martes, 19 de julio de 2011

Historias fantásticas y maravillosas (3)


Historias de horror que uno escucha si le pregunta algo a un taxista
Nada

De esto, hace ya varios años. Tomé el taxi en el Trébol, agarró por la Bolívar, la de siempre, con sus mueblerías de pobre, los restaurantes chinos y, ahora, el transmetro. El señor que me lleva es el taxista sempiterno, el de la esquina, conocido y "de confianza" (no me cabe duda), el que nos lleva y nos trae a cambio de unos cuantos quetzales (y chocolates, de la querida Mami y su sonrisa). 
Yo y mi bocota. ¿Cómo va el trabajo?
Ay, seño, el otro día llegaron cuatro mareros allí donde nos estacionamos con los compañeros a esperar pasaje. Nos pidieron pisto a cada uno, que dizque teníamos que pagar a diario, que ellos pasaban, tantos quetzales por cabeza -no me acuerdo cuántos. Pero ellos eran cuatro y nosotros, ocho. Cuando sintieron, estaban rodeados, les dimos una penqueada que si no nos los quitan, los hubiéramos matado. Babosos, regresaron al día siguiente, ocho, con el mismo cuento, pero nosotros éramos veinte. Ya los teníamos tirados en el suelo, amarrados, a echarles gasolina íbamos cuando llegó la policía y nos los quitó. No volvieron, seño, estamos tranquilos, el trabajo va bien. 
Pero viera, también en la colonia -alguna de Villa Nueva, territorio de maras-, resulta que había una casa desocupada y una mara se fue a meter allí, un montón de patojos y patojas. Viera el relajo, asaltos, drogas, disparos, escándalos, de todo, hasta que nos hartamos.  Ya ni salir podía uno, ni ir a la iglesia ni a ningún lado. Entonces nos juntamos unos vecinos. Yo conozco a mi coronel Valiente Téllez, buena gente, el coronel (...) sí, el mismo, el que fue jefe de la judicial en tiempo de Lucas. Ahora tiene una su empresa de seguridad.  Total que fui a hablar con él y le conté el problema. 
Sigo escuchando sin respirar casi, me cuesta creer lo que estoy oyendo, espero que no se me note mucho. ¿Quién me manda a meter la nariz dónde no me llaman?
Don taxista sigue hablando. Pues busqué a mi coronel. No tengás pena, me dijo, yo te presto unas armas. Y no fue cuento. En este carro las llevé, fusiles, pistolas, granadas. Y una noche les entramos, seño. Después de dispararles y granadearlos, quemamos la casa. Como las maras no saben que las armas eran prestadas, porque de plano tuve que devolverlas, no volvieron. Ahora está bien tranquilo en la colonia. Bonito.
No me acuerdo que más dije o si él dijo algo después de eso. Llegamos donde mi prima, bajé mi maleta -por cierto muy bien acomodada donde habían viajado fusiles, pistolas y granadas de mi coronel Valiente Téllez- pagué y me despedí. No he vuelto a verlo y si lo encuentro, dudo que pueda reconocer su cara.
Ahora que escribí esto, me puse a buscar información sobre Valiente Téllez y me encontré este artículo de Marielos Monzón:

Días de sangre y plomo 

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