar ni nos preocupó que se “mal acostumbrara” a estar en brazos. Con mi cuerpo, con nuestras fuerzas precarias, entre las cuatro paredes de la casa donde transcurrieron sus primeros meses, guardamos a nuestro hijo. Lo cuidamos, lo alimentamos, lo protegimos, velamos su sueño inquieto, dormimos cuando él dormía, lo abrazamos cada vez que lloraba sin motivo, después de asegurarnos de que no era hambre, ni frío, ni dolor. Sus pañales secándose en el patio fueron también nuestras banderas. Desde ese mismo rectángulo de grama, donde aprendió a gatear, vimos pasar los helicópteros el 8 de agosto de 1983, día del golpe de Estado del general Mejía Víctores contra el general Ríos Montt.

¿Fui estúpida, irresponsable, temeraria? ¿Estaba loca? No sé. Tampoco soy la primera ni la última mujer que tuvo un niño en medio del terror y la persecución, solo soy la que recuerda y cuenta. Quizá visto en ese momento, fui un poco de todo eso, pero si coloco esos años en la prolongada línea de mi existencia, una vez pasada la tormenta, veo que, como en todos los asuntos vitales, en el nacimiento de mi hijo prevalecen el misterio y la magia.

Entonces no sabía lo que pasaba en la Argentina y otros países del sur con el robo de bebés. La búsqueda de millares de niños y niñas arrebatados a sus madres en las cárceles clandestinas dio lugar al surgimiento de las Abuelas de la Plaza de Mayo y las agrupaciones de HIJOS. Su existencia hasta el día de hoy en mi país, en Argentina, Paraguay, Uruguay, Colombia, México y otros países obedece a esta tragedia. Pero sí tenía noción de lo que hacían los perpetradores de masacres con los niños y niñas, aún los no nacidos, de los pueblos indígenas. Mi cabeza estaba poblada de imágenes de horror.

El secuestro y apropiación de niños y niñas también pasó en Guatemala. Dos ejemplos: el caso de la familia Azmitia Dorantes con la desaparición del padre, un hermano y la hermana de Chely, Dora Clemencia, que tenía tres meses de embarazo; o las hijas de Adriana Portillo-Bartow –Rosaura y Glenda, de 10 y 9 años- y su hermanita, Alma Argentina, de año y medio. En su declaración ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso Molina Theissen vs. Guatemala, nuestro perito Axel Mejía (que en paz descanse) dijo que “Se estima que el número aproximado de niños desaparecidos durante el conflicto armado de Guatemala es de 4.500 o 5.000”. A 29 años, los que cumplió mi hijo, aún me aterra suponer lo que nos podría haber sucedido. Son duras reflexiones para esta fecha que ahora celebramos felizmente.

Tres años después se repitió el milagro con mi segundo hijo, en otro país, en circunstancias igualmente difíciles pero con seguridad. El lleva los nombres de mi cuñado y de mi hermano. Poco a poco -en un proceso de años, sin repentino final feliz estilo Hollywood- de las manos de mis niños llegaron de nuevo la alegría y el sentido que le daba a mis días el oírlos decir “tengo hambre”. Cual brújulas, marcaron el norte de ese tiempo sin norte, sur, este ni oeste, cuando primero debíamos resolver cómo abrigarlos, asegurarles un techo y mantenerlos bien, antes de empezar siquiera a perderme en el vacío de la ausencia del niño que me marca.

Mis hijos, ya adultos, son dos hombres de bien, como su padre y su abuelo. Con su presencia, equilibran la balanza de las pérdidas. Por ellos, decidimos prolongar este exilio, que se me ha hecho eterno, para resguardar sus vidas tan preciadas, como todas las que fueron segadas en esa época terrible. Para ellos -y para todos los hijos e hijas, aunque no sean nuestrxs- continuamos soñando con un mundo distinto. Nuestra humilde semilla tendrá que germinar un día, ojalá pronto.

7 comentarios:

  1. Un abrazo mi querida Lucre, en este día y siempre. Marisol

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  2. Lucky:

    La abrazo con el alma mujer que lucha por la vida desde que la conozco...La noche se ha prolongado demasiado, es un momento muy obscuro, como cuando se inicia el amanecer, del Oxalaju Baktun...

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  3. Hermoso relato contado con el alma. Remueve mi sentido de mujer, de madre y de ciudadana del mundo mejor del que habla al final.

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  4. Qué profundo sentir, sentir individual y colectivo, hasta cuando dejarán de clamar estos gritos, oh justicia ¿desais seguir ocultado la verdad? nuestra verdad, oh esencia, que si no sereis escuchado seguiremos como estamos hasta el borde del abismo

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  5. Un enorme abrazo para ti y para esas hermosas semillas florecidas. Ya no podemos planear futuros para ellos, pues se lo han tomado en sus manos. La lógica (o ilógica?) vida que nos tocó vivir, tiene ese resplandor. Ante la muerte, vida!. Ante la destrucción, la construcción hermosa, cotidiana de nuestro microcosmos. Celebro este y los muchos cumpleaños que habrán de signar, una vez y otra, que los milagros existen y los sabemos hacer. Te abrazo siempre.

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    1. ¡Gracias por tus palabras hermosas, querida Rosario! Abrazos cariñosos.

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  6. Qué profundo relato, comparto tus sentimientos, pues la llama de la juventud nos hacía más frágiles y fuertes a la vez. Nuestros hijos son el futuro y la vida se torna más compasiva cuando pensamos en ellos. Un fuerte abrazo para vos y tus hijitos.

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